ARTÍCULO

La imaginación, instrucciones de uso

Alfaguara, Madrid, 1999
280 págs.
 

Todos los que han estudiado la imaginación, desde Paracelso hasta Coleridge y desde Surawardi hasta Ouspensky, han insistido siempre en diferenciar entre la fantasía, que consiste en inventar de forma arbitraria imágenes o acontecimientos que no existen, y la imaginación, que no es otra cosa que un lenguaje que nos permite entrar en contacto con zonas de la realidad interior no accesibles al lenguaje articulado. Merino, que rechaza (si yo no me equivoco) el adjetivo «fantástico» para definir su obra, es claramente un autor de la imaginación. Los Cuatro nocturnos que ahora nos ofrece son no sólo una entretenida sucesión de novelas cortas escritas con enorme profesionalidad, sino también una especie de Baedeker en miniatura del país de la imaginación, una guía Audubon de pájaros de la mente, un manual de instrucciones para imaginadores.

Un manual ideal de imaginadores tendría que estar compuesto de, al menos, cuatro elementos. Primero: cualquier viaje por el país de la imaginación ha de comenzar necesariamente por una crítica de la noción de identidad personal. Si fuéramos unos, si supiéramos quiénes somos y si conociéramos de qué está hecho nuestro interior, no necesitaríamos para nada la imaginación. Segundo: la cuestión de la identidad personal está íntimamente ligada a la cuestión del lenguaje, ya que es el lenguaje lo que nos permite identificar las cosas y, de algún modo, darles identidad. El lenguaje nos permite comprender el mundo pero lo falsifica suavemente. Traza un mapa que nos ayuda a orientarnos en el caos silvestre de la realidad, pero un mapa tan ingenioso y tan aparentemente perfecto que al final nos olvidamos que se trata sólo de un mapa y comenzamos a tomarlo por «la realidad». Tercero: la única manera de comprobar que el mundo en que vivimos no es el mundo real, sino que se trata de un mapa, es romper los hábitos, salir de la costumbre. Cuarto: vivir sólo en el mapa del lenguaje conduce a una existencia finalmente vacía, una existencia sin experiencias reales, pero vivir sólo en la imaginación conduce a la locura. Necesitamos los dos lenguajes, el del logos y el del mito. El mundo físico tiene (al menos) tanta realidad como el mundo mental, y no podemos evadirnos de sus leyes o fingir que no existen.

La investigación en la fugitiva sustancia de la identidad personal es quizá el tema central de los Cuatro nocturnos. En «El hechizo de Iris», la más exótica y romántica de las cuatro novelitas, el protagonista nos relata su relación con dos hermanas, Iris y Laura, con una de las cuales vivió su iniciación erótica muchos años atrás. El relato especula con la posibilidad de «no respetar las pretendidas leyes psicológicas ni morales» para poder así vivir muchas vidas en una vida. Iris vive la vida de Laura y Laura vive la vida de Iris, de modo que ¿las dos son en realidad la misma, posibilidades distintas de un solo sujeto? ¿Múltiples personas, múltiples personalidades? En «La dama de Urz», Souto acepta con docilidad el equívoco que le convierte en otra persona, y lo hace ¿por qué?, ¿por el placer de la aventura, por aburrimiento, por el escalofrío metafísico que produce la sensación de ser otro? En «El misterio Vallota», una extraña y original variación del tema del doble, el «otro» es en este caso el «yo mediático», el que sale en los periódicos y en la televisión. La idea no es tan extraña como podría parecer a primera vista: en una reciente entrevista, Norman Mailer confesaba tener una sensación parecida con su «yo mediático», especie de apéndice vasto y en parte desconocido, muy débilmente unido a su propio «yo» personal. Pero es en «El mar interior», sin duda la mejor, la más original y la más arriesgada de las cuatro novelitas, donde la investigación en la esencia del ser interior se lleva más lejos. El «mar interior» que el protagonista descubre en su interior desde niño es el infinito de la mente de Leopardi y la cáscara de nuez de Hamlet, y termina siendo un teatro de la memoria al estilo de Bruno o Camillo. Como en el caso de los dos ilustres soñadores mencionados, también es posible ahogarse en él dulcemente o perderse en su espacio infinito.

La crítica del lenguaje es otro de los temas de los nocturnos. El niño Octavio tarda mucho en comenzar a hablar porque las palabras y los sonidos que oye los convierte en formas y criaturas (¿peces?) de su mar interior. No sabe desentrañar el lenguaje, del mismo modo que en un momento determinado mira un reloj, observa el lugar donde están colocadas las manecillas y no logra comprender los números. Es exactamente lo contrario de lo que le sucede a Souto (un personaje al que ya conocíamos de otras fábulas de Merino) en «La dama de Urz». Los falsificadores le toman por el misterioso Ribaldo porque en vez de mirarle a él han mirado ciertos «signos» (está frente a un cierto bar, tiene barba, va vestido de cierta manera, etc.). «No se ha fijado en mí, sino en los signos», se dice Souto, que es, no lo olvidemos, lingüista y semiólogo. En efecto, los falsificadores no han visto la realidad, sino el mapa que se han trazado de ella. Más tarde, al contemplar el cuadro «La dama de Urz», el admirado Souto observa que la dama «parece a punto de pronunciar la palabra verdadera, la palabra total», esa palabra ideal, imposible, que nos librará de la imprecisión de todas las «otras palabras». Inútil decir que esa palabra no existe porque no hay quien la pronuncie: el Vallota más público y visible no es realmente Vallota, Iris no es Laura, Laura no es Iris, Souto no es Ribaldo y Octavio descubre tantas cosas dentro de su mar interior que termina por no saber tampoco quién es. Todo es impreciso, y por eso el lenguaje lo es también.

Nada le habría sucedido a Souto de no ser porque se ha salido de su rutina diaria. Ir todos los días a comprar el periódico es lo mismo que usar todos los días las mismas palabras. También el lenguaje es un cierto itinerario, una línea roja, verde o azul dibujada en un mapa. Tercer punto, que nos lleva directamente al cuarto.

Octavio tiene un mar dentro de sí, un mar poblado de criaturas fantásticas y multicolores. Es, por antonomasia, el hombre de la imaginación, pero no sabe qué hacer con este mar, con este universo paralelo, verdadero microcosmos, que existe dentro de él. Las fabulosas investigaciones en el yo interior que realizó Giordano Bruno han quedado desvirtuadas para la posteridad en extravagantes recursos de la mnemotecnia, y algo parecido es lo que le sucede a Octavio. La conciencia de su mar interior es un regalo que no sabe utilizar ni comprender. No lo usa para comprender su interior, sino para manipular la realidad. En la escena más hermosa, más inquietante y surreal de estos Nocturnos, Octavio logra alcanzar el mar subterráneo que hay debajo de Madrid, una playa fantasmal, un ilimitado paisaje de gaviotas y veleros. Allí recibe la visita de su hermano muerto. «Vine a descubrir este mar», le explica Octavio, y su hermano replica: «¿No tenías tu propio mar?, ¿qué has hecho de él?». Octavio no comprende las palabras ni los números, pero tampoco sabe comprender el lenguaje de su mar interior, y finalmente, como tantas veces sucede, usa su prodigiosa capacidad, el don que le hace único, para el peor fin posible.

También cabe otra posibilidad (pero ya al margen de estas instrucciones de uso): que Merino esté diciendo que ese mundo interior de la imaginación, ese mundo paralelo en que cada objeto y cada palabra tienen una correspondencia simbólica, ese mundo, en fin, que muere cuando nosotros morimos, no sirve en realidad para nada. Pero no es posible que Merino quiera decir una cosa así, ¿no les parece a ustedes?

01/05/1999

 
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