ARTÍCULO

Intimidades

 

La Historia de la Familia, disciplina plenamente consolidada y reconocida fuera de nuestras fronteras, está empezando por fin a dejar de ser un campo de investigación novedoso en España. Si hasta hace poco nos quejábamos de la falta de obras originales y de traducciones próximas en el tiempo sobre el tema, en los últimos años asistimos a un progresivo goteo de unas y otras, tanto obras generales (la más reciente: Historia de la familia europea) como estudios centrados en aspectos concretos. Entre estos últimos encontramos el libro de Raffaella Sarti sobre la vida material de las familias o el de José Enrique Ruiz-Domènec acerca del matrimonio.

El de Sarti, Vida en familia, se sitúa muy cerca de la llamada «Historia de la vida privada», que además de la famosa obra de igual título dirigida en 1987 por Ariès y Duby ha alumbrado, sobre todo en Italia, diversos estudios sobre la historia del consumo, de la moda o de la gastronomía. Los análisis sobre estos aspectos de la vida cotidiana fueron durante mucho tiempo tildados de frívolos o de meras escenas costumbristas poco útiles para la Historia. Pero lo cierto es que la distribución de los espacios, la cantidad y variedad (o su escasez y simpleza) de objetos que se poseen, lo que se come o las ropas que se usan nos hablan con un lenguaje propio de cómo son las sociedades y particularmente las familias. No sólo porque constituyen el marco material en el que nos movemos los seres humanos, sino porque su valor, tanto económico como simbólico, expresa gráficamente las relaciones, las solidaridades y las jerarquías sociales, de edad y de género. El hecho, por otro lado, de que Sarti aborde el estudio de la familia a través de su vida material indica el carácter multidimensional de la Historia de la Familia, crisol que reúne economía, folclore, leyes, valores sociales, demografía, relaciones interpersonales...

En su libro, muy documentado e ilustrado con casos de archivo y escrito con un estilo ameno y lleno de metáforas coloristas, toma como objeto de análisis Europa entre finales del siglo XV y principios del siglo XIX y, aunque se centra en Italia, Francia e Inglaterra, se agradecen las referencias a zonas geográficas normalmente poco atendidas, como los Balcanes o Polonia. También nuestro país tiene cabida, si bien las alusiones son muy generales. Por otro lado, los análisis incluyen todas las clases sociales, sin olvidar tampoco la dicotomía campo-ciudad y prestando especial atención al papel desempeñado por las mujeres de los distintos ámbitos y grupos.

Sarti divide su obra en dos partes. Los tres primeros capítulos los dedica a dar un panorama general de la institución familiar, empezando por lo que ésta significaba en la Europa moderna. Siguiendo la instructiva práctica de preguntarse lo evidente se cuestiona el propio término «familia», recordando una vez más que esta palabra no tenía entonces el mismo significado que en nuestros días, sino un alcance mucho más amplio que se rastrea en su propia etimología: «familia» viene del latín «famuli», servidumbre. Hay que decir, sin que esto le quite mérito a su propósito, que con estas afirmaciones Sarti no descubre nada nuevo. En realidad, en estos primeros capítulos recoge, reestructura y apostilla las teorías acuñadas por los autores clásicos (Laslett, Sabean, Klapisch-Zuber...) de la Historia de la Familia: la familia moderna como unidad de producción, reproducción y consumo, su carácter dinámico y, por tanto, cambiante en el tiempo, la diversidad de las estructuras familiares (aunque apenas menciona la evidente relación entre éstas y los sistemas hereditarios), el complejo concepto de «casa», la no identificación entre corresidencia, parentela y familia, la institución familiar como marco privilegiado de transmisión de bienes o la extraordinaria importancia que el matrimonio reviste para los individuos, sus familias y la comunidad.

Los siguientes tres capítulos se consagran a analizar la vida material de las familias y su transformación. Más allá de las estadísticas un tanto temerarias que utiliza como apoyo (el porcentaje de hogares que contaban con tenedores y cuchillos de mesa es un ejemplo), Sarti nos habla del carácter simbólico del fuego (que en muchas lenguas, incluida la nuestra, recibe también el nombre de «hogar») y de cómo la sustitución de la hoguera central por la estufa o la chimenea modificó necesariamente las relaciones de los miembros de la familia que se reunían en torno a él; del papel clasificador que tenía el vestido y de que en el siglo XVIII el diseño de la ropa femenina buscaba ya la subyugación del cuerpo de la mujer, cosa que llegaría al culmen con los torturantes corsés decimonónicos; de la materialización de la jerarquía social y familiar en un hecho tan simple como el reparto de las sillas, al atender en primer lugar a los miembros varones y de más edad... Esta jerarquía se expresaba también en la comida, que es, por otro lado, una de las manifestaciones más evidentes de las diferencias entre culturas (lo que es «bueno para comer» y lo que no). En este sentido, Sarti no sólo nos recuerda la revolución alimentaria que supuso la llegada de los productos americanos (singularmente el maíz y la patata, que serían la salvación de la muerte por hambre para muchos europeos), o el carácter de alimento que tenía entonces el alcohol, consumido en grandes cantidades incluso por los niños, sino que rastrea una sutil raíz gastronómica en la Reforma protestante, reflejo de la división de Europa entre «un norte voraz y carnívoro y un sur frugal y vegetariano» (pág. 223). La comida era también un claro indicador de la separación entre clases sociales. No sólo por su abundancia o escasez, o por los alimentos que consumía cada una de ellas, sino también por el significado último que rodeaba su preparación. Así, en la Edad Moderna, las cocinas nobles eran atendidas por hombres (considerados dignos de mayor confianza), mientras que en las casas pobres eran las mujeres las que tenían a su cargo esta tarea (una más). Desde la Inglaterra del siglo XVIII, sin embargo, fue imponiéndose la idea de que la mujer de clase media y alta debía saber cocinar para atender mejor a su familia. Esta misma idea (que no es otra que la de la mujer como fuente de alimento) subyacía en la crítica cada vez mayor a la «lactancia mercenaria», muy extendida entre las clases altas. Las damas empezaron a prescindir de cocineros y nodrizas. A la inversa, poco después, el trabajo en las fábricas sacó a las mujeres de las clases bajas de sus casas y, en consecuencia, disminuyó el tiempo que dedicaban a alimentar a sus hijos y a sus familias. De esta manera lo que hasta entonces era un timbre de nobleza (la vejación de tales tareas en otros) pasó a ser visto como una aberración.

Al hilo de lo que se consideraba correcto y acabó por convertirse en intolerable resulta muy ilustrativo todo lo que rodea a la intimidad y la higiene, así como el largo camino recorrido desde una promiscuidad inicial al pudor moderno. Quizá nos sorprenda saber que los baños públicos no desaparecen en Europa hasta el siglo XVI. O que era frecuente que varias personas, aun de distinto sexo y condición, compartieran cama y que desde ésta se hiciera buena parte de la vida social. O que el pasillo, invento inglés de finales del siglo XVI que revolucionaría la distribución de los espacios domésticos y contribuiría a la intimidad de sus habitantes (pues ya no se verían turbados por la presencia indeseada de transeúntes que necesitaban atravesar todas las salas de la casa para llegar a la que se deseaba), no se generalizó hasta trescientos años después...

Un último capítulo, que promete más de lo que finalmente ofrece, reflexiona acerca de la progresiva división de los espacios (y de las funciones que ello acarrea) entre hombres y mujeres. El libro se completa con varios apéndices iconográficos comentados y una impresionante y actualizada bibliografía. Pese a algunas sombras (Sarti no consigue aclarar determinados aspectos, entre ellos los contradictorios comportamientos matrimoniales dentro de la nobleza, y en ocasiones sus explicaciones son confusas, como al señalar que muchas familias siguieron durmiendo, comiendo y reuniéndose en una única habitación «por tradición o falta de espacio» (pág. 178) es una obra de investigación histórica muy útil, que proporciona un conocimiento general de la familia en la Edad Moderna y nos ilustra en detalle sobre su vivienda, su alimentación y su vestido.

Totalmente diferente es el libro de Ruiz-Domènec, La ambición del amor. Se trata de un ensayo que se propone reflejar la historia del matrimonio en Europa desde el siglo I hasta nuestros días, con el atractivo añadido de no centrarse tanto en la institución en sí como en las personas que le insuflaron vida: campesinos, pensadores cristianos y laicos, reyes, escritores, comerciantes... Parte de la importancia básica del matrimonio en todos los órdenes (necesidad humana, institución social, sacramento religioso, contrato civil) y en última instancia pretende responder a la pregunta, formulada ya hace tres décadas por algunos autores anglosajones, de si la actual crisis matrimonial tiene precedentes en el pasado (su conclusión será que no vivimos nada nuevo). Para ello Ruiz-Domènec expone situaciones y hechos tomados de las fuentes históricas y la literatura, además de otras manifestaciones culturales como la ópera o el cine, y plantea su análisis a partir de la dicotomía matrimonio versus seducción amorosa y sexual, dos fenómenos contrapuestos pero complementarios a lo largo de estos dos milenios. No sólo porque el deseo erótico y la pasión sentimental asaltaban con frecuencia a los casados en forma de adulterio, sino porque desde finales de la Edad Moderna la ambición del amor será convertirse en matrimonio y perdurar así eternamente, mientras que casarse sin atender al enamoramiento dejó de ser una muestra de responsabilidad para volverse inadmisible en nuestra cultura («el amor como vehículo del matrimonio entre un hombre y una mujer, ese gran mito europeo» [pág. 96]).

Es una lástima que tan interesante punto de partida dé como resultado un libro confuso, lleno de interrogantes no resueltos, de explicaciones anunciadas y nunca expuestas, de divagaciones y ejemplos traídos a colación sin venir a cuento, de argumentos y relaciones causa-efecto poco claros y de casos cuya influencia en la sociedad de su tiempo se magnifica hasta extremos dudosos («siendo [Mesalina] la esposa nada menos que del emperador, lo dejó todo por amor. El gesto despertó un enorme rechazo entre las mujeres de la sociedad antonina, y del rechazo surgió la figura de la nueva mujer, la esposa cariñosa» [pág. 28]).

No todo es desechable en el libro, claro. Resulta útil su análisis de los valores victorianos y del amor cortés y algunas novelas de caballería, así como la crítica, no por conocida menos interesante, al romanticismo exacerbado, que al suscitar unas expectativas vitales y amorosas absolutamente irreales acabó provocando unos efectos tan funestos como los matrimonios por interés, como muy bien retratara Flaubert en Madame Bovary. Pero salvando estos apuntes sueltos y poco novedosos estamos ante un largo discurso que adolece de incoherencias y carece de verdaderas explicaciones causales, y en el que temas tan fundamentales como la progresiva desacralización de la sociedad, y por ende del matrimonio, o la aparición en el imaginario social europeo de la identificación matrimonio nuevo-casa propia no merecen tratamiento alguno o son únicamente objeto de reflexiones crípticas: «La casa como centro de todas las actuaciones vitales es un reto fascinante que el hombre desea y teme, pero al que no puede sustraerse, hasta el punto de que él mismo llega a crear una representación mística de ese espacio, en el jardín del Edén, para darse miedo y tener oportunidad de exorcizar su miedo» (págs. 76-77). Sin olvidar la misoginia que salpica todo el libro y que llega a extremos incontrolados y difícilmente comprensibles en las páginas finales, cuyo argumento central es la falsedad de la inmensa mayoría de las actuales denuncias por malos tratos, utilizadas de forma vengativa por las mujeres para arrebatar sus bienes y sus hijos a los hombres y condenarlos de paso al estigma social (págs. 310-313). En lugar de ofrecer explicaciones múltiples y complejas a la evolución del matrimonio, entre las que no pueden olvidarse el triunfo del individualismo, las transformaciones económicas o la aparición de nuevas formas de convivencia, se insiste obsesivamente en que históricamente las mujeres ni han estado sometidas ni han sido las víctimas inocentes de la seducción masculina, sino todo lo contrario. Como muestra, baste la peculiar interpretación de El sí de las niñas de Moratín. Desdiciendo la opinión generalizada al respecto, Ruiz-Domènec niega que sea una crítica a los matrimonios concertados al margen de los futuros contrayentes o una anticipación del espíritu romántico, mucho menos un alegato contra la opresión de las mujeres que no pueden decidir su propio destino: la obra trataría realmente de cómo un hombre maduro consigue escapar de «la mortal trampa a la que se ven abocados los hombres por respeto a las normas sociales» y que no es otra que «caer en las redes de una mujer perturbada», de una joven caprichosa que sufre un complejo de Edipo y que acepta su matrimonio con el caballero como única vía de acceder al adulterio (págs. 220-222).

Creyendo el planteamiento enunciado en su introducción, el lector espera un libro que ponga «carne en los huesos» de las teorías antropológicas, doctrinas cristianas y leyes civiles matrimoniales analizadas por autores precedentes, y singularmente por Jean Gaudemet en su magistral El matrimonio en Occidente. En lugar de ello se encuentra con un relato confuso, incompleto y trufado de reflexiones extemporáneas y diatribas misóginas. Una ocasión tristemente desaprovechada para dar una visión vivaz y de conjunto de una manifestación social y humana tan fundamental para nuestra civilización como es el matrimonio.

01/10/2003

 
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