ARTÍCULO

Un asunto escato-lógico

Turner, Madrid
Trad. de Víctor V. Úbeda
316 pp. 22 €
 

Algunas prácticas sociales humanas han sido señaladas como líneas que separan la civilización de la barbarie. La forma en que una sociedad trata a sus presos, por ejemplo, es una de ellas. Así, una colectividad desarrollada moralmente sería aquella que concediera a sus delincuentes un trato digno, de acuerdo con la Declaración de Derechos Humanos, que mantiene en su preámbulo que toda persona es siempre un sujeto de derechos (exceptuada su libertad) a pesar de haber violado los derechos de los demás. Otras son bien conocidas por lo conspicuo de los personajes que las han expresado: es el caso de la exhortación de Gandhi a un trato justo hacia los animales; este trato es precisamente el que señala el nivel de civilización de un pueblo. Otro tanto significaba para Charles Fourier «el grado de libertad del que disponen sus mujeres». Sin duda todos los casos citados, e incluso muchos otros no recogidos aquí (grado de protección hacia los menores, por ejemplo), servirían de baremos para indicar fronteras más allá de las cuales no podríamos considerar a una sociedad como éticamente avanzada en la consecución de la dignidad para todos sus miembros.
Sorprende inicialmente, y sobre todo a alguien neófito en estas cuestiones, la tesis mantenida por Rose George en el libro aquí reseñado, según la cual la modernidad de una sociedad se cifra en el grosor de la barrera que los seres humanos pueden colocar entre ellos y sus excrementos. El mismo Gandhi señaló que el saneamiento en India era más importante que la independencia. Y es que, a pesar del alto grado de sofisticación tecnológica que hemos alcanzado, lo cierto es que dos mil seiscientos millones de personas viven aún sin ningún tipo de saneamiento. Y esto no significa que no tengan retrete en sus casas, sino que viven literalmente rodeados de excrementos humanos. Aunque nuestras heces no son «automáticamente tóxicas» (p. 209; de hecho, y según parece que hacía a diario Martín Lutero, el reformador, cada uno de nosotros podría tomarse una cucharada sopera de las suyas sin que pasara nada), sí pueden serlo, en cambio, en gran manera por la cantidad de gusanos parásitos que llegan a transportar: es la denominada «carga helmíntica» (p. 210). Nuestros excrementos pueden transmitir alrededor de cincuenta enfermedades infecciosas, algunas de las cuales son salmonelosis, esquistosomiasis, cólera, criptosporidiosis, meningitis, disentería, anquilostomas, lombrices intestinales, tenia, dengue, leptospirosis, hepatitis A, tifus, sarna y botulismo. Son las llamadas «enfermedades de transmisión fecal», la mayoría de las cuales se sirven del agua para desplazarse de un organismo huésped a otro. Las heces contaminan el agua y esa misma agua la utilizan después las personas para beber o lavarse. Como dice George, «los argumentos en contra de la defecación al aire libre no son sólo estéticos. En términos de salud pública, la práctica entraña un peligro increíble» (p. 209). Una de cada diez enfermedades que se padecen en el mundo se debe a servicios sanitarios deficientes, falta de higiene o agua insalubre. Según Unicef, los niños del tercer mundo tienen como gran obstáculo que superar, mayor que el sida o la malaria, la diarrea, que mata a uno de ellos cada quince segundos, y que se contrae por el consumo de aguas contaminadas con materia fecal. Ante estos datos apabullantes, el lector no puede por menos de sumarse a la alerta que George reclama para esta cuestión. La contundente repercusión que sobre la salud tiene la ausencia de saneamiento es incontrovertible y la búsqueda de soluciones para los que aún no gozan de la posibilidad de eliminar sus excrementos eficientemente se revela como un asunto de máxima urgencia.
Hay tres formas de abordar nuestra «mayor necesidad». La más extendida durante muchos siglos ha sido la de poner el trasero en pompa y defecar al aire libre. Aún hoy es la práctica en uso en países subdesarrollados o en vías de desarrollo. Otra opción es hacerlo en pozos o letrinas, más o menos sofisticados; la implantación de letrinas en países como India o Kenia constituye uno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (establecidos en una conferencia de Naciones Unidas para el Desarrollo celebrada en el año 2000). La tercera, depositar las heces en un inodoro hidráulico y hacer que el agua se lleve nuestros excrementos lejos de nosotros.
En realidad, hasta el siglo XIX, en ciudades como Londres y la mayoría de los asentamientos humanos, se trataba la cuestión de las heces simplemente delimitando lugares donde los ciudadanos hacían sus necesidades. Sólo cuando el crecimiento de la población, como consecuencia de la Revolución Industrial, hizo que el llamado «saneamiento in situ» ya no diera abasto, se hizo perentoria la necesidad de encontrar un medio más eficaz para eliminar tanto residuo. Aunque en Roma ya se había pensado en el agua como sistema para eliminar los excrementos de las letrinas (y aun antes, en el palacio de Cnosos), y se habían construido alcantarillas, este sistema de saneamiento sólo se difundió en las sociedades modernas a partir de mediados del siglo XIX, cuando Edwin Chadwick se propuso expandir la red de alcantarillado de la ciudad del Támesis, utilizándola para la conducción de aguas negras, y no sólo como colector del agua de las lluvias. El problema fue que el río de la ciudad se convirtió en un inmenso y hediondo sumidero de donde la gente siguió extrayendo el agua para beber. El cólera hizo su aparición inmediatamente y, en 1858, Joseph Bazalgette, mediante la construcción de inmensas cloacas troncales paralelas al Támesis, logró alejar las aguas residuales a una distancia prudencial de los lugares de residencia. La autora señala que esta costosísima obra pública logró seguramente salvar más vidas que cualquier otra nunca construida, pese a lo cual los nombres de sus responsables apenas son conocidos por los que tantos beneficios hemos obtenido de sus inventos. El sistema hidráulico en la eliminación de las heces, es decir, el uso de retrete con una cisterna que arrastra los excrementos con agua a otra parte, se considera la manera más moderna y eficaz de eliminar nuestros desechos, y también la más deseada en todo el mundo. El problema de este «dogma de la moderna sociedad industrial» es que es extremadamente caro, pues necesita la puesta en marcha de una red de alcantarillado y su adecuado mantenimiento y, por otro lado, no es ni siquiera planteable, desde un punto de vista medioambiental, emplearlo en aquellos países donde escasea el agua.
A principios del siglo XX aparecen las estaciones de depuración de aguas residuales. Lanzar los residuos al mar o al río más cercano no es suficiente: hay que limpiar y tratar estas aguas para que puedan volver a ser utilizadas. Rose George ironiza sobre este sistema que consiste en «coger agua limpia y potable, verter porquerías en ellas y a continuación gastarse una fortuna en volver a limpiarla» (p. 180). Pero no sólo porque sea ilógico, sino porque la utilización de los fangos sólidos resultantes del proceso de limpieza de las aguas negras, también llamados «biosólidos», como fertilizantes naturales suscita algunas dudas por lo que respecta a su salubridad. Y es que hace ya siglos que las aguas residuales no consisten exclusivamente en materia fecal: también encontramos en las alcantarillas restos de papel higiénico, pelo, grasas, orina, ácido estomacal y medicamentos, entre otras bazofias. Asimismo, acaban en el fango agentes patógenos, tales como los que provocan SARS, tuberculosis y hepatitis, procedentes de los residuos de hospitales y de depósitos de cadáveres. Por si fuera poco, en Estados Unidos, por ejemplo, los desechos industriales representan el veinticinco por ciento de las aguas residuales a nivel nacional, y éstos contienen alrededor de cien mil sustancias químicas diferentes, muchas de las cuales con un reconocido poder carcinógeno, como ésteres de ftalato, PCB y dioxinas. George presta su voz a cuantos se muestran escépticos o abiertamente críticos con el uso de los biosólidos como fertilizantes, como el microbiólogo David Lewis, alto funcionario de la EPA (Environmental Protection Agency), en opinión del cual «el uso agrícola del fango es un problema muy serio. Hemos mezclado agentes patógenos con una gran cantidad de sustancias químicas que, nos consta, agravan el proceso infeccioso. El fango hace más propensa a la gente a padecer infecciones» (p. 201).
El tratamiento de los residuos en los países desarrollados es uno de los temas prominentes de libro. Algunos capítulos incluyen datos de gran calado, como los que acabo de referir sobre los fangos fertilizantes. Otros tienen un carácter más anecdótico, como cuando paseamos por las alcantarillas de Nueva York de la mano de sus poceros; e incluso hilarante, como las páginas dedicadas al inodoro japonés. No obstante, en mi opinión, los momentos más apasionantes y desazonadores de la obra están dedicados a la situación del saneamiento en los países del tercer mundo o en vías de desarrollo.
India ocupa una gran parte de la exposición de George y allí se revela, a través de un minucioso trabajo de campo realizado en gran número de ciudades y aldeas, toda la trascendencia para la salud y el bienestar de sus habitantes que tiene el hecho de poder acceder a una estructura sanitaria que ponga a salvo a la población de la contaminación fecal. Doscientas mil toneladas de heces humanas se depositan cada día en India, las cuales no reciben ningún tratamiento y quedan ahí en campos y calles para ser pisadas, aplastadas y transportadas en los zapatos y en los pies. No es de extrañar que el gobierno indio lleve años combatiendo este fenómeno. «La posesión o carencia de un retrete son los verdaderos indicadores de la riqueza de un país, no el PIB ni el índice bursátil», ha afirmado el ministro de desarrollo rural. Entre 1986 y 1999, el Programa de Saneamiento Rural instaló 9,45 millones de letrinas. Aunque este número no alcanzó siquiera a cubrir el aumento de la población en este país, no se trata sólo de que la cantidad de letrinas sea insuficiente: el principal problema es que los indios no las usan. Resulta francamente divertido el tono en el que George expone esta reacción inesperada de la población, y las artimañas del gobierno y de organizaciones como Gram Vikas para convencer a los aldeanos de que dejen de defecar al aire libre. Los argumentos racionales no suelen convencer a la gente para que cambie de hábitos, así que, en lugar de ofrecer charlas informando sobre lo peligrosos que éstos resultan para salud, Gram Vikas ha recurrido en Samiapalli (ciudad del Estado de Orissa, situado en la costa este) a lo que se ha llamado «negociación coercitiva»: si una familia se construye una letrina y un cuarto de baño, tendrá derecho a tener agua corriente, bien este deseado por sí mismo. Kamal Kar, asesor de la organización benéfica Water Aid, recurre al asco como catalizador del proceso de concienciación. Una de las fases de este proceso se produce así: se reúne a los aldeanos en el centro social, se coge un trozo de excremento procedente de una de las zonas de defecación y se coloca justo al lado un plato de comida, sin decir nada. Las moscas, que acudirán inmediatamente revoloteando de un manjar a otro, harán el trabajo de «concienciación».
Uno de los relatos más conmovedores del libro recoge unas horas en la vida cotidiana de Champaben, una paria, una intocable (bhangi) de la aldea de Gurjarat, cuyo trabajo es recoger los excrementos de los demás. «Todos los días se levanta y se dirige a casa de sus amos, donde retira sus excrementos con las manos desnudas o con un trozo de hojalata, los vuelca en un cesto, se pone el cesto en la cabeza y se lo lleva al vertedero más cercano» (p. 113). Existen en India entre cuatrocientos mil y un millón doscientos mil «rebuscadores de basura manual». Su cometido es recoger excrementos, aunque su tarea principal es vaciar las letrinas secas, que en muchos lugares del país consisten en un simple par de ladrillos donde el usuario se sube y defeca. Esta práctica, la recogida manual de excrementos, aparte de ser degradante, es peligrosa para la salud. Champaben suele contraer disentería, giardiasis y meningitis, pero se dedica a esta labor porque, según el sistema jerárquico de tres mil años de antigüedad, es su deber.
Aunque existen leyes que protegen a los dalit (nombre con que se conoce ahora entre los activistas a los parias), lo cierto es que los abusos y la violencia contra ellos son constantes. La tesis de George es que los intocables no recogen los excrementos por ser intocables, sino que lo son porque manipulan mierda humana. Esta interpretación funcionalista de la perpetuación de la existencia de parias, grupo que se halla por debajo del sistema de castas, alienta la labor del doctor Bindeshwar Pathak, fundador de la organización Sulabh International en 1970. Seguidor de Gandhi y de su preocupación por los rebuscadores, Pathak, ante el fracaso de las tácticas del mahatma para incentivar el amor fraternal entre castas e instar a los indios a que se limpiasen sus propias letrinas, pensó que una solución mejor era aportar una alternativa tecnológica: la construcción de retretes. Pathak comenzó su tarea convencido de que la labor de los rebuscadores era un síntoma de que la cultura india estaba enferma y de que los retretes podrían curarla de esa enfermedad. Sulabh International ha construido más de un millón de letrinas de sifón en India, tanto particulares como públicas. Algunos de sus bloques de aseos albergan colegios donde seis mil niños hijos de rebuscadores han recibido educación primaria. Sigue habiendo rebuscadores en India, pero, de entre ellos, al menos sesenta mil se han liberado de su condición gracias a la labor de este idealista visionario.
Quisiera llamar la atención sobre la reflexión que nos ofrece la autora en el capítulo final al preguntarse cuál será el porvenir del saneamiento mundial. Es muy sugerente su idea de que la letrina de compostaje, y no el inodoro con cisterna, puede ser el futuro. Por ahora, el inodoro no tiene rival en entornos refinados y con dinero, pero la cosa puede evolucionar. Algunos profesionales comienzan a considerar el inodoro y el alcantarillado como técnicas obsoletas, porque consumen mucha agua; y no sólo eso, sino que la malgastan por verter residuos en ellas. En un mundo donde se calcula que en el año 2050 la mitad de los ocho mil millones de habitantes que tendrá la Tierra vivirá en zonas secas, ha llegado la hora de optar por técnicas de saneamiento apropiadas. Puede que el futuro esté en las letrinas ecológicas de compostaje, y no es inverosímil que «un mundo más limpio pase por que los lunes por la mañana la gente saque a la calle sus cubos llenos de materia fecal compostada, como hace con la basura, para que se la lleve el servicio de recogida» (p. 278).
Rose George consigue hacer un libro sobre la mierda («es imposible tratar el tema del saneamiento sin hablar abiertamente de mierda», p. 15) que resulta apasionante. El asunto de la gestión de los residuos es una cuestión decisiva para todas las especies vivas. Algunos biólogos afirman que muchas de las especies extinguidas lo hicieron intoxicadas por sus propios residuos y, en este sentido, los seres humanos no somos una excepción. Pero hay que reconocer que no es, a priori, un tema de lectura apetitoso. Los humanos estamos biológicamente preparados para alejarnos de los excrementos, tanto que incluso hablar de ellos nos produce una profunda aversión. Reconozco haber sufrido alguna vacilación que otra a lo largo de la lectura, especialmente en el inicio del capítulo dedicado a los digestores de biogás chinos, en el que la sugerencia de George de no comer ensaladas en China me hizo abandonar el libro durante algunos minutos. No obstante, la autora contagia al lector su entusiasmo y nivel de compromiso. A la vez, destaca su buen pulso para narrar historias y situaciones, y un sentido del humor que se agradece enormemente dado el fondo dramático sobre el que trascurren algunas de esas peripecias. Muy recomendable.

01/06/2010

 
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