ARTÍCULO

La memoria del paraíso

Alfaguara, Madrid, 1998
Trad. de Eloísa Álvarez
148 págs.
 

Es curioso (y terrible) lo que nos pasa con los animales. Están a nuestro lado, y no dejamos de contemplarlos, estudiarlos y servirnos de ellos, pero raras veces demostrando una verdadera atención. Esa atención desinteresada capaz de valorarlos por lo que son, y no como mera materia de nuestras excursiones ecológicas o gastronómicas, o, en el mejor de los casos, de nuestros símbolos. Y, sin embargo, están aquí, en un mundo paralelo al nuestro del que apenas sabemos nada. Y, como es lógico, esa vecindad da lugar a interferencias, a comunicaciones tan decisivas como insospechadas. Los griegos tenían dioses mediadores, que ayudaban a esos tránsitos entre mundos distintos, y entre nosotros, en nuestra tradición cristiana, hay un personaje memorable, Noé y su Arca. A él se acoge Miguel Torga al escribir este librito, tan hermoso como necesario. Hermoso porque es compasivo, delicado y exacto; necesario, porque habla de esa distancia, y nos dice que debemos aprender a salvarla. También que la única facultad humana que nos puede ayudar en esta tarea es la imaginación, siempre propicia a estos tránsitos entre realidades distintas. Aún hay más, ese espacio de intimidad y cuidado que es el Arca, y que bien podría ser un símbolo de nuestra imaginación, sólo puede constituirse sobre la presencia de lo otro. Eso es la imaginación, lo otro en el seno de lo uno. O dicho de otra forma, la idea misma del hombre sólo es concebible en este trato con lo que es diferente a él. Ser hombre podría ser, por ejemplo, tener un Arca llena de animales. Si éstos mueren, y puede pasar, una parte de nosotros morirá con ellos. No es extraño, por eso, que Torga cuando quiere en su prólogo hablar de su libro se refiera a él como un Arca. Es decir, leer es como entrar en el Arca, y acercarse a los animales. Y eso hace Torga, invitarnos a entrar y a mirar en su interior. ¿Y cuáles son los animales que nos muestra? Un perro, una chicharra, un jilguero recién nacido, un gallo, un sapo, un mulo, un gato, un toro, un mirlo, un pardal y un cuervo. No son animales fabulosos, ni exóticos, sino domésticos o casi domésticos, animales que viven en nuestra vecindad (la vecindad de los hombres occidentales). Pero aún hay otra cosa, no son animales genéricos, sino que están individualizados. Esa es una de las apuestas más fuertes de este libro. El animal, desde nuestros ojos, casi siempre es especie, carece de individualidad. Tampoco, como es lógico, tiene rostro (tener rostro es estar diferenciado, ser alguien distinto, que no se confunde con los demás). Y nosotros no vemos una oveja, sino las ovejas; y cuando miramos un toro, es a los toros a los que vemos y no a un toro concreto. Pero Torga no quiere darnos la especie, sino ese momento en que se produce el milagro de la diferencia. Por eso sus animales llegan a tener algo parecido, o muy próximo, a un rostro individual. ¿Pero es esto posible, o a la manera de ese antropomorfismo a que tan acostumbrado nos tienen las películas de Walt Disney, darles un rostro es privarles de su propio ser, reduciéndoles a una mera prolongación de nosotros mismos? En tal caso ¿cómo hablaríamos de ellos? No podríamos hacerlo, sólo los podríamos mirar. Y ni siquiera eso, pues mirar es preguntarse por lo que se ve. Creamos el Arca para poder hacernos esas preguntas. El Arca no está construida de madera sino de palabras, y nada más natural que las criaturas que van en ella, y como es lógico también los animales, puedan utilizarlas. Es verdad que, en la Biblia, son las especies las que se salvan. Dios no le dice a Noé que salve a los animales que más quiere, sino a un representante de cada especie. Quiere salvar las especies, no las individualidades. El Arca de Torga es distinta, está hecha de palabras, y es pues un espacio de individuación. No vemos las especies, sino los animales concretos, singulares, animales a los que esa proximidad del hombre ha dado el uso interior de la palabra. También, como es lógico, un nombre. Así el perro se llama Nero; el gallo, Tenorio; el sapo, Bambo; el mulo, Morgado; el gato, Mago; el toro, Mihura; el mirlo, Farrusco; el pardal, Ladino; y el cuervo, Vicente. No se trata en suma de animales cualquiera, sino de aquellos que tienen un nombre y una historia propia. ¿Y qué quiere decirnos Torga con esas historias? No sólo, claro, que nos fijemos en ellos, sino que nuestra vida depende de que lo hagamos así. Que no es Noé el que salva a los animales, sino que son ellos los que le salvan a él. Ese es el sentido del último cuento, en que Vicente el cuervo, al desafiar el mandato de Dios, termina por doblegar su voluntad, y le hace retirarse tan conmovido como avergonzado. Dándole en suma una lección de libertad.

Decía Isak Dinesen que sólo hay dos pensamientos dignos de una persona inteligente. El primero es qué voy a hacer dentro de un momento... Y el otro, ¿qué pretendía Dios al crear el mundo, el mar, los desiertos, los vientos, el amor, el ámbar, los caballos, los peces, y todos los animales? Toda una declaración de principios que este libro precioso contesta a su manera. Y lo hace como sólo se pueden responder a esas preguntas esenciales que sostienen el corazón de los hombres, contando un puñado de hermosas historias. Creo que también fue la gran narradora danesa la que en alguno de sus libros dijo que la misión del poeta es hacer que los otros confundan ficción y realidad a fin de hacerlos durante una hora misteriosamente felices.

Y estos cuentos, en que escuchamos el «pensamiento» de los animales, lo consiguen. Después de leerlos una cosa parece clara, no fue la corrupción de los hombres la que hizo que Dios se decidiera a provocar el diluvio que arrasaría la tierra, sino su soberana independencia. El Diluvio instaura la muerte, la conciencia de la muerte. Y los animales forman parte del exilio que resulta. Su ensimismamiento es la memoria del paraíso. Tal vez sea esto lo que Torga quiere decirnos cuando nos habla de ellos. En todo caso, escucharle tiene un valor curativo, implica una victoria contra el aburrimiento. ¿Puede pedirse más al viejo arte de narrar?

01/12/1998

 
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