ARTÍCULO

Malvinas, unas islas demasiado cercanas

 

Malvinas es un enigma, un talismán, una historia marcada por la muerte, un trauma no superado para los argentinos. Un tema pendiente y controvertido, de esos que incomodan: densos, llenos de prejuicios y preguntas difíciles: ¿cómo fue que unos militares tercermundistas creyeron poder ganar en el campo de batalla a la potencia militar inglesa? ¿Cómo pudo suceder que la población argentina, «oprimida y empobrecida», haya olvidado sus pesares para apoyar de manera entusiasta y masiva a los «hombres de hierro» que invadieron las lejanas islas? ¿Reivindicar Malvinas es reivindicar la última y sangrienta dictadura militar? ¿A los jóvenes que hacían el servicio militar obligatorio los llamó a luchar el dictador Galtieri o la nación (o la Patria, con mayúscula)? ¿La mayoría de la gente creyó lo que quería creer o pesó mucho la manipulación gubernamental o mediática? ¿Fue una gesta patriótica o una agresión injustificada? En 2007, a veinticinco años de la guerra, fueron muchos los libros publicados. Aquí reseñaremos tres, escritos por argentinos.
Cabe hacer, antes de seguir, un breve repaso histórico y recordar que en 1982 militares argentinos invadieron Malvinas principalmente por motivos de política interna: para cimentar la unidad nacional y dotar a la dictadura vigente de un urgente respaldo social y unidad interna. Fue el manotazo de ahogado de un régimen desesperado por frenar su caída. Los militares argentinos no pensaron que Inglaterra iba a llegar al punto de que corriera sangre, contaban con que antes negociaría, y daban por sentado que Estados Unidos sería neutral (por la amistad debida a la colaboración en la represión ilegal en Centroamérica). En Argentina rápidamente prendió el fervor popular y el clima de unidad nacional. Según encuestas de la época, un 90%, de la población, viviendo en la dictadura más sangrienta y feroz de la historia del país, aprobaba la invasión militar. La guerra propiamente dicha apenas duró cuarenta y cinco días.
Tras la guerra, los civiles culparon a los militares de su «aventura alocada», lavándose las manos y soslayando el masivo apoyo a la misma, que incluyó a partidos políticos (de izquierda, centro y derecha), sindicatos, empresarios, Iglesia y medios de comunicación: como si un dictador borracho fuera el único responsable, el pato de la boda, el que debe pagar los platos rotos de la fiesta nacional. A los soldados argentinos que sobrevivieron, en su mayoría jóvenes que hacían la colimba (la mili), se los ocultó porque eran la cara de la derrota; y los trescientos cincuenta suicidios de ex combatientes, más de la mitad de los muertos en acción bélica, es uno de los más tristes resultados.

PENSANDO A MARTILLAZOS

El libro del sociólogo Vicente Palermo es un polémico ensayo, de casi medio millar de páginas, que trata de las experiencias, los anhelos, los valores y los sentimientos que dieron forma a la sobrevaloración de las Malvinas y al nacionalismo argentino. Se propone suturar heridas viejas, dolorosas y abiertas. Para eso va contra los sentidos y los lugares comunes. Su objetivo es desmontar, detonar, neutralizar el veneno de Malvinas. Es despertar, y con baldazos de agua fría, inteligencia y sinceridad, el debate político-cultural.
Su argumento central es que, después del conflicto bélico de 1982, se separó la «causa nacional Malvinas» de la guerra homónima. Se culpó del derramamiento de sangre a la dictadura militar asumiendo que la «causa» no era responsable y, de este modo, preservándola. Esto tuvo una nefasta consecuencia: no se examinaron críticamente los rasgos negativos de la «causa», por lo que el territorialismo, el victimismo y el unanimismo se mantienen fuertes en la matriz político-cultural argentina. Lo cual considera que se ha demostrado y reeditado en el conflicto con Uruguay suscitado por las industrias papeleras. Quizás exagere un poco.
Palermo nos da sobrados motivos, en pasajes de eméritos e históricos intelectuales y políticos, para demostrar la importancia de Malvinas en la historia y política argentina. Muestra cómo las élites trasladaron el discurso nacionalista a la educación y cómo el uso de Malvinas para la política doméstica fue una constante para todo el arco político (socialistas, liberales, conservadores, peronistas de izquierda y de derecha, radicales, demócratas, dictadores, militares y guerrilleros). Demuestra cómo los dictadores carecían de inteligencia, realismo y conocimiento del mundo exterior, eran espadas sin cabeza, e ilustra cómo la cuestión de las Malvinas esclavizó mucho a la política exterior argentina.
El autor no tiene reparos en decir que uno de los defectos argentinos es la «tradicional falta de adecuación entre nuestro poder real y la noción que tenemos de nuestro propio poder» (p. 427), y que «los medios de comunicación no nos engañaron y no actuaron obligados por el gobierno militar o “en cadena oficial”» (p. 272). También en tono psicológico o psicoanalítico, sostiene que «somos esclavos de un resentimiento o rencor, que nos da menos libertad» (p. 122) y padecemos una «obsesión de soberanía, un trastorno compulsivo, que nos pone en una posición recalcitrante» (p. 194).
Palermo habla de Malvinas para hablar del nacionalismo argentino y afirma que los núcleos duros del mismo son el unanimismo (nuestros males provienen de la falta de unidad y de proyecto nacional), el decadentismo («fuimos una nación importante y volveremos a serlo») y el territorialismo («el suelo es sagrado y sin Malvinas la patria está mutilada e incompleta»). Está convencido de que la cuestión de las Malvinas, que él llama «causa Malvinas», es un espejo de la cultura política argentina (p. 16) y quiere cambiarla, para lo cual examina minuciosamente todos sus puntos, sus lugares comunes, sus mitos, tratando de activar a la opinión pública. Critica la cláusula transitoria constitucional de 1994 (vigente), que llama al esfuerzo por recuperar las islas Malvinas, y las deshabitadas Georgias y Sandwich del Sur, y que señala que «constituye un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino».
Critica también al ex presidente Alfonsín, primero de la presente democracia, ya que «resolvió no restablecer vínculos diplomáticos con Gran Bretaña, no levantar el Estado de beligerancia, y esto comprometió también las relaciones con la Comunidad Europea. Hubo claras prioridades, y no fueron las apropiadas: en lugar de subordinar el conflicto Malvinas a las necesidades de la reinserción argentina en el mundo, se subordina ésta a la causa» (p. 307). Luego dispara contra la gestión de Menem y su llamada «política de seducción», que pretendía vencer la desconfianza de los isleños (malvinenses o kelpers), quienes nunca quisieron ser argentinos, y menos después de la guerra. Escribe: «¿No es ya una idea demasiado narcisista autorizarnos a nosotros mismos a una política de seducción hacia quienes habíamos atropellado en 1982? [...] ¿Qué posibilidades tiene la víctima de una violación, que ha sido auxiliada por la fuerza de un tercero, de dejarse luego seducir por el victimario? ¿Qué posibilidades tiene de creer en el arrepentimiento (algo súbito y apenas formal) de éste y de verlos con otros ojos?» (p. 327). Sostiene que el Gobierno actuó como si no existiera una historia pasada, aunque reconoce un avance en el hecho de que se empiecen a tener en cuenta no sólo los intereses, sino también los deseos de los isleños.
Al comparar Malvinas con el caso de Gibraltar, y observar cómo los gibraltareños obstaculizan las negociaciones anglo-españolas, argumenta sólidamente: «Si España, siendo parte de la Unión Europea y contando con una democracia y una economía sólidas, encuentra de momento este límite infranqueable, ¿qué podemos esperar en este rincón del mundo, luego de haber perdido una guerra en que la comunidad internacional y los malvinenses nos consideraron con toda razón “bando agresor”, y que para colmo algunos en los últimos tiempos han vuelto a reivindicar como “gesta nacional”? [...] Si en el caso de Gibraltar es difícil de imaginar un pronto cambio de actitud de los habitantes, mucho más remoto es concebirlo en Malvinas» (p. 368).
Más próximo a la actualidad, Palermo critica la política vigente y dice que «con Kirchner volvimos a tener un presidente afecto a mirar el mundo a través de la causa Malvinas» (p. 360) y que «se subordinan otros objetivos convenientes y posibles a uno expresivo, de beneficios dudosos» (p. 366). Con Kirchner se volvió a hablar de gesta, y a la vieja, ritualista y contraproducente táctica de hostigar a los isleños, obstaculizando la venta de licencias pesqueras (entre otras cosas), logrando así lógicamente aumentar su desconfianza. De esto no se percatan muchos. Entre ellos Ángel Tello, director de una maestría en inteligencia estratégica, quien sostiene que «hay que seguir con una política que haga costoso a los británicos lo que pasó, [...] desde el punto de vista económico y desde el punto de vista militar», para «arrinconar a los británicos y que entiendan que a esta altura del siglo xxi no tiene sentido seguir manteniendo esta ocupación colonial» (p. 159 del libro compilado por Miguel Talento).
Con la vista puesta en el futuro, en cambio, Palermo propone descender gradualmente la intensidad y frecuencia de la reclamación, para lograr aumentar la cooperación en la región, y retomar la fórmula del paraguas (por la cual se puede discutir y avanzar sobre todo excepción hecha de la soberanía) (p. 433) y «recuperar el reconocimiento de los malvinenses como sujetos con intereses y deseos que importan» como «parte de los materiales que necesitamos para consolidar nuestro patriotismo republicano» (p. 411). Propone algunas medidas prácticas que muchos consideran estériles y/o erróneas: 1) restituir el nombre histórico a la capital malvinense: Puerto Stanley; 2) supresión del 2 de abril (día de la reocupación argentina) como fecha conmemorativa («el violador conmemora la fecha en que perpetró la violación con legítimo orgullo», p. 357) y cambio por una fecha de luto que recuerde a los caídos de ambos bandos; 3) supresión de disposiciones cartográficas legales y/o reglamentarias que obligan a las editoriales a incluir las Malvinas y las otras dos islas australes, y 4) debatir sobre el carácter problemático de la cláusula constitucional malvinera, ya que suprimirla implica un gran consenso. ¿Algún político tiene la oreja preparada para esto?
Palermo dice que los argentinos deben valerse de la redefinición del conflicto para tratar de convertirse en un país externa e internamente respetable (p. 418). Propone un patriotismo republicano, que consiste en un «amor a la patria como amor virtuoso y activo a las leyes que sustentan la libertad común, y a la historia y cultura diversa y contradictoria, sin la cual la identidad nacional es imposible» (p. 285). Sostiene que «sólo habrá una política exterior “para Malvinas” si la política y la diplomacia se liberan de la causa Malvinas» (p. 354), sus rituales y querellas. Para el sociólogo, se debe perdonar el robo (1833), pedir perdón por la agresión (1982), dar explicaciones, disgregar la frustración, el encono, la convicción de la falta de nacionalismo y el victimismo (p. 445). Culmina su largo ensayo pretenciosamente, sosteniendo que «hay una tarea: reinventar una idea de patria que no sea falaz» (p. 446).
En suma, el libro de Palermo es un muy valioso y comprometido ataque directo a la vieja (¿y actual?) cultura política argentina, y al orgullo, justificado o no, de los argentinos. Es poner el dedo en una llaga. Es como si les dijera: «No sólo perdimos la guerra, sino que tuvimos y tenemos ideas políticas muy equivocadas y peligrosas».

GUERRA Y DIPLOMACIA

El politólogo y periodista Fabián Bosoer ve en la guerra «un desenlace final de cuarenta años de turbulentas relaciones de poder cívico-militares en Argentina, manejo compartido de la política exterior de nuestro país y percepciones distorsionadas de la élite de poder, sobre amenazas, oportunidades y relaciones con el mundo» (p. 12). Palermo no estaría de acuerdo con este leitmotiv.
Sostiene Bosoer que la misma élite de poder o clase dirigente estuvo en el centro de las relaciones exteriores argentinas desde 1942, cuando el país sostuvo su neutralidad en la Segunda Guerra Mundial, y su ciclo finalizó en 1982. Para él la constante en cuanto a relaciones exteriores fue un pensamiento de derecha, en sus distintas variantes: conservadora, liberal, populista y nacionalista. Y los ideólogos de la política exterior, tanto militares como civiles liberales, debido a su déficit intelectual, anacronismo, rigidez y falta de realismo, vieron en la guerra de Malvinas una posibilidad de mejorar sus posiciones (p. 71).
Entiende que Malvinas es «una suerte de piedra filosofal que nos brinda claves explicativas para entender cómo se construyeron las percepciones dominantes en las relaciones argentinas con el mundo a lo largo del siglo xx» (p. 14), cómo condicionaron y cómo terminaron en el único conflicto bélico en el que participó el país en el siglo xx. Quizá lo más rico del libro son las anécdotas diplomáticas y los perfiles o itinerarios de personajes clave en relación con las relaciones exteriores. Entre aspectos poco conocidos nos recuerda que, a meses de la ocupación británica, el gaucho Rivero mató al administrador de las islas y a otras cuatro personas. Luego lo capturaron y, tras estar preso en Inglaterra, fue liberado. También relata que en septiembre de 1980 diplomáticos de ambas partes suscribieron en Suiza un proyecto de acuerdo que reconoció en el borrador la soberanía argentina, con una propuesta de administración conjunta de las islas que retoma la idea de arrienda (p. 49). Pero la presión de los sectores duros de ambos países, y la firme oposición de los isleños, fue más fuerte.
Otra aportación de Bosoer en su libro es mostrar las partes destacadas de la comisión militar que analizó y evaluó las responsabilidades tras la guerra (el nunca publicado informe Rattenbach). En el mismo, en el apartado de acción psicológica, leemos que la derrota «podría haberse convertido en una victoria psicológica de la cual podrían enorgullecerse las generaciones venideras. La dimensión del oponente, la justicia de la causa y, finalmente, la firme determinación de enfrentar a un enemigo superior, a despecho del inevitable epílogo, eran algunos de los ingredientes más importantes para lograr ese objetivo» (p. 103). ¿Será que los argentinos no saben perder y si pierden es una derrota de la que pueden sentirse orgullosos? El libro de Bosoer tiene más valor documental y académico, de relato histórico, que como material para un debate cultural serio, profundo y racional. El lector no encontrará propuestas ni actualidad.

VEINTICINCO AÑOS SIN VIRAJE

La publicación compilada por Miguel Talento (político y docente) es una notable contribución formada por veintisiete artículos, seis entrevistas y 225 páginas, divididas en tres secciones. En la primera se da cuenta de las causas históricas del conflicto bélico y su desarrollo. Escriben tres militares, entre ellos Balza, quien fuera jefe del ejército durante siete años. Y hay un artículo dedicado a cuál fue el papel de los partidos políticos, otro al sindicalismo y otro a la Iglesia. Todos ellos actores políticos que –repetimos– fueron complacientes, aunque algunos con ciertas reservas. En la segunda se analiza el tema de la guerra desde la política, la sociedad y la cultura. Se trata de ver qué efectos y procesos implicó la guerra de Malvinas en la vida social. Cuenta con el valioso añadido de cinco entrevistas a destacados diplomáticos y expertos en relaciones internacionales (entre ellos el actual canciller), que analizan qué pasó con el tema desde 1983 y cuáles serían las claves para una futura solución. Y también con un recuento de cómo, en dos artículos diferentes, el cine y el teatro trataron el tema de Malvinas. Más una última entrevista a un cineasta. En la tercera parte se reproducen artículos periodísticos de la época.
Talento considera, coincidiendo con Palermo, que tras la guerra se aumentó y se consolidó la percepción de Malvinas como «cuestión nacional», «instalándose en tal sentido como tópico recurrente de la política doméstica» (p. 11). El sociólogo Sidicaro afirma que la gran novedad que incorporó Malvinas fue «el surgimiento de una conciencia antimilitarista en amplios sectores de la población» (p. 19). De ahí se derivaría el dicho común: «Gracias a Malvinas los argentinos tenemos democracia».
El canciller (ministro de Relaciones Exteriores) Jorge Taiana sostiene en la entrevista que el patrimonio más sólido que tiene Argentina en el conflicto de Malvinas, desde 1833 hasta hoy, es «el carácter continuo y pacífico del reclamo. Este último aspecto se quebró sólo una vez, siendo una excepción en la posición histórica de Argentina, pero su continuidad siempre se mantuvo firme» (p. 141). Parece creer que la guerra fue un desvío menor y que, a pesar de ella, los argentinos siguen siendo pacientes y pacíficos. En la misma tónica, el diplomático Tettamanti sostiene que «Argentina, nunca, a lo largo de su historia, tuvo una posición agresiva con respecto a los británicos que habitan las islas» y que Argentina siempre mantuvo una posición pacífica (p. 152). ¿Pensarán lo mismo los isleños que no quieren ver a los argentinos ni en broma? ¿Y las viudas inglesas?
Sobre las aristas culturales, el académico Simonoff coincide con Palermo cuando ve un peligro en que la formación colectiva argentina sigue siendo territorialista. La idea de pérdida territorial es muy fuerte, aunque no necesariamente verdadera, pero sí «muy real para el conjunto de la población» (p. 147). Una paradoja es que dicha cultura o formación se da en uno de los países no sólo más extensos del mundo en territorio (octavo), sino también con menor densidad de población. Para la investigadora Roxana Guber, los argentinos deben «comprender más y mejor por qué Malvinas fue parte, y no una desviación» (p. 173), de la política y la sociedad argentina. En cambio, para el coronel retirado José Luis García, «debe quedar claro que la derrota no significó en modo alguno, un fracaso total. La gesta emprendida no ha acabado» (p. 55). Esto es, se perdió una batalla pero no la guerra.
En conjunto, la publicación compilada por Talento tiene como principal valor el análisis de la cuestión malvinense desde múltiples aspectos, con diversas voces y desde varios ámbitos (académico, militar, artístico, diplomático), lo cual proporciona una buena visión panorámica. Su punto débil es la falta de propuestas concretas que impliquen cambios para, de resultas de ello, encontrar soluciones.

EPÍLOGO

 

Queda claro que Malvinas, aparte de unas islas a más de cuatrocientos kilómetros del continente sudamericano, y una guerra muy breve, es sin duda un significante clave, un símbolo, y sobre él se produjeron y siguen produciéndose enfrentamientos ideológicos. Fue un choque que dejó una impresión duradera en la sociedad, que la enfermó y bloqueó en parte, por ser un pasado no resuelto que impide armar una historia coherente, que inhibe, que genera inseguridad y evasión. Significó un gran sentimiento de frustración y pérdida colectivo. Un buen inicio para el buen procesamiento de una situación socialmente traumática es empezar a hablar del problema en serio, sin tapujos, sin medias tintas y con valentía. Y sobre el tema de Malvinas todavía falta un ejercicio muy grande de autocrítica, tanto en la sociedad como en el Estado. Estos libros constituyen una aportación en la buena dirección. La sal duele, pero cura. Veremos cuánto se enciende la polémica y el discurso político-ideológico, y si sólo se da por escrito; y cuánto cura el debate, racional y público, de ideas y propuestas. 

01/08/2008

 
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