ARTÍCULO

Acerca de la masonería

 

En un momento en el que los temas esotéricos están en boga y proliferan las novelas y los relatos pseudohistóricos sobre los templarios, el Santo Grial, los illuminati, los descendientes de María Magdalena y no se sabe cuántos temas extravagantes más, no resulta sorprendente que la masonería despierte cierto interés. Con la particularidad de que se trata de una organización –o, para ser más exacto, un conjunto de organizaciones– que existe realmente y ha tenido cierta influencia en la historia de Occidente en los dos o tres últimos siglos. La primera reacción de muchos profanos ante la masonería es, sin embargo, la de no tomársela muy en serio. Cuando se enteran de que hoy en día alguien se hace llamar Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo del Grado 33 para España, no pueden evitar una sonrisa irónica. Otros, en cambio, tenderán a suponer que se trata de un poder oculto y, por ello, más influyente o incluso temible. ¿Qué se oculta, en realidad, bajo los ritos y los símbolos de la masonería? ¿Es simplemente una sociedad iniciática orientada al perfeccionamiento moral de sus miembros? ¿Es la depositaria de un saber oculto transmitido durante generaciones? ¿O es una sociedad secreta comprometida en la destrucción de la Iglesia católica? La primera es la respuesta más correcta, en el doble sentido de verídica y educada. La segunda es la que darían bastantes masones, pero no todos. Y la tercera fue asumida durante un tiempo por muchos católicos. Así es que la historia de lo que amigos y enemigos han imaginado acerca de la masonería a lo largo de los siglos es tanto o más interesante que su propia historia real. Antes de seguir adelante, conviene que quien esto firma haga una confesión. No me encuentro entre quienes piensan que existe un lado oculto de la realidad al que sólo puede accederse mediante procedimientos esotéricos, de modo que hago mío el viejo dicho de que el secreto de la masonería es que no tiene secreto. Las librerías españolas ofrecen, sin embargo, todo tipo de respuestas a las preguntas que he planteado. El lector encontrará en el libro de Ferrer Benimeli un estudio basado en la investigación histórica; en el de Vidal, un ejemplo clásico de teoría conspirativa; y en el de Blaschke y Río, una aproximación al tema desde la perspectiva de quienes creen en el ocultismo. Empecemos por este último libro, que desde su primera página se revela destinado a quienes están dispuestos a dejarse atraer por lo esotérico, quizá porque tienen un coeficiente intelectual superior al común de los mortales, según sugieren los autores, que se presentan respectivamente como escritor y periodista (Jorge Blaschke), y antiguo masón (Santiago Río). Su tesis es muy sencilla: la masonería ha dado a Occidente una tradición iniciática, esotérica, espiritual y mágica comparable a la de las grandes corrientes orientales en este campo. Dicho esto, no tienen tan claro de dónde tomaron su inspiración quienes en el siglo XVIII fundaron en Gran Bretaña la masonería moderna. La explicación habitual de que éstos dieron un nuevo significado simbólico a los ritos de los gremios medievales de canteros les resulta un poco pobre a nuestros autores. Un origen en los constructores del templo de Jerusalén, postulado en la propia tradición masónica, les resulta más satisfactorio. ¿Y por qué no un origen sufí? Aunque también cabe sospechar un origen extraterrestre: «Que existe relación entre los masones y los "seres de la luz", venidos para enseñar, parece cosa cierta». En resumen, estamos en pleno territorio de las «ciencias ocultas». Por lo demás, el libro cae en un error imperdonable para los aficionados a lo esotérico: como bien saben los lectores de El Código Da Vinci –es decir, a estas alturas, buena parte de los seres humanos–, la capilla de Rosslyn no está en Inglaterra, como se dice en la página 54, sino en las cercanías de Edimburgo, es decir, ¡en Escocia! César Vidal está muy lejos de las cifras de ventas de Dan Brown, pero es sin duda uno de los autores de divulgación histórica que más vende en España. Muchos ciudadanos deseosos de saber qué es la masonería habrán acudido por ello a su libro, que en realidad no pertenece al campo de los estudios históricos, sino al de las teorías de la conspiración, un género que a menudo vende más. Durante casi un siglo, desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX, muchísimos católicos de diversos países estuvieron convencidos de que la masonería era una secta de inspiración satánica que, en connivencia con el judaísmo, se proponía la destrucción de la verdadera Iglesia. Lejos de ser antisemita,Vidal se ha distinguido por su contribución a que no se pierda la memoria del holocausto, por lo que en su libro no se da por cierta la fábula del contubernio judeo-masónico, pero, por lo demás, apenas se distingue de los delirantes panfletos antimasónicos a los que tan aficionada era la extrema derecha española hace un siglo, como los del presbítero Tusquets, que cita abundantemente en su bibliografía. Sigue creyendo, por ejemplo, que la masonería tuvo una influencia «casi increíble» en los gobiernos de Azaña. El problema es que el papel político real de la masonería española en los años veinte y treinta quedó claramente establecido por la investigación que hace veinte años realizó María Dolores Gómez Molleda en el hoy famoso archivo de Salamanca, plasmada en su libro La masonería en la crisis española del siglo XX (Madrid, Taurus, 1986). Un libro que Vidal cita de pasada, omite en su bibliografía y, evidentemente, bien no ha leído, bien ha preferido ignorar. Gómez Molleda comprobó que en la España de aquellos años se daba una gran interpenetración entre republicanismo y masonería; que algunas logias masónicas se implicaron de lleno en las conspiraciones contra la dictadura de Primo de Rivera y contra la monarquía; que eran masones seis ministros del primer gobierno republicano y un tercio de los diputados de las Cortes constituyentes, y que un amplio sector de la masonería apoyó la legislación anticlerical. Pero averiguó también que un sector de la orden se opuso a que se abandonara el principio de no implicación en la política; que algunos masones condenaron la intolerancia anticatólica como contraria al espíritu masónico; que los ministros masones apenas asistían a las reuniones de la orden; y que ésta tuvo una gran división en sus actitudes políticas durante los gobiernos de Azaña, uno de cuyos principales opositores fue el propio Gran Maestre del Gran Oriente, Diego Martínez Barrio. Estos últimos son los resultados de la investigación histórica que Vidal omite. Pero lo más grave es que su obsesión acerca del papel subversivo de la masonería le lleva a justificar la represión antimasónica de Franco (p. 292), sin molestarse en explicar que se tradujo en el fusilamiento de bastantes personas cuyo único «delito» era haber pertenecido a una logia. Llega incluso a prestar cierto crédito al informe de un agente de la Internacional Comunista, el búlgaro Stepanov, quien, en el más puro estilo de la paranoia estalinista, atribuye a los militares masones la derrota de la República. No es que Vidal suscriba enteramente el juicio de Stepanov, pero concluye su reflexión sobre el tema con la observación de que «fue precisamente el bando que se libró de la acción de las logias en el seno del ejército el que ganó la guerra civil» (p. 295). Quien prefiera los datos comprobados a las fantasías de distinto signo hará bien en leer a José Antonio Ferrer Benimeli, el mayor experto en la historia de la masonería española, cuyo estudio viene promoviendo desde hace más de treinta años. En su breve libro La masonería, ahora reeditado en una versión renovada, Ferrer Benimeli resume de una manera clara algunos hechos fundamentales sobre el tema. Explica el origen medieval de la masonería, su renovación en el siglo XVIII ; su carácter iniciático y su condena por la Iglesia en los siglos XVIII y XIX. Concede la importancia que merece a la escisión entre las masonerías del Norte y las de la Europa latina, que a finales del siglo XIX abandonaron el imperativo de la creencia en Dios y, en los casos de Francia y España, se identificaron con el republicanismo.Y contrapone, por último, las teorías conspirativas antimasónicas a las verdaderas aportaciones masónicas en campos como el de los derechos humanos. En conclusión, puede afirmarse que la masonería no es ni un credo religioso, ni un partido político, ni una secta subversiva. Carece de una doctrina propia, tanto en el terreno ideológico como en el esotérico. Ha podido utilizarse como instrumento de acción política o de medro personal, pero no ha de buscarse en ello su esencia, como tampoco en su obra filantrópica. ¿Qué es entonces? La mejor definición que he encontrado es la de un estudioso italiano, Natale Mario di Luca –masón él mismo, supongo–, según el cual se trata de «una sociedad iniciática tradicional dedicada al perfeccionamiento espiritual (y, por tanto, también moral) de sus miembros (y, por extensión, de toda la humanidad), que emplea una metodología de trabajo gradual y un recorrido cognitivo centrado en los ritos y los símbolos» (La massoneria. Storia, miti e riti, Roma, Atanòr, 2004).

 

01/11/2006

 
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