ARTÍCULO

El retorno del Rif

 

El Rif ha sido una palabra familiar para los españoles desde 1893 en que tuvimos el primer episodio bélico en la zona de Melilla. Lo fue durante toda la primera mitad del siglo XX . Luego se borró de las conciencias a raíz de la independencia de Marruecos, que dejó un poso de si te vi no me acuerdo, con alguna que otra reaparición de la mano siempre de Melilla. El Rif retorna ahora con fuerza en el último recodo del siglo que termina.

Quizá «Rif» fue sinónimo de pesadilla en la mayor parte de los casos, pues nadie que lo viviera podía olvidar el resto de su vida el Barranco del Lobo, el Gurugú, Annual, Monte Arruit, con toda su evocación de muerte y derrota. Pero también fue homónimo de quimera, y en ciudades de provincias españolas algunos de sus toponímicos dieron nombre a bares y cafeterías que portaban nombres exóticos como Zeluán o Segangan. Las minas del Rif no eran un Potosí, pero movieron capitales y soldados y animaron un proyecto colonizador que algunos pensaron sería rentable. Víctor Ruiz Albéniz, «El Tebib Arrumi», un médico enviado en 1908 a las minas de Beni-Bu-Ifrur por el conde de Romanones –cuyo nombre se vincula siempre a la propiedad de las minas–, describiría en 1921 en su libro España en el Rif que «las riquezas minerales del Rif se asemejan mucho a las de España, y sabido es que, en este sentido, nuestro país es uno de los más florecientes del mundo»Víctor Ruiz Albéniz, España en el Rif(1908-1921), La Biblioteca de Melilla, 1994. Introducción de Vicente Moga Romero. Se trata de la edición facsímil del libro España en el Rif. Estudios del indígena y del país. Nuestra actuación de doce años. La guerra del veintiuno, Biblioteca Hispania, Madrid, 1921.. Otros serían mucho menos chovinistas y más pesimistas, sobre todo mirando las vidas humanas que costó, y expondrían en el Ateneo madrileño que «nuestro protectorado es hoy francamente miserable y no pasará nunca de pobre, aun alumbradas sus modestas fuentes de riqueza», como hizo el geólogo Fernández Navarro en 1922Lucas Fernández Navarro, «La pobreza de Marruecos», en España, 303 (15 de enero de 1922)..

En los años veinte el Rif fue una obsesión. Y como tal quedó plasmada en la nutrida literatura de aquella década y del comienzo de la siguiente. Obsesión de los que querían eludir las responsabilidades por Annual (los libros del vizconde de Eza, ministro de la GuerraMi responsabilidad en el desastre de Melilla, Gráficas Reunidas, Madrid, 1923., del general Dámaso BerenguerCampañas en el Rif y Yebala, 1921-1922.Notas y documentos de mi diario de operaciones, Sucesores de Velasco, Madrid, 1923.tan pertinentemente glosadas por Manuel Azaña en la revista España), de los que las exigían, cayese quien cayese (como haría Indalecio Prieto en sus crónicas en El Socialista)Recogidas en libro por la Fundación Indalecio Prieto / Editorial Planeta en los dos volúmenes de Con el Rey o contra el Rey. Guerra de Marruecos, Barcelona, 1990., de los que cayeron como víctimas inmoladas en la tragedia (el capitán Sigifredo Sainz GutiérrezCon el general Navarro. En operaciones.En el cautiverio, Sucesores de Rivadeneyra, Madrid, 1924., entre otros), de los que lo convirtieron en materia literaria, fuera para nutrir las revistas militares (el caso del mismo Franco en la Revista de Tropas Coloniales)Reunidas en el Diario de una bandera y posteriormente en Papeles de la guerra de Marruecos, Colección Azor, Fundación Francisco Franco, Madrid, 1986., la crónica periodística (desde Ramiro de Maeztu en una serie de artículos aparecidos en El Sol apenas dos semanas antes de la tragedia, a Rafael López RiendaCon obras como Del Uarga a Alhucemas o Águilas de acero, convertida en film.o César González-Ruano«Viaje a África. Por las rutas posibles de los prisioneros», una serie de artículos publicados en ABC en 1933-1934 y recogidos en un volumen editado por la Fundación Cultural Mapfre Vida, Madrid, 1996.unos años más tarde de aquel episodio), o libros de ensayo o novela como Ernesto Giménez Caballero, Arturo Barea o Ramón J. Sender, en obras como Notas marruecas de un soldado, La forja de un rebelde o Imán.

La «pacificación» que llega tras el desembarco de Alhucemas en 1925, hace que el Rif pase de moda. Hasta la guerra civil, en que retorna de la mano de «los moros que trajo Franco», como reza la canción y recordaba un artículo de María Rosa de Madariaga«Imagen del moro en la memoria colectiva del pueblo español y retorno del moro en la guerra civil de 1936», en Revista Internacional de Sociología, 46, 4 (octubre-diciembre 1988), págs. 575-596.. Pero es un retorno con tintes positivos o negativos según el lado ideológico en el que se sitúe el observador. Como ocurre con Miguel Asín Palacios, el conocido arabista estudioso de la mística andalusí y de su influjo en la hispánica, que se esforzará en 1940 por demostrar en un artículo en el Boletín de la Universidad Central que «bajo la áspera corteza de esos rudos y valientes soldados marroquíes» que lucharon con los nacionales en la guerra civil «palpita un corazón gemelo del español, que rinde culto a unos ideales ultraterrenos».

Los años cuarenta y cincuenta, aislado el régimen de Franco en la escena internacional, mantienen esa moda marroquí como sustitutivo del aislamiento y se llega a revivir en la misma zona del protectorado el mito de Alándalus, recreando en él una especie de paraíso de fraternidad hispano-marroquí, del que dan testimonio, de un lado, los marroquistas oficiales como Rodolfo Gil Benumeya, en obras como Marruecos andaluz, y de otro, orientalistas como J. M. Millás Vallicrosa en trabajos como España y Marruecos. Interferencias históricas.

Pero de nuevo la independencia de Marruecos aleja todo interés por el Rif y Marruecos. Hubo algo de despecho en ese alejamiento porque Marruecos pasó a olvidarse de España, país que no le servía de referencia –como Francia– para construir su independencia. Esta indiferencia durará decenios, avivada por contenciosos territoriales, ya a propósito de Ifni hasta 1969, del Sahara hasta 1975 o de Ceuta y Melilla después.

Y sin embargo el reencuentro se ha producido. Y con él el «retorno del Rif». Es probable que haya desempeñado un papel importante la llegada de la inmigración marroquí a España, sobre todo desde mediados de los ochenta, procedente en una buena parte de esa regiónSobre la inmigración magrebí véase el Atlas de la inmigración magrebí en España, editado por el Taller de Estudios Internacionales Mediterráneos-UAM / Observatorio Permanente de la Inmigración, Madrid, 1996.. Y la inmigración ha hecho descubrir que era mucho lo que no sabíamos de Marruecos, lo que no habíamos investigado sobre nuestro vecino país, lo que habíamos olvidado.

El Rif retorna en diversos dominios: en el de la cooperación, en la inversión económica y en la bibliografía. Hace unos años la Agencia de Cooperación Española financió el Programa de Acción Integrado para el Desarrollo y Ordenación del Territorio del Rif (PAIDAR), que trató de hacer una radiografía y un diagnóstico de la situación del Marruecos mediterráneo. Numerosas ONG españolas colaboran con otras marroquíes en diversos campos de educación, desarrollo femenino, sanidad, formación profesional en las provincias del Marruecos septentrional. Un movimiento de empresas españolas ha cruzado el Estrecho para instalarse allá, deslocalizándose. Y desde hace pocos años, el mundo de los libros español, que hasta entonces tenía bien olvidado a Marruecos en general y al norte en particular, empieza a poner de moda a este país. La muerte de Hassan II y el interés suscitado en los medios de comunicación por los primeros gestos del nuevo monarca, Mohamed VI, ha contribuido a avivar esta moda.

Quizá convenga tomar un poco de distancia para entender el sentido de esta moda. Fue en 1996 cuando dos periodistas, buenos conocedores de Marruecos, Javier Valenzuela y Alberto Masegosa, corresponsales de El País y de la Agencia EFE en dicho país en diferentes momentos, publicaron su libro La última frontera. Marruecos, el vecino inquietante (Ediciones Temas de Hoy, Madrid) que, a pesar de su título poco feliz, era una buena introspección en los esfuerzos que la sociedad civil marroquí efectuaba para lograr el cambio. Aunque combinaba la crónica periodística del magazine con una memoria corta de sus autores, que no se remontaba mucho más allá de finales de los ochenta, y aunque faltase un poso histórico que de alguna forma había sabido concentrar una obra, clásica en nuestro pobre panorama sobre Marruecos, como fue Marruecos, entre la tradición y el modernismo, de otro periodista como Domingo del Pino (Universidad de Granada, 1990), el libro de Valenzuela y Masegosa supo escoger y narrar lúcidamente el momento de un «país en trance» desde un despotismo ilustrado, en búsqueda de una alternancia otorgada. Supo también analizar con precisión los mecanismos de funcionamiento del sistema, describir con fuerza sus líneas de falla como son el kif, el Sahara, las migraciones, la hipertrofia del Ministerio del Interior.

Ese mismo año de 1996, Manuel Leguineche decide convertirse en reportero de una guerra olvidada y conmemorar a su manera el 75 aniversario de los sucesos del Rif. Annual 1921. El desastre de España en el Rif (Alfaguara, Madrid) es una obra de carácter periodístico que sin aportar nada nuevo a una bibliografía bien nutrida antaño, rescató ante el gran público un tema en el desván, apenas tratado en España desde la guerra civil, quién sabe si para evitar el antipatriotismo del recuerdo de un desastre de tanta envergadura. Tan sólo había roto este tabú y este silencio la obra de David S. Woolman, Abd el-Krim y la guerra del Rif (Oikos-Tau, Barcelona, 1971, reeditada en 1988). El libro de Leguineche preparó el terreno de otros libros como los de Juan Pando, Historia secreta de Annual (Temas de Hoy, Madrid, 1999) o el de María Rosa de Madariaga, España y el Rif. Crónica de una historia casi olvidada (La Biblioteca de Melilla, 1999).

La obra de Pando, que ha conocido sucesivas ediciones en los primeros meses de 1999, algo inimaginable en el terreno de los libros de historia, lo que revela la moda rifeña a la que hago alusión en este artículo, es un estudio documentado de los entresijos militares y políticos que llevan a España hacia Marruecos en el arranque del siglo XX y que convergen en aquel desastre de Annual en cuyas raíces y envergadura trató de adentrarse el informe del general Picasso, al que Pando dedica el último de los capítulos de la obra. Una sabia combinación de crónica y análisis permite al autor explotar una documentación de archivos públicos y privados y efectuar una puesta al día desde el lado español de este episodio hispano-marroquí. Digo desde el lado español pues, como todo tema que tiene una doble dimensión, hay un lado marroquí en el que Germain Ayache trató de hacer la puesta al día publicando Les origines de la guerre duRif (S.M.E.R./Publications de la Sorbonne, Rabat, 1981), obra que concluía en vísperas de Annual. La muerte de Ayache en 1990 dejó inconclusa la continuación de la obra, que unos años más tarde se publicaría por su hija hasta donde la dejó su autor, con el título de La guerre du Rif (L'Harmattan, París, 1996), y en donde trazó el itinerario de Abdelkrim hasta un año después de su éxito en Annual. Y digo «éxito» porque así es considerado desde el ángulo marroquí, lo que desde el hispano es visto como «desastre». Ayache, que no había querido convertir su estudio en una epopeya y que rescata de la figura de Abdelkrim todas sus ambigüedades que lo convertirán en un personaje incómodo incluso para cierta historiografía marroquí, nunca encontró eco en España para ver traducida su obra. Tal vez la moda no había llegado todavía.

María Rosa de Madariaga, funcionaria de la UNESCO durante años, recupera con España y el Rif. Crónica de una historia casi olvidada una investigación que emprendiera a fines de los años sesenta tras las huellas de la colonización española en el Rif, con el objetivo de realizar una tesis doctoral que no se completaría hasta fines de los ochenta. Aunque la obra que se publica en 1999 dedica sus últimas cien páginas a la resistencia de Abdelkrim y a su «Estado rifeño», el cuerpo de la misma se centra en una historia económica y social del Rif y de sus relaciones con España, probablemente la mejor que nunca se haya hecho sobre el tema. A destacar el capítulo dedicado a «La fiebre minera», por todas las implicaciones que tuvo en la colonización del norte marroquí.

El libro se edita en la colección «La Biblioteca de Melilla» que dirige Vicente Moga Romero y que publican conjuntamente el Servicio de Publicaciones de la Ciudad Autónoma de Melilla y el Centro Asociado de la UNED en la localidad, que tiene en su haber una docena de títulos de historia o literatura relacionados con Melilla y que ha tenido la inteligencia de recuperar a autores como el citado Ruiz Albéniz, como textos olvidados de Ramón Sender, o como Emilio Blanco Izaga. Este último de la mano del antropólogo americano afincado en España David Montgomery Hart, del que pocos conocen su papel como padre de la antropología marroquinista que produjo autores de la talla de Ernest Gellner, John Waterbury o Rémy Leveau. Y de cuya esposa, Ursula Kignsmill Hart, la colección ha rescatado Tras la puerta del patio. La vida cotidiana de las mujeres rifeñas en versión de Encarna Cabello y que ha merecido una segunda edición en 1999. La labor de edición que realiza el director de la colección se extiende a otras publicaciones auspiciadas por las Consejerías de Cultura de las ciudades españolas norteafricanas, entre las que destaca el facsímil de José Boada y Romeu, Allende el Estrecho. Viajes por Marruecos (18891894) (Colección Historia de Melilla 11, Melilla, 1999), un clásico de la literatura de viajes que nos traza una descripción de la zona en torno a la guerra de 1893.

La difusión de estas colecciones nunca ha superado circuitos especializados. Y sin embargo es probable que en parte haya sido debido a los canales de distribución empleados, ya que muchos de estos libros cobran una dimensión diferente cuando salen del coto cerrado que son algunas de estas colecciones. Es lo que ocurrió con la excelente edición de Salvador Barberá Fraguas de los Viajes por Marruecos de Alí Bey, que pasara sin pena ni gloria en 1984 en la Editora Nacional y que, publicada de nuevo en 1997 en la Biblioteca Grandes Viajeros de Ediciones B, ha logrado varias reimpresiones convertido en un best-seller. Una de estas colecciones que, aunque en circuito cerrado, ha contribuido a difundir el libro sobre Marruecos ha sido «África propia» de la Editorial Algazara de Málaga, que a lo largo de los noventa ha publicado una quincena de títulos que van desde la recuperación del viejo libro de Antonio Cánovas del Castillo Apuntes para la historia de Marruecos a la obra de Mohammad Ibn Azzuz Hakim, La actitud de los moros ante el alzamiento. Marruecos 1936 (Málaga, 1997), pasando por diversos estudios sobre las relaciones y conflictos hispano-marroquíes.

En este retorno del Rif del que hablo, la literatura tiene su papel. La versión castellana de El pan desnudo de Mohamed Chukri, publicada en 1982, también pasó desapercibida. Será años más tarde, tras el éxito de Tahar Ben Jelloun en España, una vez conseguido el premio Goncourt en Francia, cuando el «rifeño universal» adquiera reconocimiento en España, traduciéndose su Tiempo de errores (1995). Hoy la literatura marroquí ya no es una solemne desconocida en nuestro país, donde en las librerías se pueden encontrar versiones al castellano de obras de Driss Chraibi, Muhammad Zafzaf o del tangerino Lotfi Akalay, autor de un sarcástico retrato de la sociedad marroquí de los noventa en Las noches de Azed (Narrativa Emecé, Barcelona, 1998).

La moda marroquí ha sensibilizado también –y por fin– al mundo universitario, que ha sido el que más se ha olvidado de nuestro vecino septentrional. Durante decenios, los temas árabes eran coto exclusivo de los arabistas, recluidos las más de las veces en su paraíso perdido de Alándalus. Pero para colmo, Marruecos era considerado por ese gremio como país non grato con el pretexto de la «corrupción» de su lengua arábiga, un dialecto que dejó de estudiarse en la Universidad española desde tiempos de la «dictadura» de García Gómez y sin duda debido a la falta de contactos entre los dos países. No fue hasta los años setenta cuando desde la historia y algún sector del arabismo se comienzan a recuperar los temas marroquíes. Un papel importante lo desempeñó en su día Víctor Morales Lezcano con una serie de publicaciones, la última de las cuales ha sido El final del Protectorado hispano-francés en Marruecos. El desafío del nacionalismo magrebí (1945-1962) (Instituto Egipcio, Madrid, 1998) en donde el autor se adentra en los años posteriores a la guerra civil y a la II Guerra Mundial en Marruecos y en el Magreb hasta la independencia argelina.

La novedad en los años noventa ha sido que Marruecos se convierte en materia de estudio para los universitarios de muy distintos campos científicos. Empezó abriendo brecha un excelente estudio sobre La política exterior de Marruecos (Ed. Mapfre, Madrid, 1997) de Miguel Hernando de Larramendi, que, más allá de un estudio sobre la diplomacia alauí, es una excelente fuente para el conocimiento de los mecanismos de funcionamiento del sistema marroquí. Hasta la fecha, el último trabajo sobre la política marroquí es el flamante estudio de ciencia política sobre Las elites políticas marroquíes (AECI, Madrid, 1999) de María Angustias Parejo. También los antropólogos comienzan a aportar su parte en el marroquinismo, como es el caso de Josep Lluís Mateo Dieste con El «Moro» entre los primitivos. El caso del Protectorado español en Marruecos (Fundación La Caixa, Barcelona, 1997), de Ángeles Ramírez con su libro Migraciones, género e islam. Mujeres marroquíes en España (AECI, Madrid, 1998) o de Adela Franzé y Laura Mijares (eds.) con Lengua y cultura de origen: Niños marroquíes en la escuela española (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Madrid, 1999).

Pero el retorno del Rif es también un retorno al Rif. Y no sólo para España o desde España. También Marruecos lo está descubriendo ahora. «Después de perder Ceuta y Melilla, Marruecos se replegó hacia el interior y dejó abandonada la zona norte. El rey ha iniciado el regreso. Es el reacercamiento definitivo a España.» Son las palabras de Mohamed Larbi Messari, ministro de Comunicación de Marruecos, a propósito de la visita de Mohamed VI a Tetuán y al Rif, recogidas por el corresponsal de El País que, como la gran mayoría de los periódicos españoles, ha valorado positivamente el gesto realizado por el monarca de una visita a esta zona olvidada. Positivamente en lo que expresa en relación a España, acercándose a escasos pasos de la frontera de Bab Sebta, en Ceuta, inaugurando los trabajos de una autopista que mejorará la comunicación de su país con España y Europa. Pero positivamente también en lo que se refiere a las poblaciones del norte de Marruecos, tradicionalmente marginadas y con conciencia de apartamiento del resto del país, algo que mantienen desde que fueron mal integradas en el Marruecos de 1956. Rabat impuso entonces al norte del país una uniformización –legal y lingüística– con el resto del país, que sus habitantes sintieron como una discriminación y que estuvo en el origen de la revuelta del Rif en 1958, aplastada con saña por su padre, príncipe heredero por entonces, represión y política de marginación que mantuvo alejados durante largo tiempo a los habitantes del norte con los del resto del país. Con este reencuentro con el Rif, que ha incluido un abrazo al hijo de Abdelkrim, Mohamed VI cura viejas heridas de una población que ha guardado con celo su personalidad, lingüística y cultural, sin lograr un reconocimiento.

En hora de balances, un libro reciente trata de efectuar algo más que un inventario o catálogo de la labor bibliográfica que dejó el Protectorado de España en el norte de Marruecos y que sigue siendo desconocida en su mayor parte. Es lo que realizan Joan Nogué y José Luis Villanova (eds.) en su obra España en Marruecos (1912-1956). Discursos geográficos e intervención territorial (Lleida, 1999), en donde desde la geografía y la historia nos recuerdan que un «retorno al Rif» es todavía hoy necesario.

01/08/2000

 
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