ARTÍCULO

Roma de cartón

Barcelona, Planeta, 375 págs.
 

Dada la indefinición genérica propia de la narrativa de fin de siglo, decir que La liberta responde grossomodo al esquema de la novela histórica resulta, cuando menos, insuficiente. Ortiz parte de una ligera base pseudohistórica que adereza con las múltiples leyendas que acompañaron las vidas del emperador romano Nerón y el apóstol Pablo. La mayor virtud de la obra se deriva del hecho de haber unido, gracias a la palabra escrita, las conflictivas existencias de dos seres que, desde sus diferencias casi irreconciliables, sirven a la escritora para dibujar dos concepciones del mundo opuestas –la romana, derivada directamente del legado helénico, y la cristiana– que en un momento dado de la historia rivalizaron hasta que la primera resultara definitivamente derrotada.

También debe ser destacada la voz narradora elegida por Lourdes Ortiz. Las andanzas de Nerón y Pablo son relatadas por el único testigo que pudo presenciar las interminables discusiones de tan controvertidos espíritus, empeñados en asirse a un ideal –terreno el del primero, trascendente el del cristiano– que van descubriendo inútil e irrealizable. La liberta Acté sirve de hilo conductor a través del cual nos vamos adentrando en las motivaciones de uno y otro personaje. Acierto, pues, haber elegido un narrador ajeno a ellos. Desde la distancia que otorga la edad y la experiencia, el relato de la liberta va dejando descubrir cómo el poder absoluto de las ideas es una más de las falacias que la historia se ha encargado de imponer. Las creencias más consolidadas se derrumban desde el momento en que el azar obliga a compartir retiro a dos hombres que, al margen de las diferencias, se saben exilados y, por ello, incomprendidos del mundo que les rodea.

Ahora bien, La liberta resulta ser, a fin de cuentas, una novela fallida. Las virtudes formales no deben ocultar las profundas carencias de una endeble armazón sostenida artificialmente. De un lado, la escritora teje un tapiz que huele a tópico. La Roma retratada responde a un cliché heredado directamente de las grandes producciones cinematográficas de los años cincuenta. No ha lugar a la humanización de los caracteres que, como tantas otras veces, siguen hablando desde sus púlpitos –con las grandes dosis de irrealidad que de ello se deriva– por el simple hecho de pertenecer a una época –la romana– en la que, parece ser, no hubo espacio para la sencillez en la vida cotidiana y en los sentimientos. El estilo grandilocuente empleado sin descanso hace que la tríada de protagonistas acabe siendo un excelso grupo de fantoches poco o nada creíbles para el lector. El proceso de endiosamiento lleva consigo, de manera obligada, un estilo amanerado y repetitivo que acompaña, con demasiada frecuencia, a las recreaciones –literarias, cinematográficas e incluso teatrales– del imperio romano.

Por otro lado, las prometedoras páginas iniciales –basadas en el relato de las circunstancias que propiciaron la fortuita unión de Nerón y Pablo– dejan paso a un interminable anecdotario de intrigas palaciegas, ensartadas al más puro estilo folletinesco, y que, de nuevo, huelen a topicazo. Si creemos en la autorizada voz de la liberta Acté, la única motivación que inspiró a los hombres de la antigua Roma fue exclusivamente la ostentación de poder. Imposible es, pues, encontrarse –en la larga nómina de títeres que llenan las páginas de La liberta– seres que se debatan por la licitud de sus comportamientos. Aquella confrontación entre el espíritu romano y el cristiano de la que hablábamos al principio es rescatada, en un baldío esfuerzo final, mediante la comparación entre el mito de Dánae-Júpiter y María-Dios, último rescoldo anecdótico de una veta en la que se encontraba la mejor de las líneas a seguir. En definitiva, La liberta pasa por ser un original planteamiento, trasplantado a una tópica y poco noble Roma, fabricada en cartón piedra.

01/05/2000

 
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