ARTÍCULO

Dos niños se acuerdan

Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona
Trad. de Malika Embarek y María Cordón
500 pp. 26,50 €
Antonio Machado Libros, Madrid
Trad. de Jaime Blasco
286 pp. 19 €
 

La casualidad ha querido que, con pocos meses de diferencia, se publicaran en España dos libros de memorias susceptibles de una cierta comparación. Me refiero a las memorias de infancia del filósofo británico Richard Wollheim, publicadas póstumamente en inglés en 2004 (Wollheim había fallecido en 2003 a los ochenta años), y al prodigioso y conmovedor Vidal y los suyos, el libro que Edgar Morin dedicó a la memoria de su padre y que ha sido vertido al español con casi veinte años de retraso (el original francés es de 1989). La gran puntualidad y el gran retraso hacen posible esta interesante coincidencia.
No es cuestión de analizar aquí la relación externa o íntima que sendos libros guardan con las respectivas obras de estos dos pensadores, que tienen poco que ver el uno con el otro excepto por el detalle, no menor, de ser ambos judíos laicos, con una experiencia de entrecruzamientos culturalmente complejos a sus espaldas, y que han asumido los dos, cada uno a su manera, esa misma complejidad en el modo de plantearse la tarea de la filosofía y sus vínculos con campos del saber limítrofes, como la sociología, la ciencia, la epistemología, el arte o el psicoanálisis. Morin ha llegado a convertir esta experiencia de la complejidad en el tema central, en el método, incluso, de su trabajo (El método es precisamente el título de una obra en varios volúmenes que explora a fondo la idea y la experiencia de un conocimiento abierto a la pluralidad de los saberes como vía de acceso a una realidad compleja que no se deja circunscribir a la ilusión de un único orden discursivo). Wollheim la asumió más discretamente, vinculando las austeras prácticas de la filosofía analítica, de la que fue un conspicuo representante, con objetos conceptualmente tan complejos y, en cierto modo, tan irreductibles a lo formulario como la pintura, el psicoanálisis o las emociones. La misma complejidad de las relaciones con el objeto del recuerdo (el niño y sus relaciones con el mundo adulto en el caso de Wollheim, y el padre en el caso de Morin) abre dos campos de visión distintos en los que el formidable mosaico de temas que ambos libros despliegan atrapa y fascina al lector sin comprometerlo a nada más, y no es poco, que a una reflexión literariamente muy gozosa y conceptualmente muy consistente sobre la responsabilidad privada que cada ser humano tiene con su memoria y para con sus progenitores, así como sobre las posibilidades morales de esta responsabilidad.
Además, los dos libros deberían ser leídos urgentemente por aquellos adultos que han olvidado representarse y acordarse de qué sienten y cómo piensan los niños. Que dos adultos (uno de ellos francamente ya anciano cuando escribió el libro) se acuerden de este modo de su niñez resulta muy reconfortante, particularmente por si en algún momento alguien dudara de la grandeza y la generosidad de que es capaz la mente humana y pensara que los asuntos privados son irrelevantes para esta grandeza. Los dos libros son también una inteligente y prodigiosa reflexión sobre la moralidad asociada a la condición de ser judío. La perspectiva del judío como paria y del niño como marginado del mundo de los adultos se funden en estos dos libros en sendos ejercicios de análisis deslumbrante, muy sutil e indirecto en Wollheim, muy sincero y claro en Morin. Hablan del niño que descubre lo difícil que es la niñez en un mundo en el que la experiencia de lo peculiar y lo diferente (e incluso de lo distinguido y lo sofisticado) tiñe el ya de por sí difícil proceso de aprendizaje y comprensión de la vida de los adultos con el permanente desafío de repensar las reglas de la adaptación, la identidad y el sentimiento de pertenencia a una idea de comunidad, sociedad o lugar. La familia de Wollheim y la familia de Morin proponen modelos de vie d’artiste o de artisticidad muy distintos, pero ambas nos recuerdan que el arte de la improvisación y de la adaptación puede ser contemplado por los ojos de un niño (o de un adulto que se acuerda de su niñez) como una forma de acceso tal al Gran Arte que éste nunca aparece como nada ajeno al propio continuum de la existencia.
Vidal y los suyos es la biografía de Vidal Nahum, el padre de Edgar Morin, un judío sefardí de Salónica que emigra a Francia, con toda su familia, cuando el desmoronamiento del imperio otomano trastorna el peculiar oasis que fue aquella ciudad entre los siglos XVI y XIX para los judíos expulsados de España. El libro repasa al comienzo las singulares características de esta colonia, su estilo de vida, los referentes culturales y morales, y las razones de la nueva diáspora en los años de la Primera Guerra Mundial. Cuando los Nahum abandonan Salónica, el relato es ya plenamente una historia de familia que toma como protagonista al padre. Vidal Nahum es retratado como un tipo extraordinariamente corriente, con sus debilidades y sus pequeñas y grandes torpezas y proezas. Pero si uno, leyendo este libro de Morin, piensa que es el amor agradecido del hijo el que transfigura al padre en una suerte de cálido y manipulador anti-Moisés (Vidal canta y silba en lugar de tartamudear leyes, se preo¬cupa en lugar de reprimir, chantajea en lugar de prohibir), también debe percibir, en la mirada entrenada de sociólogo y de antropólogo social del Edgar Morin adulto, una reflexión profunda y generosa sobre el heroísmo de la vida cotidiana, sobre la grande¬za de ánimo que exigen los dramas de familia, sobre los errores asociados a esos dramas y la capacidad de sobreponerse a ellos, así como una apertura del campo visual desde el que tendemos a explicar la historia de los hombres y las mujeres pero sin imaginar cómo viven, piensan y sienten en privado esos hombres y mujeres. Pién¬sese, si no, en el hecho de que Vidal fuera incapaz de asimilar el concepto de ciudadanía, y cómo su condición de habitante de Francia o de súbdito del presidente francés le permitió articular la lógica moral asociada a las leyes no escritas de la existencia dentro del clan familiar con un modo peculiar de entender la historia, la política, Francia, el genocidio nazi y la propia identidad judía. Si quiere comprenderse todo esto de una manera muy concreta e infrecuente, pero deslumbrante, el libro resulta portentoso. Este análisis profundo y lúcido del drama de la vida cotidiana tiene uno de sus puntos culminantes, como la piedra que sostiene el arco de todo el libro, en el episodio de la temprana muerte de la madre, acaecida cuando el pequeño Edgar contaba sólo diez años. La ruptura que esa muerte supuso entre el padre y el hijo, incapaz el uno de compartir el duelo con su pequeño, y el niño incapaz de comprender por qué su padre le sustraía ese derecho al duelo, constituye sin duda el momento decisivo para comprender la carga afectiva que mueve todo el libro, y seguramente el momento en el que con más claridad, aunque siempre desdoblándose en las razones de su padre, Edgar Morin habla de sí mismo. Por todo ello, no creo que sea exagerado decir que Vidal es el espejo con que Edgar Morin capta el reflejo de lo humano. El resultado es una idea sutil y compleja de eso humano en la que la prosa de la vida cotidiana es trascendida por la poesía del amor, la generosidad y el agradecimiento. Todo eso impregna las páginas del libro con la forma diáfana, festiva y gastronómico-musical (es un libro que puede ser leí¬do a partir de todas las canciones que el padre canta, como a partir de toda la comida que el padre come) de una experiencia de vida con sentido, o cuando menos capaz de reinventarse permanentemente este sentido.
Vidal y los suyos es un homenaje a un padre prodigioso en el que el problema de la infancia queda de algún modo relegado al esfuerzo de comprensión que el niño Edgar Morin tuvo que hacer desde el comienzo para estar a la altura del amor (no de las exigencias intelectuales, sino del amor) de aquel padre. Tanto tuvo que esforzarse el hijo que pronto, al llegar a la edad adulta, pasó él a ser el padre de su padre, y ello alcanzó su punto culminante cuando Vidal Nahum, ya anciano, le pidió a su hijo que le diera la bendición paterna con un beso en la frente. Ese conmovedor reconocimiento de que el padre es también el hijo de su propio hijo adquiere aquí una rara intensidad y profundidad. El mero hecho de poder representar la genealogía de ese momento con tanta delicadeza y coherencia ya hace de Vidal y los suyos un libro inolvidable.
Distinta, digamos que mucho más retorcida y perversamente analítica, resulta la memoria prodigiosamente atenta a los detalles que Richard Wolheim ofreció de su propia infancia poco antes de morir. El entorno familiar del pequeño Richard era muy distinto del de la familia Nahum. Su padre era un empresario tea¬tral procedente de una familia judía alemana que había hecho fortuna. Su madre era una actriz de origen humilde. El matrimonio se relacionaba con gente como Kurt Weill o Sergei Diaghilev. Bohemia, dinero, inteligencia y cosmopolitismo, pero también frialdad y distancia burguesa en la educación, con la consiguiente sensación de abandono y soledad, reinan en las páginas de Germen. Es algo completamente distinto de la atmósfera que producía el padre maternalmente entrometido, omnipresente y emocionalmente chantajista de Morin. Wollheim explica con una prodigiosa habilidad literaria y analítica sus revelaciones, las pequeñas grandes experiencias iniciáticas que van rompiendo el frágil espejo de la infancia: el dolor físico, el sentimiento de abandono, la revelación de que el mundo interior de los otros puede deparar desagradables sorpresas cuando se convierte en indiscreción, la ridícula y dolorosa dependencia de los afectos (con un perro de irrefrenable sexualidad), la desolación del primer coito, o la dificultad de modular el egotismo infantil conforme a las exigencias que el egoísmo adulto impone, junto con el sutil planteamiento del enigma de la diferencia entre lo masculino y lo femenino, o el origen de su formidable fobia al olor de los periódicos, son momentos que trascienden lo anecdótico para ofrecer magníficas piezas de autoanálisis y reflexión. Germen es una brillante incursión en la mentalidad de un niño expuesta por un adulto capaz de identificarse todavía con ella, o que por lo menos ha dotado aquella mentalidad de un punto de vista consistente y desde el que vale la pena insistir sobre la corrección y pertinencia del modo en que las cosas se presentaron por primera vez ante una conciencia despierta, aunque inexperta. Como si este primer aspecto, y no los otros más convencionales y ordinarios, fuera al final el más convincente. Dolor, perplejidad y crueldad pueden tensar esta primera visión (este germen de toda visión), pero no por ello la sustraen a la impresión de primera verdad consistente sobre la rea¬lidad del mundo exterior, de modo que todo lo que vendría después en la vida sería una negociación con esa verdad primera, una atenuación, una repetición y una rememoración. Una lección proustiana, en definitiva, sobre el valor de la propia infancia para la vida moral del adulto.
Seguramente ni Morin ni Wollheim, y el que menos de los dos Morin, merecen un gesto de extrañeza por el hecho de que un filósofo y un intelectual se acuerden de cuestiones tan privadas, aparentemente tan triviales y decididamente tan personales. Pero estos dos libros maravillosos, tanto si son leídos conjuntamente como por separado, nos remiten a la seriedad de lo que crece al margen de los llamados grandes problemas del conocimiento y de la sociedad. Si pensamos que la voluntad de saber es siempre también una suerte de arrogación de la voz, resulta iluminador que estos dos libros, escritos por dos hombres sabios (si puede usarse ese término, y en español, sin un ápice de ironía), se expresen desde algo en cierto modo ajeno a la voz. El uno a través de un padre sin voz pública y el otro a través de un niño que balbucea confuso ante la experiencia terrible de la vida ordinaria. Los dos, Morin y Wollheim, no hablan de sí mismos sino de un pequeño, o gran, Otro que los encubre: el niño Wollheim devolviéndole al viejo y célebre profesor algunas certezas básicas sobre la complejidad del mundo, y Vidal Nahum redimiendo al intelectual ya consagrado Edgar Morin de unos fantasmas que toda su sabiduría sólo podía rodear y ocultar bajo la malla de lo complejo. Si la filosofía, como la literatura, sólo puede ser grande de verdad cuando se muestra como una cuestión personal, sin que esta cuestión esté reñida con la inteligencia, la honestidad y la generosidad, entonces estos dos libros son grandes entre los grandes.

01/04/2010

 
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