ARTÍCULO

Menos se perdió en Cuba

 

Como sabe hasta el lector más despistado, la conmemoración de los sucesos de 1898 nos ha traído una riada de obras de toda clase y condición, unas –no muchas– estimables o interesantes en algún sentido, otras –bastante más– desatinadas e inconsistentes, y una inmensa mayoría que, disimulando su oportunismo bajo los más variados disfraces, se han limitado simplemente a repetir lo mismo de la misma manera. Pero igual que el 98 antiguo descubrió la prensa sensacionalista como arma de guerra, en este 98 nuestro las editoriales (y no pocas instituciones, y los organismos oficiales con sus exposiciones) han olfateado un mercado potencial de ciudadanos atraídos por nuestro pasado reciente, y han decidido explotar el filón a conciencia. Sería vano lamentarse de ello en aras de un purismo cientifista. El 98 ya no es, en contra de lo que antes se decía de los acontecimientos pretéritos, patrimonio exclusivo de los historiadores. 1898 ha ingresado con todos los honores en la nueva era de la cultura de masas, engrosando la lista de los grandes hits de nuestra historia contemporánea, justo detrás de la guerra civil y ganando por ahora el codiciado segundo puesto a la transición democrática.

Si a las novedades en estricto sentido añadimos las reediciones de clásicos (y también de otras obras nada clásicas que buscan su tajada en este río revuelto); si a los tradicionales estudios de tipo sociopolítico, unimos los ensayos –eruditos o divulgativos– y las investigaciones sobre intelectuales y literatos, nos encontraremos ante una impresionante relación de varios centenares de obras (sin contar los artículos en periódicos, semanarios y revistas especializadas): hacer un balance bibliográfico de la crisis de fin de siglo requeriría escribir un libro másAl menos dos librerías de Madrid, Marcial Pons y Polifemo, han editado sendos catálogos donde el estudioso o el simple interesado puede encontrar toda la bibliografía disponible sobre el tema en el mercado español. Una magnífica idea.. Pero si la premisa mayor es que el panorama completo resulta inabarcable, entonces la labor de clarificación no sólo es indispensable, sino que constituye la misión irrenunciable, casi urgente, del crítico. Este artículo, complementario de otro anterior aparecido en estas mismas páginas (Revista de libros, n.º 11, noviembre 1997), pretende trazar, a partir del análisis de cuatro importantes obras recientemente aparecidas, un sucinto balance de lo que la historiografía ha establecido sobre aquel difícil trance finisecular cien años después.

Curiosamente, la mayor parte de lo publicado a nivel científico, académico o de alta divulgación han sido obras colectivas (no pierdan la pista), en las que la teórica función de director, editor o coordinador se ha quedado reducida en la práctica a mero compilador de un conjunto heterogéneo de artículos. El problema de esos libros es que carecen de unidad interna, parecen más pensados en función de las necesidades (o parcelas de conocimiento) de sus autores que del sufrido lector, y en definitiva se convierten en obras prácticamente ilegibles, útiles tan sólo como volúmenes de consulta.

Un ejemplo extremo de esa tendencia es el libro editado por la Universidad de Castilla-La Mancha con el ambiguo e inexacto título de Un siglo de España: Centenario 1889-1998. Aquí el coordinador, pese a un voluntarioso prólogo explicativo, ha actuado por acumulación, sin ningún criterio selectivo, embutiendo en unas interminables mil y pico de páginas cincuenta y dos artículos procedentes de más de sesenta colaboradores. La obra, que adquiere sentido y coherencia cuando se centra en los aledaños del 98 –algunas contribuciones son ciertamente notables–, se pierde por vericuetos sorprendentes cuando se bifurca hacia atrás y hacia adelante en el tiempo (desde la Edad Media y el Imperio de los Austrias hasta la reforma fiscal de nuestros días) o cuando mezcla temas tan diversos como la legislación indígena en la época colonial, el dandismo, el plan de estabilización en la España franquista, la urbanización en Latinoamérica o la literatura del Caribe anglófono. Se trata, obviamente, de un libro sólo para especialistas, que pueden encontrar en sus páginas información de gran utilidad en un sentido amplísimo, desde fuentes archivísticas y hemerográficas a investigaciones específicas sobre las imbricaciones hispano-cubanas antes, durante y después del año fatídico.

Más eficazmente se lo han planteado en cuanto a coherencia y armonización los diez autores del volumen España en 1898, por cuanto han recurrido al socorrido expediente de trazar grandes áreas temáticas y distribuírselas según parcelas de especialización: Seco (política), Laín (vida intelectual), Abellán (filosofía), Seoane (prensa), García Delgado (economía), etc. El resultado es un volumen formalmente atractivo, útil para un público amplio, escrito por lo general de manera amena y elegante, pero que sorprendentemente ofrece de todo menos de lo que anuncia en su portada: en efecto, aquí difícilmente va a encontrar el lector medio «las claves del desastre» y sí en cambio un panorama muy completo y muy bien explicado de la España de la Restauración en sus aspectos institucionales, económicos, ideológicos, sociales, culturales, etc. Es decir, se analizan los preludios del desastre y sus consecuencias, pero éste como tal, por razones que desconocemos, aparece casi obviado: a la crisis colonial propiamente dicha se le dedican unas veinte páginas, un esquemático artículo de M. A. Baquer, que trata además tan sólo de las «operaciones militares».

Una aproximación superficial al libro coordinado por Pan-Montojo puede inducir a pensar que reproduce el mismo esquema. Nada más lejos de la realidad. En este caso, frente al tono clásico, casi convencional, del volumen anterior, se adopta una óptica que se pretende renovadora, basada principalmente en el enfoque a largo plazo. A partir de unos presupuestos homogéneos y un utillaje metodológico semejante, los seis artículos que integran la obra tratan de explicar el desastre disolviéndolo en su contexto: 1898 deja de ser un año singular para convertirse en símbolo o expresión de algo más vasto (la «crisis de fin de siglo»), del mismo modo que se enmarca y se atenúa el fracaso español como un simple episodio en el escenario de la carrera colonial y la rivalidad imperialista de la época. De ahí, pues, que sea cual fuere el aspecto tratado (el colonialismo español, la reacción social, el sistema político, el nacionalismo, etc.), los autores coincidan siempre en la descripción y análisis de las grandes líneas estructurales por encima de la atención a los episodios concretos.

Tal propuesta, sumamente atractiva para el especialista, por cuanto permite explotar la vía interpretativa o ensayística, tiene el inconveniente –inevitable– de dejar al profano casi en ayunas. Son muchas cosas las que aquí se dan por sabidas o supuestas, de tal modo que, por citar un ejemplo, en el (por otro lado excelente) artículo de Carlos Serrano sobre la cultura de la época, se requiere un buen conocimiento de base para no perderse entre «conciencia de la crisis, conciencias en crisis», «crisis de conciencia» y «grave crisis de identidad»; todo ello, por si fuera poco, «no como consecuencia de la derrota de 1898» como usualmente se afirma, sino «al margen de la misma» (págs. 338 y ss.), en un fascinante y contradictorio «cambio de siglo cultural» en el que se entrecruzan «múltiples itinerarios» que después han sido simplificados y tergiversados con los tópicos comúnmente asociados a la menos estereotipada nómina de escritores noventaiochistas. Obra en definitiva de mayor calado teórico y complejidad formal que la anterior, quizás simplemente porque está concebida para un público distinto, constituye en su conjunto (soslayando algunos deslices puntuales y ciertos solapamientos) una de las novedades más interesantes aparecidas en el presente año.

El estudio de Elorza y Hernández Sandoica se sitúa en la perspectiva opuesta a los dos anteriores. La guerra deja de ser, como en los casos citados, un telón de fondo, la revelación de las contradicciones de un régimen o la expresión suprema de «los males de la patria», para ocupar un primer y casi único plano. Por tanto, la política interior, la convulsión social o los factores ideológicos se supeditan al objetivo fundamental, que es sencillamente la lucha que durante más de tres años tiene lugar en Cuba. Y esta lucha se observa, sí, desde la orilla española, pero también desde la norteamericana y, sobre todo, atendiendo a los intereses cubanos, rasgo que merece ser subrayado por cuanto supone una decidida ruptura con el ombliguismo en que suelen caer nuestras publicaciones. El libro se ubica por otra parte en la órbita de la recuperación de la historia tradicional, clara y directa, escrita con un lenguaje funcional y con una ordenación que es a la vez temática y cronológica. Comienza por los antecedentes a lo largo de todo el siglo XIX (por cierto, ¿por qué aparece en el título una delimitación tan restrictiva cuando casi un tercio de la obra aborda la situación antes de 1895?), y sigue luego con los diversos aspectos del conflicto, desde los diplomáticos hasta los económicos, pasando por los propios avatares bélicos, a los que se les dedica una amplia atención.

Hay en todas estas obras planteamientos interesantes, interpretaciones iluminadoras y, cada vez en menor medida, referencias concretas que son discutibles y discutidas, generando esas típicas polémicas enriquecedoras entre los especialistas. Por ejemplo, SchmidtNovara se sitúa a contracorriente de la usual interpretación sobre el colonialismo español: «El gobierno español en el Caribe y el Pacífico –sostiene– no era la cáscara vacía de una grandeza imperial del pasado, sino un nuevo proyecto colonial a una escala sin precedentes en la larga historia del colonialismo español» (Más se perdió..., pág. 32). Apreciación que contrasta con el «inflexible», «agotado» y «resquebrajado modelo de dominio político colonial» que aparece en La guerra de Cuba (pág. 73). Aún colea, por otro lado, el debate sobre el papel de los intelectuales, estudiados en clave generacional por Laín (que matiza su conocida tesis en España en 1898, págs. 303 y ss.), analizados todavía en clave metafísica en no pocos lugares («¿En qué consistía el "mal de España" del que murió Unamuno?», Un siglo de España, pág. 556) y desmitificados inteligentemente por Álvarez Junco en el contexto de las contradicciones del nacionalismo hispano (Más se perdió..., págs. 448 y ss.).

Puede resultar significativo atender por un momento al aludido decaimiento del 98 como motor de polémica entre los historiadores (descontando excepciones como las mencionadas o episodios puntuales, y en el fondo nimios, como el caso del Maine y similares). Habría que buscar la razón de ello en la misma base, es decir, en una cierta sequía investigadora. En otros términos, se detecta una relativa incapacidad para abrir otras vías y explotar nuevos filones, y así, la ausencia de grandes revelaciones y la carencia de aportaciones significativas hacen inviable el desarrollo de interpretaciones radicalmente distintas de lo ya establecido. Como resultado y expresión de ese impasse, la inmensa mayoría de lo publicado en este último año se ha hecho por caminos trillados y poca, muy poca, investigación original, por autores además que –no en todos, ni mucho menos, pero sí en una buena parte de los casos– apenas habían trabajado monográficamente el 98. Por eso, aunque a primera vista pueda resultar paradójico, la visión que en este final de siglo vamos a hacernos del anterior no viene determinada tanto por las aportaciones concretas sobre el desastre, como por la inserción de éste en una trayectoria histórica que hoy tiende a pintarse en tonos mucho menos sombríos.

No se le escapa a nadie, por poco versado que esté en las ciencias históricas, que no es lo mismo el 98 desde el franquismo que el 98 desde la España integrada en el euro. «Aquello» aparece ahora como lo que en la perspectiva individual juzgaríamos un tropiezo de nuestra adolescencia. El presente va modificando nuestra valoración del pasado. No se trata sólo de algo tan evidente como que ningún planteamiento científico asuma hoy las tesis noventaiochista sobre aquella pretendida postración de España en cualquiera de sus vertientes (unidad, raza, imperio, tono vital, etc.), sino que hoy predomina una percepción muy distinta, casi opuesta. Así, volviendo a las obras que nos ocupan, esta lectura positiva de aquel trance lleva en la mayoría de los casos a cuestionar la existencia misma de una debacle nacional (reducida ahora, en casi todas las interpretaciones, a un simple revés colonial y militar: Un siglo de España, págs. 361-365), y aún más, a encontrar aspectos optimistas en la literatura regeneracionista (Más se perdió... pág. 197 y ss.) o hallar un firme «revulsivo» económico no sólo tras el 98, como siempre se dijo, sino hasta en los duros años de lucha en varios frentes (La guerra de Cuba, pág. 335).

Con el rechazo de la excepcionalidad hispana y la refutación del pesimismo histórico o, dicho de modo complementario, con la insistencia en la «normalidad» y en la modernización, conseguida a trancas y barrancas en la última centuria, corremos el riesgo de diluir –y negar como paso siguiente– los elementos específicos de nuestros dos últimos siglos. De ahí que uno de los mejores especialistas en la España decimonónica, José M.ª Jover, insistiera hace poco en algo que hubiera sido impensable veinte años atrás, de puro obvio: «No podemos ni debemos olvidar que [el 98] fue una catástrofe» (El País, 30 de mayo de 1998). Quizás no fue una calamidad con las connotaciones que hasta ahora suponíamos, producto de una elaboración intelectual cuyos presupuestos hoy nos resultan ajenos, pero tampoco hay que olvidar, por ejemplo, que en los conflictos coloniales de esos años perdieron la vida unos 60.000 españoles, y más de 200.000 fueron movilizados, en un esfuerzo ingente –en todos los sentidos– y, a la postre, vano. No se debería minimizar, entre otras cosas, primero ese coste humano, y después el importantísimo impacto social de unas guerras prolongadas y un sacrificio estéril.

El problema está, pues, en que no basta contraponer otros derroteros nacionales a la magnificación de nuestra derrota nacional, por la misma razón que resulta distorsionador traducir a magnitudes macroeconómicas el peso específico de la «Perla de las Antillas». Con esas actitudes resulta más que probable que la comprensión del 98 se nos escape como agua entre los dedos. Por el contrario, la aminoración del catastrofismo regeneracionista y el abandono del esencialismo noventaiochista debe abrir paso a una perspectiva más rica, más plural, que tenga en cuenta no sólo la realidad contable sino las expectativas, las percepciones, los proyectos y las frustaciones de los españoles de entonces, y en particular de sus élites. En última instancia, si la historiografía actual establece que no había razones objetivas para una postración nacional, debe explicar entonces por qué se produjo ésta, o por qué tantos creyeron en ella, por qué se prolongó esa creencia o esa apreciación durante tanto tiempo, por qué el 98 de una manera o de otra siguió pesando en el discurso nacional, etc.

En cualquier caso, sin extremismos y con las matizaciones pertinentes, ese nuevo horizonte histórico se impone ya como la respuesta más satisfactoria desde nuestra atalaya a los clásicos dilemas que se han venido arrastrando en la interpretación noventaiochista, entre los cuales no es el menor el llamativo contraste entre la supuesta hecatombe y la relativa vitalidad material –industrialización, urbanización, etc.– de la España que entra en el siglo XX (España en 1898, pág. 261). La relativización del 98 en todos sus aspectos, que es la conclusión última de las recientes aproximaciones al tema, adquiere así una jocosa carga paradójica ante la desorbitada explosión bibliográfica: ¡tantos libros sobre el 98 para concluir que el 98 no era para tanto! Podríamos decir en definitiva, con cierta socarronería, que la mencionada revisión histórica puede ya no sólo modificar nuestra concepción del desastre, sino hasta los dichos enraizados en el acervo popular: pues a estas alturas resulta que, al fin y al cabo, en Cuba se perdió bastante menos de lo que se creía.

01/09/1998

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
7 - 5  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE RAFAEL NÚÑEZ FLORENCIO
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
RDL en papel 185
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL