ARTÍCULO

La identidad española

 

La cuestión de la identidad española, el estudio de la condición nacional de España, es un gran tema de nuestra reflexión intelectual que, lejos de habernos abandonado, ha conocido un renacer bibliográfico en el curso de los dos últimos años. Baste como ejemplo del interés en la cuestión la referencia al excelente ensayo de Javier Varela sobre los intelectuales españoles y el problema nacional, a los tres libros aquí comentados de J. P. Fusi, J. Tusell y J. Marías, o al ensayo de J. Mª Sánchez Prieto sobre la cuestión a partir de la transición política. Podría decirse, enlazando con una observación de este último autor, que el tema ha conocido un incremento de atención en los medios intelectuales españoles en contraste con el relativo silencio que acompañó a la redacción de una Constitución dominada en sus debates por una perspectiva estrictamente política. El paso del tiempo irá decantando la impresión de que estamos ante el gran tema de la restablecida democracia española, generándose la correspondiente atención en los ambientes intelectuales y académicos españoles en los años finales del siglo XX y en este inicio de siglo.

El libro de J. P. Fusi parte de un explícito reconocimiento de la larga génesis de la construcción de la nación española. Lo que tiene sus orígenes en los tiempos finales de la Edad Media, termina de perfilarse al compás de la Monarquía Hispánica creada por los Austrias. Entre 1500 y 1700 no sólo germinó una tradición literaria en lengua castellana, sino que surgió también una historiografía propia, una amplia reflexión sobre la misma lengua castellana, una iconografía religiosa, todo lo cual termina creando una identidad común española.

El proceso de construcción española se ve reforzado por el reformismo ilustrado del XVIII, articulador de la nación española. Los logros del siglo son vistos por J. P. Fusi como notables y, en ocasiones, extraordinarios. Se trata de un «siglo excelente, de recuperación de la presencia internacional de España y de auge demográfico, industrial, urbano y comercial». España consigue en este momento histórico organizarse como nación. Una nación que, sin embargo, con la contienda napoleónica va a quedarse sin Estado.

La construcción de un Estado nacional a lo largo de los siglos XIX y XX es el punto más discutible del ensayo de J. P. Fusi. Los problemas que el autor ve en esta construcción se compadecen mal con una larga historia de génesis y desarrollo de la identidad española. El esfuerzo liberal a favor del desarrollo del Estado nacional correría en paralelo a la difuminación de una imagen histórica nacional que, llegados los inicios de la revolución liberal, urbana y capitalista, parece evaporarse para dejar paso a un país de centralización oficial, pero de localismo real. «Pese a las tendencias nacionalizadoras que inspiraron la creación del Estado español moderno, la fragmentación económica y geográfica del país siguió siendo considerable hasta que las transformaciones sociales y técnicas terminaron por crear un sistema nacional cohesivo, lo que no culminó hasta las primeras décadas del siglo XX .» Fecha realmente tardía para un rico pasado que parece perder su vigencia justamente cuando la revolución liberal quiere impulsarlo hacia la definitiva construcción de una realidad nacional con vocación de futuro. Se pone de manifiesto así una interpretación del signo histórico de la construcción de la nación en España que no hace justicia a las intenciones del liberalismo español. El proceso se dobla con la interpretación de un discurso nacionalista español que el autor, llegado el siglo XIX y XX, restringe al discurso de los «nacionalistas», orillando el significado político de un discurso político en favor de un «ideal nacionalizador», de un reforzamiento de la identidad nacional española, que atraviesa prácticamente sin excepción la compleja tradición liberal española contemporánea. Los límites de un discurso nacionalista español son trazados así con un exceso de rigor que deja fuera del mismo al grueso de las convicciones nacionales de las elites políticas e intelectuales españolas del momento. El nacionalismo de los «nacionalistas» no es el único discurso interesado en la nación, ni en España ni en el resto de la Europa liberal. Este estrechamiento del nacionalismo español propuesto por Fusi no va a ser obstáculo para reconocer la existencia de un complejo patriotismo tanto de elites como de masas, no siempre fácilmente separable del discurso estrictamente nacionalista.

Conforme avanza la Restauración registra el autor la emergencia de un programa regionalista que pronto dará paso, en Cataluña y en el País Vasco, a un genuino discurso nacionalista de proyección potencialmente disgregadora, más evidente en el caso del bizkaitarrismo sabiniano pero no inexistente en la compleja reflexión catalanista. Unos nacionalismos que coexistirán en una compleja relación dialéctica con un discurso nacional español, de «afirmación española», en las primeras décadas del siglo XX. Pasa revista posteriormente el autor a la solución republicana al problema en la forma de un Estado integral de carácter regionalista en que se trata de dar una respuesta a las tensiones nacionalistas de Cataluña y el País Vasco mediante un expediente regionalizador basado en la primacía clara del marco constitucional, el rechazo a la generalización de las autonomías y la concepción de las mismas dentro de la ortodoxia democrática y republicana. Un rechazo a la generalización de las autonomías que no se hace claramente visible en la Constitución de 1931 y en la dinámica política del régimen interrumpida con el inicio de la guerra civil.

La crisis republicana, la guerra civil y el mantenimiento de la larga dictadura franquista darán origen a un nuevo intento de respuesta política a la cuestión en la forma de Estado autonómico surgido con la Constitución de 1978. Aspecto singularizador de esta respuesta es el intento de dar solución con ella a un doble problema: los contenciosos nacionalistas centrados en el País Vasco, Cataluña y, en parte, Galicia, y las demandas regionalizadoras extendidas a lo largo y ancho de España durante el proceso de transición al calor de unas complejas demandas administrativas, económicas y políticas. Se abre paso así a una solución del problema histórico de la identidad nacional española mediante el reconocimiento de una doble realidad nacional: la española, consagrada en el texto constitucional y más débilmente reconocida en la dinámica política cotidiana, y las nacionalidades y regiones, igualmente reconocidas en el texto constitucional y que tendrán a partir de ese momento una amplia aceptación en la dinámica política. Se cierra de ese modo el largo, brillante y sugestivo recorrido histórico emprendido por Fusi en su búsqueda de la génesis y desarrollo de una identidad española cuyo desarrollo va a dejar en pie importantes aspectos de pluralidad nacional que, finalmente, se tratarán de armonizar en el marco de la restablecida democracia española.

El libro de Javier Tusell parte de otra sensibilidad histórica respecto a los orígenes y desarrollo de la nación española. Rasgo recurrente de esta sensibilidad es la infravaloración de la contribución de la monarquía hispánica a la forja de España. La España de los Austrias vendría caracterizada, en forma todavía más acusada que en otros Estados modernos, por una organización cuasi federativa que dejaría poco espacio para el amplio reconocimiento que realiza Fusi al surgimiento de la nación moderna española. El proceso de construcción nacional no se produce para Tusell hasta el siglo XVIII. Y este proceso no conseguirá imponerse a la pervivencia de una pluralidad que el autor ve como excepcional en el panorama europeo occidental. Cuando en el siglo XX emerja un nacionalismo español, apenas hay reconocimiento para un siglo XIX en que el discurso nacionalista de este signo forma parte destacada del discurso liberal, lo hará al mismo tiempo que unos nacionalismos periféricos y sin conseguir articular un proyecto nacional acorde con la sustancial pluralidad del Estado. Una afirmación que hace escasa justicia a los proyectos de descentralización y de federalismo presentes en la tradición liberal-democrática española desde el siglo pasado.

A partir de aquí arranca la receta política de Tusell para el problema: la articulación de un proyecto español que deje espacio y ofrezca reconocimiento a unas realidades nacionales existentes en el Estado. Se parte de la aceptación de un Estado de las Autonomías sometido, sin embargo, a progresivas adaptaciones hasta llegar al punto de confluencia con unas aspiraciones nacionalistas periféricas sometidas al común proceso de integración europea. El libro de Tusell parte de una infravaloración del contexto nacional español. Lo que hay de discutible en esa infravaloración es compensado por el intento de encontrar un expediente político eficaz y democrático en la solución definitiva del problema. Libro de acento más político, no rehúye en él Tusell la polémica con otros planteamientos más sensibles para la existencia de una realidad nacional española. Consigue salvar, sin embargo, el riesgo de una hipótesis de Estado plurinacional, capaz de ver España como una mera suma de hechos nacionales primigenios que permitirían la devaluación de la realidad española a una mera existencia estatal, a la suerte de una especie de supervivencia de los imperios desaparecidos con la primera guerra mundial. Se trata de una propuesta a favor de la búsqueda de una solución política del problema facilitada por la parcial asunción de los postulados políticos e ideológicos de la tradición nacionalista catalana y vasca. Un intento arriesgado desde una perspectiva española de conjunto al que no se le puede negar, en todo caso, intención pacificadora y superadora del problema.

El libro de Julián Marías se sitúa, en contraste con la perspectiva histórica que domina el ensayo de Fusi y la política que preside el de Tusell, en una perspectiva preferentemente cultural y estética. Recopilación de escritos sobre la cuestión de la identidad española publicados a lo largo y ancho de una obra del autor muy sensible a estas cuestiones, Marías pasa revista en ellos a la obra y la vida de Cervantes, al impacto de la Ilustración a través de la consideración de Jovellanos y Moratín, a la memoria de la guerra civil, a la cuestión de la lengua y a otros temas que configuran en su conjunto la visión de la identidad española. Articulan estos escritos una visión del pasado español, coherente con el discurso político que alienta la visión liberal de la cuestión. Libro, pues, inserto en una dilatada tradición liberal, tiene el mérito de poner al día un discurso sentido por amplios sectores de la sociedad española que, acaso, no ha tenido un paralelo reflejo en su expresión política a lo largo de los últimos años. Una visión liberal de la cuestión nacional española que manifiesta su legitimidad y atractivo a finales del siglo XX en forma paralela a como lo pueden hacer otras visiones mejor conectadas con perspectivas tradicionales transformadas en progresistas en las últimas décadas. Una visión en la que ocupa siempre un lugar destacado la apertura hacia un mundo hispanoamericano entendido como parte sustancial de las Españas.

01/06/2000

 
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