ARTÍCULO

La revolución de los ciegos

 

Los revolucionarios españoles no tenían nombre, como los personajes de José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera. La ética del amor y la solidaridad los lanzó contra la barbarie, asumiendo la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron. En tiempos sombríos, comunistas, anarquistas, socialistas y brigadistas internacionalistas lucharon por la libertad de todos, pero, ¡ay!, fueron cegados por un virus contagioso. La ceguera produce desconfianza contra el otro, a quien no se conoce, y una confianza ciega a favor de los propios símbolos y liderazgos. Se enfrentaron ciegamente, los unos contra los otros, sin ver el inmenso error de desviar la mirada hacia lo secundario. El fascismo era el único enemigo a batir, pero no lo vieron así. La derrota y la persecución, devolvió a muchos los ojos para ver, pero la mirada había quedado definitivamente ausente. Ya va siendo hora, sesenta años después de la derrota de 1939, de que se empiecen a reconocer los propios errores de los diversos sectores republicanos, porque la pérdida de la II República se explica por muchas más y complejas razones que las aducidas por el reduccionismo orwelliano.

La primera virtud del libro de Marta Bizcarrondo y Antonio Elorza (catedrática de Historia Contemporánea de la Universidad Autónoma de Madrid y catedrático de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid), es la profunda y detallada crítica del estalinismo en España, sin menoscabo del reconocimiento y homenaje a los miles de militantes del PCE y del PSUC. La novedad de Queridos camaradas es el análisis de la Internacional Comunista en España, entre los años 1919 y 1939, a la luz de los propios documentos de la Comintern. Las fuentes utilizadas confirman lo que ya había introducido gran parte de la historiografía sobre el movimiento comunista español, pero lo novedoso son los mismos documentos y la incontestable sentencia que de cuyo contenido se deduce: «No cabe hablar en rigor de historia del Partido Comunista de España, sino de historia de la Sección española de la Internacional Comunista». La glasnost, y también el previo pago, permitió la consulta directa de los archivos de la IC a historiadores e investigadores, especialmente entre los años 1992 y 1994, aunque la apertura nunca fue completa y pronto se decidió volver a cerrar la puerta, no para impedir el desprestigio del estalinismo y, por extensión, del comunismo, sino por un sentido nacionalista enfermizo de proteger lo que forma parte de la historia contemporánea de Rusia. Una decisión autoritaria contra la investigación libre y plural de la historia, que tan molesta resulta a los gobernantes cuando no pueden dictarla a su conveniencia. Esta actitud es, sin duda, la causa del detallismo en la explicación de los hechos y la profusión, tal vez excesiva, de citas. Los propios autores han justificado su opción, nada exclusivista sino todo lo contrario, con el argumento de que «nadie sabe cuándo podrán volver a verse estos papeles». Esto explica las 532 páginas, muy valiosas por la documentación aportada, aunque quizás no tan necesarias para explicar con igual consistencia las tesis defendidas.

Tres tesis sobresalen en el texto de Marta Bizcarrondo y Antonio Elorza: 1) la total y absoluta dependencia de los comunistas españoles a las consignas y directrices de la Comintern; 2) el pragmatismo de la política exterior estaliniana y los giros copernicanos que provocaba en la política del PCE, sin otro punto de referencia que la ciega sumisión a los intereses cambiantes de aquélla; 3) el izquierdismo de amplios sectores de las organizaciones revolucionarias españolas (largocaballeristas, poumistas, gran parte de los anarquistas) entregados a una revolución proletaria, cantada como himno a la libertad por escritores del mundo entero, pero también ahogada en la ingenuidad ciega de quienes fueron objeto y campo de experimentación de la política internacional.

La historia de la Internacional Comunista en España comienza en el Hotel Palace de Madrid. Es allí donde se instalan, un día de diciembre de 1919, dos extranjeros procedentes de La Coruña, donde habían desembarcado después de una larga travesía desde Veracruz, vía La Habana, alojados en suites de lujo. Uno de ellos, «Borodin», bolchevique ruso de origen judío, que hubiera hecho las delicias de Jorge Semprún en su condición de «Federico Sánchez», opinaba que «si quieres disimular tu condición de revolucionario tienes que viajar siempre en primera clase». La revolución también tiene sus clases up & down. Y los dirigentes de la Comintern vivían las revoluciones desde la comodidad de la retaguardia, decidiendo sobre las vidas de decenas de miles de comunistas creyentes. El prestigio que tenía la URSS en el mundo occidental en los años veinte y primeros treinta, irradiaba no solamente en el seno de las clases trabajadoras, sino en sectores liberales y en la intelectualidad. La revolución de Octubre y la «patria del socialismo» eran un espejo donde mirarse para muchos –aunque no formaran parte de los partidos comunistas–, que adquiría mayor luminosidad en medio de la profunda crisis de las democracias capitalistas.

La Comintern era en este contexto el partido mundial, al que correspondía tomar posición sobre todas las cuestiones de acción del proletariado revolucionario de todos los países. Llegaba a todas partes y rincones desde el vértice de la pirámide ocupado por el peón de Stalin, el ucraniano Dimitri Manuilski. Esta era la verdad, aunque para descubrirla se tenía que seguir el juego de las matroshkas, «que se ocultan una dentro de otra, dificultando en todo momento saber quién es quién». Los partidos comunistas constituían la figura exterior, pero abriéndolas sucesivamente iban apareciendo otras figuras ocultas hasta encontrar la fundamental: Stalin, el guía de la revolución mundial. En el caso español, la auténtica dirección estuvo compuesta por delegados de la Comintern, que desde el búlgaro «Stepanov» hasta Togliatti, pasando por el italo-argentino Víctor Codovilla, controlaron y dirigieron el PCE, bajo la atenta mirada de Manuilski y de Dimitrov. La interesante crónica de los primeros años treinta, el enfrentamiento Bullejos-Maurín, la expulsión de este último en marzo de 1931, y la final defenestración de Bullejos y sus principales colaboradores en agosto-septiembre de 1932, es todo un ejemplo de que los españoles, «hicieran lo que hicieran, siempre se equivocaban», todo lo contrario que los delegados y el propio secretariado de la IC. El nuevo secretario general, José Díaz, era un militante fiel y poco ambicioso, y Dolores Ibárruri ponía tanta pasión en el «¡No pasarán!» de su liderazgo de masas, como disciplina bolchevique en la aceptación sin rechistar de las «ayudas» recibidas de la «casa» (estas eran las palabras utilizadas para referirse a las indicaciones o consejos de la Comintern). Hacía años que la Comintern se había transformado en un organismo burocratizado con la función de dirigir a distancia el día a día de las secciones nacionales, sobre todo después del fracaso del intento revolucionario alemán en octubre de 1923.

Sorprende un poco el caso del PSUC en este ambiente de sumisión. Su fundación, sin autorización previa (entre los días 22 y 24 de julio de 1936), formaba parte de un largo y siempre fracasado objetivo de crear y consolidar un espacio comunista en Cataluña frente a la hegemonía anarcosindicalista. Este proceso vino facilitado por las resoluciones del VII Congreso de la IC (1935), favorables a la formación de frentes populares y a la unificación socialista y comunista. La fundación (sin congreso constituyente ni fecha precisa) del partido único del proletariado en la nación más industrializada de España colmaba aquella aspiración tan deseada, pero «no se había consultado» tan importante decisión. Las reservas inmediatas que hubo por parte de Codovilla, tuvieron continuidad en las permanentes reticencias y críticas de Togliatti en todo lo que se refería al PSUC. Actuaba por su cuenta y se escapaba de control, especialmente su secretario general, Joan Comorera, procedente del partido más fuerte en el momento de la unificación, la Unió Socialista de Catalunya. Además, el origen de este partido, fruto de la unificación, provocaba errores impropios de un partido bolchevique, como aceptar la inclusión de un «trotskista» (Andreu Nin) en el gobierno de la Generalitat, en septiembre de 1936. Sin embargo, el apoyo del húngaro Erno Gerö, delegado de la IC en Catalunya, y la buena impresión que causó Comorera a Manuilski y Dimitrov en su viaje a la URSS (recomendado por Togliatti), en plenos procesos de Moscú (febrero-marzo de 1938), consolidaron el protagonismo político del secretario general del partido catalán, aunque continuaron las malas relaciones PSUC-PCE, especialmente con los delegados de la IC. El 7 de julio de 1939, Comorera ganó la batalla de conseguir la aceptación del PSUC como sección catalana de la IC.

Los giros políticos del PCE, desde la estrategia «clase contra clase» hasta el «frente popular», respondían a los cambios de coyuntura de la política internacional y a los intereses que se derivaban en la política exterior soviética. A lo largo del libro se explican detalladamente los «palos de ciego» que daban los comunistas españoles, a merced de políticas extrañas a la realidad interior española. La traslación mimética de la revolución de Octubre, el izquierdismo cerril ante la proclamación de la II República, y la obsesión por instaurar la república de los soviets caracteriza e identifica la marginalidad del PCE en la política española hasta avanzados los años treinta. El VII Congreso de la IC, enmarcado en el contexto nuevo de la necesidad de la URSS de establecer vías de comunicación y de interés común frente al peligro de la Alemania nazi, permite reconducir la estrategia del PCE hacia caminos más razonables, especialmente a partir de las tesis frentepopulistas de Dimitrov y Togliatti. Lo paradójico del caso es que todos los intentos de aproximación hacia Largo Caballero, apodado el Lenin español desde 1933, con el objetivo de consolidar un espacio comunista sustrayendo el largocaballerismo a la socialdemocracia, se vuelven en su contra cuando es tildado de izquierdista por quedar a la izquierda de las nuevas posiciones de la Comintern (y por extensión del PCE), partidarias de poner todo el énfasis en la defensa de la democracia republicana frente al aventurismo revolucionario. Comunistas y socialistas españoles siempre han hecho el camino al revés: cuando unos van, los otros vienen.

Lástima que el libro de Marta Bizcarrondo y Antonio Elorza termine en el 39 y no haya llegado hasta junio de 1943 con la disolución de la Internacional Comunista. Porque toda la credibilidad antifascista de la Comintern, nacida en el VII Congreso, hubiera quedado en entredicho, o bien explicada bajo el principio supremo: la defensa de la URSS. El pacto nazi-soviético de septiembre de 1939, devuelve a los comunistas del PCE y del PSUC al izquierdismo antiimperialista hasta junio de 1941, cuando la invasión nazi sobre la URSS provoca la incorporación de Stalin a la alianza antihitleriana. Los ojos de Stalin sólo miraban para él pero veían por todos los ciegos de pasión, que no razón, soviética. Lo hacía con tal interés personal, que no había lugar en el mundo donde no llegara su mirada contra aquellos comunistas que decidían tener ojos para ver y palabra para opinar. El asesinato de Andreu Nin no se explica si no es desde una obsesión paranoica tan enfermiza que justificaba las mayores torpezas políticas. El POUM ha quedado durante largo tiempo libre de responsabilidades políticas por este acto de crueldad sin límites, que ha elevado a la categoría de víctima y mártir a quien no tenía el don de la inocencia.

La tentación de caer por la pendiente del anticomunismo es evidente ante tantos errores y no pocos horrores. No es el caso de Queridos camaradas. Más bien los autores distribuyen responsabilidades entre las diversas organizaciones republicanas. El análisis de la revolución española no puede reducirse a una historia de malos y buenos, de partidarios de ganar la guerra frente a los partidarios de ganar la revolución, ni puede reducirse a un antiestalinismo sectario y poco riguroso. El 18 de julio hubo una sublevación, el 19 hubo una revolución: la República sucumbió, desbordada por esta dialéctica entre fascismo y revolución. Abandonada por las democracias, no tuvo otra ayuda que la prestada bajo interés por la URSS. En estas condiciones era muy difícil ganar la guerra. Pero los enfrentamientos de retaguardia entre las organizaciones revolucionarias pusieron el resto. El infantilismo y aventurismo de muchos dirigentes anarquistas y del POUM es puesto también en evidencia por Bizcarrondo y Elorza, especialmente el caso de Andreu Nin. No deja de ser una paradoja, quizás tan cruel como el asesinato, tener que decir que Stalin desde su posición privilegiada y nada altruista, veía mejor que Nin y entendió en mayor grado cuál era la única salida factible para salvar la República española: defender la democracia aunque fuera burguesa.

01/04/2000

 
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