ARTÍCULO

Feria de las vanidades

Alba Editorial, Barcelona, 592 págs.
Trad. de Ana Pinto
 

No es William Thackeray uno de los narradores ingleses que más éxito han conocido entre los lectores en lengua española. Es difícil saber por qué. Sin ir a buscar en otros siglos que no sean el suyo, compáreselo con Jane Austen, con Charles Dickens, con Charlotte Brontë, con George Eliot, compáreselo, incluso, con Thomas Hardy. Tal vez la mayor dependencia de la cultura española respecto de la francesa, a lo largo del siglo XIX y parte del XX , le cerró alguna puerta. Acaso el intenso aroma nacionalista que se respira en todas y cada una de sus páginas lo alejó de más de un lector español de los dos siglos pasados. ¿Quizá el rigorismo moral de sus obras despertaba pocas simpatías? Todo puede ser.

Una obra como La historia de Henry Esmond , de William Thackeray, bellamente traducida y oportunamente anotada por Ana Pinto, sin embargo, muestra con generosidad muchos otros rasgos que quizá encuentren ahora un público entusiasta entre los muchos lectores que consideran el siglo XIX como el Siglo de Oro de la novela. Tómese como ejemplo la cuidada reconstrucción del ambiente intelectual y literario de Inglaterra en los primeros decenios del siglo XVIII . El lector español candidato a acercarse a esta narración está ahora mucho más familiarizado con los Pope, Congreve, Gay, Swift, Arbuthnot, Steele, Addison, Dryden, Bolingbroke, etc., como para disfrutar con un modo de escribir cuya inspiración no bebe en fuentes muy diferentes de las que riegan los Episodios nacionales. La reconstrucción histórica y política es excelente, la literaria no tiene fallos, pues merece la pena incluso cuando el lector discrepe de algunas valoraciones, como la caracterización de Jonathan Swift, por ejemplo, a quien se presenta como misántropo colérico y amargado, descripción que gozó de mucho éxito en el siglo XIX.

Codo con codo, los personajes conocidos y los anónimos de La historia de Henry Esmond dibujan un tapiz de relaciones que hace creíble aquella sociedad, pues se halla en las páginas de esta obra esa vida humana que nunca germina en el desierto de la crónica política, y ésta, a su vez, se hace creíble, cotidiana, periodística, casi, a través de las relaciones y emociones humanas. La novela acerca al lector el período de la reina Ana de Inglaterra a través de algunos de sus actores principales y a través de un grupo reducido pero eficaz de actores secundarios. Curiosamente, el narrador se propone no estar pendiente del destino de los reyes, así lo proclama enfáticamente en las primeras páginas, pero la verdad es que no desciende su interés, ni mucho menos, hasta el pueblo llano, ni siquiera se otorga mucho espacio a las clases acomodadas de la burguesía, pues los protagonistas son casi todos miembros de la aristocracia terrateniente inglesa y cortesanos. El intento es el de proporcionar una perspectiva humana sobre los grandes personajes, y así se ve actuar en un plano de igualdad, es decir, como seres humanos que necesariamente se relacionan entre sí, a un conjunto de personas que suelen ser objeto de atención de diferentes disciplinas de la reconstrucción histórica, pero que sólo en una novela más o menos histórica pueden volver a reunirse, pueden verse, desde el punto de vista del lector, en el mismo plano en que pudieron verse en su propia vida.

Por una parte, una parte muy importante, la nación ocupa los pensamientos del narrador. La novela reconstruye un período que en el momento en que se da a la imprenta la obra ya se había separado de los lectores por casi un centenar y medio de años. La nostalgia de un mundo más inocente se vive con más intensidad, por ejemplo, cuando se dice de los franceses, piedra de toque de Inglaterra en tiempos de la reina Victoria, que son todos barberos, maestros de baile o curas, o cuando se teme que una dama francesa, que se ha casado con un caballero inglés, llevará a Inglaterra sus costumbres, un confesor y «ranas para comer». La ironía desplaza a la nostalgia cuando se reflexiona sobre que los personajes de la obra no sabían nada del futuro, mientras que los lectores de la novela han vivido las guerras napoleónicas y las han dejado atrás. La nostalgia refuerza, a la larga, el mantenimiento de la creencia en la continuidad de los virtudes políticas y morales del país. La ironía aporta un modo de condescendencia que permite a los lectores pensar en el futuro, les permite gozar prospectivamente de nuevas y desconocidas satisfacciones.

Por otra parte, sin nostalgia ni ironía, es cierto que el asunto amoroso, el interés personal de la trama, es muy parecido al de la Feria de las vanidades. En esta obra también hay un hombre que se enamora de una mujer sin conseguir a lo largo de una paciente vida de espera ninguna clase de recompensa. «Por una mujer me hice soldado y después me dediqué a intrigar. Creo que habría llegado a hilar tapices si ella me lo hubiera pedido». Más pesimista parece la conclusión de esta obra, pues Dobbin, en la Feria de las vanidades, se casa al final con la mujer de quien ha estado enamorado durante toda su vida, mientras que Henry Esmond apura hasta su amargo final un amor no correspondido. Sí, es verdad, se trata de un amor que más parece una manía, pero, en cualquier caso, se percibe que en este terreno la ambición del autor no es tanto la de crear un modelo de amante fiel y devoto, cuanto la de crear un antitipo del mito byroniano. El inquietante atractivo morboso de los Heathcliff (Cumbres borrascosas) y de los Rochester (Jane Eyre), con su violencia y arrogancia, necesitaba de forma imperiosa un modelo de amante que representara las virtudes más queridas por la clase media inglesa: falta de imaginación, excentricidades inofensivas, constancia, disciplina, respeto por el código de honor. Es decir, todo ese conjunto de rasgos que integran el modelo tradicional de gentleman.

La nostalgia y la ironía serán todavía hoy, con toda certeza, ingredientes necesarios de la lectura de esta obra, pero seguro que navegarán los lectores de hoy por aguas muy diferentes de aquellas por las que navegaban los lectores británicos a mediados del siglo XIX , y aquellos mismos ingredientes condimentarán hoy otros guisos.

01/10/2004

 
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