ARTÍCULO

La guerra del PCE

 

Es difícil acercarse a cualquier visión de conjunto, o a aspectos parciales como los militares, políticos, sociales, culturales, económicos o internacionales de la Guerra Civil, amén de numerosas biografías o libros de memorias, en los que no surja el papel de los comunistas.
En general, bajo perspectivas varias, pero en amplia medida unificadas por ciertas influencias. Ante todo, por el paradigma pro o neofranquista. Los sublevados proclamaron que lo hicieron contra la «amenaza», el «peligro» o la inminencia de la revolución «comunista». Lucharon contra las «hordas marxistas». El régimen de Franco glosó incesantemente tanto de puertas adentro como hacia fuera el genio de un Caudillo que había conseguido vencer al «comunismo» en el único campo posible: el de batalla.
Esta orientación, apoyada sin fisuras por la Iglesia católica, que añadió sus propias construcciones «teológicas», se amplió posteriormente con las aportaciones del «paradigma de la guerra fría», de corte anglosajón. El nuevo aliado de Estados Unidos había dejado de ser un vulgar dictador militar, arrinconado en su esquinita y peligroso únicamente para sus súbditos. Se había convertido en un político de altura que mantenía la estabilidad de una porción de real estate estratégicamente importante y obtenida a precio de saldo. Innecesario es recordar que aquel fue también el período en que Franco se dejó ensalzar como «centinela de Occidente» que nunca se había equivocado, a diferencia de otros, pactando con el enemigo por antonomasia de la civilización cristiana.
Muchos autores extranjeros que escribían los años republicanos y la Guerra Civil se vieron confortados por la greña entre los vencidos. Republicanos burgueses, anarcosindicalistas, socialistas prietistas, trotskistas/poumistas e incluso renegados comunistas (El Campesino, Jesús Hernández, Enrique Castro Delgado, etc.) contribuyeron con su granito de arena a una construcción teleológica que, en último término, justificaba la dictadura o era comprensiva con ella.
Todavía hoy, en una parte no desdeñable de las producciones norteamericanas (e incluso inglesas) que pasan por historia académica, continúa enhiesta la visión tradicional que llevó a su paroxismo Burnett Bolloten. El año pasado se han publicado varios ensayos interpretativos que están a años luz de lo que, afortunadamente, ya se escribe en España.
Los historiadores españoles hemos vuelto a los orígenes, a la evidencia primaria relevante de época, a los archivos. Esta investigación de Fernando Hernández Sánchez está enfocada con gran empeño y acierto. Ha buceado en diversos repositorios, españoles y extranjeros, pero sobre todo en los fondos del PCE. Una labor en la que ha invertido casi diez años. Ha añadido la consulta crítica de la prensa de la época; la lectura, no menos crítica, de cincuenta y seis obras de memorias y testimonios y de casi ciento sesenta de naturaleza secundaria.
El resultado es devastador tanto para el paradigma pro y neofranquista como para el anglosajón, algo más coriáceo. No en vano este último se ha revestido de pretensiones «científicas» que, en cuanto se comparan con la evidencia primaria, quedan reducidas a agua de borrajas. El hecho de que las reputaciones de algunos destacados historiadores británicos y norteamericanos se desplomen en cuanto se les mida por los estándares de la obra que nos ocupa no deja de ser interesante, sobre todo en un país como España, en el que ciertos sectores siguen jaleando sus escritos como si fueran la verdad del Evangelio.
El libro se divide en cinco partes. En la primera, Hernández Sánchez presenta el estado de la cuestión. Lo que podría ser una enumeración prosaica se convierte, bajo su pluma, en un análisis riguroso y de gran amenidad, justificativo de la necesidad imperiosa de enriquecer el acervo historiográfico con la evidencia primaria de la época.
La segunda parte es más sustantiva. Consiste en una reconstrucción de la historia política del PCE desde sus orígenes como modesta secta marginal en la sociedad española y su evolución ascendente una vez operado un relevo en la dirección y efectuado el giro frentepopulista, en conexión con la nueva estrategia de la Comintern a partir del verano de 1935. La mayor parte de lo que es relevante en la historia del PCE acaeció durante este período. Su compromiso con una República reformista y progresista quedó sellado. Nada lo demuestra mejor que las instrucciones emanadas de la Comintern y las respuestas locales. Los escribidores del franquismo, los «historiadores» de la extrema derecha que aún pululan por estos pagos y ciertos tratadistas conservadores de allende el Atlántico harían bien en echarles un vistazo. Alguno de ellos lo ha hecho de refilón, pero con este libro el lector adquiere pronto la certidumbre de que dio gato por liebre. La distorsión y la tergiversación son armas habituales en la panoplia de los «guerreros de la guerra fría», ya sean de uno u otro antiguo bando.
Naturalmente, la parte más interesante, la más innovadora también, recae en el papel del PCE durante los años de la guerra. Hernández Sánchez no deja de lado ningún aspecto relevante y aborda sucesivamente su contribución al esfuerzo bélico, tanto en términos políticos como militares; el lado más oscuro, como su participación en la represión (y a veces incluso el terror) desatada en la zona gubernamental y su escasa habilidad para manejar las susceptibilidades que en el resto de las fuerzas políticas despertaba su acelerado crecimiento. La dirección hubiera debido estar compuesta de titanes intelectuales, que no era el caso, para seguir un curso menos agresivo y navegar con acierto por aguas revueltas sobre la base de los consejos contrapuestos de los asesores de la Comintern. Por un lado, los asentados de la primera hora, como Codovilla, o importados como «Stepanov». Por otro, el infinitamente más sutil «Ercoli» (Palmiro Togliatti), cuyos apuntes manuscritos se explotan en esta obra por primera vez.
Quizá los errores de un acusado sectarismo hubieran podido minorarse si la dirección del PCE, y gran parte de los escalones inferiores, hubieran hecho gala de mayor flexibilidad a la hora de aplicar su línea estratégica como la única adecuada a las peculiares necesidades que imponía el entorno interior y exterior de la guerra. Internamente, la respuesta estribaba en cohesionar las fuerzas del Frente Popular bajo la bandera de la República democrática y progresista. En el plano internacional, habida cuenta de la perenne hostilidad británica, la supeditación de todo intento revolucionario a la necesidad imperiosa de hacer la guerra. Guerra y revolución (título de una obra canónica comunista) no fue nunca un binomio adecuado. El gran dilema osciló entre la guerra o una revolución sin perspectivas. Nunca diseñaron los no comunistas (salvo Negrín y los sectores del PSOE y de la UGT que le fueron afines) otra estrategia alternativa. No lo hizo Largo Caballero. No lo hizo Prieto. No lo hizo Azaña. Ni tampoco la CNT/FAI, aunque atisbos de sus planteamientos aparezcan todavía en obras de generalistas extranjeros poco enterados de los entresijos de la guerra de España.
Los comunistas también crearon sus propios mitos. La parte tercera los demonta. Abarcan aspectos cuantitativos, cualitativos y de interpretación a posteriori. Entre los primeros figuran las cifras de afiliados y su evolución durante la guerra, ámbito en el que quedan hechas trizas las fobias y las filias de reputados historiadores. Entre los segundos, la realidad organizativa, las carencias de formación, la incapacidad de suministrar un soporte ideológico consistente. Muchos republicanos se cobijaron bajo las banderas comunistas porque tras ellas se hacía la guerra, se fomentaba la movilidad ascensional, se daban oportunidades a la juventud y se alentaba la emancipación de las mujeres. Es decir, se modernizaba la sociedad española. Algo que ni los anarcosindicalistas, poumistas, republicanos burgueses e incluso sectores socialistas estaban dispuestos a llevar a sus últimas consecuencias. Este enfoque cuantitativo/cualitativo lo desarrollará el autor en próximos trabajos. Entre los terceros aspectos, los mitos esenciales reflejan la ulterior política soviética durante la época del pacto con el nazismo.
Hernández Sánchez analiza pormenorizadamente las relaciones entre el PCE y su referente externo, la Unión Soviética. En la España republicana fue el único partido que tuvo uno. El PSOE nunca pudo confiar en la Internacional Socialista ni en los partidos hermanos que subordinaron sus comportamientos a las necesidades políticas o estratégicas tal y como las apreciaban sus propios gobiernos nacionales. La CNT estaba aislada. Era un fenómeno atípico y su postura «revolucionaria» se utilizó en el exterior como instrumento contra la República. De los trotskistas o paratrotskistas, mejor no hablar. Y la pequeña burguesía se vio desamparada ante la actitud de Francia o de Inglaterra, todavía defendida por algún que otro autor.
El PCE conocía la estrategia soviética (como la conocían a grandes rasgos Negrín, Largo Caballero o Prieto) y, en ocasiones –pocas, pero vitales–, no dudó en hacer prevalecer sus intereses frente a las concepciones un tanto abstractas de la Comintern y del propio Stalin. Lo demostró en su empeño por participar en el gobierno tan pronto como se presentó la oportunidad en septiembre de 1936, de-soyendo los consejos de Moscú, y en no salir de él en abril de 1938.
Fueron pocos los que agradecieron la contribución del PCE a la resistencia. Negrín nunca la olvidó, pero ello no le impidió que jugara su propio juego, algo más sofisticado que la resistencia a ultranza. Fue el hundimiento de la República lo que abrió la puerta a la estalinización de los nuevos comunistas españoles.
En definitiva, estamos ante un libro sugestivo, de lectura obligada, que deshace numerosos mitos en la derecha y en la izquierda y que rellena un hueco muy sensible en la historiografía. Si para la evolución del PCE hasta 1936 se disponía del libro de Rafael Cruz, no existía una obra que, con el centro en la guerra misma, dejara tan en claro los antecedentes y las inmediatas consecuencias de lo que fue, a todas luces, un empeño épico, desfigurado por la propaganda de unos y otros.
Fui presidente del tribunal de tesis que juzgó una versión previa de este libro. También colaboré con su autor en una obra conjunta sobre el desplome republicano. Lo conozco desde hace años. Me ha ayudado en mis trabajos. Le he echado una mano en los suyos. A ambos nos unen dos actitudes básicas: ya es hora de que los historiadores españoles escribamos la historia de la Guerra Civil; también es hora de derribar mitos: franquistas, republicanos o comunistas.
España sufrió una de las más largas dictaduras de Europa. El franquismo tuvo tiempo para establecer su canon. La apertura de archivos, españoles y extranjeros, está demostrando que no respondía mucho a la realidad. Los generalistas de fuera (no mencionaré nombres) que siguen comulgando con los fundamentos esenciales del paradigma de la guerra fría tampoco sirven al único principio que debe ser norte y guía de todo historiador que se precie: la búsqueda de la verdad, esquiva, sí, pero documentable.

01/07/2011

 
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