ARTÍCULO

¿La izquierda que viene o la que se va?

 

Hacia octubre de 1989, pocos días antes de la caída del muro de Berlín, publiqué un libro con el título La izquierda: desengaño, resignación y utopía (Madrid, El Drach), en el que trataba de dar cuenta del predicamento de esta corriente política, viéndola en su viaje sin retorno desde el desengaño por los ideales perdidos a la resignación ante el presente de entonces y el intento de sobrevivir formulando de nuevo alguna utopía que otra. La verdad es que aquel libro no suscitó vehementes adhesiones.

Desde la caída del muro de Berlín la izquierda, en especial la izquierda no comunista, no ha hecho otra cosa que reflexionar sobre sí misma, su esencia y razón de ser. Los comunistas, tan dados antaño a escribir farragosas disquisiciones sobre asuntos tan abstrusos como fantásticos (leyes de la historia, crisis cíclicas, la desaparición del Estado y del derecho), han caído en un mutismo tan cerrado que parecen haberse hecho autistas. Sin duda, se escribe mucho sobre el fracaso del comunismo (Samuel P. Huntington, Timothy Garton Ash, Miguel Platón, el reciente Libro negro del comunismo) pero siempre desde fuera de la doctrina. Los propios comunistas todavía no han dicho esta boca es mía, ni nos han explicado cómo encaja el Zusammenbruch (hundimiento) de su sistema en la Zusammenbruchstheorie que vaticinaba aun no hace mucho la «crisis general del capitalismo». Seguiremos esperando.

En cambio, el socialismo democrático al que, en principio, no afectaba la catástrofe de las tiranías comunistas, no cesa de plantearse su existencia. A comienzos de los años noventa (antes del hundimiento de la URSS en 1991) publiqué un ensayo en El Basilisco de Gustavo Bueno sobre las consecuencias del hundimiento del comunismo para el socialismo democrático. Añadí luego otro sobre la revisión de los postulados de la izquierda que se tradujo a varias lenguas. Hoy, esta preocupación es tan general que un cínico podría decir que el verdadero criterio para discernir entre la izquierda y lo que no lo es es averiguar cuánto tiempo se está dispuesto a gastar preguntando qué sea la izquierda. Tanta y tan enjundiosa es la preocupación por este asunto, que ha llegado a convertirse en un negocio editorial, cuando todos los editores auguraban un negro porvenir al que llaman «libro político». De hecho, mientras escribo este artículo acaban de aparecer otras dos obras relacionadas con el asunto: una de Rafael Díaz Salazar sobre La izquierda y el socialismo y otra de Alfonso Guerra, un Diccionario de la izquierda que válgame el Señor.

Los dos libros aquí en comentario tienen algunos elementos en común. Se trata de obras colectivas a las que aportan sus personales visiones dos series de personas de izquierdas (alguna, como Victoria Camps aparece en las dos) y en las que los respectivos coordinadores también se tienen a sí mismos por gentes de izquierdas. Los dos pretenden huir de abstracciones y enraizarse en las cuestiones prácticas de la vida cotidiana.

El de Julia Navarro y Raimundo Castro se plantea la búsqueda de los parámetros de la izquierda del siglo XXI. Como los autores son bastante jóvenes, observan el sombrío campo de batalla finisecular de la izquierda con una mirada limpia, noble y relativamente simplificadora. Se plantean los asuntos que entienden esenciales en la configuración de la izquierda «que viene» y, en parte a través de sus propias reflexiones, en parte echando mano de las observaciones de los personajes que luego entrevistan en profundidad, tratan de dar respuesta a asuntos como las diferencias entre la derecha y la izquierda, el Estado del bienestar y la crítica al pensamiento único, el tipo de partido, Europa y los nacionalismos y, la cuestión de la justicia y el problema de la unidad de la izquierda. No será preciso advertir que hay un considerable desnivel entre la capacidad de plantear las cuestiones (sin duda gran competencia profesional de los autores) y la originalidad y novedad de las respuestas que obtienen o ellos mismos aportan: hay diferencias entre la izquierda y la derecha (aunque sean intuitivas y difíciles de especificar); se debe conservar el Estado del Bienestar (si bien debe ser reformado, ¿cuánto?, ¿cómo?); el pensamiento único no pasará (porque ya está aquí); el partido debe ser nuevo, distinto, abierto (mas nadie sabe cómo); Europa es un objetivo y los nacionalismos una peste (pero el objetivo nos es ajeno y la peste, muy cercana); la justicia está como está (lo que no nos lleva muy lejos) y la unidad de la izquierda es un deseo de todo el mundo y una práctica de nadie.

A partir de la página 169, el libro es una serie de entrevistas en profundidad a personalidades de la izquierda de muy diferente condición y andadura. Por supuesto, unas son más profundas que otras, pero rara es la que no tiene interés ya que, al tratarse de personalidades, cualquier lector de buena fe sentirá cierta curiosidad por saber qué piensan de los asuntos que preocupan a los autores. En definitiva, un acierto. Sin desmerecer en nada a los que no menciono (pues hay veintiún entrevistados), personalmente he encontrado llamativas y muy provechosas las de Javier Marías (que, en parte es contradictoria con la de Joan Botella), Canogar, Maruja Torres, Gonzalo Suárez y Manuel Rivas. De este último me parece de gran interés su visión del nacionalismo, al que hace compatible con la izquierda. Me gusta esa originalidad. Es curioso que la palabra que más se repite en las entrevistas sea la de ¿La izquierda que viene o la que se va? «mestizaje». Sin duda apunta a un criterio muy compartido y es prueba de una preocupación generalizada. Todos celebran el «mestizaje». Yo también. El libro coordinado por López Garrido tiene mayores pretensiones en cuanto a la enjundia. Trátase de trabajos de doce personas, políticos en activo, pensadores, intelectuales y sindicalistas sobre asuntos de gran utilidad y actualidad. Dos aspectos más llaman la atención y no me resisto a consignarlos porque son significativos: de las doce visiones, sólo dos son de mujeres (Victoria Camps y Margarita Robles), esto es, un 16% del total, cuota que, para tratarse de un libro de y sobre la izquierda, el progreso y otras magnificencias, parece algo pobre. En segundo lugar, de las doce visiones, tres (el 25%) versan sobre Europa; si les añadimos otras dos sobre globalización y política exterior, resulta que hay cinco (el 41%) sobre aspectos exteriores, lo cual no es necesariamente malo si se recuerda que la izquierda es vocacionalmente internacionalista. Pero tampoco hubiera sido disparatado que se incluyera un tratamiento más exhaustivo de España, porque las reflexiones dedicadas a cuestiones españolas (o estatal-españolas, por mencionar sólo un aspecto que está pidiendo clarificación) son pocas.

Ya más en concreto, respecto a los trabajos, cabe resaltar lo siguiente: el del propio López Garrido sobre «Universalismo frente a mundialización» contiene un buen alegato en contra del AMI, pero decae notablemente cuando, tras identificar el mal, esto es, la «mundialización oligarquizada», que analiza con acierto, propone algo tan etéreo como el «universalismo de los valores democráticos».

El de José Borrell, «Reflexiones sobre el Estado del Bienestar», incide en las diferencias que no podemos olvidar entre el modelo anglosajón y el continental en la resolución del paro (bajos salarios con pleno empleo vs. paro y salarios altos) y llama a mejorar el Estado del Bienestar, aunque sin decir cómo.

Victoria Camps quien lleva una temporada exponiendo sus ideas en los más diversos foros, debiera quizá detenerse un tantico para meditar si las que tiene merecen tanta exhibición. Pues explicar que la divisoria entre izquierda y derecha se ha hecho borrosa porque la izquierda ha tenido que aceptar el mercado, mientras que la derecha ha admitido el feminismo y la preocupación por el medio ambiente no es algo para sentirse especialmente orgulloso. Y la propuesta de que avanzaremos sustituyendo el concepto de «igualdad» por el de «equidad», francamente, suena un poco a logomaquía.

«El final de la utopía», de Antonio Elorza es una revisión crítica del cuasi sesquidecenio socialista redactada de una forma tan esquinada y sutilmente agresiva que suscita cierto escepticismo rabelaisiano: el PSOE no hizo socialismo (ese que ninguno de los coautores sabe muy bien lo que es), sino «modernización»; pero sí se lució en la política de imagen, en la manipulación de los medios de comunicación social y en el enfrentamiento con los sindicatos. Lo mejor de la visión de Elorza es su interpretación de por qué subió la presión fiscal durante el Gobierno socialista: para repartirse los recursos en un estilo típicamente clientelista. Así que bueno será que se enteren las generaciones posteriores, nada de Estado del Bienestar del señor Borrell Fontelles: rebatiña clientelar para proveer a los fondos reservados y a los GAL y, con lo que sobraba, se compraba a los intelectuales. Es, en definitiva, una aguda «visión de progreso» la de Elorza. Manuel Escudero escribe un ensayo sobre «Nueva etapa, ¿nuevas políticas?» del que lo más claro que obtendrá el lector es la clara fe que el autor tiene en sí mismo y lo convencido que está de que cabe hacer diagnósticos exactos sobre materias perfectamente opinables.

«Los retos de la izquierda ante la nueva Unión Europea», de Antonio Gutiérrez, revela que el estilo escrito del autor es aún más barroco y florido que el hablado, pero no aporta casi nada a la cuestión de los susodichos retos, fuera de la convicción de cuán urgente empieza a ser que los sindicatos coordinen sus acciones en Europa.

El trabajo de Laureano Lázaro Araujo, «España ante el reto de la moneda única», otro reto, es, a mi entender, de lo mejor del libro, aunque quizá debiera el autor extractarlo ligeramente. En todo caso resulta mucho más claro y parece infinitamente más útil que las abstrusas explicaciones de Emilio Ontiveros sobre «Los mercados financieros en la Unión Monetaria» que dudo puedan interesar a alguien que no tenga abundantes dineros metidos en fondos de uno u otro tipo. Y, de ser así, es legítimo preguntar si abrirá siquiera un libro sobre la izquierda.

El de Jaime Pastor Verdú, «Democracia y movimientos sociales alternativos», prueba que la izquierda no está reñida con la inopia conceptual. El autor se mueve en una confusa galaxia terminológica y aplica la «corrección política» a extremos algo ridículos. Alguna de sus propuestas son muy discutibles desde cualquier punto de vista, empezando por el del sentido común. Su tirria a lo que llama «democracia procedimental» (que él considera poco menos que una argucia neoconservadora, cuando no fascista), es compatible con la propuesta de que, en determinadas materias que afecten a minorías concretas (y cita el aborto, la homosexualidad y el lesbianismo), la mayoría carece de derecho a decidir (pág. 260). Es lo mismo que dice Buchanan respecto a otras minorías (los ricos) y otros asuntos (la progresividad fiscal).

Margarita Robles pide dialogar con quien sea en el País Vasco para buscar la paz. Es propuesta concreta y bienintencionada. Lo sería mucho más si tuviera la bondad de explicar sobre qué quiere dialogar. Para el próximo libro sobre visión progresista le aporto una sugerencia: ¿por qué no propone de una vez la celebración de un referéndum sobre la independencia del País Vasco? Todos nos ahorraríamos mucho tiempo.

Cierra el libro un interesante trabajo de Nicolás Sartorius que pone en solfa el modelo de financiación de las Comunidades Autónomas del PP.

Concluyo. Tiene razón la izquierda en estar preocupada por sí misma. Si lo más original e innovador que tiene que proponer proviene de los artistas, escritores (que necesariamente no pueden ser sistemáticos en este asunto), mientras que los académicos y políticos sólo saben rumiar lo evidente, es para preocuparse. Para preocuparse, no por la izquierda «que viene» sino por la que se va.

01/10/1998

 
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