ARTÍCULO

«En el dominio cárdeno»

Ediciones B, Barcelona, 497 págs.
 

Según mi experiencia, abordar en una novela temas como el contenido de la ansiedad o el germen de la locura no era de buen tono en la España festiva de los ochenta. Pero en los últimos años resulta sorprendente el interés de autores, editoriales, prensa y público hacia asuntos tenebrosos del alma que no sólo han abandonado el reducto de los consultorios psiquiátricos sino que pueden conocerse hojeando cualquier manual de autoayuda en la librería de unos grandes almacenes. Al final, resulta que el estrés, la ansiedad, la angustia y la depresión eran las enfermedades secretas de nuestro tiempo, y todos podemos perdernos en «el dominio cárdeno», por emplear una expresión tristemente feliz del poeta J. A. Goytisolo.

En este contexto quizá pueda tener acomodo la última y más osada novela de Javier García Sánchez, avezado explorador de ese territorio oscuro cuya existencia, al menos, empieza a aceptarse como posible. En La mujer de ninguna parte el novelista narra la historia de Alicia: personaje de mediana edad y buena posición, casada con un empresario y madre de dos hijos adolescentes. Historiadora de arte, propietaria de una galería y devota del excelso Vermeer, mantiene amoríos ocasionales con otros hombres, mientras comienza a envejecer sin graves quebrantos. Se diría que su vida se asemeja a la de muchas mujeres occidentales que orbitan hoy la cuarentena, seguras, lúcidas, realizadas. Pero Alicia está herida interiormente a causa de una liaison devastadora con Andrés, quien mediante el peculiar uso de las palabras la ha arrastrado a un malsano juego erótico que acabará con su equilibrio emocional. A ojos poco atentos, la novela podría pasar por el típico asunto «seductor morboso corrompe a mujer sensible», o bien «casada jugando con fuego», que tanto cultivan nuestras autoras y tanto conmueven al público femenino. Pero es una lectura falsa, porque el libro está escrito por un hombre que, además, recurre a planteamientos literarios decimonónicos: a partir de un personaje concreto pretende demostrar una tesis a la clásica manera naturalista, sólo que aquellas damas incomprendidas que poblaban las novelas del XIX se consideran hoy mujeres libres y dueñas de su destino, aunque su principal conflicto sea armonizar este nuevo papel en la sociedad con las viejas servidumbres de la especie.

La tesis de García Sánchez nos remite al precio que hay que pagar por ello: el coste en estrés por convertirse en «la mujer 10» de las campañas publicitarias, un oneroso tributo que la vida se cobra en lágrimas de fuego, si se echa la vista atrás y se contemplan veinte años de logros múltiples que saben a nada. Para cuando Alicia comienza a entender lo que le ocurre, ya es una enferma a un paso de la locura. Víctima del recuerdo obsesivo de Andrés, abandona el domicilio familiar, se niega a ver a los suyos y se refugia en un estudio del barrio viejo, donde caerá en una espiral autodestructiva en la que el alcohol y el sexo más crudo van a ser su amargo consuelo. García Sánchez describe este descenso a los infiernos con un instrumental quirúrgico centroeuropeo: las suyas son incisiones contundentes, implacables, más propias de un forense docto, pero sin escrúpulos a la hora de mostrar las entrañas de la angustia, la depresión y el extravío de identidad. No cabe esperar de él las reflexiones acomodaticias de Susanna Tamaro, las gracias de Helen Fielding, o ni siquiera la propuesta tan honrada como asequible de Verónica decide morir, de Paulo Coelho, en el fondo un texto de autoayuda enmascarado de novela. Aquí, el tema de la depresión femenina se aborda sin concesiones divulgativas, hasta el punto de que el empleo continuo del flash-back impide visualizar con total nitidez el desarrollo de una enfermedad cuya evolución clínica el autor da por archisabida... Lo que no impide que García Sánchez, con doble mérito, dedique excelentes páginas al análisis de los síntomas y sus terribles consecuencias; también rayan a gran altura las observaciones sobre la soledad de la enferma, cercada por la ceguera absoluta de su entorno hacia un mal invisible. Nadie sospecha que la gran estudiosa de Vermeer vive como una heroína solitaria e inerme de Hopper, prisionera entre dos luces, mientras atraviesa un páramo desolado donde brotan figuras terroríficas más propias de Brueghel el Viejo o el Bosco.

Pese a que la novela habría merecido una poda para evitar su sobrecarga metafórica y cultural, La mujer de ninguna parte plantea con mucho acierto un tema de alta complejidad e inquietante cercanía. Y se erige, tan aislada como su propia protagonista, en una de las obras más honestas, valientes y desgarradas que se hayan escrito en nuestro país sobre una mujer y su dolor callado.

01/09/2000

 
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