ARTÍCULO

Un maestro de la metáfora

Fondo de Cultura Económica/ Universidad Nacional de Educación a Distancia, Madrid
319 págs. 1.851 ptas. 11,12
 

Es bien conocida la afirmación de Aristóteles en su Poética, según la cual resulta muy importante usar convenientemente todos los recursos de la lengua, los vocablos dobles y las palabras extrañas, pero lo más importante con mucho es dominar la metáfora. Y esto último es un arte que cada uno ha de aprender por sí mismo ya que no se puede tomar de otro; nadie puede ser maestro de la metáfora, sino que cada uno ha de aprender por sí mismo el difícil arte de elaborar buenas metáforas, lo cual es indicio de talento. Y aunque tal vez siga teniendo razón el Estagirita en su afirmación fuerte sobre la imposibilidad de enseñar a nadie a hacer buenas metáforas, lo cierto es que el libro de Eduardo de Bustos convierte a éste en un «maestro de la metáfora». Lo que nos enseña no es tanto a elaborar nuevas y brillantes metáforas, sino el papel de lo metafórico en la constitución de nuestro lenguaje, de nuestras formas de pensamiento y de nuestra acción individual y colectiva. No sólo hablamos o escribimos con metáforas, sino que también sentimos metafóricamente, los marcos de nuestras formas de pensar son metafóricos, la metáfora constituye modelos de nuestra comprensión –incluso científica– de la realidad y condiciona la percepción y las maneras de actuación en el mundo. De esta manera, la metáfora deja de ser una mera figura retórica, útil para embellecer el discurso literario, filosófico o político, para convertirse en uno de los instrumentos psicológicos centrales mediante el cual se amplía y estructura nuestro conocimiento del mundo y nuestra forma de actuar sobre él. Siguiendo la posición experiencialista expuesta en las últimas décadas principalmente por Lakoff y Johnson, Bustos asegura explícitamente que «la metáfora es el recurso cognitivo que utilizamos al construir nuestro mundo moral y nuestra vida social. Sin una adecuada teoría sobre la metáfora, no solamente seremos incapaces de captar el núcleo de los procesos cognitivos que nos permiten dominar el mundo natural, tampoco podremos comprender la médula de nuestra vida moral, política y social» (pág. 206).

Consciente de que la metáfora rompe las barreras tradicionales entre las disciplinas, Bustos subtitula acertadamente su libro Ensayos transdisciplinares. Y analiza el auge contemporáneo de la metáfora en campos diversos como la filosofía del lenguaje, la ciencia, la estructura cognitiva del nacionalismo, la inteligencia artificial, las nuevas tecnologías de las llamadas «autopistas de la información» o el cultivo de la intimidad, es decir, el uso de expresiones metafóricas en el contexto de las relaciones personales y sociales. Esta transgresión de las fronteras es uno de los valores del libro frente a otras visiones más limitadas de la metáfora, centradas en uno o en otro de los campos citados. Especialmente valiosa resulta la exposición histórica acerca de las teorías sobre la metáfora, las viejas y nuevas teorías acerca del lenguaje metafórico, las concepciones clásicas dominadas por la teoría aristotélica, la radical separación que tanto Hobbes como Locke realizaran entre ciencia y metáfora, entre el ámbito de lo cognitivo propio del conocimiento donde la metáfora no debe tener lugar y el campo de la retórica, en el que el uso de las metáforas conduce a equívocos, oscurece el pensamiento, oculta en lugar de aclarar, vela en vez de desvelar. Frente a esta vía de análisis –que siempre cae en la contradicción pragmática de utilizar metáforas para renegar de los usos metafóricos del lenguaje y purificarlo en aras de la verdadera ciencia–, la filosofía romántica pone en el centro a la metáfora como la esencia misma del lenguaje y de nuestra comprensión del mundo. Esta vieja polémica sobre lo literal y lo metafórico del lenguaje pervive hasta hoy en la discusión filosófica y uno de los méritos del libro de Bustos radica en trazar un mapa de las diferentes concepciones actuales de la metáfora, al mismo tiempo que aboga por la teoría cognitiva desarrollada fundamentalmente por Lakoff y Johnson, ya citados, para quienes lo metafórico es un recurso creativo básico de nuestro conocimiento mediante el cual aprehendemos, comprendemos y asimilamos la información acerca del mundo y actuamos sobre él.

Esta forma de extender el dominio de la metáfora desde el nivel del lenguaje hasta el del pensamiento y la acción es llevada a cabo por Bustos en diferentes campos: el de la experiencia cotidiana, el de la política y el de la ciencia. En la vida cotidiana, el uso de una determinada metáfora puede ser un signo distintivo de grupo, un signo que remite a un mundo compartido de conocimientos, actitudes y creencias que nos identifican con un sector de la sociedad y nos distingue de otro. «El uso de lenguaje es un marcador social de primera importancia, el medio fundamental por el que nos identificamos con nuestros iguales y nos diferenciamos de otros semejantes» (pág. 298). Y en este doble proceso de identificación y exclusión, los usos metafóricos y la interpretación de ciertas metáforas básicas son importantes como recuerdo cotidiano de las formas de conocimiento común o de compartir un mismo mundo social o una forma de vida.

También en la política, el uso de la metáfora ha sido constante en la historia y lo sigue siendo actualmente. En este contexto, no se puede entender sólo la metáfora de manera reductiva como un elemento de la retórica del discurso político, sino también como una forma de constituir el pensamiento y la acción. En el capítulo IX, bajo el título «La estructura cognitiva del nacionalismo: metáforas de la identidad colectiva», Bustos da un paso en la aplicación del análisis de las metáforas al entramado conceptual del nacionalismo vasco, un entramado que promueve toda una forma violenta de acción política. De nuevo nos encontramos con el complejo papel de la metáfora en el lenguaje, en los entramados conceptuales y en la acción en el caso de la política. Particularmente interesante resulta el análisis acerca de las formas de construir la identidad colectiva a partir de la identidad individual, mostrándonos cómo la nación o cuerpo colectivo es una proyección metafórica de maneras de percibir y sentir el cuerpo individual. Siguiendo de nuevo a Lakoff y Johnson, Bustos establece que la metáfora «constituye el mecanismo principal de acceso epistémico a realidades abstractas. Mediante las proyecciones metafóricas entendemos y conceptualizamos realidades que no son directamente experimentables, ajenas a los sentidos» (pág. 239). El análisis de las metáforas usadas en las diversas formas de nacionalismo puede servir para ilustrar los esquemas conceptuales y motivacionales de la acción, aunque es muy difícil que convenza a ningún nacionalista de que el uso de la violencia no está legitimado para conseguir sus fines políticos. En este sentido, el estudio de las metáforas no tiene nunca la última palabra.

En cuanto a la ciencia, Bustos pone de manifiesto no sólo la limitación de la filosofía positivista de la ciencia, sino también el papel cada vez mayor otorgado a la metáfora en la investigación científica: la metáfora no hace sólo acto de presencia en el llamado antiguamente «contexto de descubrimiento», sino que se encuentra presente en la formulación de muchas hipótesis, en la elaboración de «modelos mentales» o conformando la conceptualización de toda una esfera de la realidad, como cuando entendemos el mundo como un gran mecanismo o la sociedad como un organismo. El caso de la ciencia social es claro, pues ya los padres fundadores traspasaron, por ejemplo, las categorías de la física clásica para hablar de «estática social» o de «dinámica social». Y estos «transportes de nombres» desde la física hasta la ciencia de la sociedad superaron las fronteras del lenguaje para constituirse en categorías clave y en estructuras mentales de los sociólogos y se encarnaron en instituciones, de manera que los nombres de los departamentos universitarios de Estructura Social o de Cambio Social reproducen actualmente la vieja contraposición tomada en préstamo de la física. Tras los pasos de Mary Hesse, Richard Boyd, Robert R. Hoffman o Max Black, entre otros, Bustos pone de relieve la necesidad de la metáfora en el núcleo interno mismo de la ciencia, partiendo de lo que los científicos realmente hacen y no de lo que determinados filósofos de la ciencia piensan que deberían hacer. En la ciencia, al igual que en toda actividad humana y en todo conocimiento –concluye el autor– «siempre habrá un elemento aventurado, que siempre, en última instancia, constituirá una exploración a tientas de lo desconocido, exploración en que no nos encontraremos absolutamente desvalidos, sino ayudados únicamente, pero no es poco, por la capacidad inventiva, poética de nuestras metáforas» (pág. 154). Así pues, el lenguaje y las estructuras cognitivas de la ciencia están mediadas por las metáforas. Y asimismo lo está el campo de la acción derivado del uso de las nuevas tecnologías según se pone de manifiesto en el apartado «Metáfora y cambio tecnológico», en el que se realiza un análisis de cómo ciertas metáforas («Internet es una autopista») son claves para entender las actuales políticas sociales y tecnológicas. Y no sólo para entender esas políticas, sino también para criticarlas. Y uno de los méritos de este libro consiste precisamente en su impulso crítico respecto al lenguaje que usamos, respecto a nuestras formas de conceptualizar la realidad y a las maneras de actuar sobre ella. Un libro, pues, de múltiples lecturas, que puede serle útil a un público de diversas disciplinas académicas y, de manera especial, a quienes abogan por poner en entredicho las fronteras tradicionales entre los saberes.

01/12/2001

 
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