ARTÍCULO

La guerra de los Ochenta Años

Trad. de Pedro Villena Nerea, Madrid, 1997
431 págs.
 

Resulta tópico decir de ciertos autores y obras que no tienen buena fortuna. Pero no deja de ser cierto que hay casos así, y mucho me temo que éste sea uno de ellos. Se edita ahora, con quince años de demora, la que a mi entender constituye una de las obras fundamentales de la historiografía de los últimos veinticinco años, por lo que se refiere a nuestro entendimiento del siglo XVII. Como es una obra esencial, por grande que haya sido el retraso, no merece una bienvenida menos efusiva. De la escasa fortuna de autor y obra conviene decir algo ya mismo. No fue buena llegada la de Israel entre nosotros, habiendo entrado por una puerta que casi todos los historiadores modernistas españoles han mantenido, si no cerrada a cal y canto, sí apenas entreabierta: la historia de nuestra América colonial. Su Razas, clases sociales y vida política en el México colonial, 1610-1670 supuso entonces (1980) un soplo de aire fresco para la comprensión del funcionamiento de la sociedad americana, en un período sobre el que los historiadores se limitaban a vivir de las rentas de lo acontecido en el siglo XVI. Parecía imposible que quien tan sabiamente se había adentrado por aquellos pagos, fuera capaz, poco después (1982), de desplegar similar maestría en otros campos en apariencia muy distintos (a este lado del océano, una historia económica y política).

Estábamos, así pues, ante nuevo escenario, nueva obra, casi nuevo autor. Obra y autor que sorprendían; sorpresa que era mayúscula en el panorama de aquellos años, cuando la única historiografía que se importaba y se asimilaba en el mundo académico era la de matriz francesa, annaliste. A esta matriz se arrimaba, a mi modesto entender, el único intento de aprehender el doble cariz (político y económico) de la segunda fase la guerra de los Ochenta Años: me refiero, claro está, al libro de José Alcalá Zamora España, Flandes y el Mar del Norte..., aparecido en 1975.

Sorprendentes eran también planteamientos y resultados, J. I. Israel se empeñaba entonces, como ahora, en tender puentes entre islotes estancos. Una historia de las relaciones mercantiles era, según él, inconcebible si paralelamente no se tenían en cuenta los acontecimientos político-diplomáticos que podían explicar aquéllas. El doblete era más fundamental cuanto que la guerra, y en particular el conflicto hispano-holandés, no fue sino un «programa» en el que por ambas partes se ejecutaron partituras de guerra convencional y de otra guerra, la económica, a la postre igual de convencional. El esquema, por otra parte, tampoco era exclusivo del conflicto hispano-holandés, sino predicable igualmente del anglo-español que acabó en 1604.

Éste no había sido el modo habitual de atender historiográficamente a los conflictos bilaterales; se recurría a la mecánica diplomática, sin más. En cuanto a la evolución de algunas magnitudes económicas documentadas (precios, producción industrial, comercio exterior), se analizaba mediante el recurso a una «coyuntura» usada muchas veces como una especie de varita mágica. Ahora, sin embargo, podían explicarse alzas y bajas súbitas, tendencias a medio plazo amarrándolo todo –sin obviar, lógicamente, eventuales desacuerdos– a hechos bien tangibles, establecidos. Hechos tan simples como éste: si los navíos «de las islas» (unos Países a lo que se ve todavía más Bajos en tonces que ahora) dejaban de llevar lana a Italia por habérseles prohibido (1621) el acceso a los puertos de la España mediterránea, la producción industrial de Venecia lo acusaba de inmediato.

La República holandesa... tuvo aquí escaso eco. Una mayoría no se enteró. Una lástima. De poco sirvió la traducción de un articulito que John H. Elliott tuvo a bien incluir en una miscelánea (Poder y sociedad...) que en alguna medida era la tarjeta de presentación de su «escuela» entre nosotros. Tampoco contribuyó de modo significativo, a mi entender, a perfilar el retrato del autor y su obra previa la traducción (1992) de La Judería europea en la era del mercantilismo, 1550-1750. No era éste el Israel más interesante.

¿Y qué hay en el texto que nos ocupa? Pues hay una historia de esta segunda parte (1609-1648) de la guerra de los Ochenta Años vista de otro modo. Vista, primero, con un pie en cada uno de los contendientes; fuentes de aquí y fuentes de allá. Personajes, grupos de presión (política y económica, no siempre a la par), y descripción de los diversos elementos de la estructura productiva, aduanera, comercial en ambos «imperios». Y hay, por encima de todo, una impenitente actitud de búsqueda de explicaciones a los acontecimientos, de corta y larga duración, que ciertamente ilumina lo que entonces sucedió. Israel se mueve como quien trata de casar las piezas de un rompecabezas; las cosas le salen bien y el resultado es convincente.

Ha pasado el tiempo suficiente para que muchas de las proposiciones de Israel suenen hoy familiares por vías de segunda mano. Pero leídas en 1982 o leídas hoy por quien ni de segunda mano las conozca, huelen incluso a provocación. Sea, por ejemplo, el examen de los efectos de la tregua de doce años aquí y allá, el repaso a los intereses y grupos que andaban detrás de la continuación de la guerra. Inaugurada ésta, se ponderan sus efectos inmediatos, y con particular interés los económicos. Aquí, la oposición de la comunidad mercantil, del Consejo de Hacienda; los unos porque se quedaban sin tajada, los otros porque si no la había para los primeros, tampoco la habría para ellos (derechos aduaneros). En cambio, la comunidad industrial, también aquí, se frotaba las manos; cerrado el paso a los holandeses, a manufacturas propias y ajenas, se agrandaba el mercado para la producción doméstica. Es el «pleito» Toledo-Sevilla al que se ha referido Elliot. Allá, los efectos de la nueva geografía de la exportación de la lana que las circunstancias bélicas imponen. También los de la erección de nuestro Almirantazgo. La sorda lucha, en fin, entre los intereses político-económicos de las provincias (sí, Provincias Unidas, no Holanda sólo), ya que guerra o paz tienen efectos diversos en unas u otras.

Más los acontecimientos, siempre los acontecimientos; historia no por menos conocida más resueltamente comprendida ahora. Acontecimientos en dimensión «imperial»: desde Punta de Araya hasta las Indias Orientales. Vino nuevo en odres viejos.

Y las consecuencias; algunas de rabiosa actualidad, como la distorsión centro/periferia. ¡Cómo no iba a traer consecuencias la separación respecto a un área con la que antaño había habido una vinculación casi ideal! Ideal también en lo político, en tiempos de los Reyes Católicos y de Carlos V. De 1568 a 1648, con los ojos puestos en los ochenta años del conflicto, lo que sobresale o debiera hacerlo, es el hecho de la progresiva desvinculación de los espacios ibéricos (también Portugal y su imperio) no sólo respecto a Holanda, sino también a Inglaterra. De puertas adentro de Castilla, las ventajas que vocearon ya antes de 1621 los abogados de la guerra (las Provincias, enemigas al cabo, engordaban traficando con el Imperio Hispánico), dejaron de ser tales cuando se cortaron los respiraderos del comercio exterior, en ambos sentidos. «A decir verdad, el tratado de Münster inauguró la fase final del declive del interior.» Hay también, pues, materia de historia económica doméstica (industria, comercio lanero, curso de los precios, desequilibrios regionales) que todavía conviene releer, o simplemente leer. No es tarde.

01/08/1997

 
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