ARTÍCULO

La lectura como conversación ininterrumpida

Lengua de Trapo, Madrid
220 pp. 16,95 €
 

Así como la fotografía comunica por medio de imágenes visuales, la escritura lo hace por medio de palabras, signos que remiten del garabato negro impreso en la página a un significado. Muchos creadores eligen un arte visual –la fotografía o el cine– para satisfacer la necesidad de comunicar lo percibido y sentido, mientras que la literatura, un arte de baja tecnología, sigue manteniendo su atractivo. Sorprende que jóvenes de talento elijan todavía la ficción para contar en lugar de, por ejemplo, el ensayo. El incentivo de montar una trama ficticia, poblarla de personajes y demás, supera el que pudiera ofrecer el desarrollar el mismo tema en un formato no ficticio. Les empuja, desde luego, el deseo de ofrecer una versión propia de la realidad.

Al terminar la lectura de un crecido número de libros actuales, sea de ficción o incluso de historia, recibimos la señal de que la conversación mantenida con el texto se ha interrumpido. Nuestra relación con el libro difiere de la habida, digamos, con un volumen de la época de la Ilustración o del siglo XIX . Cuando la cultura europea floreció a finales del XVII , las ideas viajaban de ciudad en ciudad, lo que hizo posible, entre otras cosas, que las doctrinas reformistas o la filosofía de Descartes se esparcieran por las diversas culturas del continente (Paul Hazard).

Los libros de entonces contenían textos densos, cerrados, que ofrecían conclusiones al lector. Hoy en día las fronteras se cruzan virtualmente, en los internet fora y webblogs, con celeridad. Las ideas vienen acompañadas por textos, luces, música, y todo ocurre a gran velocidad, tanta que antes de que podamos acostumbrarnos a ellos, ya llega la siguiente ola de novedades. La cultura de masas prefiere, sin duda, el flujo de información e incitaciones perceptuales a las ideas bien fundamentadas por la reflexión. Los libros reflejan este espíritu posmoderno y, en consecuencia, exhiben una forma peculiar. La mayoría carece del conocido formato donde al inicio del mismo se plantea el asunto, a continuación viene el nudo y, por último, el desenlace, que, dicho crudamente, es la plantilla útil para acrecentar el interés lectorial por un personaje, una situación o una idea. Se la ha sustituido por un continuo verbal, que me atrevo a describir como una conversación entre el autor y el lector, que sólo se interrumpe al llegar a la página final. Allí no leemos la última palabra, simplemente encontramos un cierre. La conversación continuará en el siguiente libro. Hemos regresado a una forma de cultura oral, sólo que con otra finalidad. Recordemos el famoso Retablo de Maese Pedro cervantino. Cuando el muchacho-narrador abandonaba la derechura de contar el relato, don Quijote le advierte que siga por la vereda recta y se deje de digresiones. La oralidad de hoy se asemeja a la del narrador, que da muchas vueltas en el camino.
 

López López, la segunda novela de Juan Aparicio-Belmonte (Londres, 1971), una de las firmes promesas de la narrativa española actual, ejemplifica perfectamente lo alegado. Se narra la adúltera relación existente entre una joven esposa y su supuesto hermano. Únicamente llevan ambos los mismos apellidos que figuran en el título, lo que les permite mantener relaciones amorosas sin que el marido sospeche nada. La peripecia subsiguiente fluye vertiginosa, marcada por las numerosas vueltas y revueltas de la trama, que hilan los celos del marido con unos cuadros originales vendidos en el mercado negro y con enredos variados en que unos personajes se traicionan a otros en una perpetua mutación de posiciones.Aparicio-Belmonte mantiene el interés lectorial con un verbo ágil, lleno de gracia y con sorpresas narrativas constantes. Posee un toque verbal jocoso y una decidida aptitud para la ficción con perfiles de novela negra, parecida a la del mejor Eduardo Mendoza.

La novela consta de ochenta y ocho capitulillos o mosaicos, con los que el lector mantiene un trato sin fin. Nos interesan los personajes, el Caramorsa, la amiga ecuatoriana, el Pintor, el detective Effenberg, los seguimos por un rato, desaparecen, vuelven a aparecer en la trama, entran otros, y así. El nudo de la acción se basa en que el hermano falsifica los cuadros, los cambia por los que cree originales, que ya su hermana había falsificado y sustituido previamente. La idea primaria del autor no es intrigar al lector, sino sacarle una sonrisa, enganchar su atención con los permanentes cambios de dirección de lo contado. López López al igual que la primera novela del autor, Mala suerte (Lengua de Trapo, 2003), no llega a un final. La narración simplemente avanza mostrando que los sucesos que viven los personajes son correlato de sus precariedades existenciales, y su vida rueda al azar como la bolita en una ruleta.

De hecho, la mejor descripción de la obra la conseguiremos relacionándola con una variante actual de la técnica del desdoblamiento interior, la utilización de un determinado marco narrativo que se duplica en otro interior. En la literatura española el maestro de esta técnica es Azorín, quien gustaba de bosquejar una situación presente y profundizarla (mise en abîme llaman los franceses a esta técnica), con una situación paralela en el pasado. Aquí nos encontramos con numerosas duplicaciones, desde la del apellido de los protagonistas, López López, que figura en el título, el hecho de que el protagonista masculino falsifique los cuadros falsificados previamente por la hermana, y elevado al cubo porque el pintor original era un fraude de artista. Las coincidencias son también frecuentes, el protagonista y su cuñado contratan al mismo detective, su novia resulta que sirve en casa del pintor cuyos cuadros falsifica. La diferencia entre la técnica del desdoblamiento interior clásica, azoriniana, y la que encontramos aquí reside en que la primera busca establecer una identidad esencial e invariable manifiesta en circunstancias diferentes y la otra explorar una relación banal y regida por la casualidad.

La realidad representada por Aparicio-Belmonte ofrece la vista de un mundo donde las circunstancias humanas no se explican mediante la causalidad, ni por la identidad metafórica, sino por la coincidencia arbitraria de los personajes en un determinado momento y espacio.Así como el costumbrismo sirvió para esbozar el mapa físico de nuestro entorno dibujado luego por la novela realista, la novela conversacional utiliza la casualidad para representar un universo ahíto de imágenes y coincidencias sin un centro reconocible. Esa realidad es la nuestra.

01/05/2005

 
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