ARTÍCULO

Roman de l´artiste

Espasa-Calpe, Madrid
386 págs. 2.500 ptas.
 

La mujer muerta supone, por encima de cualquier otro marbete caracterizador, un guante tendido a uno de los subgéneros narrativos que contaron con una mayor predicación entre los escritores franceses, y también españoles, de finales del siglo XIX ; me estoy refiriendo al Roman de l'artiste, esto es, novelas que acogen como excusa argumental la vida de un pintor más o menos laureado para reflexionar a partir de ésta sobre diversas cuestiones estéticas. Baste aquí citar, en el ámbito francés, a los hermanos Goncourt y su Manette Salomon y, en nuestras letras, a Emilia Pardo Bazán con La quimera. Ahora bien, más que rendir una pleitesía devota y, por ende, arqueológica a un género extinto desde hace muchas décadas, Manuel Rico extrae de la tradición la armazón más superficial del género.

En efecto, La mujer muerta narra la crisis creadora de un reputado pintor abstracto, Gonzalo Porta, y la particular bajada a los infiernos provocada por su desconsoladora sequía artística. Sin embargo, la deuda no va mucho más allá. Digámoslo de otra forma: si los protagonistas de las novelas citadas anteriormente estaban obligados a pasar su vida entre óleos y pinceles, pues de ello se derivaba una reflexión estética de carácter prioritario, el hecho de que nuestro fracasado héroe se dedique a la pintura no deja de ser un asunto circunstancial. Gonzalo Porta podría haber sido cualquier otra cosa, a condición de que su privilegiado cerebro continuara albergando la inquietud y, si me apuran, el ansia creadora que le caracteriza. A fin de cuentas, La mujer muerta deja de ser muy pronto una «novela del artista» al uso para convertirse en un bello relato psicológico. La producción pictórica de Porta es reflejo directo de su situación anímica y de la evolución de ésta a lo largo de la novela; por el contrario, la capacidad visionaria del artista podría haber estado encerrada, con la misma efectividad, entre las palabras de unos versos, en la materia inerme de una escultura o en las notas de una sinfonía. La reflexión estética explícita es relegada a un segundo plano. No obstante, entre las largas divagaciones de la extensa novela, podemos ir expurgando una estética implícita y, en definitiva, una compleja poética del mirar. Los ojos del pintor se convierten, por obra y gracia de Manuel Rico, en nuestros guías a través de los recónditos y escarpados parajes del alma, correlato perfecto de los que la naturaleza nos regala. Es entonces cuando el título de la obra cobra pleno sentido; «la mujer muerta» es simplemente un apartado rincón, de belleza tétrica y deslumbrante, al que tan sólo la mirada del creador puede redimir de su eterno letargo.

Por otro lado, La mujer muerta encierra una inquietante divagación acerca de los difusos límites entre realidad y ficción, sólo comparable, si tomamos como referente la narrativa española más reciente, con Alguien se acerca de Benjamín Prado (1998). En efecto, el arte, lejos de ser asumido como servil reproducción de la realidad inmediata, es concebido como la forma más excelsa de sublimarla y, por ello, de enriquecerla. La comparación entre la novela de Manuel Rico y Benjamín Prado no es arbitraria, puesto que ambos han sabido mechar su reflexión psicológica con una ligera trama de carácter policiaco con la que consigue mantener un nivel de atención asequible a un abanico mucho mayor de lectores. En fin, un fino proceso de hibridación de géneros en el que no se dejan ver las junturas.

Dejando claro que La mujer muerta se sitúa en senderos muy lejanos de las naderías y bagatelas que nutren nuestro mercado editorial, sí se podrían reprochar a su autor algunos aspectos no excesivamente perfilados de su labor creadora. Así sucede en la parte intermedia de la novela, en la que la narración se aquieta en demasía; tanto la anécdota argumental como sus intérpretes son prácticamente olvidados en virtud de un mayor espacio concedido a la divagación. No es esta, sin embargo, la única objeción que cabe hacer a la novela de Rico. En la parte final de la obra, se intuye una desconfianza del autor respecto de la comprensión del mensaje último de su obra, hecho este que le lleva a intentar dotar a su hermosa parábola sobre el tiempo mítico de una objetividad científica, a mi juicio en todo punto innecesaria. Desde este punto de vista ha de ser entendida la reproducción del relato pormenorizado que Gonzalo Porta hace de sus vivencias y frustraciones a un psicólogo y su forzado retiro en una clínica mental. Con ello, la belleza de la reflexión sobre el «no tiempo» del hecho artístico queda prosificada hasta la obviedad. En fin, algunas trabas para una novela de lectura más que recomendable.

01/11/2000

 
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