ARTÍCULO

La guerra fría

Oxford University Press, Oxford
425 págs.
 

La guerra fría –el elemento determinante de la política mundial y de las políticas domésticas de casi todos los estados durante cuarenta y cinco años– es historia. Como tal historia es cosa del pasado, contenido de legajos y archivos, objeto de memorias y estudios. Pero no es sólo, o no totalmente, agua pasada.

Y se puede defender tal afirmación en un triple sentido. El más obvio –un acertado lugar común– es que el presente está conformado por el pasado, y si queremos entenderlo habremos de recurrir a la cadena de acontecimientos que nos trajeron hasta aquí. Las fotos fijas nada explican y tienden a ofrecer como orden natural de las cosas lo que ha tenido una gestación histórica contingente y, por supuesto, podría haber sido de otro modo.

Pero además, esta historia no es sólo historia en un segundo sentido: permanece en el recuerdo de quienes la vivimos y podríamos aventurar que seguramente tuvo un peso muy importante en la conformación de nuestro carácter, de nuestras ideas y de nuestras actitudes. Así pues, después de haber vivido con ella durante muchos años el que esto escribe no se considera capaz de lograr un total distanciamiento de la guerra fría y puede suponer, y deduce de la lectura del libro que es objeto de estas páginas, que John Lewis Gaddis tampoco logra tal deseado distanciamiento.

Pero este período no es sólo historia en un último sentido: el material histórico de la guerra fría todavía no ha salido del todo a la luz. Podemos suponer que quedan muchos archivos inexplorados, que hay cosas que no aflorarán en generaciones y que algunas nunca lo harán. Claro que también podemos aventurar que cuando afloren es muy probable que no cambiarán sustancialmente nuestra visión del período 1945-1990. Como argumenta Tony Judt, nuestra visión del paisaje seguirá sustancialmente igual, aunque más refinada, aguda y detallada«Why the Cold War Worked», The NewYork Review of Books, 9 de octubre de 1997, pág. 41..

We now know. Rethinking Cold War History está escrito con la soltura de un viejo maestro, con la espontaneidad de quien nada tiene que demostrar, de quien ni siquiera se va a molestar en actualizar su curriculum. En este sentido, este libro es a la obra de Gaddis lo que La verdadera Madrid, Alfaguara, 1997. es a la obra de Bellow: algo he aprendido, alguna historia me sé y así lo cuento para quien tenga a bien escucharme. Bien, ¡adelante!, respondemos.

Y sin embargo en ambos casos el relato es algo más que el relato. La nueva obra de John L. Gaddis plantea múltiples problemas: desde el ya mencionado de la capacidad de distanciamiento para hacer una narrativa histórica de la guerra fría, hasta el problema de los tiempos históricos que ya formulara Braudel, de la conjunción de la historia micro con la historia macro o, formulado en la jerga de las relaciones internacionales, el problema del agente y de la estructura. Sin olvidar, desde luego, el problema de las fuentes del conocimiento histórico.

Cuenta el autor en el prefacio que para preparar las conferencias que dieron origen a este libro, y que fueron pronunciadas en Oxford en 1992, se deshizo de sus viejas notas y apuntes –basadas, suponemos, en sus anteriores trabajos como The Long PeaceThe Long Peace. Inquires into the History of the Cold War, Nueva York, Oxford University Press, 1989, 1.ª ed. de 1987.– y elaboró una serie de «narrativas interconectadas en torno a la crisis de los misiles de Cuba» de 1962. Su principal fuente fue el material de los archivos recién abiertos de los países del Este y de la URSS, que publica, en forma de Bulletins y working-papers, el Cold War International History Project del Centro Woodrow Wilson de Washington. La duda que asalta al que esto escribe es si el autor hizo bien en desechar sus viejos y amarillentos apuntes y notas.

Ciertamente el libro es excelente en lo que he denominado el nivel micro, en el relato de lo que Braudel llamó la historia eventual: el tratamiento de la crisis de los misiles de Cuba es esclarecedor en este nivel. Este es el punto fuerte de este trabajo y la historia –la historia que cuenta Gaddis– aparece como crítica de la teoría, de las teorías: por ejemplo, la mayor parte de las lecciones que esta crisis aportó a los manuales sobre control de conflictos (crisis-management) se han demostrado irrelevantes para la resolución de ésta (pág. 261). La panoplia de motivos, impulsos y aspiraciones que determinaron la acción de los principales actores desafía cualquier esquematización disciplinar: la carrera de armamento nuclear estaba presente al lado de posiciones ideológicas confrontadas, rivivalidades en el Tercer Mundo, presiones de los aliados, motivaciones de política interna, la personalidad de los líderes, etc.

Y sin embargo al olvidar sus viejas notas, sus viejos artículos4 «The Long Peace. Elements of Stability in the Postwar International System», en el libro citado The Long Peace..., Gaddis parece olvidar lo que Oliver Sacks denominó, en otro contexto, «las estructuras subyacentes más allá de la contingencia»5 «Ecotoma: una historia del olvido y desprecio científico», en O. Sacks et al., Historias de la ciencia y del olvido, Madrid, Siruela, 1996, pág. 51. . La guerra fría fue ciertamente una contingencia, un efecto no buscado, fruto de muchas cadenas de casualidades, malentendidos y enfrentamientos micro, pero fue también algo más:

Una forma de resolver un viejo problema como es el de la distribución del poder en Europa, razón por la cual, según T. Judt, fue tan duraderaObra citada, pág. 44.; un enfrentamiento geopolítico clásico; una forma de establecer y hacer perdurar bloques y hegemonías dentro de esos bloques y, como tal, una forma de disciplinamiento internacional y doméstico. Y lo que nos enseñaron los viejos apuntes de Gaddis es que se gestó una estructura internacional estable gracias a elementos que podríamos denominar sistémicos, como la disuasión nuclear o las esferas de influencia, generados por los actores pero al margen de su voluntad, de tal manera que, como afirmaba Gaddis, «rápidamente, sin que nadie lo hubiera diseñado y sin intento en absoluto de tener en cuenta los requerimientos de la justicia, los estados de la posguerra crearon un sistema de relaciones internacionales que, basado en las realidades del poder, ha servido a la causa del orden –que no de la justicia– mejor de lo que cabía esperar»Obra citada, The Long Peace..., pág. 223.. En este salto que Gaddis realiza de lo macro a lo micro se generan una serie de preguntas –sobre los tiempos históricos braudelianos, sobre las estructuras y los agentes y sobre lo macro y lo micro– acerca de las cuales Gaddis guarda un silencio que es fuente de profunda insatisfacción.

La gran ventaja de las viejas notas y los viejos apuntes de John L. Gaddis, además de lo sugerente que son lo que Charles Tilly denomina «grandes estructuras, procesos amplios y comparaciones enormes»Grandes estructuras, procesos amplios,comparaciones enormes, Madrid, Alianza, 1991., es que permiten juzgar los acontecimientos y a los personajes con un cierto desapasionamiento. En este sentido, no es lo mismo hacer culpable a Stalin del Gulag y de todos los sufrimientos que su política trajo aparejada –lo que parece indiscutible– que hacerle casi único responsable de que el mundo de posguerra corriera hacia el enfrentamiento de bloques, hacia la guerra fría, de tal manera que pudiera deducirse que, de no haber existido Stalin, es harto probable que el mundo hubiera sido de otra manera y, según se deduce del relato de Gaddis (págs. 292 a 294), mucho mejor. Nuestro autor carga demasiado sobre la personalidad del líder soviético y sus particulares obsesiones. Tomemos dos de éstas: en primer lugar, equiparar seguridad a territorio y, en segundo lugar, considerar que el vencedor impondría allí donde pudiera su sistema político y social. Gaddis parece contraponer el gran impacto que la bomba atómica tuvo sobre la política mundial con la obsesión de Stalin de establecer en Europa del Este unos estados tapón que cerraran el camino por donde tradicionalmente Rusia había sido invadida.

Ciertamente en la era nuclear territorio no es equiparable a seguridad, pero los estadistas y académicos de los años cuarenta tardaron algún tiempo en percatarse de las consecuencias de las nuevas armas y, en este contexto, era perfectamente lógico, en términos estratégicos, no desde luego en términos de justicia, que los soviéticos intentasen rodearse de estados amigos. Y esta necesidad de interponer amigos entre el propio territorio y las posibles amenazas se relaciona con esa segunda obsesión mencionada, la de imponer el modelo soviético allí donde llegara el Ejército Rojo. Tal obsesión, que de nuevo olvidaba los requerimientos de la justicia y de la autodeterminación, fue común a ambos contendientes de la guerra fría: no hay que olvidar que los aliados tuvieron mucho que ver en el diseño del sistema político de la República Federal Alemana, que la constitución japonesa se redactó bajo el dicktat del general McArthur o que no fueron las fuerzas realistas griegas sino las intervenciones de británicos y estadounidenses quienes derrotaron a las guerrillas comunistas griegas. Ciertamente, alemanes del Oeste y japoneses –aunque aquí la afirmación no puede extenderse a los griegos– corrieron mejor suerte que alemanes del Este o polacos, pero creo que los ejemplos pueden ilustrar la idea de que la historia puede escribirse de otra manera, donde estructuras y circunstancias adquieran más peso que los rasgos de la personalidad de determinados líderes. En este sentido, podría desprenderse de algunas páginas del libro que nuestro autor cae en lo que él mismo denomina como localismo temporalTemporal parochials, pág. 294.. Es decir, podríamos pensar que Gaddis ha caído en la trampa de juzgar el pasado a la luz del presente: analizar la génesis de la guerra fría a la luz y con los criterios del triunfo del orden liberal en los años noventaVer sus conclusiones en las págs. 294 y 295.. Tal lectura rezaría así: Stalin causó la guerra fría porque desafió al statu quo, al orden natural de las cosasDe la misma forma, Kruschev fue el causante de la crisis de los misiles de Cuba en 1962 por que se atrevió a desafiar al statu quo. Ver págs. 207 y 264.. Pero tal statu quo, tal orden de las cosas no viene dado, salvo que se tenga un concepto teleológico de la historia, por la naturaleza y sus leyes sino que es fruto de contingencias, de victorias y derrotas, de tal manera que los desafíos al orden lo siguen siendo si son derrotados pero se convierten en statu quo, en el orden mismo, si salen triunfadores. De no tener en cuenta este carácter contingente de la historia podríamos caer en el síndrome del lingüista supremo histórico: será el vencedor de la batalla el que determine el significado de las palabras, el bien y el mal, el que decretará que su triunfo es el curso natural del avance de la HistoriaTomo esta idea del lingüista supremo de M. Walzer, Just and Unjust Wars, Nueva York, Basic Books, 1992, 2.ª ed., pág. 10..

Y, sin embargo, y a pesar de las pegas anteriores y precisamente quizá gracias al carácter micro del relato, a su minuciosidad y pormenorización, John L. Gaddis entra, y nos hace entrar, en un fructífero diálogo con la teoría de las relaciones internacionales, a la que él mismo acudió asiduamente en obras anterioresEn la obra citada The Long Peace..., Gaddis se declara deudor y cita profusamente el neorrealismo estructural de K. Waltz.. Su énfasis en la importancia de las percepciones erróneas, en la mala información, en los errores de cálculo, en las situaciones sin salida aparente y en las consecuencias no queridas de la acción cuestionan la idea de los estados como actores racionales y predecibles en la arena internacional. Volviendo a Walzer, los juicios de necesidad que los actores arguyen para justificar su acción son, en última instancia, cosa de los historiadores y no de los agentes históricos, pues es la apuesta, más que la leyde hierro de la necesidad, el componente esencial de la decisión política.

De la misma manera el relato de Gaddis es profundamente crítico de las teorías que congelan la historia y no tienen en cuenta la capacidad de aprendizaje de los actores (196); de los relatos en los que sólo se nos habla de supuestos intereses objetivos de los estados y se menosprecian las ideas en las que «las gentes creen y quieren creer» (pág. 282); de aquel realismo que no tenía en cuenta el carácter del estado, su régimen político y social, como uno de los grandes determinantes de su política exteriorVer págs. 288 a 291. En el capítulo 7, Gaddis argumenta a favor de lo que en nuestra jerga se denomina la tesis de la paz democrática, aquella que vincula una política exterior agresiva al carácter no liberal del régimen político de dicho estado. Sin embargo, su crítica de la prevención realista de la democracia como obstáculo para una política exterior prudente y sensata es muy floja (pág. 288)..

La vuelta de Gaddis a la práctica del oficio de historiador como contador de relatos, a pesar de ser una vuelta anunciadaYa en un texto de 1993 [«International Theory and the End of the Cold War», en S. M. Lynn-Jones y S. Miller (eds.), The Cold War and After, Cambridge, Mass., The MIT Press, 1993] nuestro autor es profundamente crítico con la teoría de las relaciones internacionales, nos ha proporcionado páginas de muy amena e interesante lectura. Sin embargo el que esto escribe, asiduo lector de Gaddis, no puede por menos de esperar que tal paseo por la historia eventual traiga de vuelta a nuestro autor, si no a la larga duración braudeliana, sí a una evaluación más general y distanciada de ese amplio proceso, de ese combate entre dos formas antagónicas de organización de la modernidad, que fue la guerra fría.

01/02/1999

 
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