ARTÍCULO

Don de la perplejidad

Alfaguara, Madrid, 1997
304 págs.
 

Un escritor noruego, famoso en su país por la trascendencia de su novela La casa de Mona Elden, sometida en su momento a un proceso por obscenidad que acabó alterando la vida del autor, pasa la última etapa de su existencia en una clínica catalana. El mal que le aqueja: la Enfermedad, así en mayúsculas, modo eufemístico de tratar al, por lo visto, todavía tabú virus del sida. Sometido a cuanto de innoble o secreto pueda tener un mal, que las gentes bienpensantes atribuyen a causas pecaminosas, y que en su última fase, la que aqueja al escritor noruego, se caracteriza por un deterioro orgánico dudosamente estético, el novelista nórdico monologa acerca de lo que fuera su vida y obra, radicalmente trastocadas a raíz del proceso por obscenidad al que antes aludía. Monologa el escritor sobre temas trascendentales –la soledad, la incomunicación, el silencio impuesto a su escritura durante veinte años, pero también el erotismo, las guerras, la propia enfermedad– y lo hace en un falso soliloquio (semejante al de La caída de Camus o La parranda de Eduardo Blanco Amor), es decir lanzando su palabra hacia interlocutores aparentemente mudos, pero de quienes adivinaremos las intervenciones dramáticas a través del propio discurso, que jamás cesa, del monologante. Hablo de drama, y no casualmente, puesto que aquí nos hallamos ante un texto teatral de primer orden que, posiblemente y una vez adaptado, acabará teniendo un lugar en los escenarios. Así las cosas, el escritor trasterrado, y oculto en la mayor de las clandestinidades en esa clínica de lujo donde van a morir los elefantes con capacidad económica, cuenta con una amplia gama de interlocutores; desde las enfermeras hasta el psicólogo clínico, pasando por el director médico y el último amigo del escritor, un ambiguo sujeto (en ocupación, en preferencias) llamado Artemi, que es por medio de quien conoceremos las circunstancias que llevaron al escritor noruego a abandonar la literatura, también la vida familiar; en primer lugar alterada por la publicación de La casa de MonaElden, después con las rupturas sucesivas con la amante y con la hija, víctima ésta del proceso de incomunicación a que se vio abocada la relación con su padre, en realidad un trasfuga del atormentado segmento temporal que le tocó vivir. Sin duda, tampoco es casualidad la procedencia nórdica del protagonista de La mar nunca está sola, metáfora apropiada en cuanto que el elemento mayoritariamente azul del planeta siempre se ve acompañado de seres en su fluir, al contrario que la existencia humana. Y no es el azar el que sitúa en Noruega el origen del escritor, pues al puritanismo implícito de su país natal le acompañan las analogías con otros creadores noruegos (Ibsen, Grieg, Munch, Hamsum) marcados por un devenir vital complejo, cuando no definitivamente atormentado. Todo ello, más la ocupación nazi de Noruega vivida por el escritor o la propia naturaleza descomunal, apocalíptica de los fiordos, configuran un excelente telón de fondo (anímico, paisajístico) para la exposición, deposición sería tal vez la palabra, de las circunstancias del escritor, que van encajando como en un bien resuelto rompecabezas, en el que Saladrigas fuera depositando (dosificando) con sabiduría las distintas piezas. La presencia de historias intercaladas, la de origen sudamericano, la tomada de las propias leyendas noruegas, ayudan a que el monólogo se llene de aire allí donde tanta palabra procedente del mismo personaje pudiera de alguna manera provocar cansancio. Al final queda en el lector esa cierta sensación de perplejidad que, ante el asombro que es el motor de la vida, concluida en este caso por la llegada de una enfermedad de la que en este caso se ignoran incluso las razones, nos transmite Robert Saladrigas a través de un elemento estético, el autor noruego, de primer orden. Para que la novela llegara hasta nosotros, desde su original catalán, con la debida fluidez puso algo más que esmero en la traducción Flavia Company.

01/09/1997

 
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