ARTÍCULO

La historia como feuilleton, según Umberto Eco

Lumen, Barcelona
Trad. de Helena Lozano
587 pp. 23,90 €
 

La historia de Europa de la segunda mitad del siglo xix leída como obsesión. Simone Simonini –así se llama el protagonista de la última novela de Eco– aprende rápidamente, desde pequeño, que el mal existe y que, al igual que el diablo, se presenta bajo diversas formas, todas horrorosas. La primera de ellas tiene un rostro judío; el abuelo, verdadero padre putativo del niño, evoca con frecuencia «esos ojos que te espían, tan falsos que te sobrecogen, esas sonrisas escurridizas, esos labios de hiena levantados sobre los dientes, esas miradas pesadas, infectas, embrutecidas, esos pliegues entre nariz y labios siempre inquietos, excavados por el odio, esa nariz suya cual monstruoso pico de pájaro austral» (p. 15). Y así se imagina durante años y años Simone a los judíos: y sufre la pesadilla de la aparición de «el horrible Mordechai», que regresa todas las noches. Pero en una infancia pasada sin rostros amados es como si la única manera de vivir fuese compartir la aversión visceral por los judíos del abuelo reaccionario y clerical. Quizá, a falta de amor, el odio por «el otro que tú» ayuda a vivir –parece decirnos Eco– porque, de algún modo, te hace existir.
El abuelo, como todos los personajes de esta novela histórica (excepto el protagonista), ha existido realmente. O, al menos, ha existido realmente un Giovanni Battista Simonini, del que no sabemos casi nada, excepto que fue el redactor de una carta al abate Augustin Barruel, el autor de las celebérrimas Mémoires pour servir à l’ histoire du jacobinismeHamburgo, 1798-1799. , texto clave de la literatura reaccionaria, grande e influyente narración en la que se delinea la revolución como una maléfica conjura masónico-jacobina contra el trono y el altar. En la carta, fechada el 1 de agosto de 1806, Simonini reprochaba a Barruel no haber incluido en la conjura el papel crucial de los judíos y de la que él llamaba más bien la «secta judaica». Por lo demás, al convertir al protagonista imaginario de la novela en el nieto de Giovanni Battista Simonini, Eco ha pensado en el nombre, un nombre que habla: Simonino fue un muchacho misteriosamente asesinado en Trento en 1475, y tenido por los católicos por víctima de un homicidio ritual judío. Durante siglos ese nombre, honrado en los altares, ha pasado a ser, por tanto, el símbolo católico de la perfidia de los judíos, los asesinos de Cristo y, de resultas de ello, «el pueblo ateo por excelencia».
Masones y judíos estaban, pues, como enseñaba el abuelo, mezclados entre sí, y eran coautores de un renovado sacrilegio: haber cortado la cabeza del rey aquel fatal 21 de enero de 1793. De ellos, de los masones y de los judíos, había surgido luego, como por germinación, una túrbida progenie de destructores, carbonarios primero, socialistas y comunistas más tarde: una suerte de subespecie de los masones, solo que «un poco más estúpidos» y, en consecuencia, dispuestos a dejarse fusilar, como en el París de los días de la Comuna (para entusiasmo del abuelo: «Todos al paredón. ¡Bien hecho, Thiers!»).
Como si no fuera suficiente, en la obsesión sectaria del pequeño Simone hay luego una tercera figura tenebrosa: la de los jesuitas. No había sido ciertamente el abuelo, católico fervoroso y que firmaba como párroco honorífico de Nôtre-Dame, quien se la había inculcado: en esta ocasión había sido, en cambio, el padre, patriota liberal y, por lo demás, completamente ausente en la vida del protagonista. Los jesuitas, le decía, son como saprofitos y son, en realidad, los verdaderos y auténticos asesinos del alma. Citando a Vincenzo Gioberti, Simonini padre solía repetir, de hecho, que los jesuitas, a diferencia de los fasingari indios (esto es, los estranguladores o thugs), que inmolan sus víctimas a la diosa Kali después de haberlos estrangulado con una cuerda, matan las almas de los individuos sometidos a ellos con las palabras, que sojuzgan, o con la pluma. Pero en el fondo actúan, quería decir, con una devoción bastante similar.
Estas palabras habían tenido eco en el ánimo de Simone, porque se ligaban a la experiencia de la atmósfera viscosamente curil, vivida en el ambiente clerical de los amigos del abuelo: «Miradas huidizas, dentaduras podridas, alientos pesados, manos sudadas que intentaban acariciarme la nuca. Qué asco. Ociosos, pertenecen a las clases peligrosas, como los ladrones y los vagabundos. Uno se hace cura o fraile sólo para vivir en el ocio [...] repiten que su reino no es de este mundo, y ponen las manos encima de todo lo que puedan mangonear» (pp. 22-23). Los jesuitas se presentaban así como la quintaesencia de la podredumbre clerical, convertida en secta y en conjura.
Simone Simonini se convence pues, poco a poco, de que las tres cabezas maléficas se asemejan más de lo que se piensa. Los jesuitas, en el fondo, no son otra cosa que «masones vestidos de mujer», sus verdaderos y auténticos hermanos carnales, solo que «un poco más confusos». Y los judíos, por su parte, como demuestran Marx y Lassalle, ¿no son quizá todos comunistas y, por tanto, nietos de los masones? Así, si bien se mira, en los rostros de los judíos, de los masones y de los jesuitas se delinea una única máscara, la idea-fuerza del malvado complot que opera en la sombra, de la gran red, de la Conjura Universal: «Yo siempre he conocido personas que temían el complot de algún enemigo oculto, los judíos para el abuelo, los masones para los jesuitas, los jesuitas para mi padre garibaldino, los carbonarios para los reyes de media Europa, el rey aguijado por los curas para mis compañeros mazzinianos, los iluminados de Baviera para las policías de medio mundo y, ea, quién sabe cuánta gente más en este mundo piensa que una conspiración la está amenazando» (p. 110).
La obsesión por el Gran Complot se encontraba realmente ya en el centro de otra novela de Eco, El péndulo de FoucaultBarcelona, Lumen, 1989. ; solo que ahora, a más de veinte años de distancia, el tema aparece declinado en una clave distinta. Si entonces la conjura oculta –que se imagina como una trama operando en la sombra y dirigiendo la historia de los hombres– se trataba como un delirio, a medio camino entre fantasía y realidad, ahora el tema vuelve a proponerse como estructura ideal-típica de matriz esencialmente literaria, narrativa. Ya el padre de Simone, al comentar las ideas antes citadas de Gioberti, había señalado –no sin sonreír– cómo las había sacado de segunda mano de El judío errante, de Eugène Sue. Pero luego es el propio Simone, al descubrir un auténtico tesoro, una caja de libros escondidos en el desván (libros cochons, es cierto, pero también deliciosos feuilletons: «Me pasaba tardes enteras deján-dome los ojos con Los misterios de París, Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo…» [p. 93]), quien tiene una intuición. En Giuseppe Balsamo, este «libro prodigioso» de Alexandre Dumas padre, hay realmente, justo al comienzo, algo que corta la respiración, una puesta en escena formidable. En las laderas del Mont Tonnerre, en la orilla izquierda del Rin, se celebró el 6 de mayo de 1770 una extraña asamblea. A la luz de un cuarto de luna, enmascarados con lúgubres ropas negras, los jefes de la masonería universal allí congregados fueron arengados por el Gran Maestro (el propio Balsamo) para poner en marcha un plan vicenal con vistas a acabar con la monarquía francesa. Es el tema de Barruel, expresado, sin embargo, de forma narrativa y, por tanto, vivido, palpable y, en una palabra, real: «Ante la puesta en escena de Dumas [...] me preguntaba si el Vate no habría descubierto, al relatar una sola confabulación, cómo decirlo, la Forma Universal de todas las confabulaciones posibles» (pp. 109-110).
Y luego, de libro en libro, llegan Los misterios del pueblo, de Eugène Sue, en el que el escritor francés, que se exilió durante el Imperio, cuenta cómo los jesuitas habían inspirado y promovido la conquista del cetro por parte de Napoleón le petit. En concreto, hay en el libro una carta de un jesuita, un tal padre Rodin, dirigida al General, el padre Roothaan, que ilustra el complot jesuítico, anticipando o, mejor, casi vaticinando la serie de movimientos realizados por Luis Napoleón para hacerse con el poder (en realidad ya acontecidos), y produciendo así en el lector una suerte de reconocimiento y, por así decir, un «efecto de verdad».
Pero hay más: si un libro remite a otro libro y si la clave oculta de la historia se encuentra en un feuilleton, esto resulta posible por el hecho de que lo que se descubre en realidad ya se conoce, que todo conocimiento no es en el fondo más que un reconocimiento. En esto radica –observa un Simonini que parece haber leído a Walter Lippmann– la belleza de la forma universal del complot. No hace falta, por tanto, suministrar al lector o «al cliente nada original, sino solo y exclusivamente lo que ya sabía o lo que habría podido llegar a saber más fácilmente por otras vías. La gente cree solo lo que ya sabe, y esta era la belleza de la Forma Universal del Complot» (p. 111). La lectura de los llamados «dossiers reservados» divulgados en Internet por Wikileaks parece ofrecer hoy una demostración incontrovertible de esta tesis.
A partir de este momento, la carrera del falsario Simonini, vendedor de informaciones amañadas, inventor de complots por encargo, bellaco y asesino, además de agente secreto y espía y, en fin, a su manera, novelista, constituye una ilustración palmaria del funcionamiento de este principio: «La gente devora peripecias de tierra y de mar o historias criminales por mero deleite, luego se olvida con facilidad de lo que ha aprendido y, cuando se le cuenta como verdadero algo que ha leído en una novela, nota solo vagamente que ya había oído algo al respecto, con lo que encuentra confirmación de sus creencias» (p. 421).
Aquí se halla la clave fundamental del libro de Eco, consistente en dar vueltas en torno a la sutil línea de claroscuro que separa la luz de las tinieblas, lo verdadero de lo falso, la realidad de la novela o, si se prefiere, del reality. Esta línea no está hecha de certezas, sino de dudas y, más que separar, une. Luis Napoleón ha sido quizá el modelo de Gustave Rodolphe de Gerolstein, el protagonista de Los misterios de París, pero, a su vez, los Jean Valjean o los Vautrin, los criminales protagonistas de las novelas de Victor Hugo y de Honoré de Balzac, se han convertido en modelos ideal-típicos, esquemas de lectura de las llamadas clases peligrosasLouis Chevalier, Classes laborieuses et classes dangereuses à Paris pendant la première moité du xixe siècle, París, Plon, 1958. .
Aquí estriba, también, la diferencia entre El cementerio de Praga y la primera y más famosa novela de Eco, El nombre de la rosaBarcelona, Lumen, 1980.. Esta novela es, como se sabe, policíaca, y el protagonista, el intrépido y hábil monje franciscano Guillermo de Baskerville, no es más que el último de una serie infinita de detectives que pone en escena la representación eterna de la victoria de la razón ordenadora sobre el misterioso caos del mundo, en su encarnación medieval. Para descubrir la causa de una serie inexplicable de homicidios cometidos en una abadía, el exinquisidor Guillermo aprovecha indicios, pistas, que revelan la peligrosa resquebrajadura de un universo que en el fondo aún puede salvarse. Es la estructura de la detective novel, que remite al paradigma indiciario moderno, aquel en que la luz tremulante de la pipa de Sherlock Holmes sigue mostrando su superioridad sobre el underworld criminal londinense, los bajos fondos en que, cubierta por el oscuro manto del smog, se mueve el tristemente célebre Jack el Destripador.
El cementerio de Praga es, en cambio –o querría ser, pero a su manera–, una spy story, y por ello se propone contar un mundo distinto, pirandelliano, hecho de engaños y de simulaciones, un universo doble y triple. Quizá por este motivo, además de para responder a la necesaria bulimia de una novela histórica construida como un feuilleton, también Simonini se disfraza y, sobre todo, se nos aparece desdoblado: aquejado de una esquizofrenia traumática luego curada por un providencial doctor Freud, que se sonroja hablando de mujeres y al que Simonini vende cocaína. Por consejo de Freud volverá de nuevo a escribir y, por mejor decir, narrar, de modo que Simonini afrontará su remoción, su Entfernung, y –a su manera– se curará. Pero esta curación no es, obviamente, la victoria del bien sobre el mal: Simonini sigue siendo un cínico estafador, el mundo es horrendo e irredimible y la luz se entrevera con las tinieblas justamente igual que lo real se confunde con lo imaginario.
Es interesante además que en esta última de las novelas de Eco se encuentre un libro en el meollo de la historia, igual que sucede en El nombre de la rosa. En aquella primera novela famosa de Eco el libro en el centro de la trama novelística es una especie de Sagrado Grial: todos lo buscan, pero nadie lo encuentra. Se trata nada menos que del segundo libro de la Poética de Aristóteles, un texto por cuya posesión, en la novela, se mata. Pero también un texto que no existe en la realidad, puesto que se ha perdido. Por el contrario, en El cementerio de Praga la historia se desarrolla en torno a un libro que sí existe, y que ha producido tragedias. Se trata de Los protocolos de los sabios de Sión, el famosísimo falso anónimo producido en los primeros años del siglo xx por la Ojrana, la policía secreta zarista, para justificar las campañas antijudías y destinado a convertirse en el texto por antonomasia del antisemitismo, hasta y más allá del Holocausto. Y que, en su novela, Eco imagina compilado por encargo justamente de Simonini.
Así, el libro es también la historia de la fabricación de un único traidor, con múltiples variaciones. Al comienzo de todo, una imagen, un grabado encontrado por Simone por casualidad: se trata del antiguo cementerio judío de Praga, un bosque de lápidas enmarañadas sin orden alguno en un espacio angosto. Aquí, a la manera de Dumas, hombres misteriosos se reúnen a la sombra de altos saúcos espectrales, dispuestos en semicírculo bajo «una guadaña de luna extenuada» (p. 139). La primera vez, Simonini, al servicio del Piamonte, encuentra allí a los jesuitas para escuchar la arenga del Padre Bechx, que desvela el complot ordenado por Napoleón III para crear en Italia una confederación presidida por el papa; pero en lo sucesivo esa ambientación volverá a resultar útil, adaptada a los deseos y a los intereses del responsable del encargo, y luego avanzará por sí mismo, de modo que «dejé de calcular las veces que la escena del cementerio era retomada por autores distintos» (pp. 363-364). En su forma final es un rabino quien desvela en el cementerio de Praga el plan de la conjura universal judía. Cambian los contenidos –parece sugerir Eco–, pero lo que cuenta es la estructura, que permanece, y funciona. A condición, naturalmente, de atender a algunas advertencias esenciales. Evitar, en primer lugar, una referencia precisa a hechos y, sobre todo, a documentos reales que, confrontados, puedan permitir desmentir el texto. Después, tocar temas que interesen a la gente y que puedan producir efectos, asuntos actuales, no «fantasías del Medievo». Las revelaciones deben ser, en cualquier caso, «extraordinarias, perturbadoras, novelescas. Solo así se vuelven creíbles y suscitan indignación» (p. 270). Exagerar, en suma, sin preocuparse demasiado de las contradicciones, pues la gente se indigna mucho cada vez y no se acuerda de las anteriores indignaciones.
Después, ciertamente, Simonini viaja y, viajando, encuentra y atraviesa algunas de las más famosas vicisitudes de la segunda mitad del siglo xix: participa de los movimientos del Risorgimento italiano, confecciona el famoso bordereau, el documento de papel de seda que condena por espionaje al capitán judío Alfred Dreyfus, participa en conjuras e inventa otras, organiza sublevaciones y atentados. Al servicio primero de Cavour, después de la policía imperial francesa, luego de la republicana, y también de alemanes, y de rusos, de quien más paga.
Al entrecruzar estos sucesos, Eco introduce al lector en situaciones trágicas y desenfadadas, lo hace asistir a escenas épicas (como la solemne ceremonia militar de degradación de Dreyfus) o cómicas (como la clamorosa retractación de Léo Taxil, masón arrepentido y convertido en abanderado de la catolicidad, que revela en público haberse burlado de la Iglesia), a brutales asesinatos y a refinadas tramas, pero siempre con una cierta levedad, entre descripciones vívidas y golpes fulminantes (de Dreyfus dice: «tiene la cabeza dura e insistió en defenderse, porque pensaba que no era culpable; un oficial no debería pensar nunca» [p. 550]; de Monet: «Un pintamonas» que «mira el mundo con ojos legañosos»; de Proust: «un pederasta de veinticinco años, autor de escritos afortunadamente inéditos» [p. 546]). Pero lo cierto es que, a pesar de todo esto, a pesar de encuentros sorprendentes y aventuras tenebrosas, Eco no hace realmente viajar a su lector.
Lástima. Si las historias de espías tienen una ventaja, es, en efecto, que permiten al lector entrar en contacto con lógicas y culturas diferentes, y convertirse también él un poco en un infiltrado. Aquí no. Simonini se mueve en ambientes masónicos sin comprender y hacer comprender por qué los masones se apasionan tanto por sus ritos, frecuenta clubes liberales estudiantiles sin darse (y dar) mínimamente cuenta de la atmósfera cultural democrática o patriótica, etcétera. El viaje de Simonini se produce en esencia en el interior de un vagón precintado sin ventanas, dentro de la lógica obsesiva de un constructor de espectros, de figuras de enemigos. Las ruedas que lo guían, además, son esas implacables de una lógica de oficio no sólo literaria, sino completamente literaria. Es el universo de los Stieber (el jefe del espionaje alemán, considerado no injustamente entre los principales artífices de la victoria sobre Francia en 1870), de los Lagrange y de los Hébuterne, al frente de los servicios franceses durante el Imperio y la Tercera República, pero es también el universo de esos auténticos espías de los que la figura inventada de Simonini es un condensado, una especie de collage: el italiano Filippo Curletti, el corso Giacomo Griscelli, el alemán Hermann Goedsche y algunos otros, con frecuencia no menos criminales que él. Sobre todo, es el universo de la manipulación oculta, policíaca en el peor sentido, aquel en que la información no solo se roba, sino (más a menudo) se prepara, y sobre todo aquel en que se causa un daño para hacer suceder aquello que debe suceder (aquello que se ha previsto que sucederá): «Un buen agente de los servicios de información está perdido cuando ha de intervenir en algo que ya ha sucedido. Nuestro oficio estriba en provocarlo [...]. ¿Y para qué sirve? Para tener en vilo a los buenos burgueses y convencer a todos de que hay que emplear las maneras fuertes. Si tuviéramos que reprimir tumultos reales, organizados quién sabe por quién, no nos las apañaríamos tan fácilmente». Esta lógica de oficio es la única que Simonini escucha y aprende y por eso es la única a la que puede acceder el lector. Quizá porque es la única que encaja con la obsesión del protagonista: «Así pues, necesita un enemigo. Es inútil ir a buscarle un -enemigo, qué sé yo, entre los mongoles o los tártaros, como hicieron los autócratas de antaño. El enemigo, para ser reconocible y temible, debe estar en casa, o en el umbral de casa. De ahí los judíos. La divina providencia nos los ha dado, usémoslos, por Dios, y oremos para que siempre haya un judío que temer y odiar» (p. 453).


Traducción de Luis Gago
Este artículo ha sido escrito por Francesco Benigno especialmente para Revista de Libros

01/06/2011

 
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