ARTÍCULO

La India contada por un mono

Siruela, Madrid
Trad. de José Luis Fernández Villanueva
684 pp. 26 €
 

Vikram Chandra es uno de los talentos literarios nacidos en India que han ido surgiendo en los últimos quince años a la sombra de la fama de Salman Rush­die. Antes llegaron Arundhati Roy, Vikram Seth y Rohiton Mishtry, entre otros. La caraterística común a todos ellos es el mestizaje de culturas, es decir, la hindú con la occidental anglosajona, y podemos decir que hoy la cultura angloindia produce una literatura diferenciada, casi un «género», a veces en el idioma autóctono de los estados indostánicos y otras directamente en inglés. Tierra roja y lluvia torrencial pertenece al segundo caso, pues su autor está asentado en California, donde enseña al parecer escritura creativa. Y a la vista de esta novela de casi setecientas páginas decidió emplear en su ópera prima casi todas las técnicas narrativas que enseña y buena parte de los trucos y recetas encaminados a conseguir un éxito entre una variada gama de lectores. Digamos que, en un terreno donde todo parece ya explotado, consiguió a su modo dar la campanada.
La novela tiene un arranque interesante. Abhay regresa de Estados Unidos tras varios años de estudiar allí y se encuentra de nuevo con la vida abandonada de Nueva Delhi. Mientras padece el choque cultural en la casa de sus padres, lo que le provoca extraños estados de ánimo, dispara a un mono que ha robado sus vaqueros tendidos a secar en la terraza. Gracias a esa herida mortal, el mono recupera una identidad anterior, un eslabón memorable en su cadena de reencarnaciones. Un siglo y medio antes fue Sanjay Parasher, un escritor de Calcuta. Al despertar a esa conciencia, el mono, para seguir con vida, deberá contar historias de sus anteriores reencarnaciones, y deberá hacerlo en la máquina de escribir de Abhay quien, a su vez, escribirá en ella otros relatos relacionados con su vida en Estados Unidos. Estamos, pues, por una parte, ante una narración que utiliza el contraste de culturas como materia misma de relato y, por otra, ante una ficción que fuerza la verosimilitud hasta el punto de que obliga al lector a verse de nuevo enfrentado a la invención nocturna y febril del narrador de las Mil y una noches. Chandra teje una novela de voces y de seres que las escuchan, aun sabiendo que lo que cuentan esas voces nunca sucedió. A veces el contraste entre el exotismo y la cultura de la coca-cola es demasiado profundo y ar­bitrario. Si el personaje de Abhay ­parecía interesante en las primeras páginas del libro, luego se hace insulso, como insulsas son sus aventuras americanas. Los breves capítulos que narra Abhay llegan a hacerse perfectamente prescindibles a medida que el lector avanza en la novela. En cambio, la fabulación histórica cobra protagonismo, remontándose a la dominación mogol y los primeros tiempos del imperialismo británico, mientras vemos aparecer una mirada revisionista de la historia de la India a través de su literatura, enfrentada a la colonizadora de un Kipling. La conciencia nacional del poeta Sanjay va creciendo hasta el fuego y la sangre del motín de Lucknow. Poco a poco la epopeya de una civilización y el esfuerzo de la construcción nacional van recordando de lejos a la novela fundacional de toda esta generación de escritores angloindios: Hijos de la medianoche, de Rushdie. Pero ahí donde la narración del autor de Versos satánicos era acumulativa y potente, la de Chandra se deshace por caleidoscópica y anecdótica.
Es cierto que el interés novelístico se mantiene en algunos capítulos de esta novela excesiva, a la que hubiera favorecido una poda. Personajes legendarios y aventureros como Benoit de Boigne y Sikander, hermano de Sanjay; ingleses coloniales de irreprochable factura como Markline; asesinos londinenses como Sarthey, cuya aventura un tanto absurda con un Sanjay inmortal cierra la saga histórica. En este sentido, el material con el que juega Chandra es de buena calidad y tiene ecos de Stevenson, y sin duda del maestro Kipling. Y su prosa es elástica, juguetona, cambia de un registro a otro con sorprendente facilidad, aunque no pocas veces se vea la «cocina» interior. En el fondo, el tema que subyace a todo este aluvión de vidas contadas y voces que modulan la historia es la sacralización de la escritura como ve­hícu­lo de la memoria y de la experiencia. Se ve muy claro en esta frase de Sanjay, quien llega a desprenderse de su lengua sin que eso merme su capacidad para expresarse: «Cuando se emplea papel y pluma, lo que se dice es visible y sólido, puede llevarse y traerse, mientras que las palabras salidas de la boca, a pesar del placer que uno siente con su sabor y forma, son efímeras, se desvanecen como la vida». La palabra impresa obsesiona a Sanjay. Una de las mejores escenas de la novela tiene lugar cuando el poeta, entonces operario en una imprenta de Calcuta, se come los tipos para ocultar el sabotaje que ha perpetrado a un libro que considera un ultraje a su condición de rajput.
En definitiva, un libro que no defraudará a quienes amen las sagas de la India, el destino de los héroes y el misticismo de una cultura siempre ina­go­ta­ble e interesante, aunque la visión de Chandra sea a la postre convencional, carente de originalidad. De alguna manera, las novelas de sus colegas Seth y Mishtry resultaban menos ambiciosas pero más fascinantes, pues los hé­roes de la literatura contemporánea no son personajes únicos como Sanjay y Sikander, sino tipos normales que viven experiencias únicas y a la vez próximas al lector, que busca el brillo de lo escondido y secreto en las vidas ordinarias.

01/10/2007

 
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