ARTÍCULO

En el nombre del enfermo

 

A lo largo de casi veinte años de dedicación a la historia de la medicina he escuchado, más de una vez, la misma declaración en boca de compañeros mayores que yo: «Lo que me movió a dedicarme a la historia de la medicina –o lo que confirmó mi intención de hacerlo– fue la lectura de La historia clínica». Al principio, semejante confesión era para mí sobre todo motivo de envidia, porque el libro en cuestión llevaba años fuera de la circulación; más tarde pude leerlo en una biblioteca. Ahora la inteligente decisión de Editorial Triacastela pone de nuevo esta obra al alcance de todos.

No es extraño que La historia clínica (1950) despertara tantas vocaciones, pues es uno de los más bellos y convincentes alegatos en favor de la historia de la medicina. Pocas obras muestran mejor cuánto puede ennoblecer el estudio histórico de su ciencia a quienes practican la medicina. Pero el interés del libro no se limita al dominio profesional; permite al lector aprender algo sobre el ser humano. La historia clínica no nos legitima para sentirnos superiores a los médicos supuestamente ingenuos de tiempos remotos, sino que nos obliga a reconocerlos como nuestros semejantes. Quizá esta sea la piedra de toque de la buena historiografía: presentar al hombre del pasado, no como un estúpido dominado por prejuicios y supersticiones que nosotros ya hemos superado; sino como alguien que, en la época en que le tocó vivir, llegó hasta un punto al que quizá, en igualdad de condiciones, el lector actual no habría podido llegar.

Ya en su primera obra dedicada a la que sería la materia de su ejercicio profesional, Medicina e historia (1941), Laín postulaba como nervio de la reflexión histórica, como el talante necesario para abordarla, algo inesperado: el amor. Frente a la arrogante historia «presentista», Laín sitúa la suya, que tantos hemos querido hacer nuestra, construida sobre el amor: non intratur in veritatum nisi per caritatem, escribe, citando a san Agustín, en esa auroral obra suya. No se accede a la verdad sino es a través del amor. Pero amor no significa ciega aceptación de todo aquello que se dice amar, sino claro discernimiento de cuanto en eso que se trata con amor es laudable, y voluntad de crítica perfectiva de lo que en ello puede mejorarse. En este sentido, la historia de la medicina cultivada por Laín cumple una tarea ética. Y la propia historia del libro, a menudo referida por su autor a los más próximos, y ahora sucintamente expuesta en la introducción a la presente edición, remite también a una actitud ética. Explicaré en qué baso este aserto.

En cierto sentido, La historia clínica es la ruina de un empeño. No se entienda mal esta observación: se trata de una obra acabada, completa y valiosa en sumo grado para el lector actual; pero representa el comienzo de algo que no llegó a ser, como una Torre de Babel, por la imposibilidad de cumplir el proyecto general. Es como el fragmento gigantesco de una escultura colosal: ex ungue leonem... Por eso, ante la maestría demostrada en esta obra, nos invade la nostalgia por todo lo que su autor quiso hacer y no hizo: la historia de la anatomía, de la patología, de la fisiología. Muchos años después, en 1982, nos llegó al fin El diagnóstico médico. Historia y teoría, obra formidable, pero que, por razones comprensibles, no se sitúa en la estela de este gran clásico hoy reeditado. Más atenidos al proyecto, al sueño de los años cincuenta, sus sucesivos estudios sobre el cuerpo humano (El cuerpo humano, Oriente y Grecia antigua, 1987; El cuerpo humano. Teoría actual, 1989), representan otras tantas partes de ese corpus tal vez irrealizable. Añádase a esto que la radical preocupación antropológica del autor le llevó a abandonar los proyectados tomos que debían colmar el hiato entre los dos citados, derivando su atención hacia el problema de la relación cuerpo-alma, objeto de otros tres libros.

Pero volvamos a los motivos que desviaron a Laín, en los años cincuenta, de su proyecto original. En 1951 cayó sobre sus espaldas la responsabilidad del rectorado de la Universidad Complutense, que tantos sinsabores había de traerle –véase su Descargo de conciencia (1976)– y que truncó un empeño tan ambicioso. Laín apenas tuvo tiempo de concluir su Historia de la medicina moderna y contemporánea, concebida como parte de un tratado general que permitiera a los lectores españoles un conocimiento cabal de la materia, al nivel que se había alcanzado en el mundo germánico. Vinieron luego cinco años de tareas para las que Laín, puedo dar fe de ello, no está especialmente dotado, sobre todo en el ambiente social y político de entonces; cinco años que, según él, quebraron el impulso inicial, quizá más por las experiencias vividas que por la mera duración del lapso temporal. En resumen: se sintió obligado a hacer algo que se le pedía en nombre de una responsabilidad social, y eso le costó sacrificar algo que se había pedido a sí mismo.

Una vez referida sucintamente la historia del libro, intentaré resumir sus contenidos, comenzando, como el propio Laín, por la defensa del estudio histórico de los problemas médicos. De los varios argumentos que aduce (págs. 21-23), me permito seleccionar dos: la posibilidad de comprender el condicionamiento histórico del surgimiento de determinado hecho científico –la auscultación, la medicina del trabajo– y la opción a la originalidad que propicia el reconocimiento de la historicidad de los saberes y las prácticas científicas. Una historia así entendida constituye una valiosa propedéutica para el cultivo de la ciencia.

La historia clínica cumple esta función mostrando, con abundante erudición y magnífica prosa, cómo intentaron los médicos de otras épocas comprender lo que era la enfermedad humana, y combatirla en la medida de sus fuerzas. No es su menor mérito el que Laín transcribiera, traducidas, las historias clínicas que sirven de fundamento a su interpretación. Así el lector puede compartir la emoción que debió de experimentar el médico ante quien, como un desafío, se tendió un día un cuerpo humano doliente. Aunque no es menos cierto –y este es otro gran mérito del estudio– que, en el curso de su lectura, el lector puede verse desagradablemente turbado por la progresiva pérdida de esa simpatía para con el desconocido enfermo, al pasar, por ejemplo, del desventurado marqués de una de las historias de Boerhaave (1728), cuyas angustiadas palabras quedan transcritas para la posteridad –«¿Dejas, pues, que muera?»– al Franz Beyer de una de las patografías de Frerichs (1871), del que sabemos que murió con 34 años pesando su cerebro 1.345 gramos, su hígado 2.990, su páncreas 134 y midiendo su intestino 34 pies. Afortunadamente, la historia de la historia clínica, como la de la medicina en general, no acaba en «la mentalidad fisiopatológica» de la que Frerichs fue adalid. La «rebelión del sujeto» llevará, a través de Freud, a una «patografía de la vida personal» que aún no hemos desarrollado plenamente, ni integrado del todo en la práctica cotidiana de la medicina –de toda la medicina y no sólo de la medicina de la mente–, lo que justifica el atrevimiento de aquel Laín de cuarenta y dos años que plantea en el octavo y último capítulo de su obra una «teoría de la historia clínica», mostrando así cómo la reflexión histórica puede servir para la mejor construcción del presente.

A la luz de lo anterior, confío en que el lector comprenda que La historia clínica aporta algo más que un enorme caudal de conocimientos útiles: ofrece el estímulo para proseguir un camino que puede conducir a muchos descubrimientos. Descubrimientos de cosas que a menudo están fuera de nosotros, pero que casi siempre despiertan otras cosas que yacen, dormidas, en nuestro interior. Quizá porque, y este podría ser uno de los mayores méritos del autor, la materia elegida para comenzar la magna obra que hasta el más optimista podía sospechar irrealizable, es, precisamente, el documento que más propiamente se redacta «en el nombre del enfermo».

01/08/1998

 
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