ARTÍCULO

Claves para entender la Cábala

Trotta, Madrid
Trad. de Xavier Pikaza
324 pp. 22 €
 

La excelente introducción de Laenen al misticismo judío describe sus principales corrientes desde los tiempos bíblicos hasta el siglo XIX. Explora las actitudes y prácticas utilizadas por los judíos para alcanzar un contacto transformativo con Dios y consigue ayudar al lector a entrar en contacto con el misticismo judío de un modo estimulante.
El libro de Laenen es erudito y accesible –una combinación nada fácil– y ofrece valiosas aproximaciones a muchos de los temas centrales del misticismo judío, así como a su evolución. Comienza con el estudio de los pasajes místicos en la Biblia hebrea antes de explorar en más detalle textos fundamentales del judaísmo del Segundo Templo, especialmente sus corrientes apocalípticas. En un capítulo titulado «Mística judía antigua» describe los ascensos celestiales recogidos en apocalipsis judíos como 1 y 2 Henoc. Aunque enraizados en las teofanías de la Biblia hebrea, muestra cómo expresaban una nueva manera de concebir la relación entre los mundos humano y divino, no sólo en el retrato del vidente ascendiendo realmente al cielo, sino también en la preparación para la experiencia de Dios por medio de la oración, el esfuerzo ascético y la actividad teúrgica. Igualmente importante en el período del Segundo Templo fue la aparición de una mentalidad hermenéutica que hizo de la interpretación del texto sagrado, y a menudo de la búsqueda de su significado oculto (la acepción original de «místico»), un aspecto primordial de la vida religiosa. Los ascensos apocalípticos allanaron el camino para las formas más antiguas de misticismo judío, la literatura Hejalot, donde el vidente aparece retratado en su ascenso al cielo para ver a la majestad divina entronizada en la Mercabá (carro), para participar en la liturgia celestial, e incluso para ser objeto de deificación.
Laenen describe a continuación el florecimiento del misticismo judío, primeramente entre los pietistas alemanes, seguido de la aparición de la Cábala en Francia y España (siglos XII-XIII). Dedica capítulos a la Cábala clásica y la luriánica, exponiendo la evolución del misticismo judío en la península Ibérica, donde se formaron muchas tradiciones místicas, cultivadas más tarde en Safet, en Galilea, que se convirtió en un importante centro en la época tardomedieval. Aunque Laenen estudia la Cábala de Sabetay Tsebí y el jasidismo, es una lástima que no se ocupe de innovaciones más modernas dentro del misticismo judío; así, omite por completo la importante contribución del estudioso judío británico Louis Jacobs. Además, el libro se habría beneficiado de un capítulo conclusivo, esbozando quizá temas contemporáneos en el misticismo judío y en las tendencias académicas. Sin embargo, La mística judía llena un hueco que venía de antiguo en la literatura disponible y el libro, que se apoya en fuentes fidedignas, irradia autoridad. Evitando así los escollos de otras obras populares en este campo, Laenen ofrece una base sólida sobre el tema y ofrece pistas de gran utilidad para avanzar en su estudio.
Es posible que a los lectores les interesen especialmente los pasajes en que Laenen aborda el posible contacto e interacción entre el misticismo judío y el cristiano, como sucede en los textos gnósticos. Una preocupación común, y una posible fuente de conexión, fue la interpretación del Cantar de los Cantares, un libro que habría de ocupar un papel esencial en las tradiciones místicas de ambas religiones. Orígenes, el padre de la Iglesia del siglo III, estaba al tanto de la exégesis judía del Cantar, pero su interpretación resaltó la necesidad de leer las descripciones físicas del Cantar como un mensaje sobre la activación interior del alma de los sentidos espirituales para lograr una unión amorosa con el Logos encarnado. En el misticismo judío, los primeros rabinos también le atribuyeron al Cantar un papel muy importante, porque lo veían como un relato del amor entre Dios y la comunidad de Israel. Esta lectura exotérica, sin embargo, sugería una esotérica, en la que las descripciones del cuerpo del amante masculino se veían como autodescripciones divinas. Esta lectura contribuyó a los relatos de las dimensiones del cuerpo divino y el desarrollo del erotismo místico de la Cábala.
La posible influencia cristiana en la Cábala ha sido un tema controvertido en los estudios modernos, aunque en los últimos años una serie de investigadores han defendido el impacto cristiano en algunos elementos de la Cábala teosófica, señalando, por ejemplo, los paralelismos entre el culto mariano cristiano y la aparición de la Sejiná. Los siglos XV y XVI fueron testigos del interés cristiano por la Cábala, demostrado por los escritos de Pico della Mirandola, miembro de una familia principesca del norte de Italia, que fue la figura fundamental en la transmisión de la Cábala judía a los lectores cristianos. Mirandola ofreció incluso una serie de tesis derivadas de la Cábala para que fueran discutidas públicamente en 1486 e influyó en Johannes Reuchlin, que realizó un estudio detallado de la Cábala que, como él creía, confirmaba la verdad cristiana. Uno y otro tuvieron contacto de primera mano con fuentes místicas judías. El desarrollo de la Cábala cristiana fue apologético, ya que insistió en que el judaísmo de la Zohar y otros textos místicos era idéntico al cristianismo, especialmente en la creencia en la Trinidad y en la aceptación de Cristo como mesías.
Laenen ofrece un estudio detallado de los sabetanos (seguidores de Sabetay Tsebí) y los frankistas (seguidores de Jacob Frank), subrayando que el misticismo judío premoderno pudo haber tenido también contacto con el cristianismo. Sabetay Tsebí fue un autoproclamado mesías que contó con muchísimos seguidores entre los judíos, especialmente después de que fuera proclamado mesías por Natán de Gaza. Sabetay Tsebí se vio especialmente influido por la Cábala luriánica, que combinaba el misticismo con el mesianismo. De resultas de los tumultos subsiguientes, muchas comunidades judías repartidas por el Imperio otomano acudieron a la Tierra de Israel con una expectativa mesiánica. En 1666 fue hecho prisionero por el sultán y se convirtió al islam, como hicieron miles de sus seguidores, que creyeron que el escándalo de su apostasía era necesario para redimir a todo el mundo. No causa ninguna sorpresa que Gershom Scholem comparara el movimiento sabetano con el cristianismo primitivo, sugiriendo que lo que Pablo llamó el escándalo de la Cruz fue tan horrible como el escándalo de un mesías apóstata.
Jacob Frank, otro pretendido mesías, recibió una fuerte influencia de Sabetay Tsebí y vio el cristianismo como una fase de transición en el camino hacia la futura «religión mesiánica» y animó a sus seguidores a bautizarse. Encontró la doctrina de la Trinidad en la Cábala y su movimiento fue originalmente aceptado y apoyado por las autoridades cristianas; finalmente sería absorbido en el seno de la Iglesia católica romana en el siglo XIX.
En suma, hay que elogiar a Laenen por haber producido un libro valioso, y lo recomiendo encarecidamente a todos aquellos que deseen adentrarse en el misticismo judío y lograr comprenderlo.

Traducción de Luis Gago

Escrito especialmente para Revista de Libros

 

01/02/2009

 
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