ARTÍCULO

La humanidad era esto

Valencia, Pre-Textos
Trad. de Antonio Gimeno
126 pp. 11 €
 

Ahora que el medio ambiente parece haberse situado definitivamente en el centro de la agenda pública occidental, la ausencia de una reflexión serena acerca del carácter de las relaciones humanas con su entorno no hace sino manifestarse más palpablemente. A fin de cuentas, sin meditar filósoficamente sobre la naturaleza, como esfuerzo previo a la fijación de unos criterios morales para su tratamiento, no es dable desarrollar una nueva política para la misma; no, al menos, sin incurrir en formas más o menos pintorescas de histeria global. Es cierto que la filosofía nunca ha dejado de ocuparse de un tema, a la postre, tan viejo como ella; y también que el llamado pensamiento verde, es decir, la filosofía moral del ecologismo, lleva tres décadas proponiendo una lectura distinta de la tradición occidental como presupuesto para su programa político. No hay, pues, vacío alguno del pensamiento. Sin embargo, esa misma tradición occidental ha permanecido hasta ahora mayoritariamente ajena a ese debate, confiada, como estaba, en la vigencia de la concepción moderna de la relación hombre-naturaleza: ese hilo invisible que arranca del dualismo cartesiano y llega hasta el aliento prometeico del mismo Marx. Esta suerte de paradigma cultural sostiene, esencialmente, que existe una diferencia y, por lo tanto, una separación entre el hombre y el resto de la naturaleza, de la que se deduce una superioridad humana de formidables consecuencias cognitivas y prácticas. Ahora bien, si tal separación había sido históricamente fijada en el plano ontológico, después de Darwin la religión sale de escena y ese hiato sólo puede sostenerse ya filosóficamente –o bien proceder a su desmantelamiento científico. Porque, ¿quién no ha oído decir, a cuenta del escaso puñado de genes que nos diferencian de una mosca, que ahí se contiene una lección de humildad para la especie humana? Y en ésas estamos.
Pues bien, a desvelar «el misterio práctico-político» de una separación tan aparentemente insostenible dedica este libro Giorgio Agamben, prolífico y original pensador italiano bien conocido en EspañaEntre sus obras más recientes, suficientes para atestiguar la diversidad de sus intereses, figuran Estado de excepción (Valencia, Pre-Textos, 2004), donde sugiere la normalización de un paradigma político llamado a ser excepcional; el volumen de ensayos breves Profanaciones (Barcelona, Anagrama, 2006), dedicado a temas como el genio o la parodia; y su estudio filológico-filosófico de la Epístola de Pablo a los romanos, como texto mesiánico: El tiempo que resta (Madrid, Trotta, 2006).. Y el resultado es una obra notable, que triunfa por la belleza de sus fórmulas y la seducción que procuran sus fuentes, a pesar de brillar más, como suele ocurrir, en el plano genealógico que en el puramente constructivo, como demostrando con ello, de paso, la inesperada solidez de aquel denostado dualismo filosófico. No es Agamben, como el Benjamin a quien traduce al italiano, un pensador lineal; más bien, abre caminos a medida que despliega su sinuosa escritura, estableciendo relaciones insospechadas pero certeras entre distintas manifestaciones culturales y artísticas, capaces de iluminar el asunto en cuestión desde un ángulo novedoso. Aquí, por ejemplo, arranca de las representaciones medievales del Talmud, donde los justos figuran con cabezas animales en el banquete final, sugiriendo una reordenación de las relaciones del hombre con los animales; se adentra después en Kojéve, a cuenta de su final de la historia; prosigue con el debate teológico sobre la fisiología de los bienaventurados; emplea los trabajos de zoólogos y ecólogos de la primera época sobre los mundos perceptivos del animal; y desemboca en las tesis de Heidegger sobre el aburrimiento. No obstante su disparidad, todo encaja. Se echa acaso en falta, desde luego, un mayor conocimiento del debate contemporáneo acerca del dualismo, pero puede disculparse a la vista de las intenciones y los resultados del autor, que ha decidido plantear su reflexión en otro terreno y con un tono distinto.
¿Existe una naturaleza humana, distinta y separada de la animal, o el hombre no es más que otro miembro de la comunidad natural, sin privilegios ni atribuciones superiores? Agamben contesta brillantemente a la primera parte de la pregunta, pero escamotea las distintas formas en que puede contestarse la segunda. Desde la distinción aristotélica entre distintas formas de vida, que lleva a separar una vida orgánica puramente funcional, de una vida animal caracterizada por las relaciones con el exterior, el hombre ha sido pensado como conjunción de un cuerpo y un alma, un ser viviente y un logos –fantasma espiritual que habita la máquina corporal, en términos cartesianos–. La máquina antropológica del humanismo se ha ocupado entonces de señalar lo humano en lo animal, como rescatando al hombre de su animalidad y sancionando su jerarquía. Pero, señala nuestro autor, no por ello habría una esencia humana definida, fijada de una vez por todas; el humanismo, en este asunto decisivo, sería un campo de tensiones dialécticas antes que un cuerpo estático. Y así ha sido, así es.
Sin embargo, Agamben propone a continuación un fundamento para la misma separación cuya artificialidad denuncia. Oscilando entre la descripción científica de pioneros como Haeckel y Uexküll, de un lado, y el aparato conceptual heideggeriano, de otro, el autor italiano contrapone la pobreza de mundo del animal a la formación de mundo propia del hombre. «Ningún animal puede ser esnob», al decir de Alexander Kojéve (p. 19). Es decir, que sólo el hombre es capaz de trascender sus limitaciones de especie y generar, como parte de su evolución natural, un mundo distinto: se convierte en una parte de la naturaleza que está, al mismo tiempo, aparte de ella. Dicho de otro modo, el dualismo emerge en el curso de la evolución y sin que pueda nunca predicarse de modo absoluto, ya que en sentido propio el hombre nunca deja de pertenecer a la naturaleza. Sucede que esta última constatación, tan repetida, tiene mero valor declarativo; no dice nada. Y, en todo caso, ¿no es este el mismo fundamento que la modernidad, y casi diríamos que el pensamiento humano, han hecho suyos desde siempre? Es verdad, como aquí se propone, que el humanismo ha operado como una máquina antropológica empeñada en establecer las fronteras sociales con la naturaleza –en forjar al hombre contra su entorno. No obstante, el propio éxito de la empresa humanista ha terminado irónicamente por hacer inútil su propósito, por anular su necesidad: la naturaleza, en el sentido clásico, ya no existe. Hay, más bien, medio ambiente humano; es decir, naturaleza humanizada, apropiada socialmente; o lo que es igual: éxito en la formación humana del mundo. Ahora bien, es precisamente en ese contexto posnatural donde la divisoria simbólica entre el hombre y la naturaleza demuestra no ser superflua, para evitar que aquél pierda la apertura al mundo que lo caracteriza. La separación que Agamben empieza describiendo como un misterio quizá no sea, después de todo, tan misteriosa, por responder coherentemente al desenvolvimiento mismo del hombre sobre la tierra. ¿Cómo podría, en fin, haber sido de otra manera? 

01/11/2007

 
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