ARTÍCULO

Venimos de la Guerra Fría

 

Sobre las humeantes ruinas de las ciudades bombardeadas, cuando las estructuras básicas de media Europa se encontraban colapsadas y se iniciaba lentamente la titánica reconstrucción de un continente que Yalta y Potsdam habían rediseñado por enésima vez, los dos nuevos superpoderes surgidos de la victoria se miran con recelo. A diferencia de lo sucedido en otros momentos y otras victorias, Estados Unidos y la Unión Soviética representan, además, dos concepciones del mundo radicalmente opuestas, dos diseños de futuro absolutamente diferenciados.
Toda la segunda mitad del siglo XX está marcada por la feroz rivalidad entre esos dos superpoderes que se muestran mutuamente fascinados y recíprocamente temerosos. De hecho, todavía hoy vivimos en un mundo modelado –material e imaginativamente– por ese largo período para el que el períodista Walter Lippmann acuñó un nombre que hizo fortuna: «guerra fría». La exposición Cold War Modern, Design 1945-1970 (hasta mediados de enero en el Museo Victoria & Albert de Londres) explora precisamente la duradera influencia que, tanto en la cultura material como en el imaginario de la gente, han dejado las creaciones y el Zeitgeist de la época.
La propaganda, el espionaje, la carrera armamentística, el terror nuclear o las constantes guerras «por poderes» (proxy wars) son sólo las manifestaciones más evidentes de una abrumadora competición que marcó buena parte de la actividad política de las naciones y de la vida cotidiana de sus pueblos. La auténtica rivalidad se estableció en torno a la superioridad de una u otra ideología, y se concretó en una gigantesca Kulturkampf que se extendió a todos los terrenos y que tenía como objeto determinar definitivamente si la organización de la vida en el futuro giraría en torno al individuo en un régimen de libre mercado o alrededor de una colectividad reeducada en valores solidarios y organizada desde el Estado.
Utopía y desastre son los dos conceptos clave sobre los que se organiza el extraordinario debate político y cultural que impregna esa segunda modernidad propiciada por la Guerra Fría. Es entre 1949 y 1953, cuando la influencia política e ideológica del comunismo se halla en su cenit y el mundo se estremece ante la proximidad de un próximo «ajuste final de cuentas» entre los dos sistemas hipermilitarizados, cuando la posibilidad de que el comunismo sobrepase tecnológicamente al capitalismo se hace más evidente. En nuestros días, tras la larga agonía y derrumbamiento final de la Unión Soviética, es difícil comprender el recelo de Occidente, pero lo cierto es que, como telón de fondo de las incandescentes crisis políticas o bélicas (bloqueo de Berlín, guerra de Corea, muro de Berlín, guerra de Vietnam, crisis de los misiles en Cuba), «América» se mete de lleno en una contraofensiva propagandística que transformaría la cultura –desde el arte más minoritario al diseño de objetos cotidianos– en la más poderosa arma de persuasión política. Un campo de batalla sin sangre en el que intervienen creadores, artistas e intelectuales (subvencionados y jaleados desde los despachos del poder) de uno y otro lado. Para ellos, y sobre la página en blanco de una Europa destruida, el futuro es también una oportunidad.
Tras una primera etapa (1949-1953) marcada por el fantasma del apocalipsis nuclear –como refleja profusamente el neoexpresionismo, abstracto o no, que se enseñorea de buena parte de la vanguardia europea y norteamericana–, y por la necesidad de crear símbolos muy visuales del poder –monumentos a los soldados soviéticos, arquitectura gigantista del estalinismo–, la competencia se establece en torno al progreso tecnológico y los bienes de consumo de masas. La ventaja soviética en la recién iniciada carrera del espacio (Sputnik, en 1957; paseo cósmico de Gagarin, en 1961) revoluciona el diseño de objetos. De la arquitectura zdhanovista marcada por el realismo socialista se pasa a formas estilizadas, «espaciales». Simbólicamente, y mientras crece la tensión internacional, el debate se establece en torno a los elementos del hogar moderno. Durante la muy visitada American National Exhibition de Moscú (1959), planteada por Estados Unidos como ariete propagandístico de su superioridad en el terreno del consumo de masas, el presidente Nixon le pregunta públicamente a Jruschov mientras ambos contemplan arrobados el mobiliario de una cocina moderna: «¿No sería mejor competir sobre los méritos relativos de las lavadoras en vez de sobre el alcance de los cohetes?».
La represión de la protesta húngara (1956) y la consiguiente pérdida de imagen del comunismo entre amplios sectores de opinión doméstica en los países socialistas fomenta entre los líderes soviéticos y de las «democracias populares» la convicción de que sólo a través del consumo y del aumento del bienestar cotidiano podrán lograr el apoyo de la gente. Se hace preciso fabricar masivamente objetos de consumo baratos: es el gran momento de los materiales sintéticos, y Walter Ulbricht, el líder de la República Democrática Alemana, llega a decir que el plástico es un elemento esencial de la revolución cultural socialista. A ambos lados del «telón de acero» se asiste en grado diferente a la invasión de una multitud de objetos de plástico –desde automóviles a cucharas– a bajo precio y cuyos «modernos» diseños revolucionan las artes aplicadas.
La Guerra Fría adquiere nuevas formas con la política de detente y los primeros síntomas de agotamiento económico del sistema soviético. Para entonces –finales de los sesenta– la fosilización de la ideología revolucionaria había mermado su atractivo entre los jóvenes del mundo desarrollado y los nacionalistas del Tercer Mundo. China y Cuba –tan lejanos como desconocidos– representaban la reinvención de la revolución en un momento en que la Unión Soviética y Estados Unidos perdían influencia política y eran percibidos por una parte de la opinión mundial como dos caras de una misma moneda. La célebre portada (1968) diseñada por el polaco Roman Cieslewicz para la revista Opus International expresa cabalmente ese estado de opinión.
Desde la conciencia del espanto (la guerra, el Holocausto) y del peligro de aniquilación nuclear, hasta la ideología de la coexistencia pacífica, la Guerra Fría se manifestó en la cotidianidad de los ciudadanos de aquel mundo bipolar mediante formas y expresiones diversas que acabaron por moldear el imaginario contemporáneo, al tiempo que planteaban problemas cuya respuesta todavía está pendiente, desde la organización de la vida cotidiana y del mercado en las sociedades avanzadas al deterioro del medio ambiente producido por la utilización depredadora de la tecnología. Reconocernos en esas manifestaciones forma parte de la reflexión ineludible sobre nuestro futuro.

01/12/2008

 
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