ARTÍCULO

El sentido de la historia judía

 

La publicación y recepción del libro de Benzion Netanyahu The Origins of the Inquisition en 1995 fue un caso curioso. A pesar de su abrumadora extensión (1.384 páginas) y de su carácter declaradamente académico, a pesar de haber sido criticado por varios destacados historiadores en las páginas del New York Times y otros árbitros del gusto literario como polémico y anticuado, el libro se convirtió en una especie de best-seller en los Estados Unidos. Los años transcurridos desde entonces han sido menos amables con él. Poco leído y aun menos citado, sus ventas han caído en picado hasta niveles más propios de los textos académicos, si los rankings diarios de Amazon.com sirven como indicación.

¿Cómo explicar esta extraña recepción? Sería demasiado fácil despachar el éxito inicial del libro como meramente político. Es verdad que los Netanyahus han ocupado desde hace años un lugar importante en la escena israelí. El mismo libro evoca estas asociaciones en su dedicatoria: «Con inconsolable dolor, a la memoria de mi amado hijo Jonathan, caído cuando mandaba la fuerza de rescate en Entebbe el 4 de julio de 1976». Sin estar mencionado aquí, es más conocido el otro hijo de Benzion Netanyahu, Benjamin, actual primer ministro de Israel y líder del partido Likud en el momento de la publicación del libro. Pero el éxito del libro no se debe sólo a estas circunstancias. Ahora, cuatro años después de su primera edición, la aparición de una traducción al castellano nos ofrece un interesante punto de vista para considerar los argumentos del libro y su recepción.

Un libro tan largo como éste tenía que tratar de muchas cosas. Su preocupación central, no obstante, se refiere a los conversos (o marranos, como él prefiere llamarlos): los judíos que se convirtieron al cristianismo aproximadamente entre 1391 y 1492. El autor se pregunta cómo fue posible que estos conversos, que al principio gozaban de los mismos derechos que los demás cristianos, fueran atacados luego con nuevos argumentos, estrategias legales e instituciones que terminaron restringiendo gravemente sus derechos como cristianos, creando una nueva identidad religiosa inferior y formando un sistema acusatorio que les separó de nuevo de la sociedad cristiana y les infligió una horrible violencia. Más en abstracto: ¿por qué una sociedad exige la asimilación de sus minorías y al mismo tiempo se resiste ferozmente a esa asimilación? Este es un problema cuya importancia se extiende mucho más allá de la historia española, como el propio Netanyahu advierte. De ahí que se esfuerce por trazar paralelismos con el destino de los judíos helenizados en la antigüedad, por ejemplo, o con la emancipación y el antisemitismo en la Alemania moderna. Dada su insistencia en la singularidad de la experiencia judía, el autor parece menos dispuesto a reconocer que el problema trasciende también el campo de la historia judía. Los moriscos, los musulmanes conversos al cristianismo, fueron sometidos a un proceso similar en la España del siglo XVI . Más lejos aún, se podrían apuntar paralelismos con el proceso de racialización de los negros en los Estados Unidos tras la emancipación y de los judíos en Alemania hacia la misma época. Nada de esto pretende disminuir la importancia del proyecto de Netanyahu, sino al contrario, destacar el interés para un público amplio del problema que plantea.

Para abordar este problema, Netanyahu adopta tres estrategias (el orden en que las presento es arbitrario). En primer lugar, derriba lo que considera las explicaciones tradicionales del surgimiento de los movimientos anticonverso y de la Inquisición. En segundo lugar, nos ofrece un relato político detallado dentro del cual contextualizar la aparición de la retórica anticonverso, y analiza esta retórica para entroncarla en una tradición de estereotipos y calumnias fantásticas. Finalmente, sostiene que este movimiento anticonverso es parte esencial de un antisemitismo arraigado en la antigüedad y vigoroso todavía en la época moderna.

En el primero de estos planteamientos, Netanyahu impugna todas las explicaciones previas del surgimiento de la Inquisición. Todas ellas son en cierta medida hombres de paja de su propia creación, y ninguna de ellas es representativa del trabajo actual sobre la Inquisición; no obstante, merece la pena resumirlas. Contra la idea muy anticuada de que la motivación primaria de la Inquisición fue económica, insiste Netanyahu en que el Santo Oficio no fue especialmente lucrativo. Este, por supuesto, no es un argumento suficiente, pues muchas empresas iniciadas con ánimo de lucro han resultado poco rentables. Ni es un argumento convincente, pues el autor aduce pocas pruebas de su tesis. Netanyahu tampoco es muy persuasivo cuando ataca a quienes sostienen que la Inquisición fue fundada para promover el absolutismo monárquico. Ante todo porque contradice su explicación posterior de que Fernando e Isabel actuaron contra los judíos y conversos con el fin de aislarse del antisemitismo popular. Más importante y concluyente es su tercer argumento, contra quienes mantienen que la Inquisición fue fundada como reacción al criptojudaísmo de la gran mayoría de los conversos.

Precisamente esta justificación, por supuesto, latía en la fundación de la Inquisición en 1481. La Inquisición era necesaria, según sus partidarios, para extirpar la conducta judaizante de los muchos conversos que sólo fingían ser católicos. Contra esta tesis, Netanyahu insiste en que la gran mayoría de los conversos eran cristianos ortodoxos y devotos. Sostiene que el criptojudaísmo era un mito, un mito inventado por los enemigos de los conversos como medio de ocultar sus verdaderas motivaciones para perseguirlos. Esta es una tesis importante que merece ser repetida, pero no es nueva; en su primer libro, The Marranos of Spain According to Contemporary Hebrew Sources (1966), Netanyahu argumentó contra los estudiosos cristianos que intentaban justificar las actividades de la Inquisición identificando a los conversos como judaizantes, y contra los estudiosos judíos que hacían lo mismo para pintar a los conversos como mártires heroicos que se aferraban obstinadamente a su judaísmo a pesar de las tremendas presiones ejercidas contra ellos.

La posición de Netanyahu ha ganado bastante influencia en los treinta años transcurridos desde que la presentó por primera vez. Pocos estudiosos sostendrían hoy que la mayoría de los conversos fueron realmente criptojudíos. Por otra parte, pocos estudiosos quedarán convencidos por la afirmación de Netanyahu, tal como la presenta aquí, de que los criptojudíos eran prácticamente inexistentes. Como mínimo, tal afirmación tendría que confrontarse con la vasta documentación reunida por el propio objeto del estudio de Netanyahu, la Inquisición. En dicha documentación, cientos de conversos arrestados por los funcionarios de la Inquisición confiesan encender velas para recibir el sabbath, abstenerse de trabajar ese día, observar las restricciones de dieta, celebrar las fiestas judías y mantener por lo demás las tradiciones de su fe anterior.

Esta es la documentación más voluminosa sobre la cultura religiosa de los conversos, y aunque Netanyahu tiene razón al señalar que están producidos por enemigos declarados de los conversos, no se puede ignorarlos. Sólo reforzaría los argumentos de Netanyahu el advertir que, incluso si cada individuo convicto por la Inquisición fuera realmente un judaizante, esto representaría sólo una minoría muy pequeña de una población de conversos que alcanzaba quizá los cien mil en 1492. El autor también podría haber cuestionado la «facticidad» de estas conversiones explorando las estrategias mediante las cuales la Inquisición las obtuvo y cómo las utilizó para construir el judaísmo de los conversos.

En lugar de ello, Netanyahu ignora los registros escritos de la Inquisición y se centra en la historia política del siglo que condujo a su establecimiento. Es aquí, en la historia del conflicto del siglo XV entre monarquía, nobleza y municipios, donde encuentra la fuerza impulsora que hace surgir el sentimiento anticonverso y el contexto para los debates sobre la religiosidad de los conversos. A lo largo de unas 700 páginas, nos presenta la lucha de los municipios para maximizar su autonomía frente a los grandes magnates por una parte y frente a la monarquía por otra. Los conversos aparecen como las principales víctimas de este conflicto. Como agentes y funcionarios destacados al servicio real y en la administración financiera del reino se convierten, según Netanyahu, en el pararrayos para la resistencia municipal a la extensión de la autoridad real. Finalmente, Fernando decide asegurar esa autoridad cooptando los argumentos de los municipios y sacrificando los judíos a la expulsión, los conversos a la Inquisición.

En sus mejores páginas, como cuando describe la rebelión toledana anticonverso y antimonárquica de 1449 y el debate que provocó sobre la religiosidad de los conversos (págs. 217-709), el libro logra inscribir el discurso antisemita emergente en las luchas por el poder y la influencia. En las afirmaciones de los rebeldes toledanos encuentra Netanyahu la primera articulación de un discurso que presenta a los conversos como secreta e inalterablemente judíos, como enemigos de los cristianos, y por tanto, indignos de ocupar cargos o altas posiciones en la iglesia, el gobierno o el comercio. Netanyahu contextualiza estos argumentos, así como los de autores favorables a los conversos, como Juan de Torquemada y Lope de Barrientos, y nos descubre los usos estratégicos a los que servían. Asimismo nos muestra cómo los argumentos de la facción anticonverso sobre el eterno «judaísmo» de los conversos fueron calurosamente debatidos en la generación que media entre los disturbios toledanos y la fundación de la Inquisición. Una y otra vez nos proporciona ejemplos de resistencia a su «lógica» racista tanto entre los cristianos nuevos como entre los viejos. Nos revela, en suma, el arduo trabajo que fue necesario para construir el «judaísmo» de los conversos.

Estas secciones (libros II y III) constituyen una especie de monografía independiente dentro de la obra, y contienen, en mi opinión, las aportaciones más importantes de The Origins of the Inquisition. Su valor queda un tanto comprometido por la disposición del autor a ignorar la considerable labor realizada en el campo de la historia castellana del siglo XV en los últimos veinticinco años (no cita casi nada de lo publicado desde los años setenta). Por lo demás, tampoco explica cómo una lucha que inicialmente parecía limitada a una parte concreta de Castilla (Toledo y las ciudades de Andalucía) llegó a tener consecuencias tan generalizadas en toda la península. En fin, su énfasis exclusivo en la política del poder es desconcertante. Netanyahu rechaza explícitamente la religión como factor motivador del odio a los conversos, y no se ocupa de ciertos aspectos de la religiosidad tardomedieval (como las órdenes mendicantes, el apocalipticismo y las nuevas formas de devoción eucarística) que fueron, según otros estudiosos, importantes estímulos de los movimientos antijudío y anticonverso. No se detiene a investigar la emergencia de nuevas ideologías sobre la monarquía, la nobleza o la «identidad nacional» en la Castilla tardomedieval. El resultado es un relato estrictamente político que no ofrece un contexto suficiente para la aparición de la nueva retórica anticonverso que Netanyahu pretende explicar. No obstante, estas secciones son valiosas por reunir muchos de los textos iniciales sobre el surgimiento de lo que Netanyahu llama el antisemitismo racial y situarlos plenamente dentro de la historia de un tiempo y un lugar concretos.

Por eso es extraño que estas secciones estén ubicadas entre otras que sostienen vigorosamente el argumento opuesto. En los primeros capítulos del libro, y otra vez en sus conclusiones, Netanyahu afirma que el surgimiento de la Inquisición no tuvo nada que ver con las instituciones o la economía, con los nacionalismos o las religiones, ni con cualquier otra categoría del análisis histórico. La mejor manera de entender la Inquisición sería como manifestación de un antiguo, profundo e inalterable odio a los judíos.

Netanyahu cree que, desde la época de la 26 dinastía egipcia aproximadamente, a comienzos del siglo VI antes de Cristo, se puede hablar de un interminable ciclo antisemita, un ciclo en que los judíos refugiados se convierten en agentes de monarcas y conquistadores, se vuelven luego blanco del odio de los gobernados y conquistados, y finalmente son sacrificados al populacho por los mismos gobernantes a quienes sirven. Esta fue «una reacción en cadena... destinada a afectar a la historia del pueblo judío para siempre, y con ella, a la historia de la humanidad» (pág. 6). A partir de aquel momento, según Netanyahu, se puede hablar de un continuo e implacable odio a los judíos, un odio independiente de cambios religiosos como la aparición del cristianismo o de cambios políticos como la caída del Imperio romano en Occidente. «El antisemitismo en el período cristiano fue, fundamentalmente, una continuación del antijudaísmo que lo precedió» (pág. 15), y España fue heredera de este antisemitismo. Fue este «odio de profundas raíces –un odio feroz, implacable e infernal– a todo lo relacionado con lo judío... que brotaba del prejuicio y de una tradición enraizada en la condición peculiar de los judíos», lo que dio origen a que la Inquisición «derramara su lava ardiente durante más de tres siglos y medio» (pág. 1.086).

Netanyahu nos presenta un antisemitismo casi eterno, virtualmente impermeable a los cambios históricos. Convencido de que el mismo odio persiguió a los judíos asimilados en el mundo helenístico, en la España tardomedieval y en la Alemania del siglo veinte, habla de «progroms» y «genocidio» a lo largo de 2.500 años de historia. La conversión y la aculturación no pusieron barreras a este odio esencial y fundamental, el odio al judío; por el contrario, lo exacerbaron. El antisemitismo fue siempre racial e inevitable y la religión y la cultura, meramente incidentales. El trágico error de los conversos, según Netanyahu, fue no darse cuenta de esto.

Es cierto que los enemigos de los conversos afirmaban que el judaísmo era eterno, que la conversión no lo afectaba, que por ello los conversos podían infectar la descendencia de los cristianos viejos con todos los atributos indeseables del judaísmo, y que estas afirmaciones triunfaron finalmente. Es cierto también, como señala Netanyahu en Toward the Inquisition , que esta lógica insidiosa ha influido incluso en los historiadores modernos. En sus ensayos dedicados a la crítica de Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz, demuestra que, a pesar de sus famosas diferencias, estos dos autores creían posible identificar los atributos eternamente «judíos» que podían entrar en la cultura castellana con los conversos. Una lista que he tomado de La estructura de la historia española (1954) de Castro puede servir como ejemplo: «El fanatismo inquisitorial y el recurso a informantes calumniadores –lo que se podría llamar en español "Malsinismo"– la codicia y el pillaje frenéticos, la preocupación por la pureza de la sangre..., la preocupación por la reputación pública..., el deseo de todo el mundo de ser noble..., el sombrío ascetismo..., la concepción negativa del mundo..., la desilusión y la huida de los valores humanos»; todos estos fueron los «venenos... que se filtraron en la vida española, en la cristiandad española, con el incremento de conversiones forzosas». Esta lista difiere poco de las compuestas en el siglo XVI por defensores de la limpieza como el obispo de Córdoba, quien en 1530 enumeraba la herejía, la apostasía, el amor a las novedades y la discordia, la ambición, la presunción y el odio a la paz como características judías que los conversos podían contagiar a los cristianos viejos. Ambas listas esencializan unas «características culturales» negativas judías y las presentan como reproducidas biológicamente; en este sentido, ambas son ejemplos de antisemitismo racial. La solución de Netanyahu, no obstante, es igualmente esencializante. Él sostiene que los conversos eran espiritual y culturalmente cristianos; el eterno judaísmo no existe. Lo que sí existe, en cambio, es el eterno antijudaísmo. No son los judíos quienes son monolíticos e inmutables, sino sus enemigos.

Hay una tensión irresoluble entre esta tesis de que la Inquisición brota de un perenne odio al judío, por una parte, y por otra, las 700 páginas de exquisito detalle sobre la política castellana que forman el núcleo del libro. Si el odio al judío fue siempre racial, ¿por qué tales argumentos «raciales» contra los conversos rara vez afloran (según el propio Netanyahu) en Europa antes del siglo XV ? ¿Y por qué, una vez que habían surgido, se opusieron algunos cristianos viejos a la persecución de los conversos mientras otros la favorecían? El autor no da una respuesta explícita a esta pregunta. Su respuesta implícita parece basada en un biologismo tan inaceptable como el de los antisemitas. Así escribe sobre el cardenal Juan Martínez Pedernales (Silíceo), arzobispo de Toledo e importante defensor de la limpieza de sangre, que «era un hombre de estirpe campesina que heredó de sus ancestros su odio a los judíos...» (pág. 1.064). Cuando hombres de linaje aristocrático sucumben a los mismos vicios es o bien por maquiavelismo (Fernando) o bien por razones patológicas (Felipe II). Netanyahu llega a sugerir que toda la sociedad española se volvió mentalmente enferma: «La sociedad en que esta perversión ocurrió no estaba sana sino trastornada –enferma de odio, del omnipresente odio a los judíos–» (pág. 827).

Al final, y en este libro casi como un epílogo, esa sociedad perturbada creó su institución paradigmática, la Inquisición. Aunque esta institución pretendía una razón de ser religiosa, en realidad surgió del mismo odio al judío que afectaba desde tiempo atrás a todos los herederos de la antigüedad, y su meta era en efecto «antirreligiosa» y contraria a la fe católica: nada menos que el «intento de genocidio de un pueblo cristiano» (págs. 1.075-1.076). Concentrado al principio en judíos y conversos, el impulso genocida se extendió luego, «pues tales prácticas tienen el efecto de una droga; obligan a sus adictos a buscar nuevas fuentes y medios de intoxicación». Primero los moriscos, luego los cristianos viejos «heréticos», finalmente toda la población de la república holandesa se convirtieron en objetos del «profundo e intenso deseo» de los inquisidores, de su «impulso genocida». El fenómeno se compara directamente con el nazismo: «Como el odio a los conversos de los antisemitas españoles, el odio a los judíos de los nazis alemanes afectó tanto a su pensamiento, sus políticas y decisiones, que todas sus actividades, prácticamente en todos los campos, estuvieron influidas en diversa medida por aquel odio» (págs. 1.081-1.084).

Con su aguda insistencia en que el destino de los judíos ha sido impulsado sobre todo por el odio inalterable, inagotable e irracional contra ellos, The Origins of the Inquisition se parece a otro libro académico polémico, muy criticado y de éxito comercial, Hitler's Willing Executioners de Daniel Goldhagen. Goldhagen sostenía que el Holocausto no tuvo nada que ver con el cambio histórico, con la modernidad, el nacionalismo alemán, la transformación capitalista de las relaciones laborales o la burocratización de la sociedad, como tantos otros historiadores habían sugerido. El Holocausto era odio puro y simple; el odio al judío que había definido y dominado al pueblo alemán desde la Edad Media.

Es evidente que una parte significativa del público lector encuentra convincente, o al menos interesante, esta visión simplificada. En cierto sentido, esto no es sorprendente ni nuevo. El largo registro histórico de los pueblos judíos (digo pueblos porque hay muchas comunidades judías, con diferentes experiencias históricas) ha estado jalonado por la violencia de masas. En algunos casos, esa violencia ha llegado a transformar la conciencia histórica de las comunidades judías. Tras la primera y segunda destrucción del Templo, las matanzas de la primera Cruzada y la expulsión de los judíos de España, por ejemplo, los judíos se volvieron hacia el pasado, vinculando las antiguas violencias a los sufrimientos presentes en un relato de tragedia cíclica y de intensidad creciente. Así, el exilado sefardita Joseph Ha-Kohen tituló su historia de los judíos El Valle del Llanto (de ahí el epíteto «escuela lacrimosa de historiografía»).

Para estos autores, la persecución, con independencia de los detalles históricos, era el rasgo peculiar de la experiencia judía. Esta concepción se hizo especialmente influyente después del Holocausto. Visto como el telos de una serie de persecuciones tan larga como la historia de los propios judíos, el Holocausto se volvía deducible del pasado e interpretable dentro de él. Yitzhak Baer, patriarca de la primera generación de historiadores israelíes y de la historia judía ibérica, escribió en 1955: «Cada episodio en la larga historia de nuestro pueblo, cada punto significativo en nuestra existencia histórica, contiene dentro de sí el secreto de todas las generaciones anteriores y posteriores». Netanyahu critica a Baer sobre muchas cuestiones, pero aquí se encuentran en completo acuerdo. Es como si ellos, como muchos de sus predecesores premodernos, hubieran adoptado el credo de Bertrand Russell según el cual «el comienzo de la sabiduría es percibir que el tiempo carece de importancia».

Una característica más novedosa del planteamiento adoptado por Netanyahu y Goldhagen que también puede explicar algo de la popularidad de sus obras es su renuncia al distanciamiento que se considera una condición previa para ejercer la historia «profesional». Ambos autores se entregan conscientemente a la pasión para predicar contra las brutalidades de aquellos que pueblan sus páginas. Netanyahu cita a Jeremías: «El corazón del hombre es la más falsa de las cosas, y profunda es su perversión. ¿Quién puede sondearla?» (pág. 1.085). Aquí nadie se esconde detrás de abstracciones, procesos históricos o explicaciones racionales. Contra los intentos de una generación de estudiosos que, como Hannah Arendt, lucharon por contener el mal dentro de la cara banal de las burocracias e instituciones, Netanyahu y Goldhagen insisten despiadadamente en que lleva el rostro retorcido del individuo poseído por el odio.

Es innegable el valor ético y el poder emotivo de esta insistencia en que las campañas de exterminio, ya fueran de conversos «judaizantes» o de judíos, están construidas no por fuerzas impersonales del cambio histórico sino a partir de las acciones de los individuos. La ironía estriba en que autores como Netanyahu y Goldhagen no explotan este poder a fin de subrayar la capacidad de elección o la responsabilidad ética del individuo. Por el contrario, lo usan para construir una abstracción diferente e igualmente impersonal, la de un mundo irracional en el cual, para citar una canción americana grotescamente frívola de los años sesenta, «todo el mundo odia al judío». Este planteamiento tiene también consecuencias éticas y políticas, algunas de ellas tan problemáticas como las abstracciones historicistas a las que quiere reemplazar.

Una implicación nunca queda lejos de la superficie del libro de Netanyahu. Si el odio que persigue a los judíos es en efecto invariable e inevitable, entonces ninguna estrategia asimilacionista puede tener éxito jamás: ni la de los judíos helenísticos en la antigüedad, de los conversos en el siglo XV , de los judíos alemanes en el siglo XIX , ni siquiera de los judíos americanos hoy. La única opción, podemos concluir, es construir una sociedad gobernada por y para los judíos, y defenderla vigorosamente contra el odio antisemita que inevitablemente la asaltará. Este odio no puede ser modificado por la razón. Es inmune a cualquier intento económico, sociológico o diplomático de erradicarlo. Sólo puede ser combatido por la fuerza.

Del destino de los judíos en la Castilla del siglo XV , el autor ha pretendido extraer una clave para descifrar el sentido de toda la historia judía, incluido el contemporáneo Estado de Israel. Habrá muchos en la profesión histórica que no aceptarán sus interpretaciones de la historia española o judía. Habrá muchos más, tanto en el Estado de Israel como fuera de él, que discreparán de las consecuencias de sus tesis para el presente. Pero si las afinidades que percibo entre sus ideas y las de su hijo Benjamin son reales, al menos en una cosa estaremos todos de acuerdo: en que pocos historiadores de la Inquisición han tenido un impacto tan dramático sobre las realidades políticas de sus propios días como Benzion Netanyahu.

01/04/1999

 
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