ARTÍCULO

La guerra y la paz en el siglo XXI

Crítica, Barcelona
Trad. de Beatriz Eguibar, Ferran Esteve, Tomás Fernández y Juanmari Madariaga
180 pp. 19,95 €
 

La generación de los boomers europeos ha sido, por lo general, una generación con suerte. Al menos, por dos razones. De entrada, todos los países de la Europa occidental, incluyendo casos hasta entonces considerados perdidos como España, Portugal, Irlanda o Grecia, vieron mejorar su nivel de vida enormemente. No parece exagerado reconocer que la distancia económica entre, por ejemplo, esa generación de españoles y la de sus padres es mucho mayor que la que separaba a estos últimos de las ocho o diez anteriores. Más aún, y en esto los europeos occidentales comparten suerte con los orientales, esa generación no ha tenido que participar en guerras. De seguir la racha, quienes pertenecemos a ella podremos dejar el mundo sublunar sin haberlas padecido. No será una fruslería, porque para cuatro o cinco generaciones anteriores, por hache o por be, siempre pintaron bastos. ¿Podrán quienes nos sigan beneficiarse de esta nueva querencia? Los dos libros que se comentan a continuación ofrecen respuestas especiosamente sencillas.
Para Hobsbawm, el interlunio va a ser fugaz. El fin del sistema imperial clásico vino precedido de los peores conflictos que haya conocido la humanidad. En sus cálculos, durante el si­glo XX el número de muertes directa o indirectamente provocadas por ­guerras se elevó a unos 187 millones de personas, alrededor de un diez por ciento de la población mundial de 1913. Uno se pregunta si las guerras de religión de los siglos XVI y XVII en Europa o las conquistas de los mongoles en el XIII anduvieron muy lejos de esos porcentajes, pero Hobsbawm no aclara cómo ha hecho sus cálculos, así que no nos distraigamos con esa discusión y enfilemos su argumento central.
El actual período de paz en Europa y en otras partes del mundo (al fin y a la postre, Estados Unidos no ha conocido acciones armadas en su territorio continental desde 1812 y los conflictos internacionales en América Latina han sido mínimos) procede de dos causas básicas. Una de ellas –a la que Hobsbawm se refiere sólo de pasada– es la bonanza económica y la creación de los Estados de bienestar. La otra, machaconamente reiterada, hay que buscarla en el final de la ­Guerra Fría. Las dos guerras mundiales rompieron los equilibrios entre las potencias imperiales al tratar Alemania en dos ocasiones y Japón en una de arrancar un reparto más favorable a sus intereses, pero el sistema internacional volvió a estabilizarse con la bomba atómica y la amenaza de destrucción mutua que podían esgrimir Estados Unidos y la Unión Soviética. La nueva etapa de turbulencias que ha acompañado la desa­parición de esta última sólo muestra que la estiba no se ha redistribuido. ¿Habrá, pues, que pensar que el siglo XXI va a acarrear conflictos nuevos y pavorosos? ¿Qué marbetes nos traerán?
Tras el fin del imperio soviético, sólo quedó en el tablero una superpotencia y hubo quien interpretó esa circunstancia como el fin de la historia: el introito a un segundo ciclo de Pax Americana que alargaría al resto del mundo la ya consolidada en algunas de sus regiones. Pura quimera propagandística, sostiene Hobsbawm. Por el contrario, en la nueva fase se han de­sa­ta­do fuerzas prácticamente incontrolables. Primera y principal, el proceso de globalización. No queda muy claro en el libro qué es lo que debe entenderse por tal. Como gran parte de la producción editorial reciente, el volumen recoge una serie de conferencias y artículos de ocasión cuya unidad interna es escasa; son, además, y por necesidad, trabajos de trazo muy grueso que sobrevuelan una gran cantidad de fenómenos y pierden el detalle: vamos, que, como Google Earth, ofrecen mejor los datos de conjunto que lo que se halla a ras de suelo. En ocasiones, globalización parece referirse al crecimiento vertiginoso «de empresas privadas trasnacionales que se empeñan en vivir al margen de las leyes estatales y de los impuestos del Estado» (p. 25) y a «las desigualdades a que ha dado lugar [...] el libremercado y que han aumentado a un ritmo exponencial» (p. 32), en fin, a la expansión de un capitalismo desbocado tal y co­mo, según se dice, lo defiende el neo­li­beralismo. Un poco más allá parece que el busilis de la globalización se halla en otra parte, en «el desplazamiento del centro de gravedad de la economía mundial, que ha pasado de la región que limitaba con el Atlántico Norte a diferentes puntos de Asia» (p. 28). Posiblemente ambas cosas suceden, pero difícilmente pueden caber en el mismo concepto, pues su relación es bastante más compleja y contradictoria de cuanto aquí se mantiene. Se trata de peras en un caso y de manzanas en el otro, y ambas clases de fruta no tienen el mismo sabor ni la misma textura, aunque eso no parece preocupar mucho a Hobsbawm. Lo que cuenta es mentar la bicha ante una parroquia que aborrece calentarse los cascos: la globalización es culpable.
¿De qué? Del caos. Estamos ante una reversión a la barbarie que resulta de la pérdida de legitimidad de los Estados en su monopolio de la fuerza y de la pleamar de violencia política que la ha acompañado. El crecimiento de la última ha sido constante. Desde los años sesenta se han dado tres brotes principales de violencia. El primero se presentó como un neoblanquismo rejuvenecido, grupos pequeños y elitistas que trataban de derrocar regímenes o imponer su nacionalismo separatista mediante acciones armadas (la Rote-Armee-Fraktion (RAF) en Alemania, las Brigadas Rojas italianas, ETA, los montoneros argentinos). Salvo en el caso del IRA en el Ulster, sus miembros procedían de las clases medias y carecían de apoyo popular. A finales de los años ochenta se inició otra oleada terrorista entre grupos provenientes del seno de Estados fracasados (al-Fatah, Hamás, Hizbollah, los Tigres Tamiles). A diferencia de los anteriores, algunos de estos movimientos lograron recabar apoyo entre la población y convertirla en una cantera de reclutamiento permanente. Parte de sus seguidores ha practicado el terrorismo suicida y el asesinato político. La tercera fase se inició con el nuevo siglo y está resultando la más sistemática y global, con un movimiento terrorista sin fronteras cuyo modelo, por el momento, lo representa al-Qaeda. Las nuevas organizaciones ­terroristas, al igual que los neoblanquistas, no se interesan demasiado por conseguir apoyos masivos. Prefieren actuar en y para pequeños grupos y, en general, sus activistas tienen una educación formal superior a la media. No es posible establecer previsiones generales sobre su comportamiento futuro, pero indudablemente todas estas formas de violencia política han mermado la anterior superioridad de los aparatos estatales en el uso de la fuerza.
El caos remite también a una creciente pérdida de legitimidad por parte de los Estados. Hay síntomas claros. Por ejemplo, Gran Bretaña o España han tenido difícil erradicar los brotes de violencia armada del terrorismo separatista. Por ejemplo, cada vez se hace más impensable la noción de un ejército de ciudadanos y, más en general, la disposición a acatar el poder del Estado. Para Hobsbawm, la verdadera raíz de todo ello se halla, como es fácil de imaginar, en el neoliberalismo que acompaña a la globalización. Los partidarios del consenso de Washington defienden, «con más convicción teológica que pruebas históricas» (p. 109), que todo servicio se puede prestar mejor por el mercado. Pero este neoliberalismo «no es un complemento de la democracia liberal, sino una alternativa a este sistema. De hecho, es una alternativa a todo tipo de política» (p. 110), en la medida en que bastaría estudiar los mercados para hacer lo que tradicionalmente ha hecho la política: averiguar los deseos de la ciudadanía. ¿Es ciertamente así el neo­li­be­ra­lis­mo o estamos ante otra hamburguesa triple destinada a hacer salivar a los congregantes?
Hobsbawm sigue donde soliera: en el marxismo de sus años mozos. Su narrativa no es otra que la de la contraposición entre el burgués y el ciudadano que aprendiera en Marx. Donde aparece uno no puede crecer el otro. No deja de ser gracioso que, con semejante bagaje monofisita, Hobsbawm achaque a los neoliberales un escaso respeto por la historia. Al cabo, no fue la teología neoliberal, sino la implosión de su fracaso lo que hundió a los sistemas colectivistas nacidos al calor de la revolución soviética o impuestos por la Unión Soviética en la posguerra mundial. No hay que abonar en ninguna cuenta de ascetas o místicos el crecimiento de la productividad americana en los años noventa. Tampoco se produjeron por un ensalmo las privatizaciones, el desarrollo del comercio internacional y la apertura de la economía a las inversiones extranjeras y al turismo internacional que han permitido a China, y posiblemente se lo permitirán a India, salir de su estancamiento económico anterior, asegurado por décadas de economía planificada. Sin duda, algunas políticas formuladas sobre la base del librecambismo han sido ineficaces o poco defendibles, pero hasta el momento sus logros lo colocan por encima de las fórmulas alternativas que nunca se explayan más allá de «otro mundo es posible».
Hobsbawm, al cabo, se encela en una pirueta aún más difícil. Como el apoyo a los gobiernos del día tiene muchas fisuras en las sociedades democráticas, ahí la emprende con lo de su deslegitimación creciente. Eso es una exageración difícil de sustanciar y las pruebas que ofrece son bastante endebles. Si los regímenes democráticos tienen dificultades para acabar con los brotes de violencia política se debe a que tienen vedado el uso de procedimientos expeditivos que otros regímenes autoritarios emplean sin remilgos. Hay diferencias entre el trato recibido por los terroristas en el Ulster o en el País Vasco y el que les han dado en Chechenia y en Rusia. Pero Hobsbawm hace poco caso de esas pequeñeces. Con el ánimo totalizador que ha caracterizado a bolcheviques y estalinistas, con los que nunca ha roto, oscurece la diferencia entre deslegitimación y resistencia a políticas impopulares. Negarse a combatir en Vietnam o manifestarse contra la guerra en Irak no equivale a renegar de la democracia ni, si se tercia, de la defensa del propio país. Si el 12 de septiembre de 2001 hubiera habido un enemigo identificable, muchos jóvenes estadounidenses se hubieran alistado para combatirlo, o hubieran entendido que se les llamase a filas. El problema, pues, no son los déficits de legitimación, sino si las democracias pueden resistir y corregir las equivocaciones de sus dirigentes mejor que otros sistemas. Justamente para eso tenemos medios de comunicación independientes y, sobre todo, elecciones. Llegados a este punto, Hobsbawm, empero, se arranca con la petenera del abstencionismo, arrimando el número de los no votantes en algunos países o en algunas contiendas electorales para asar la sardina de la deslegitimación y concluir que todos han dejado de creer en el sistema. Si para hacerlo hay que meter en el mismo saco a quienes no creen en ningún procedimiento electoral, a los efectivamente desafectos del sistema, a los que están tan satisfechos con la marcha de las cosas que no ven razones para hacer valer su opinión y a quienes les sale por una higa la composición del parlamento europeo, métaseles.
Más preocupantes que las alegrías con que conduce su diagnóstico sobre la deslegitimación, sin embargo, lo son las malas mañas de repartir equitativamente las pretendidas culpas de la misma entre todos los actores. Así, Hobsbawm escribe que «tanto el imperio del bien como el imperio del mal han hecho que nuestra época regrese a la barbarie» (p. 126); o que la «degeneración patológica en violencia política afecta tanto a los insurrectos como a las fuerzas estatales» (p. 137). Los yihadistas y los muertos de las Torres Gemelas o en los atentados de Bali, Londres, Madrid y un largo etcétera; los mártires suicidas de Hamás y Hizbollah y sus involuntarios martirizados; Daniel Pearl y Khalil Sheik Mohammed, que se jactaba de haberlo decapitado por su propia mano; los asesinos etarras y la policía o el gobierno español: todos son culpables, es decir, a todos les asiste un adarme de razón. Tanto cuajo salomónico no desdice del maniqueísmo del actual presidente estadounidense, aunque en ocasiones lo aventaje. Mantener que «en la actualidad, el mayor peligro de guerra nace de las ambiciones globales de un gobierno en Washington que es incontrolable y aparentemente irracional» (p. 39) no deja espacio para muchos matices.
En el mundo de Hobsbawm, pues, no caben los no daltónicos que dudan de que la lucha contra el terrorismo islamista sea una guerra; o que reclaman que los terroristas no sean sometidos a interrogatorios por «procedimientos alternativos», según la desvergonzada expresión del presidente Bush para no llamar a la tortura por su nombre; o que exigen para ellos un juicio justo; o que demandan el cierre de Guantánamo sin por ello condonar los argumentos de los enemigos de la democracia ni creer que ésta se halle a punto de desaparecer en Estados Unidos. La opinión pública americana ha empezado a cambiar tras la congelación sobrevenida con la brutal sorpresa del 11-S y con el fiasco de Irak; los tribunales han obligado ya al gobierno a rectificar algunos aspectos de la doctrina Bush; hay razones para pensar que el decorado actual será sustituido cuando lleguen las elecciones en 2008.
El mundo de este siglo XXI plantea, excusado es decirlo, problemas muy complejos. Tiene razón Hobsbawm cuando señala el desequilibrio entre la creciente interconexión económica y los instrumentos políticos para regularla. Los mercados globales carecen de una policía global que imponga reglas de juego aceptables para todos. Ni el actual mecanismo de Naciones Unidas funciona, basado como lo está en una ficticia igualdad de todos sus Estados miembros; ni la actual administración estadounidense puede imponer unilateralmente sus soluciones; ni la política exterior de la Unión Europea parece que exista más que para los paños calientes. Hasta aquí no hay problemas en concordar con Hobsbawm, pero la entente se acaba cuando propone sus remedios. Ni hay que desesperar del futuro de la democracia, ni es menester arrojar la globalización por la borda. En realidad, si algo cerró lo que Hobsbawm ha llamado el corto siglo XX no fue el fin de la revolución soviética, sino la generalización del capitalismo. Todo eso de que su expansión traerá conflictos armados y de que la democracia no está capacitada para encauzarlos, aunque no imposible, es pura farfolla para ocultar la inexistencia presente de alternativas creíbles. Pero, francamente, el tiempo de consignas milenaristas tipo «socialismo o barbarie» había pasado mucho antes de que desapareciera la Unión Soviética, por más que Hobsbawm aún la evoque enternecido por la nostalgia.

DE LOS AMIGOS NOS GUARDE DIOS

Hay tal sequía de esos llamados intelectuales moderados en el Oriente Próximo que uno piensa si no puede deberse a que, como El Pensamiento Navarro, no son más que un oxímoron. Así que, en cuanto aparece lo que podría ser una excepción a la regla, las editoriales se despepitan por publicarles. Con frecuencia, sin embargo, lo de la moderación no es mucho más que una coartada para que las almas bellas puedan seguir comiendo cuscúso baba ganoush sin penar por ello o, al menos, uno no encuentra otra explicación para la publicación de un libro como el de Georges Corm, que tiene más trampas que las películas del añorado Dr. Fu Manchú.
La cosa comienza con un quite historiográfico en el que Corm muestra su radical desacuerdo con las tesis de François Furet y sus discípulos sobre la Revolución Francesa. De seguir esto así, piensa uno, más valdría pasar el libro a un especialista en historia gabacha. Pero, en realidad, el gambito es un mezze libanés, vamos, una tapita para abrir boca, porque la desazón de Corm es de índole más general o nomotética. Al igualar revolución y terror, Furet y su escuela no hicieron otra cosa que devaluar el legado liberador de los revolucionarios y, con él, el del Siglo de las Luces. De paso, arramblaron con el marxismo, al fin y al cabo, hijo primogénito de la Ilustración. Y en el mismo envite trataron de llevarse por delante todo lo que de valioso hubo en las revoluciones que siguieron a la francesa en la Rusia soviética, en la China maoísta, y en la mayor parte de los países del Tercer Mundo. Imaginamos que en esta última basca se incluye también a la Camboya de Pol Pot.
Hasta esta revisión de la historia, «desde hacía casi dos siglos, los valores “progresistas” y principalmente no religiosos (por no decir plenamente “laicos”) habían prevalecido [...] para lo peor (como la colonización realizada en nombre del “progreso” por las potencias europeas) y para lo mejor (como la descolonización impulsada por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial). A partir de los años ochenta, en cambio, se firmará un nuevo consenso [...] entre las nuevas élites intelectuales» (pp. 48-49) que ahora recurren a la religión para dar legitimidad a un programa político que carecería de ella si se aplicasen los cánones ilustrados. En el fondo, se trata de volver al racismo, al esencialismo y al colonialismo que han marcado la cultura occidental de los dos siglos pasados.
Uno tiene que agradecerle a Corm que le haga sentirse rejuvenecer. Cuando empecé mis correrías académicas como profesor de Filosofía del Derecho, el catedrático que me acogió bajo sus alas nos tentaba, como hoy tientan algunos de sus discípulos a otros jovencitos igualmente desavisados, con un mundo igual al de Corm: el de la verdad como dieta mediterránea. Conviene comer de todo porque si, como en la dieta Atkins, nos vedamos los carbohidratos, acabaremos por poner en peligro nuestra salud. Y lo resumía así con cita de Tagore: «Si cierras la puerta a todos los errores, dejarás fuera a la verdad». Hermoso, ¿no? El paso de los años, empero, le enseña a uno que si, efectivamente, en casi todo puede haber una almendra saludable, no puede separársela a voluntad del resto. Las proteínas del chuletón van con su grasa y el marisco sube el colesterol. Lamentablemente, otro tanto sucede con los acontecimientos históricos, las instituciones y los sistemas de pensamiento: que no pueden tomarse por partes, sino en su conjunto y con ayuda del análisis coste-beneficio. Así que, por ejemplo, los deseos de los revolucionarios de crear una humanidad nueva (hermoso, ¿no?) hay que juzgarlos a la luz del Gulag, o el empeño cristiano por la bienaventuranza (hermoso, ¿no?) no puede apartarse de las atrocidades de iglesias y sectas. Si, por el contrario, en el supermercado de la historia todos los productos fueran de la misma calidad, no habría en último término razones de peso para rechazar unos y elegir otros. Pero Corm tiene buenos motivos para apuntarse a la estrategia dietética y no es el menor que, con un poco de branding, ésta le permite ahormar soluciones simples para problemas complejos. Así puede pasar luego a cortarle el resuello a la concurrencia con prodigiosos volatines, uno tras otro.
Piruetas las da a montones. En muchos pasajes del libro uno se animaría a gritar «¡la gallina!» con aquel rústico que creía que lo de «vivo sin vivir en mí»era una charada que estaba proponiendo el señor cura. Lamentablemente, no resulta fácil antologizarlos dada la falta de espacio y la abundancia del material. La muestra que sigue, lo juro, no es una excepción, sino la regla. «La modernidad real­men­te no innova: la necesidad de trascendencia sigue siendo tan virulenta como antes, pero en lugar de fijarse en un dios, en un lazo totémico, se fija en la razón y el espíritu, que producen unos ideales trascendentales cuyos cimientos pondrá Hegel y que van a degenerar, a su vez, en el desprecio a la libertad individual en aras de la tribu convertida en nación, pueblo, clase social o civilización» (p. 124). Hermoso, ¿no? ¡La gallina!
Al cabo, todo este trajín de la anadiplosis a la catacresis, del epifonema a la hipálage, del coro al caño, no es ocioso. ¡Ca! Del oscuro tremedal surge radiante una tesis bastante sencilla. La reaparición de la religión es, según Corm, una prueba, una falacia, una maquinación, un lo que sea (sobre esto no es muy explícito) fabricado por Occidente (tampoco aclara mucho qué es lo que mete ahí) para forzar una guerra de civilizaciones que reponga su dominación sobre el resto del mundo. Es la pulsión totalitaria del fundamentalismo cristiano. De cierto que no es una exclusiva suya. Todas las religiones monoteístas (cristianismo, judaísmo, islam) la conocen por igual, pero no en todas ellas se ha manifestado con la misma intensidad.
El islam nunca ha sido excluyente, pues siempre admitió en su seno a las demás gentes del Libro. «Aunque controvertido, el famoso régimen de la dhimma permitió, en todo caso, gozar de los derechos civiles a los judíos y a los cristianos que vivían en una sociedad musulmana, así como de la libertad de culto» (p. 179)Desde distintas perspectivas, ni Bat Ye’Or (Le Dhimmi: Profil de l’opprimé en Orient et en Afrique du Nord después la conquête arabe,Paris, Anthropos, 1980; Islam and Dimmhitude: Where Civilizations Collide,Madison, Fairleigh Dickinson University Press, 2003), ni Bernard Lewis (What Went Wrong: The Clash between Islam and Modernity in the Middle East, Nueva York, Harper Perennial, 2003), ni Serafín Fanjul (Al-Andalus contra España: La forja del mito, Madrid, Siglo XXI, 2000; La quimera de al-Andalus, Madrid, Siglo XXI, 2004), comparten el optimismo de Corm.. Tampoco aparece en él la institucionalización de la autoridad que representaban el papa de Roma o los monarcas de derecho divino. Sin duda, desde el siglo X, el islam sunita acabó con las discrepancias en la interpretación de la sharia, pero esa glaciación no se extendió a la rama chiita.
Entonces, si el islam no ha necesitado del fundamentalismo en sus mejores momentos, ¿a qué se debe su actual encelamiento con él? En realidad, nos dice el autor, el problema no dimana tanto de la religión como de otras causas. A partir de aquí cede el megáfono a los fundamentalistas, sin permitirse apostilla alguna él mismo, para que reproduzcan su memorial de agravios: esas causas son el imperialismo occidental depredador, materialista y opresor; la sumisión de los dirigentes del mundo musulmán a las potencias que se han apoderado de sus riquezas; la laicidad (parece que con esto Corm se refiere a la separación entre religión y política), porque debilita al islam privándolo de su alma; el Estado de Israel. Unas páginas más allá se refiere a que esos movimientos fundamentalistas islámicos han sido objeto de manipulaciones, pero en realidad «no hacen sino expresar un estado de profunda crisis tanto social como cultural» (p. 202). El lector, empero, se quedará a la luna de Valencia esperando que le expliquen en qué consiste la tal crisis desencadenante del conflicto entre religiones.
¿Nos llevará la llamada guerra de civilizaciones entre estos dos fundamentalismos (en realidad son tres, pues Corm se refiere continuamente también al judío, aunque, en definitiva, crea que está enrolado en la misma causa antimusulmana que el cristiano) a una guerra cruenta en este siglo? Los tambores que la anuncian no suenan tan lejanos, pues la retórica tremendista del presidente Bush ha sido asumida hasta por Naciones Unidas. ¿Podrá evitarse?
Cerca de mi casa en Filadelfia tiene su oficina un agente inmobiliario indio, pacifista y ecuménico que despliega en su zaquizamí un collage de familia donde aparecen revueltos Reagan, Thatcher, Castro, Jomeini, Juan Pablo II, el Che, Gadafi, Gorbachov, Kennedy, Mao y otros próceres de antiguo pelaje (el cartel tiene ya sus años, como lo deja ver su color desvaído) que saludan risueños a la andanada de sol. En el restaurante Aquí está Coco en Santiago de Chile, cuando corrían tiempos mejores para el general, su dueño hizo pintar un fresco parecido con el detallazo de incluir a Pinochet. El proyecto de Corm es similar, con las adiciones correspondientes: la del ex presidente iraní Mohamed Khatami y la de José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente del gobierno español, que han propuesto una alianza de civilizaciones como el mejor antídoto contra su guerra. La verdad, tranquiliza que alguien de la talla intelectual de Corm se la tome en serio, pues uno, tal vez malicioso en exceso, había pensado que sólo pudo originarse en una tertulia de casino de provincias después de que su autor mojase la punta del veguero en el quinto carajillo bien cargado de Havana 7, mirase jaquetón a la concurrencia y espetase: «Esto de la guerra de civilizaciones lo arreglaba yo en cinco minutos».

 

01/01/2008

 
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