ARTÍCULO

La Isla de los Ratones y sus habitantes

 

«Una revista en otro núcleo ardido»: con esta retórica afectuosa, tan suya, saludaba Vicente Aleixandre, un padrino casi inevitable, el primer número de La Isla de los Ratones, aquellas «Hojas de poesía» santanderinas que vieron la luz de la bahía en mayo de 1948 y que dieron a conocer su última entrega, la vigesimoprimera (número 24-25-26), en 1955. Mediante aquel lema, Aleixandre se felicitaba de algo que un día habrá que revisar con sensibilidad y con detalle: la provincianización de lo mejor de la iniciativa cultural en los años de la alta posguerra. Es cierto que, antes de la contienda, había pasado algo parecido, como testimonió la dispersión geográfica de las revistas líricas entre 1927 y 1936. Pero aquello obedeció a lo que Ortega había llamado en 1930 «la redención de las provincias», y tuvo mucho de emulación y pugilato, de alegre pugna con lo que Machado denominaba «el rompeolas de las cuarenta y nueve provincias españolas». En 1939, Madrid y cuanto significaba de moderno (y hasta de frívolo) había sido derrotado por un movimiento surgido en las provincias oscuras. Y aunque el provincianismo del que ahora hablo le debiera bien poco a esa victoria, lo cierto es que el signo de la hora parecía volver a cifrarse en el grupo de amigos, el culto de unos libros, alguna tertulia en un café y todo el equipaje de candidez, atrevimiento y adanismo que puede caber en lo provinciano.
Manuel Arce, director de la revista, ha contado los pormenores de la fundación en un prólogo precioso que, como toda esta edición ejemplar que nos regala el buen gusto de Visor, se dedica a Joa­quín y Gonzalo Bedia Cano, los impresores artesanos del invento. Y nos habla, incluso, de la rivalidad con Proel, su antecesora santanderina, en el marco de un escalafón cultural local que allí está evocado de mano maestra: Gerardo Diego, a la cabeza; José Luis Hidalgo, que ejercía la invisible potestad ausente de los malogrados; Pepe Hierro, Julio Maruri o Carlos Salomón, inmediatamente detrás; también Ricardo Gullón, «que era fiscal y además usaba sombrero». Ellos eran la encarnación santanderina de un escalafón general de la poesía, que también está presente en las páginas de La Isla de los Ratones: el citado Gerardo Diego abre el número 7; en el 9, una fotografía –y un autógrafo acompañando al poema «En su copa su gloria»– nos presentan a Juan Ramón Jiménez, que vuelve a recibir otro tratamiento destacado en los inicios de los números 14 y 23. Pero éste es un protocolo de reconocimiento que también merecen Vicente Aleixandre en el número 12 y Camilo José Cela, en el 16-17, donde se publica «El tonto del pueblo», además del cubano Nicolás Guillén, en el número 21-22, donde el autógrafo reproducido se había entregado a Ricardo Blasco en Valencia, en 1937. El lector añadirá que fue con ocasión del Congreso Internacional de Intelectuales Antifascistas, lo que no se podía decir entonces, pero no menos arriesgado era incluir poemas iné­di­tos de Hernández, y la traducción de «Liberté», el poema de Paul Éluard, en el número 19-20, y publicar la prosa de Aleixandre, «Junto a Miguel», que recoge sus impresiones ante la tumba de Miguel Hernández, allá donde «soplaba un viento suave y terri­ble, inocente y reparador», «bajo aquella luz feroz, despiadada, que parecía desollarnos al despedirnos». ¿Hay algo más expresivo que estos adjetivos poderosamente antónimos para describir el paladino espíritu de derrota y la secreta ansia de reparación, que, al lado de la mala conciencia, sobreco­gían al autor de Historia del corazón?
Y es que la aceptación de una jerarquía poética no excluyó una fuerte y vertebral sensación de grupo rebelde. Los colaboradores y los lectores de la revista la debieron sentir muy viva al leer el artículo de Ricardo Blasco, poe­ta del equipo valenciano de Corcel, que recuerda a «José Luis Hidalgo y la quinta del 42», en el último número de la revista: «Teníamos que cantar. Sí, pero nuestro cántico lo queríamos honesto y verdadero, propio de jóvenes que conocían la gran hoguera que es la guerra [...]. Bogábamos a la deriva. No subsistía tradición. Había que empezar de nuevo». Casi todas las revistas jóvenes del momento pensaron eso, pero La Isla de los Ratones publicó algunas de las expresiones más rotundamente explícitas de este descontento germinal. Aquí aparecieron poemas muy expresivos de José Hierro, Gabriel Celaya o Miguel Labordeta. El segundo había amonestado al último por su exceso de telurismo e ingenuidad, pero, ¿cómo no pensar que Labordeta hablaba por muchos cuando escribía «en nombre de mi generación, yo os acuso» y amenazaba con que un día «cogeré mi mochila con mi cara de cura / y huiré a las sagradas colinas» («Un hombre de treinta años pide la palabra», núm. 15)? ¿Cómo no reconocer un síntoma general –la necesidad de amistad cómplice– en el poema de Julio Maruri, del número 7?: «Son ellos, los que un día soñaron en la playa / una vida que fuera como un largo verano». ¿Cómo no advertir la herencia viva de José Luis Hidalgo, que había abierto la primera entrega con un poema inédito, fechado en 1938, al leer los versos del jovencísimo fundador, Manuel Arce?: «Ya sin memoria / porque el mundo resuelve en pasiones la expresión de su furia / tú bien lo sabes: / ¡Qué muertos!». ¿Y cómo no aceptar la retórica al estilo de Espadaña, en unos versos que Victoriano Crémer publica en el número 3?: «Oh, patria, si pudiera... Oh, durísima patria, ceñida a mi costado».
Al cabo, La Isla de los Ratones fue habitada por poetas de todas las fa­mi­lias nacionales y hasta por grupos extranjeros, de interés reducido, pero cuyos programas se sentían coin­ci­den­tes con las bases morales del grupo: así sucedió con los italianos del movimiento «Ausonia» (números 4 y 6), y con los católicos franceses que aglutinaba Patrice de la Tour du Pin (número 11). Y, por ese camino, la frágil isla adquirió muchos pobladores y conciencia de su fuerza. En su número 13, que es especial, se autohomenajeaba haciendo dibujar a sus amigos viñetas de ratones, que todavía colean en el número siguiente. En los números 21-22 y 23 inició la publicación de una galería de fotografías de «poetas de hoy», al modo de orlas informales que presidía el retrato, de tamaño algo mayor, de un venerable: Gerardo Diego, en la primera entrega; Aleixandre, en la segunda. Y, a la vez, algunos anuncios certificaban la consolidación de una red amistosa, o una ampliación del empeño original: en el número 18, Manolo Arce anuncia la apertura de su galería de arte Sur y en los números anejos colaboran Benjamín Palencia (que fue el primer pintor expuesto) y César Rodríguez Aguilera (que ­coor­dinó la muestra de nuevos artistas catalanes); en el número 21-22 se anuncia Índice, que todavía era la revista del galerista Tomás Seral y Casas (una publicación que también está pidiendo un facsímil como éste...); en el número siguiente hay un anuncio de la colección Adonais, al lado de un poema del ganador de su último premio, Claudio Rodríguez. Estábamos en 1954 y algo de lo mejor de 1948-1955 ha quedado para siempre en estas páginas. 

01/05/2007

 
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