ARTÍCULO

La ilustración judía

 

Decía Michel Foucault, en uno de sus últimos seminarios, que la Ilustración no es un período acotado y cerrado, sino que nuestra cultura ha tenido varias ocasiones de ilustración aprovechadas con desigual fortuna. La posibilidad de atreverse a saber y ganar en conocimiento y vigor moral aparece con ocasión de las crisis, incluidas las crisis del pensar académico. Desde esta óptica, el rescate del pensamiento judío ilustrado tiene el interés de aprender a pensar la otra cara de la Ilustración, que no es un lado negativo, sino menos explorado, cuando no desconocido.

En los últimos tiempos han aparecido algunos trabajos que tienen en común la voluntad de recuperar el pensamiento judío desde un modo de filosofar crítico. Se trata de las obras de Reyes Mate Heidegger y el judaísmo, libro que sigue a su Memoria de Occidente. Actualidad de pensadores judíos olvidados, así como el volumen colectivo coordinado por Mate junto con M. Beltrán y J. M. Mardones, Judaísmo y límites de la modernidad. Son trabajos de autor, pero también exponentes de una línea de investigación desarrollada desde hace algunos años en el Instituto de Filosofía del CSIC en Madrid. En esta línea se pretende explorar el contexto de los límites de la modernidad, la reformulación del sujeto moderno, tópico atractivo tanto en el campo de la filosofía (desde Habermas a Rorty) como en el de las ciencias sociales (Giddens, Touraine). La originalidad de este itinerario que recurre al corpus de autores judíos contemporáneos, fundamentalmente el núcleo F. Rosenzweig, G. Sholem y Hannah Arendt, es doble. Por una parte, se piensa en ellos en nuestra propia cultura hispana, más cercana a la hebra sefardí que a la askenazi, pero igualmente creadora del pensamiento judío clásico (de la vía de la Kábala del Zohar, escrito en Guadalajara por Moisés de León, a la vía racionalista de Maimónides). Por otra parte, se retoma su capacidad de aportar nuevos conceptos y relatos que ayudan a ir más allá de los callejones sin salida de la modernidad inconclusa y de la propia posmodernidad.

El fin de la posmodernidad, es decir la urgencia por contribuir a la creación de nuevas ficciones orientativas, en términos del hispanista Inman Fox, supone el acicate de este modo crítico de lectura. Lee la tradición sin incurrir en ningún fundamentalismo, sin preconizar la vuelta a formas de pietismo metafísico o de confesionalidad oportunista. Reconsidera dos grandes dimensiones de la crítica filosófica actual: la prioridad de la ética, con el consiguiente desmontaje de la metafísica, y la fundamentación de una instancia crítica que tiene que ver con el inconformismo político.

EL PRIMADO DE LA ÉTICA

El radicalismo ético viene avalado en una tradición que recupera la dimensión moral del judaísmo a la luz de la filosofía poskantiana y poshegeliana. Este es el itinerario que marca Reyes Mate en su Memoria de Occidente, precisamente en el planteamiento general y en la recuperación de la filosofía de la experiencia. El primado de la ética, ese rótulo con el que se viene asimilando a Emmanuel Lévinas, implica una mirada radical: antes que la llamada de la ontología, antes que la pregunta por el ser, estaría la pregunta por el otro. Rosenzweig y Cohen, en su diálogo con el hegelianismo y con el neokantismo, respectivamente, modulan esta mirada y son maestros de Lévinas reconocidos por él. La recuperación de ambos autores dan más claramente, para el lector interesado, el recorrido entero de un proceso de crítica del cierre ontológico.

El comentario de Reyes Mate muestra bien los recovecos de esta tesis, en la cual no hay un puro regreso, sino una voluntad crítica respecto al idealismo filosófico occidental: la recuperación de una filosofía de la experiencia que no niega al sujeto concreto. Rosenzweig nos plantea una nueva relación con la historia y el tiempo –gran temática de la modernidad y su crisis– en la que cabe aprovechar, de modo racional, laico, sugiere Reyes Mate, la manera de mirar el tiempo que procede de esa tradición oculta y que Rosenzweig, y más tarde Benjamin, proponen: en la experiencia está el tiempo de la acción, del descubrimiento. Tesis esta asumida por Hannah Arendt en su interpretación de la historia. Cohen destaca el valor de la dimensión ética del sujeto desde una doble evidencia: la compasión y el sufrimiento. Lo que da pie a Reyes Mate para establecer una rigurosa lectura de las dimensiones de la responsabilidad más allá del individualismo abstracto, ese recinto en el que ciertas éticas encierran la reflexión sobre la responsabilidad moral. No es una dimensión escuetamente referida a un código, sino a la vinculación con los otros, a la participación, más allá de la propia voluntad en su historia, entendida como invención, como proyecto moral, más que como legislación universal.

Este mismo campo es roturado en el segundo trabajo de Reyes Mate Heidegger y el judaísmo, en su anexo La tolerancia compasiva. En él se despliega una cuidadosa lectura del que fue un mismo campo de reflexión para Heidegger y los pensadores judíos. La exploración de los signos de la caída del pensar occidental dieron una radicalización en el logos y en el ser humano como «pastor del Ser» que en Heidegger acaba en la ontologización de la moral y en la deshumanización como soplo imparable. En el linaje del pensamiento ilustrado judío, como nos muestra Reyes Mate, la atención al lenguaje indaga y rescata otras dimensiones que lo vinculan al sujeto de la memoria y de la acogida. El sujeto de la palabra busca una voz que diga el sufrimiento más allá de las razones de la técnica. Antes que Heidegger, dice Reyes Mate, «hay quien o quienes ya han hecho un largo camino en la misma dirección, aunque no se encaminan a la misma meta... Muchos de ellos son judíos y han comprendido (también) la gravedad de la crisis de la racionalidad occidental y se plantean un nuevo comienzo, un Nuevo Pensamiento». Apoyándose en los autores de Memoria de Occidente, Mate desarrolla aquí tesis originales que seguramente abren derroteros a la interpretación textual, pero también a la posibilidad de pensar de manera más completa a Heidegger.

La tolerancia compasiva, que es algo más que un corolario del libro, se abre a esa otra dimensión que consolida el primado de la ética, no como un nuevo dictamen desde la academia, sino por obra de la lectura de un mundo en conflicto. La lectura de los trabajos frankfurtianos sobre la tolerancia represiva (Marcuse, Adorno) lleva a situar una nueva veta que reúne lo moral y lo político entendidos como apertura y como fundación (no como cálculo o mera aplicación de códigos). La memoria y el respeto de las huellas del sufrimiento no son dimensiones que bloquean en una suerte de purismo cátaro: es la mirada del otro y sus posibilidades no dadas, no cerradas ni previstas, la que atañe a la virtud más urgente.

UN CIERTO INCONFORMISMO POLÍTICO

Del itinerario inicial, la lectura de los filósofos judíos que plantean una nueva relación entre pensamiento del mundo y pensamiento de la acción moral, surgen estas aportaciones que beben en lo más fecundo de la transmisión de la ilustración judía.

El arranque lo pone Rosenzweig con su sacudida radical del cierre ontológico, sugiriendo tres veneros que salen del claustro académico y disciplinar. Sus proposiciones –que son otros tantos programas de indagación– de un Mundo que es meta-lógico, un Hombre que es meta-ético y un Dios que es meta-físico, son formas de decir que hay más nombres para esos campos que los que la filosofía académica ha atesorado. Y que encontrarlos es no sólo una tarea de conocimiento, sino también una posición ética y política.

El dictum de este pensador vigoroso –la reciente y cuidadísima versión de su Estrella de la Redención a cargo de García Baró merece un comentario aparte– que postula la actitud crítica ante la historia inherente a la tradición judía: no se pliega el itinerario a las determinaciones de la historia, siempre queda un lugar desde el que mostrar la distancia con lo establecido, permite unir sin reducir la posición ético-política con la búsqueda de esa nueva ocasión de ilustración.

Este es el itinerario desarrollado en el volumen colectivo Judaísmo y límites de la modernidad, especialmente en los trabajos de García Baró sobre Rosenzweig y sobre Cohen (también tratado en sus relaciones ética-religión por Evangelino Álvarez). Lévinas recibe un esclarecimiento original a partir de su texto sobre el nazismo y en las monografías sugerentes de S. Mosès, J. A. Sucasas y Patricio Peñalver. La tercera sección del libro encara directamente la relación entre ilustración y judaísmo con trabajos de R. Mate, Carmen González-Marín, quien incorpora en este linaje a Derrida, así como ocurre con Kafka (Juan Mayorga), Hannah Arendt (Anna Masó) y los puntos que arrancan de la teoría crítica de la sociedad (J. M. Mardones) o la recuperación del otro en la filosofía de la liberación (Teresa de la Garza).

Esta prioridad del «otro concreto», en palabras de un célebre ensayo de Sheila Benhabib, acompaña a unas indagaciones que no siempre encuentran doctrina segura. Y por el pluralismo y por la búsqueda que hay en estos tres libros, podemos alegrarnos de que así sea. De estos clásicos comentados cabrían lecturas confesionales, pero en esta lectura en común hay una voluntad de mostrar su carácter abierto. Ni Kafka es un cabalista malgré lui, aunque sepa componer haggadah, ni Benjamin es un místico, ni Lévinas sólo un formador rabínico, ni Arendt una «desalmada» para con la tradición –como Scholem le dijo apenado cuando el affaire Eichmann–. Se trata de sacar a los autores de sus casillas, mostrando sus itinerarios vitales y aprendiendo lo que está en juego hoy en día a través de ellos.

Así pues, el desmontaje metafísico que en la saga de los críticos de la Ilustración (Hegel sobre todo como mentor de Rosenzweig) pone a temblar las categorías dominantes no va separado de una especial sensibilidad ante los juegos de poder y sus excesos. El juzgar la historia o reivindicar el derecho a no callar. Este itinerario de revisión alcanza también a la segunda sección de la obra colectiva que, con el de «Judaísmo hispánico», ensaya una primera recuperación de lo peculiar del pensamiento judío en España, o en español. Las lecturas históricas (Ron Barkai sobre el judaísmo español medieval; Sultana Wahnon sobre Ibn Ezra) e historiográficas (F. Abad) dan cabida a un replanteamiento de nuestra relación con la casuística y la mística (J. M. Marinas) y sugieren una nueva visión del narrativismo de Spinoza (Miquel Beltrán).

No se trata, en fin, de una ontología de lo judío, sino de una invitación a pensar críticamente esta hebra nuestra.

01/03/2000

 
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