ARTÍCULO

La guerra del futuro

S. Martin's Press, Nueva York
Adelphi Paper 318. IISS, Londres
Presidio Press, Novato, California
Stackpole Books, Mechanicsburg, Filadelfia
 

El piloto dirige su cazabombardero guiado por las coordenadas de su plan de ataque, permanentemente actualizado desde los aviones AWACS, de alerta temprana, que cubren todo su trayecto en sus pantallas de radar y que no sólo le avisan de posibles enemigos, sino que le orientan y modifican su misión en pleno vuelo si es necesario. No sólo se siente seguro por la oscuridad de la noche, sino porque sabe que las defensas antiaéreas enemigas han sido ya suprimidas o anuladas gracias a los ataques previos con misiles de crucero, todos de una precisión quirúrgica gracias a sus avanzados sistemas de navegación y al detalle obtenido previamente por los satélites de observación.

Una vez sobre el objetivo, siguiendo las indicaciones del software de su instrumentación, el comandante de la aeronave libera su munición. En este caso, una bomba de gravedad, esto es sin motor propio, pero que gracias a unos alerones móviles, puede dirigir su caída y planear hasta su objetivo. Monta un GPS en su cabeza que dicta sus movimientos hasta llegar a las coordenadas pretederminadas. Su carga letal: un bloque de cemento de 1.000 kilos, construido para que se fragmente tras el impacto pero cuya onda expansiva es mínima y, en consecuencia, apenas produce daños colaterales. Pero el objetivo, esta vez una estación de radar enemiga ha quedado literalmente planchado por la bomba.

¿El Golfo? ¿Kosovo? Da lo mismo. Se trata de una de las muchas facetas de la nueva forma de entender y hacer la guerra. Desde 1991 la televisión nos ofrece imágenes que se confunden generalmente con los videojuegos y que nos llevan a pensar, más allá del horror de quienes las sufren en sus carnes, que las guerras se pueden librar con batas blancas desde una oscura sala de mando en lugar de con uniformes de camuflaje en medio del barro.

La concepción de una guerra relativamente limpia y aséptica no se debe, sin duda, a la lógica televisa, sino que es el desarrollo de una escuela de pensamiento civil y militar, principalmente norteamericana, que cree que con los actuales desarrollos tecnológicos, sobre todo en el campo de sensores, comunicaciones e informática, se está produciendo una auténtica «revolución de los asuntos militares» que acabará transformando la faz de la guerra. En la guerra del futuro no sólo se luchará con nuevos sistemas de armas, hoy sólo mostrados en las mejores películas de la ciencia-ficción, sino en nuevos campos de batalla, como el ciberspacio, y con fuerzas armadas cuya orgánica no es hoy impensable.

James F. Dunnigan es un divulgador especializado y bien conocido en los ambientes estratégicos y militares. Su obra más popular, How to make war, es un compendio de armas, doctrinas y tácticas que se suele ver en los despachos del Pentágono. En esta ocasión, el subtítulo de su nueva obra, «La evolución del armamento de alta tecnología y el campo de batalla del mañana», explica más que el llamativo título de Soldados digitales. En efecto, Dunnigan nos dibuja un panorama de las tecnologías que podrán entrar en servicio en los próximos años y cómo podrán afectar a pilotos, marineros y soldados en su quehacer profesional. No es un creyente a fe ciega de que todo nuevo sistema es mejor y más eficaz, bien al contrario, el libro está plagado de avisos sobre las presiones industriales, militares, políticas y mediáticas, que hacen que en numerosas ocasiones el desarrollo armamentístico sea un auténtico fiasco.

En cualquier caso, Dunnigan reconoce un hecho novedoso: el desarrollo de las armas ha sido históricamente lento, con pocas revoluciones y constantes y pequeñas mejoras. Sin embargo, por el propio ritmo tecnológico de nuestras sociedades, entre otras cosas, la innovación se ha apoderado también de lo militar. Es verdad que no siempre con el halo de la alta tecnología, como es el caso de la radio portátil y del chaleco antibalas, dos elementos que han cambiado por completo la vida del infante en las dos últimas décadas. Pero en cualquier caso, la posibilidad de incorporar como elementos del equipo personal un GPS, un sistema de comunicaciones digitales en tiempo real, un pequeño ordenador, visores nocturnos, una panoplia de microsensores y armas con munición guiada, así como un petate formado por prendas que protejan eficazmente de las condiciones climatológicas adversas, llevará a incrementar significativamente el potencial bélico de cada soldado.

La Armada y la Fuerza Aérea siempre han ido por delante de Tierra en cuanto a incorporación tecnológica. El libro de Dunnigan nos avisa que es la hora de hacer lo mismo con los soldados de a pie. Los infantes no sólo deben ser más letales, sino que tienen que ser capaces de sobrevivir en un campo de batalla más complejo y mortífero. Ya no hay sociedad que se permita utilizar a sus jóvenes como carne de cañón, a pesar de que les exponga en conflictos para salvar a terceros, como en Bosnia o Kosovo.

Esa paradoja entre el sacrificio humano y el rechazo a contemplar las bajas de vuelta a casa está en la clave de la presente revolución militar según el profesor de Historia de la Guerra Lawrence Freedman. El mundo occidental quiere guerras limitadas en su envergadura (que afecte sólo a los profesionales de la milicia), cortas en su duración y, sobre todo, carentes de destrucción y víctimas. Vivimos en una suerte de sociedad posheroica, intolerante no sólo con las bajas propias sino frente a las pérdidas enemigas, y que rechaza cualquier daño que se inflija, aun por error, a la población civil. Se pudo comprobar al final de la Guerra del Golfo, cuando la retirada a Basora de las tropas iraquíes se convirtió en «la carretera de la muerte» por obra y gracia de la CNN y para espanto de todos. Y se ha vuelto a comprobar con cada uno de los errores de los bombardeos aliados en Kosovo.

Para Freedman, por tanto, la actual presión tecnológica se alimenta en el deseo de convertir el campo de batalla en algo transparente, donde la información en tiempo real sobre la ubicación del enemigo y de las fuerzas propias suponga una ventaja cualitativa a favor de uno mismo. El saber qué es lo que aguarda al otro lado de la colina ha sido una obsesión histórica para los mandos militares. Hoy, gracias a los potentes mecanismos de observación, ya es posible tener una imagen clara del terreno y de sus peligros. Es más, si acaba siendo cierto que los soldados incorporarán los sistemas que les permitan saber dónde están en cada momento y poder comunicar y transmitir información adecuadamente, se ganará en flexibilidad de empleo de las tropas y con menos soldados se podrá ser más letal, a la vez que se aumentará algo clave en la resolución de los combates: el tiempo o ritmo de las operaciones. Las tropas irán con rapidez de un lado a otro, concentrándose allí donde más se necesiten. Pura economía y optimización de recursos.

La revolución de los asuntos militares tiene, por tanto, dos componentes esenciales: por un lado, la mejora de la precisión de los sistemas de munición guiados, que permitirá vaciar el campo de batalla de las tropas propias y castigar al enemigo desde la prudente distancia sin perder efectividad. Se cumple así con el requisito social de no tener bajas propias; por otro, la creciente transparencia del campo de batalla, que permitirá insertar a pocos soldados, pero dotados de sistemas y capacidades altamente destructivas, que golpeen precisa y rápidamente en el terreno, buscando provocar el shock y el colapso de las unidades enemigas. Se cumple así con los criterios de rapidez y discriminación.

Ahora bien, el elemento subyacente a todo ello es una revolución en la información. Revolución no porque conlleve un incremento exponencial de lo que se conoce y de lo que se analiza, sino porque supone poner en contacto directo y en tiempo real al soldado que está en la trinchera no sólo con sus compañeros, que estarán dispersos y ocultos a su alrededor, sino con sus mandos directos y, aún más, con los comandantes mismos de la operación, a salvo en algún lugar de la retaguardia a muchos cientos de kilómetros de la acción. Es decir, la revolución informática y de las comunicaciones, al igual que ha pasado en las empresas privadas, se dejará sentir en los procedimientos y en las estructuras de los ejércitos, no sólo en sus sistemas de armas.

El libro editado por Bateman es un buen compendio de las preocupaciones de los mandos militares intermedios, siendo él mismo un oficial del ejército americano y convencido de la revolución militar en marcha. La obra, debidamente subtitulada «Una visión desde la línea de frente», recoge dos tipos de problemas bien diferenciados: por un lado, los sentimientos de los soldados en el frente, un soldado que va a verse mucho más aislado físicamente, que va a estar solo la mayor parte del tiempo, y cuyo apoyo psicológico transcurrirá no por el contacto físico con sus camaradas sino por la pantalla del ordenador y el módem. La tecnología podrá alimentar un flujo constante de la información o un arma más letal, pero no acabará nunca con un elemento esencial de toda batalla, el miedo. Un cuadro más detallado y preciso de lo que realmente está pasando es una gran ventaja para quienes tienen que tomar las decisiones, el mando, pero no se traduce automáticamente en un incremento de la sensación de tranquilidad para el combatiente. No saber qué está detrás de la colina da miedo, como también lo da gritar a tus compañeros y que no contesten. Contar con toda la información de una acción puede elevar la moral y la efectividad o puede, por el contrario, acelerar el shock y la desesperación, sabedor de que todo va mal.

La segunda gran preocupación de la obra de Bateman es el cambio orgánico por el que tienen que atravesar las fuerzas armadas para aprovechar este salto cualitativo de las comunicaciones. El papel de los mandos directos de los soldados y el de los mandos intermedios tenderá a disminuir a medida que quien esté envuelto en la acción va a estar supervisado y ligado directamente a los mandos superiores. Es decir, por un lado, la información correrá horizontalmente, tal y como ocurre en las organizaciones no jerárquicas, lo que otorgará mayor capacidad de interpretación, decisión e iniciativa al soldado; por otro, se establecerá una línea de control directa entre la cúspide de la jerarquía y su base, cortocircuitando fácilmente a los escalones intermedios, justo quienes han sido los más visibles e importantes para la tropa en los ejércitos actuales. El control de los de arriba será un elemento constante en aquellas operaciones donde las tropas corran un riesgo políticamente alto, es decir, no en defensa frente a una agresión, sino en misiones de imposición de la paz a bandos enfrentados, normalmente en zonas remotas del mundo.

Bateman ve en Apple y Microsoft, por citar dos casos concretos de estilo empresarial, los ejemplos sobre los que construir las nuevas relaciones de mando. Ejércitos difusos y ligeros, sin apenas escalones intermedios, al menos en el combate. Para él, por tanto, la revolución de los asuntos militares va más allá de los sistemas tecnológicos y afecta muy directamente a la cultura organizacional y a las estructuras de las fuerzas armadas. No sólo se trata de una nueva forma de hacer la guerra, o de adquirir e incorporar nuevas armas, sino de edificar unas nuevas instituciones militares, unos ejércitos auténticamente postmodernos.

A su vez, el libro de Ralph Peters, oficial de tierra en la reserva y hoy prestigiado ensayista, intenta dar respuesta a algunas de las paradojas que se abren ante los ejércitos del siglo XXI . Para empezar, la lógica radical de la revolución de los asuntos militares nos conduce no sólo a una nueva faz de la guerra, sino a una nueva guerra, la guerra de la información, con su peculiar campo de batalla, el ciberespacio, y donde las batallas se librarán con virus y software, no con cañones y balas.

Ciertamente, si la información, su obtención, transmisión, análisis y diseminación, va a ser el elemento que conceda una ventaja comparativa a los mejores ejércitos, un objetivo militar clave será impedir que ese flujo comunicativo llegue a realizarse. Surge así el ataque cibernético, un ataque limpio que deje ciego, sordo o mudo al oponente y permita, de esa forma, una ventaja táctica durante la que atacar, conquistar y ocupar. Es más, surge la ciberguerra propiamente dicha, aquella que mediante la manipulación de los ordenadores y la información que encierran puede causar la rendición del enemigo sin tener que disparar un solo tiro. Aparentemente, bastaría con alterar el programa que controla la temperatura de Wall Street para causar un colapso bursátil. También se pueden modificar las rutas de trenes y aviones, de tal forma que la movilización de los recursos sea imposible. Explorar vulnerabilidades informáticas para explotarlas o protegerse constituye el universo de esta nueva faceta de la guerra.

Pero al mismo tiempo que se juegan juegos de guerra en los que vencer gracias a la manipulación informática, Peters sabe muy bien que los soldados reales, de carne y hueso, no los cibersoldados de bata blanca y salas oscuras, son los que se están enfrentando a oponentes también reales en diversas partes del mundo. De hecho, el libro de Peters gira en torno a una idea muy básica pero certera: puede que las armas burdas, como el machete, sean poco elegantes comparadas con un misil de crucero o un láser cegador, pero matan igualmente. Es más, lo que se está viendo durante los años noventa es la emergencia de una nueva clase de guerreros, que contrasta enormemente con la imagen del soldado occidental. Este último tan constreñido en sus acciones para no utilizar medios desmesurados ni causar daños innecesarios; el otro, el guerrero, libre de sembrar el horror con su violencia desatada en aras de su etnia, tribu, clan o mafia.

Salvo que se esté convencido de que la Fuerza Aérea es suficiente para ganar todas las guerras y que el ejército de Tierra va a ser, a partir de ahora, superfluo, en la confrontación entre combatientes occidentales y guerreros del tercer mundo la clave no va a estar esencialmente en la tecnología, sino en los elementos intangibles del militar, su moral y su disciplina. En un ambiente donde la ley y el orden son inexistentes, donde la distinción entre población civil y combatiente no es ni mucho menos clara, donde el enemigo luchará con sus armas, normalmente sucias, y no con las limpias y sofisticadas, las preferidas por nuestras fuerzas armadas, será el entrenamiento y la capacidad de aguante lo que marque la diferencia real, no la mayor o menor precisión de las armas.

Así pues, la revolución de los asuntos militares, tras la lectura de estas obras, destaca claramente como una opción tecnológica deseada por la cultura y el estilo occidental sobre cómo conducir operaciones bélicas llegado el caso. En la medida en que corre paralela a la innovación y al cambio que se experimentan en terrenos civiles, particularmente en las comunicaciones y en la informática, su futuro está garantizado. Nuestros aviones dejarán de ser pilotados para ser dirigidos automáticamente; los buques se convertirán en arsenales de misiles sin que sea necesaria tripulación alguna para operarlos; los soldados podrán adoptar el perfil invencible de robocop.

Sin embargo, estratégicamente, el valor de dicha revolución está por demostrar. Para empezar, equipar a los ejércitos de las mejoras tecnológicas mencionadas requiere pagar una factura abultada, no al alcance de todos los bolsillos. De hecho, es preocupante que sólo los Estados Unidos parecen capaces de aprovecharse de las nuevas tecnologías plenamente. Por otro lado, el mundo actual es un universo dispar y fragmentado donde conviven simultáneamente los Picapiedra y Luke Skywalker, el horror de los hutus y tutsis en los Grandes Lagos, la limpieza étnica de los Balcanes, y esas nuevas bombas de cemento con las que los americanos castigan a Saddam Hussein.

Sería muy bonito que las guerras que tengan que librarse en el futuro se lucharan en los términos preferidos por nosotros mismos, pero en un mundo asimétrico como en el que vivimos, es empeñarse en querer ser demasiado optimista. Los enemigos suelen encerrar desagradables sorpresas. Si el mundo occidental se aferra a la idea de una guerra limpia, o bien no participará en las guerras que se libren, o acabará por comprender que «la guerra –como dijo el general Ulysses S. Grant– es el infierno». Y él, que saqueó, incendió y aterrorizó a los estados del Sur durante la guerra civil americana, sabía lo que se decía.

01/03/2000

 
COMENTARIOS

Sara Neim 13/09/15 20:33
esta bien, pero creo que le falta epresar mas el tema.

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