ARTÍCULO

A la intemperie

Siruela, Madrid, 90 págs.
 

Recordemos las absurdas arquitecturas de aquel dibujante llamado Escher, en las que había escaleras que no conducían a ninguna parte y perspectivas imposibles. Como sucede con algunas escenas de Kafka, el primer vistazo a esos dibujos despertaba un vago desasosiego que pasaba a ser luego profunda extrañeza, la inquietud de no entender las reglas. Quien miraba esas arquitecturas deseaba penetrar su sentido. Nada de eso ocurre con las casas de Menchu Gutiérrez. La mujer ensimismada, obra contemplativa sin intenciones de narración, no nos lleva muy lejos; tampoco nos acerca a las sucesivas mujeres autistas que otra mujer visita sin ser invitada ni anunciada. Reportaje poético sobre mujeres solas, enclaustradas, este pequeño libro carece de «sentido», si sentido es provocar alguna emoción, desvelar algún secreto o realidad, compartir un punto de vista. Pero es que como poesía tampoco funciona porque el tono en el que está escrito es de una aridez extraordinaria. Da la sensación que la autora le ha querido «otorgar» tanta autenticidad que el resultado acaba siendo falso. Prueba de ello es que una vez leídas esas noventa páginas, apenas recordemos nada excepto, quizá, la nieve, el abrigo que la narradora se quita cada vez que entra en una de las casas (¿por qué no hace frío en ninguna?), y su cansino intento –ensimismado, es verdad– de suscitar un misterio que más bien parece la maqueta de un acertijo.

La maqueta de este libro está formada por una plaza alrededor de la cual se levantan doce casas donde habitan doce mujeres. Sabemos que es invierno, que hay un jardín en el centro y que empieza a anochecer. La narradora se va metiendo en las casas como si fuera una inspectora de viviendas. Su voz, sin embargo, parece la de una amiga que ha perdido la memoria y ya no se acuerda de la disposición de las piezas y de los rostros y ocupaciones de las mujeres, que acaso fueron sus amigas en otro tiempo. Pronto vemos que no las conocía de nada y que al salir de las casas sigue sin conocerlas o, por lo menos, no se digna compartir con nosotros este conocimiento. A medida que avanzamos tras la mujer espía, empezamos a tener la sensación de que su voz no es creíble. Lo sabemos porque carece de «cuerpo», es decir, de asociaciones no textuales; porque ningún indicio nos comunica experiencias anteriores, algún tipo de memoria; porque, desprovista de toda resonancia, suena hueca. La voz de la narradora no es creíble, además, por los deslices e imprecisiones, lo que ocasiona que el lector se mantenga al margen, excluido de un discurso que no es para él. ¿Para quién es entonces? La prosa de La mujer ensimismada no acaricia los rostros y las cosas, los retrata con un flash que arroja sombras que son lugares comunes.

Sólo al final la voz confiesa que camina con la «casa a cuestas, la casa deshabitada [...], esa que podría ser mía si creyera en ella». Demasiado tarde. ¿Por qué no empezó por ahí? Entonces hubiéramos entendido las intromisiones, los silencios. Con la vida y la humanidad por delante la hubiéramos acompañado. Quizá hubieran aparecido los celos, la envidia, y también la amistad, la complicidad, el alivio; en una palabra, el contacto. Es decir: una historia, una arquitectura con sentido y dirección, sólidos cimientos de misterio. Tal vez entonces «el misterio que se esconde bajo la costra de sal», en la casa de la cocinera, hubiera significado algo, y frases como «el verdadero tesoro está hecho de fugacidad y sobre la corteza de los árboles se imprimen fugazmente palabras de eternidad» formarían parte de una emoción verdadera. Escher nos inquieta porque queremos estar en sus edificios y no sabemos cómo hacerlo sin caer al vacío; Menchu Gutiérrez nos deja a la intemperie. En cambio, Katherine Mansfield nos abandona viviendo en la casa de su cuento Felicidad para siempre.

01/04/2001

 
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