ARTÍCULO

Una mujer sin importancia

Lumen, Barcelona, 490 págs.
Trad. de Ama Eiroa Guillén
 

Perdonen por titular esta crítica de modo tan evidente. Tan evidente o previsible para hablar de un libro que trata sobre una sobrina de Oscar Wilde. Valga en mi defensa que el volumen que tengo ante mí se llama, precisamente, La importancia de llamarse Dolly Wilde, ¿lo cogen?, en un alarde de falta de imaginación. O de excesiva, que nunca se sabe.

En todo caso el libro de Joan Schenkar, novelista y ensayista norteamericana, lleva por subtítulo «La vida de una mujer digna de los mejores pecados». Lo que sin duda empujará a ciertos lectores a hacerse con esta biografía de una persona que no dejó libros de mérito, salvo el que publicaron sus amigas una vez muerta y que contiene alguna contribución de Dolly, al lado de otras de mayor interés. Ni libros ni obras de arte; tan solo ha quedado de esta mujer, aparte del parentesco con Oscar (y el evidente parecido), la estela o estrella fugaz de una vida llena de arrebato y sobre todo el haber acompañado, como amante o simplemente como amiga, a Djuna Barnes, Natalie Barney, Romaine Brooks, Colette o la mismísima Virginia Woolf. Es decir, que Dolly Wilde, mujer hermosa y dueña de unos ojos de color violeta dignos de la mayor consideración, fue de alguna manera groupie de esta sección femenina de la «generación perdida», y entre sus amistades figuró también Gertrude Stein, soslayando el trato con Scott Fitzgerald o Hemingway, con quienes frecuentó los mismos lugares parisinos en los felices veinte. ¿Por qué no figuran éstos en el morral de las piezas dollywildeanas, de por sí promiscuo? Tal vez por excesivamente masculinos, lo que no encajaba en el muestrario. Dolly Wilde, en fin, hija de Lily y Willie Wilde (hermano de Oscar) nació en 1895 y murió en 1941, víctima más que probable de sus excesos de toxicómana (de pluritoxicómana, pues el alcohol y la heroína figuraban entre sus adicciones), pero también del cáncer de mama que, habiéndola herido, amenazaba con una subsiguiente metástasis. Con la muerte solitaria de Dolly Wilde (Joan Schenkar apunta la sugestiva posibilidad de que hubiera estado acompañada la noche fatal de alguien que hizo para Dolly de amante y de camello), en un hotel londinense, comienza este denso volumen, capaz de convertir en sumamente atractiva la vida (y muerte) de una mujer, al fin y al cabo, sin importancia. Y ello sobre todo por la habilidad de Joan Schenkar a la hora de manejar todo el material acumulado, entre el que figuran entrevistas con alguno de los personajes, bien que de segunda fila, que fueron tomando parte activa en la biografía de Dolly Wilde. Una mujer a la que no se le conoció actividad profesional alguna, salvo la de traductora ocasional, siempre por compromisos de tipo amistoso y sin dejar casi nunca su firma en el empeño. Sin embargo, el nivel de vida de Dolly fue siempre muy elevado, lo que habla claro de su encanto, tan semejante al de su tío, por otra parte. Pues bien Dolly Wilde fue también despilfarrando su vida, entre Londres y París, viajera en un mundo donde las mujeres, iban descubriendo una sexualidad en la que los hombres no tenían papel alguno. Ante la mirada perpleja de comadres como Elsa Maxwell, que hablaban de ello con el debido pasmo y siempre entre líneas. Quien mejor y más íntimamente conoció a Dolly Wilde fue Natalie Clifford Barney, americana y, a decir de Joan Schenkar, como escapada de una novela de Henry James. Barney vivió hasta 1972 y dejó testimonio escrito –también poético– de su relación con Dolly Wilde. De quien a su vez conocemos alguna carta de amor dirigida a ésta digna de figurar en cualquier antología de epístolas eróticas y que sin duda ha de apreciar el lector aficionado al género. Y es que en esta novela biográfica o en esta biografía novelada, en la que se empieza por la muerte de la protagonista, hay espacio para aventuras galantes, testimonios literarios, recetas de cocina e incluso para que los protagonistas coloquen sus fotografías en el consabido álbum. Y así vemos a Natalie haciendo, naturalmente desnuda, de ninfa en un bosque frondoso, a Dolly disfrazada de Oscar o a la propia Dolly en un misterioso retrato: «encore belle, encore jeune, encore avide». Todo lo cual viene a reforzar un libro que de ser biografía pura y dura se hubiera quedado en muy poco. Es el talento de Schenkar el que vivifica una vida, por otra parte tan importante para ––debidamente contextualizada– balizar el de aquellos happy few que iluminaron en París, como nunca la capital del mundo, el tiempo tan decisivo de entreguerras. Dolly fue, para aquel grupo, un poco lo que Pepín Bello sería para la generación del 27, una especie de compañero de baile que de vez en cuando interpretaba un solo. La traducción de La importancia de llamarse Dolly Wilde viene firmada por Ana Eiroa Guillén, quien traduce concienzudamente y haciendo que el idioma receptor adopte una sonoridad cabal.

01/01/2003

 
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