ARTÍCULO

La moda histórica

Alfaguara, Madrid, 1998
461 págs.
Emecé, Barcelona, 1998
286 págs.
Algaida, Sevilla, 1998
470 págs.
 

La modalidad histórica se ha convertido en la forma dominante en la novela española de los últimos lustros. La insistencia en esta variedad narrativa parece abocada desde hace ya mucho a una saturación que pediría su abandono. Sin embargo, no ocurre así, y con frecuencia aparecen nuevas ficciones ambientadas en el pasado, al que ahora viaja, por primera vez en su trayectoria, hasta el Miguel Delibes de El hereje. Por si fuera poco, acaba de convocarse un premio destinado a relatos inéditos de este tipo.

La abundancia de novela histórica ha producido el resultado negativo y generalizado de una falta absoluta de novedad. No se trata de obras faltas de imaginación, carentes de las noticias historiográficas oportunas o de diseño y escritura desafortunadas. Al contrario, muchos títulos muestran una aséptica corrección que es su mérito fundamental. Lo vemos, por ejemplo, en la voluminosa fabulación medieval con la que Pedro Jesús Hernández se estrena como creador, Peón de rey. Desde el punto de vista de la estructura, Peón de rey parte del viejísimo recurso del manuscrito hallado, soporte a su vez de una mezcla de modelos narrativos muy en la línea del gusto postmoderno por el mestizaje artístico. El autor conjuga el relato de intriga (trufado de suspense, asesinatos e intrigas), la narración aventurera (con pruebas y peligros), el libro de viajes (con múltiples encuentros que permiten hablar de cualquier asunto), la ficción gótica (abierta al terror, el sacrilegio y la profanación) y la novela psicologista (con variedad de temperamentos, aunque no exenta de tipología maniquea). Todo ello se encadena en el recorrido por España de un clérigo francés al que le han encomendado una peligrosa e importante misión, lo cual facilita la propina de numerosas peripecias interpoladas.

Hay que advertir que no le falta al autor ni habilidad en la construcción ni olfato en la presentación de motivos y sucesos. Ni tampoco oculta su afición a contar, para la que tiene fuerzas tan sobradas que le llevan a la prolijidad fatigante. Ello y esa tendencia a la rutina que le hace caer en despistes en el punto de vista (el protagonista dice más de lo que sabe), y, sobre todo, en una cierta pretenciosidad que anula el encantamiento que parece consustancial a este tipo de novelas. No es sólo que el fraile resulte redicho (que también) al hablar del Grial como «una de las empresas cruciales de nuestra época», al explicar que pretende «la unión con lo divino y la autorrealización», al decir que es un Ulises con una Ítaca interior o, en fin, al describirse como «un peregrino permanente condenado a vivir en el exilio». Lo grave es que todo ello anula la posible fascinación de la aventura y produce un irreparable efecto de inverosimilitud. No todo en Peón de rey es tan convencional ni manido ni esperable. Los capítulos finales suponen una afortunada quiebra en el tipo del héroe positivo. El reconocimiento por el clérigo de la humillación que ha sufrido y la humildad y templanza que suceden a su connatural soberbia aportan un interesante análisis de la personalidad que está muy por encima del convencionalismo del resto de la novela.

También un retablo variado de la Edad Media española ilustran dos escritoras, Ángeles de Irisarri y Magdalena Lasala, en Moras y cristianas. Nada más que artificio y falta de espontaneidad podría esperarse del pie forzado de que parte el libro: en una galería de retratos de mujeres medievales, se alternan musulmanas y cristianas siguiendo una escala de tipo sociológico. Se parte de las clases desfavorecidas (esclavas, prostitutas, campesinas, taberneras, menestralas y sanadoras), se sigue con un grupo algo más encumbrado y selecto (intelectuales y religiosas) y se asciende al mismo pináculo de la corte (se empieza con un par de nobles y se termina con la sultana Fátima, esposa de Abderrahmán III, y con Toda, reina de Navarra y sobrina a la vez de este califa cordobés). En cada grupo de esa escala, Irisarri cuenta la historia de una cristiana y Lasala hace otro tanto con una mora. El resultado, en cambio, es bastante positivo si se tiene en cuenta, además, otros condicionantes previos al libro: éste se aprovecha descaradamente de la moda histórica y de la temática femenina. Y, aun dentro de esta última, se pone del lado de una postura reivindicativa que, al menos, sirve para vender. En efecto, no son inocentes estas estampas de mujeres. Con ellas se nos viene a decir que la mujer también tuvo un buen papel en aquellos tiempos, aunque las crónicas no lo reflejen, que atesoraron virtudes de laboriosidad y refinamiento, que tuvieron poder y que encarnaron con frecuencia posturas de independencia y rebeldía.

Ni esos requisitos tan ajenos al estímulo hondo que lleva a la creatividad, ni la asociación forzada de dos autoras para consumar un proyecto (calificado por Rosa Regás en el prólogo nada menos que de «milagro»), ni el tufillo didático, ni el oportunismo del propio plan deslucen del todo un puñado de estampas en las que suele haber inventiva y que, de vez en cuando, no carecen de vigor descriptivo. Se complementan, además, dos ópticas narrativas. Irisarri tiende a un distanciamiento en el relato que da una especie de objetivación o de mirada desde fuera de sus personajes. Lo cual apoya en un castellano sin guiños arcaizantes (aunque con un neologismo innecesario: habitadores por habitantes). Lasala, por el contrario, tiende a la subjetivización de las historias. De ello se desprende una caída en imágenes de escaso valor («bella como un pecado») y en un falso lirismo que se precipita en la pura cursilería tópica (un mozo «de ojos como azabache, dientes como perlas y piel como la noche tibia de primavera», pág. 243). La lengua gusta de arcaísmos, sobre todo morfológicos (deso, della, perdellos), que buscan el sabor de época.

Y para no salir de la Edad Media, ni de unos cuantos motivos –la búsqueda del Grial o el camino de Santiago-que aparecen en los libros anteriores, daremos breve cuenta de El reino delaño mil, de Álvaro Bermejo. El título señala el clima de tenebrosos presagios en el que se enmarca la acción, ordenada en torno al noble Íñigo de Labrit y a su empresa de organizar una Cruzada desde Estella que concluye en una catástrofe. Ese esqueleto argumental no viene a ser otra cosa que el resultado de emplazar en una edad remota dos esquemas bien conocidos, la novela de aventuras y el relato de viajes fantásticos. Son los dos soportes más importantes, pero utiliza también otras formas conocidas: la narración itinerante, que permite añadir episodios casi independientes al hilo de encuentros en el camino, el relato incrustado dentro del relato, la fábula de caballerías y la picaresca. En suma, Bermejo hace un libro hijo del fervor finisecular por lo misceláneo.

La aventura se puebla de sorpresas, de elementos mágicos y de episodios de terror. Muchos tipos desfilan por la obra y traen una variada imagen humana que oscila del espíritu práctico a la enajenación. Los personajes se mueven entre la creencia, el descreimiento y la superstición. Todo ello muy coherente con el medio recreado y con una época que distingue signos reveladores en las estrellas, cree en la magia y mercadea con toneladas de reliquias. Bermejo hace un relato inquietante y vivaz con estos elementos y lo conduce hacia un sentido de la vida regido por la degradación. Su acierto mayor no está, sin embargo, en esos componentes más o menos sabidos. Está en un narrador actual, que se expresa a la manera presente, se dirige al lector y lo interpela. Es un narrador omnisciente que da cabida a un relato antiguo paralelo y que aproxima aquellos sucesos a nosotros con una punta de ironía. Si nosotros recelamos de tanta aventura y suspense, de tanta dilación, lo mismo le pasa al narrador. «Una lástima que ésta no sea del todo una novela bizantina», dice. Así estamos todos, quien cuenta y quien lee, en igualdad de condiciones. De este discreto modo rompe Bermejo la convención narrativa histórica mediante un distanciamiento eficaz.

01/12/1998

 
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