ARTÍCULO

La inocencia delirante

Tusquets, Barcelona
234 pp. 17 €
 

Hay que creer que, en la confrontación política de México con su poderoso vecino del otro lado de río Grande, la pérdida de Texas –hace más de un siglo– todavía suscita, en el imaginario mexicano, una aversión no resuelta. De otro modo sería inconcebible una novela como El ejército iluminado, donde esa afrenta territorial moviliza, en 1968, a un grupo de cinco adolescentes retrasados mentales que, por la vía de las armas, quieren devolver la dignidad a México con la recuperación de Texas. Adiestrados y guiados por un viejo y chiflado profesor, Ignacio Matus, furibundo patriota que, entre otros delirios, lleva fatal no poseer una medalla del maratón olímpico de 1924 celebrado en París –que él corrió paralelamente en Monterrey con mejor tiempo que el gringo Clarence DeMar, que quedó tercero–, la narración despliega, desde esos presupuestos, una suerte de subgénero quijotesco donde la anomalía psíquica, en alianza con lo maravilloso y lírico de la locura, conforma un relato muy deslavazado que pretende adquirir entidad li­teraria gracias a su adhesión cervantina.
En distintas ocasiones, el mexicano David Toscana (Monterrey, 1961) ha definido su técnica narrativa como «realismo desquiciado», oponiéndose así a la hegemonía del realismo mágico. Ciertamente la definición, sobre todo el adjetivo, cuadra muy bien con su propuesta literaria, pero no deja de ser, al mismo tiempo, una justificación que le permite moverse con mucha libertad, aunque no necesariamente con rigor. El ejército iluminado, como Estación Tula (Buenos Aires, Sudamericana, 2001) o El último lector (Barcelona, Mondadori, 2005), parte de un argumento cuya mejor baza es que puede esbozarse en pocas líneas y, resumido, resulta interesante, o prometedor. Pero el modo en que Toscana aplica sus indudables dotes de narrador tropiezan con algo demasiado antiguo, cuya convención, no obstante, sigue vigente. Me refiero a la verosimilitud. Y hay que aclarar, antes de nada, que no hay ninguna ley común de la verosimilitud, sino que cada novela crea su propia ley. Y aquí es donde la narrativa de Toscana, aun siendo sugestiva de partida, a este lector le parece más bien defectuosa debido a la asociación, poco fructífera, de alarde prosístico y extravío narrativo. Los cinco adolescentes retrasados mentales que aquí cohabitan (Comodoro, Azucena, el Milagro, Ubaldo y Cerillo) apenas se distinguen entre sí, y si alguien se tomara la molestia de intercambiar sus parlamentos, la novela seguiría igual de indefinida, o enigmática, un adjetivo que gustará más al autor. Los personajes de Toscana, por tanto, se revelan por sus acciones, pero en el caso de cinco locos dirigidos por un loco aún mayor, empeñados en una hazaña absurda y previsiblemente condenada al ridículo, lo que finalmente queda, en una narración que se obceca en dar vueltas sobre sí misma, es un conjunto de desvaríos y exaltaciones militares y patrióticas cuya índole, presumiblemente paródica, deja mucho que desear. Es obvio que, sin el patrocinio del Quijote, esta hazaña de restitución nacional y alterada visión de la realidad pasaría con más pena que gloria, fruto más de una alucinación inoperante que del arte de la ficción. Engarzada en la tradición quijotesca, mira por dónde, ha alcanzado por contagio mucho respeto en México, donde la inventiva de Toscana –que se sirve de la vehemencia febril para que sus personajes, al cruzar un charco, crean atravesar una frontera acuática atestada de pirañas– ha sido tan celebrada –novela «irónica y sabia», se ha dicho, entre otras lindezas– que Tusquets se ha decidido a publicarla en España.
Pero en nuestro país, mucho me temo, pese a que la exigencia y el criterio andan a ras del suelo, somos menos propensos a los registros difusos y a la beatificación literaria cuando se trata de una sátira sobre un honor que ni nos va ni nos viene. Lo cierto es que esa patrulla de «desquiciados» sólo en algún momento fugaz consigue conmover, que no es tampoco un mérito mayor. El ensamblaje de tiempo y espacio, armado con tanta arbitrariedad que la narración parece regida por una hipotermia que amenaza con concluirla en la página siguiente, da pie para vaticinar una escasa recepción. Nada mejor, si fuera en aras de la literatura, que equivocarse de pleno, pero si la apreciación es errónea volvería a visitarnos desde ultramar una narrativa que abusa de la hegemonía imaginativa, emplazándola en la subjetividad del autor, es decir, que añade más combustión al «todo vale» que está llevando el arte literario a celebrar sus propias exequias.
Sin embargo, oponerse a la obra de David Toscana es oponerse a un intento de renovación formal que se fundamenta en la inocencia en tanto que núcleo incipiente de otro modo de ver la realidad, no como una conformidad establecida, sino como un lugar de desafecto, para decirlo con palabras de Eliot. Inocencia y locura se postulan, en la obra de Toscana, a modo de instrumentos ineficaces para reafirmar el desajuste con el mundo, y se diría que transforma los brotes de lucidez en la inminencia de una oscuridad más espesa. Todos los personajes de El ejército iluminado, incluso los «normales» o cuerdos, se comportan aceptando que el delirio es el único resorte capaz de poner en entredicho la tradición de los valores más conspicuamente repartidos: el patriotismo y los deportes de competición, el agravio de las afrentas históricas y la mutación de las derrotas en victorias y viceversa. Tal vez vista así, si el lector quiere poner todo esto de su parte, la inocencia delirante de El ejército iluminado no sea la expresión de una conciencia del desastre, sino al revés: un desastre que necesita de los locos para conocer su locura.

01/12/2007

 
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