ARTÍCULO

La inercia de la angustia fría

Anaya-Muchnik, Madrid, 1996
Trad. de Mauricio Wacquez
142 págs.
 

Baudelaire enseñó que el poeta podía hacerlo todo por sí mismo, sin guías ni intermediarios. Y, como muy bien vio Alberto Savinio, con esta enseñanza Baudelaire mandó a paseo a Apolo, las musas se resecaron y disolvieron su coro, la corte del Parnaso se fue a la quiebra. Todavía hoy en día hay quien se resiste a aceptar que la poesía universal ha pasado de las manos de Dios a las del hombre. Me viene ahora a la memoria la historia del origen del título de un libro de poemas, cuya reciente lectura me ha dejado literalmente fascinado: Ciudad del hombre: Nueva York. El título de este libro se le ocurrió a su autor, a José María Fonollosa, un día en que vio en un escaparate La ciudad de Dios, de san Agustín, y pensó Fonollosa: a mí me interesa la ciudad del hombre, no la de Dios. Este pensamiento le llevó a cambiar el título de su libro, que hasta ese momento se llamaba Con los pies en la tierra.

La tierra. Me acuerdo ahora de Heráclito, que fue un Baudelaire avant la lettre y escribió: «El sol tiene la anchura del pie de un hombre». Después una voz anónima inventó esa frase hecha que habla de que los hombres estamos dejados de la mano de Dios. Fue mucho más tarde cuando vino Baudelaire, y tras él muchos otros, y así llegamos a este gran escritor egipcio –absurdamente, un desconocido en España– Albert Cossery, que no lo pensó precisamente dos veces a la hora de titular su libro con la fórmula supuestamente más tópica pero también –por su riguroso sentido de nuestra miserable realidad– la más lúcida posible: Los hombres olvidados de Dios.

Albert Cossery nació en El Cairo en noviembre de 1913; ha escrito siempre en francés, ya desde mucho antes de haberse trasladado a vivir a París. Hace 45 años que no se mueve de esa ciudad –salvo esporádicas visitas a Egipto-y durante todo ese tiempo ha vivido siempre en el mismo lugar, en el barrio de Saint-Germain-des-Prés, en el hotel La Louisiane, rue de Seine. También desde hace 45 años puede vérsele cada día, a la misma hora –alrededor de las tres de la tarde– sentarse en el Café de Flore, donde no se dedica ni mucho menos a escribir –es incapaz de hacerlo sino es en su habitación del hotel–, se dedica a ver pasar la vida. Ha publicado tan sólo siete libros, y su filosofía del arte de la escritura es, como mínimo, bastante singular. Recientemente, confesó en una entrevista: «Escribo una línea cada semana. Si se es lúcido, resulta muy difícil escribir, pues uno sabe que es malo lo que hace».

Cossery no escribe cuentos o novelas para contar historias, aunque las cuenta y lo hace extraordinariamente bien, con un estilo muy personal, inconfundible. Las historias, según Cossery, están ahí para que él pueda decir lo que piensa, pues no se considera un narrador sino un escritor. «Los personajes –ha dicho-están ahí para que pueda yo expresar mis ideas». Son gentes que él conoció en otro tiempo, la mayoría en Egipto, y que tienen su misma visión sobre el mundo y la vida. Los hombres olvidados de Dios, que fue el segundo libro que publicó, apareció en Francia al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando él tenía 33 años, pero las cinco novelas cortas de las que se compone el libro habían sido escritas y publicadas –cada una en una revista distinta– cuando tenía 17 y 18 años, en Egipto. Después, las reunió en un libro que, como toda su obra, constituye una unidad literaria indisoluble, un discurso ideológico sin fisuras en torno a los desheredados de la tierra y a la necesidad de que éstos se subleven y no cedan –es el tema central de todos sus escritos– a la peligrosa inercia de sus cotidianas angustias frías (que diría Pessoa) o, lo que es lo mismo, no vean su pobreza económica y su miseria intelectual como algo perfectamente normal e imposible de abandonar, no continúen haciendo lo mismo cuando tendrían que cambiar. Debemos a Mario Muchnick la introducción de la obra de Cossery en España. Hace dos años ya publicó de él –habiendo pasado escandalosamente desapercibida– La casa de la muerte segura. Esperemos que en esta ocasión, con Los hombres olvidados de Dios –que fue la obra que Henry Miller y Lawrence Durrel contribuyeron a difundir en Estados Unidos– no suceda lo mismo y por fin despierte interés este profundo enemigo de la resignación en la que viven los hombres olvidados por Dios. Mendigos, pícaros, fumadores de hachís, prostitutas, hambrientos y otros desheredados de la vida pueblan las páginas de este libro de cinco relatos, de entre los que destacan –por la peculiar fuerza y crueldad de las historias y las reflexiones que segregan– El cartero se venga, El barbero mató a su mujer y Peligro de fantasía.

En El cartero se venga, el protagonista, que es el único del relato que sabe leer (por eso es el cartero) intenta que llegue la libertad y la cultura al barrio más miserable de la ciudad, pero la inercia de la angustia fría de los pobladores del mismo les lleva a agradecérselo con golpes y bromas.

En El barbero mató a su mujer, que es el mejor cuento del libro (un libro, por cierto, que entre nosotros ha contado con un traductor de lujo: el escritor Mauricio Wacquez), un niño quiere un cordero para celebrar una fiesta, y el padre, al decirle que eso será imposible porque son pobres, despierta a la realidad al ver que su hijo rompe en llanto. Entonces piensa: «Ahora he llegado al fondo de la miseria». Ese pensamiento despertará en él, ya en la vejez y por vez primera en su vida, el gusto por la existencia: «Ahora lo veo claro, tan claro que tengo miedo (...). Yo estaba acostado en la miseria, asfixiado en ella, sin pensar en apartarla. Y de repente la miseria se me hizo insoportable».

En Peligro de fantasía se nos habla del director de una academia de mendigos que teme la imaginación de sus alumnos y que el gusto repentino de éstos por no escenificar ante los ricos la miseria le arruine su negocio. Se trata, pues, de un repugnante personaje que hasta entonces ha vivido de la inercia de la angustia fría de sus desdichados discípulos: una inercia que se sitúa, como ya he dicho, en el centro mismo de la reflexión en torno a la que giran estos relatos, alguno de los cuales –si se me permite la licencia-puede resultar hasta divertido leerlo mientras escuchamos un disco antiguo, la voz de Nancy Sinatra, por ejemplo, no cansándose de repetir aquello que decía: «Continúas haciendo lo mismo cuando tendrías que cambiar».

01/02/1997

 
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