ARTÍCULO

El globo feroz

Paidós, Barcelona
Trad. de José Francisco Álvarez Álvarez y David Teira Serrano
366 págs. 2.788 ptas.
Gedisa, Barcelona
Trad. de Alcira Bixio
286 págs. 3.077 ptas.
 

En las primeras páginas de MothSmoke, el protagonista acaba justificadamente despedido de su empleo en una casa de banca tras un corto desempeño durante el cual sólo ha sabido cometer un error tras otro, no tanto por incompetencia, cuanto por su total falta de interés en el trabajo que realiza, poco estimulante y escasamente remunerado, sin duda. Está persuadido, y tal vez tenga razón, de que merece más de la vida, algo como lo que le ha tocado en suerte a su mejor amigo del colegio, hijo de una familia acomodada entre las más importantes de la ciudad, mientras que la suya propia, que ya era poco, ha ido hacia abajo y hoy es menos que nada. Por qué tiene ese amigo, un muchachote todavía generoso y jovial, al que el paso del tiempo convertirá sin duda en un tipo tan avieso como sus mayores, por qué tiene que ser él quien se lleve la mejor parte, los negocios lucrativos, un gran apartamento, trofeos deportivos, estupendos coches y esa tía superguay, atractiva, independiente y, de seguro, sabia en la cama, que acaba de darle un hijo. Hasta cuando consigue levantarle la mujer a su amigo sólo va a tenerla por unos momentos fugaces, pues ella, sabia como lo es en la cama y en casi todo lo demás, está al cabo de la calle de que a las doce tiene que estar de vuelta con su verdadero príncipe y no dejar en casa ajena ni siquiera uno de sus lindos zapatos Bottega Veneta. Por qué, Señor, por qué. Como es un tipo inteligente y no le gusta la respuesta, el protagonista se decide por una rápida marcha descendente hacia el alcohol y las drogas y acaba por meterse en un lío de mucho cuidado. Moth Smoke es, pues, otra historia de descenso a los infiernos. Pero eso es lo de menos.

No estaría abrumando al lector avisado con tanto detalle si no fuera porque el protagonista se llama Daru, su mejor amigo Ozi, un diminutivo de Aurangzeb, y la independiente y coqueta y sabia y desenvuelta dama atiende por Mumtaz; porque la ciudad en la que se vive ese drama de costumbres es Lahore; y porque el autor, a pesar de escribir en inglés, es Mohsin Hamid, un novísimo paquistaní que ha conocido el triunfo en Estados Unidos con esta novelaMohsin Hamid, Moth Smoke, Farrar Straus Giroux, Nueva York, 2000. . Y es que el mundo se ha hecho más chico y todo se parece cada vez más. No, no me refiero a las historias de amor y masacre, ni a la desesperada lucha del arribista contra su destino infiel, que todo eso es material perdurable y lo hubo ya en muchas partes y por igual en el pasado. Lo nuevo, lo de hoy, es que hoy Julien Sorel y Fabrizio del Dongo viven entre Parma y Lahore, trabajan para un trading, llevan designer jeans y un polo de Ralph Lauren, conducen un todoterreno, leen The Wall Street Journal cada mañana y el New Yorker en esos ratos libres en que aguardan a que Mme. de Rênal o Mumtaz, que son brokers, salgan de la sesión de sauna y masaje, se echen encima alguna cosita de Escada o de Donna Karan y lleguen tarde, como de costumbre, a una cita no tan clandestina en el Four Seasons.

Micklethwait y Wooldridge, dos periodistas de The Economist, llaman cosmócratas a estos Sherman McCoy y calculan que su número es de unos veinte millones en todo el mundo, de los cuales ocho viven en Estados Unidos. Son los protagonistas directos de eso que llamamos globalización, a los que hay que sumar otros millones de gentes que trabajan directa o indirectamente para empresas globales y los muchos más que, trabajen o no, consumen los mismos bienes y servicios producidos por grandes corporaciones en el ancho mundo.

Aunque la palabra se usa de modos muy diversos, suele llamarse globalización a la difusión de un conjunto de tecnologías de producción, de métodos organizativos y de instituciones financieras que favorecen un rápido incremento de la productividad y que se han extendido por todo el mundo. Hasta aquí no se trata de algo muy diferente al viejo mecanismo de la difusión cultural, que ha solido favorecer la diseminación de las innovaciones más productivas desde los tiempos de Maricastaña, pero tiene algunas diferencias notables con aquél, por cuanto los componentes del entramado global son hoy susceptibles de reproducción en cualquier lugar del globo y su velocidad de transferencia ha aumentado vertiginosamente gracias a una serie de mecanismos e instituciones (revolución en telecomunicaciones, nuevos métodos de organización de la producción y el comercio, unificación de mercados financieros, la red, etc.) que sólo hace unos diez años han llegado a estructurarse mundialmente. La globalización, pues, tiene mucho de proceso económico y ha sido esta vertiente la que ha despertado el mayor interés discursivo hasta hace poco.

Pero, desde que una serie de grupos de diversa filiación consiguió impedir la celebración de la asamblea de la Organización Mundial de Comercio en Seattle a finales de 1999 y amagó con hacer lo mismo en las reuniones del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional en Washington o en Praga durante el 2000, la discusión sobre globalización se ha ampliado para abarcar otras muchas dimensiones: políticas, culturales, de organización de la vida internacional. Al tiempo, se ha despertado también una oleada crítica contra la globalización de perfiles imprecisos, pero no menos radical. Desde el fin de la Unión Soviética y su imperio en 1989-1991 hasta Seattle, las críticas contra el nuevo orden mundial habían sido muchas pero dispersas. Desde Seattle, las antiguas quejas contra la Trilateral, ahora reciclada en poderes cósmicos tan arcanos como sus acrónimos (OMC, FMI, Spectra, tanto da), los alfilerazos contra las prisas en proclamar el fin de la historia, el disgusto y la preocupación por los destrozos ecológicos, las críticas al neoliberalismo o, al gusto francés, contra el pensamiento único parecen haber precipitado gracias al inigualable placer catalizador de la acción. Algunos incluso creen que, por fin, la historia se disculpará por su inconstancia en anteriores citas con la izquierda y consideran de mala educación ver algo positivo en la globalización, cuya única virtud reconocida es la de hacer aún más feroz al globo terráqueo.

Pero, si miramos allende las confrontaciones tan violentas como efímeras con las huestes del orden, las tartas de crema en la cara de algunos grandes de este mundo o los reiterados espectáculos de teatro callejero con sus zancudos y sus marionetas, tan ubicuos e iguales que parecen montados por una multinacional, tal vez el espectáculo sea más complejo. Cuando a la supuesta nueva cita con la historia se apuntan de consuno partidarios de la acción directa, libertarios de todos los pelajes y pecios del naufragio comunista, más los sindicatos americanos y las burocracias religiosas, con el Vaticano en lugar destacado, para que, al menos, no falte consuelo espiritual a los ecologistas y las feministas de misa y olla, y todos ellos van en amor y compañía con los defensores de los derechos de los animales, los nacionalistas irredentos, esas gentes que todavía están por encontrar un arancel o una alcabala que no les guste, más –que no es broma, que lo vi en Washington en abril pasado– la Plataforma de Bibliotecarios Gays de Pensilvania, instintivamente la mano se le va a uno a la pistola. Toda esa gente no puede estar hablando a la vez de lo mismo, so pena de que lo de la globalización sea una jaculatoria multiuso, como aquello de piove, porco governo con que los italianos aventaban sus frustraciones, endosándoselas a un no por odioso menos improbable chivo expiatorio.

No es su radicalismo, pues, lo que hay que lamentar en las arremetidas contra la globalización. El radicalismo, como otras muchas subculturas de oposición, es, primero, un hecho de la naturaleza cuya presencia sería obtuso empeñarse en negar y, luego, una contribución estimable a la buena marcha de las sociedades abiertas, que se prueban al acomodar sus reclamaciones más razonables. Lo único que no se debe perdonar a los críticos de la globalización, ni a nadie, es la exigencia de que ofrezcan argumentos coherentes y, en la medida de lo posible, divertidos, o la de que no se empecinen en romper la normas de educación y buenas costumbres a coces, que habitualmente no pasan de ser coces contra el aguijón. En la realidad, por desdicha, esas buenas prendas no abundan.

SI NO REGULA EL MERCADO, QUIÉN LO HARÁ

Por regla general, los malthusianos eran clérigos severos y sombríos prohombres políticos de la derecha cuya ocupación reconocida era la de contar las habas, llegar a una misma conclusión –no va a haber para todos– y recomendar a los más pobres la abstinencia sexual porque así no aumentarían en el mundo los consumidores de habas. Frente a ellos, la izquierda era la imagen viva del optimismo con sus koljosianos de mirada limpia y sus sindicalistas de acero que iban a engendrar al hombre nuevo y al mañana que canta.

Desde los años sesenta el panorama ha cambiado. Por un lado, se han producido más habas, de forma que hay para casi todos, y, por otro, la difusión de anovulatorios y otros anticonceptivos ha roto la tiránica relación entre el sexo recreativo y la aparición de nuevas bocas. La derecha ha conseguido adaptarse estupendamente a esta nueva situación y ya no se ve obligada a sermonearnos con su antiguo Arrepentíos. De esa tarea se encarga hoy un sector de la izquierda, que no se conforma con denunciar que las habas –por supuesto, cultivadas orgánicamente– siguen estando contadas, sino que achaca su relativa escasez al consumo irrestricto en que ha desembocado la alocada tendencia de la cultura occidental al individualismo posesivo. Uno de los más aguerridos rastreadores de nuevas modas (trendspotters) y críticos del sistema es Jeremy Rifkin.

Rifkin tuvo la mala pata de predecir el fin del trabajoJeremy Rifkin, The End of Work. G.P. Putnam, Nueva York, 1996. . En puridad, eso no debería hacerle acreedor sino a parabienes si, como parece decir el enunciado, sostuviera que hemos llegado a una situación de desarrollo desde la que podemos prever, como lo querían algunos protosocialistas, la desaparición de todo trabajo repetitivo y no creador. Pero no era a eso a lo que apuntaba el autor. Por fin del trabajo se refería al fin de los empleos, una tendencia, según él, imparable en la sociedad actual. Son tantas las cosas que hoy pueden hacer máquinas y ordenadores, que irremisiblemente y a corto plazo están condenados a un desempleo sin horizontes millones de trabajadores en las sociedades avanzadas y en todas las demás. La mala suerte de Rifkin es que tan siniestro augurio coincidió con la bajada del paro registrado en Estados Unidos hasta llegar a un reciente 4% y con una más suave pero no menos perceptible reducción del mismo índice en Europa, donde desde hacía muchas lunas sucedía lo contrario.

Pero, pelillos a la mar, para qué ocuparse de esas pequeñeces cuando puede uno atreverse con bocados más jugosos como la globalización o, en palabras de Rifkin, la Era del Acceso. Pese a las mayúsculas, la cosa es fácil de entender. En los años más recientes hemos cruzado un umbral –oh, la vieja metáfora liminar del tiempo nuevo– tras del cual se anuncia una nueva etapa donde el cambio será la única constante; donde compradores y vendedores se verán reemplazados por clientes y proveedores, los mercados sustituidos por las redes; y donde prácticamente se podrá tener acceso inmediato a todo. «Estamos en medio de un cambio de largo alcance que lleva de la producción industrial a la producción cultural» (pág. 7). Mientras que la era industrial se caracterizó por la comodificación (traducido al castellano, la conversión en mercancía) del trabajo, la del acceso se rige por la comodificación (en castellano, la comercialización) del ocio mediante el mercadeo de todos los recursos culturales tales como rituales, artes, festivales, movimientos sociales, actividades espirituales y confraternizadoras o compromisos cívicos; necesidades todas ellas que hoy pueden satisfacerse mediante pago. La comodificación de la cultura es, pues, la verdadera y más preocupante cara de la globalización, como lo muestra la invasión del orbe por la cultura de masas.

La verdad es que no sabe uno muy bien a qué se están refiriendo Rifkin e tutti quanti. ¿Acaso andarán a la greña con la compraventa en general? No sería sensato. Desde la revolución neolítica, nuestros antepasados se han estado vendiendo casi todo unos a otros con notable ganancia individual y colectiva. De no haber sido por el comercio, hoy algunos no estaríamos escribiendo, sino, seguramente, aún pendientes de cómo cazar a nuestra próxima presa para poder comer.

Así que el mal debe ser algo más restringido como, por ejemplo, la comercialización de las artes o las tradiciones. Sin embargo, todo el mundo sabe que la independencia de los artistas sólo se hizo posible cuando allá por el Trecento empezaron a vender sus creaciones, es decir, cuando las obras de arte empezaron a convertirse en mercancías. No creo que para librarse de la tiranía del mercado muchos de ellos estén dispuestos hoy a aceptar como antaño la servidumbre del mecenazgo a tiempo completo. Si no lo están, no parece que hayan encontrado un medio distinto de vivir de su producción que el sistema de exposiciones, galerías, editoriales, librerías, ferias y demás tinglados que forman el peculiar mercado para la comodificación (en castellano, la venta) de sus artefactos.

Claro que cabe imaginar otra forma de organizar la cosa. En eso andaban las todopoderosas asociaciones y sindicatos de artistas y escritores que formaban parte de la burocracia soviética, pero casi todos convenimos hoy en que su contribución a la independencia de los artistas y a la innovación cultural fue escasa. Ya, pero, ejem, sí, en fin, podría imaginarse un sistema mejor, ¿no?; por qué maniatar a la utopía. Tal vez, pero no traten de encontrarlo en Rifkin con su propuesta final de que «las nuevas redes comerciales se equilibren con nuevas redes culturales, las nuevas experiencias virtuales con nuevas experiencias de vida real, las nuevas diversiones comerciales con nuevos rituales culturales» (pág. 252) y demás cuac, cuac. Si eso no es el maldito mercado, salpimentado ahora con los polvos virtuales de la Madre Celestina, de qué clase de animal se trata; y, si lo es, a qué tanta murga con la comercialización de la cultura.

Seguramente se trata de otra cosa. Bajo el ataque a la globalización hoy, como antes bajo las teorías sobre la alienación o la rebelión de las masas, lo que a menudo resuena es el resentimiento del dinero viejo contra el dinero nuevo. Para los connoisseurs no cabe hablar de experiencia cultural auténtica sin una cierta proximidad física al objeto, que pierde su aura (en castellano, su significado) tan pronto como es reproducido mecánicamente. Una danza tradicional es una experiencia compartida para la gente de su comunidad, pero deja de serlo cuando se representa en un escenario o por televisión para una audiencia amplia, pues entonces ha pasado a ser un espectáculo. Lo mismo que decían los tatarabuelos de nuestros connoisseurs cuando música, ópera y teatro dejaron los recintos de la corte para convertirse en un entretenimiento al que el vulgo podía acceder mediante el pago de una entrada.

Dios aprieta pero no ahoga, así que hace poco Ryszard KapuscinskiRyszard Kapuscinski, El País, 28-12001 4 Thomas Friedman, The Lexus and the Olive Tree. Understanding Globalization, Farrar, Straus & Giroux, Nueva York, 1999. redondeaba la cosa con un apunte tranquilizador para los habitantes de este lado del Atlántico. La globalización es especialmente mala cuando viene de allende los mares. Mientras que los americanos no tienen rebozo en poner precio a todo, en plantear la universalización del mercado, Europa es más circunspecta. Ah, el capitalismo renano. Bueno. Ojalá fuera verdad eso de que los americanos están dispuestos a hacer del mercado el rasero universal. Si así fuera, se hubieran ahorrado episodios como el de la Ley Seca y nos librarían hoy de la insensata guerra contra la droga, que se va a perder igualito que aquélla, sólo que con muchos mayores costes en vidas rotas y en corrupción, como lo apunta Steven Soderbergh en Traffic con una dosis de arrope. Sin duda, todas las sociedades tienen cosas extra commercium, que como el cariño verdadero ni se compran ni se venden, ya sean, en el mundo moderno, la prohibición de traficar con esclavos o la imposibilidad de exigir ante los tribunales que un victimario cumpla en sus términos el contrato para matar a un tercero. Sin embargo, al día de hoy la vida suele ser más llevadera allí donde esos límites son los menores y donde todo lo demás puede libremente ser objeto de transacción, es decir, allí donde el mercado está más desarrollado. Si esa es una de las consecuencias de la globalización, tal vez deberíamos tratar a ésta con mayores miramientos.

COSTES Y BENEFICIOS

Por eso llega una bocanada de aire fresco cuando la discusión sobre la globalización abandona la meditación ignaciana de las dos banderas y, como lo hacen Micklethwait y Wooldridge, se sitúa en una perspectiva secularizada. La globalización, como tantas otras cosas, es un proceso con lados brillantes y otros más oscuros. Lo importante es sopesar sus costes y sus beneficios. Por ejemplo, en el campo político y cultural.

Aunque la mayor parte de los estados en desarrollo quisieran que la cosa quedase en la posibilidad de nuevos negocios o de mejor financiación para sus proyectos de mejoras, lo cierto es que la apertura de sus economías al mercado mundial les endosa, en expresión de Thomas Friedman 4, un dogal de oro (goldenstraightjacket) que les obliga a aceptar unos códigos de comportamiento rigurosos e impuestos por agencias externas. La primera son los mercados financieros dispuestos a abandonar el barco como centellas si los pilotos empiezan a llevarlos por aguas procelosas. Cuando a Mahathir bin Mohamad de Malasia se le va la olla y se gasta un montón de dinero en construir las más altas torres gemelas del mundo en Kuala Lumpur, cuando los chaebol coreanos se pasan a la hora de repartirse la pasta con los amigotes, cuando el invicto Suharto o quien le siga vuelva a encargar a algún familiar otra fábrica inviable para la producción de coches nacionales, alguien les recuerda que eso está muy feo, por más que invoquen en su defensa los superiores valores del Oriente. Si la cosa pasa a mayores y las economías correspondientes entran en una fuerte crisis por haberse endeudado en demasía con dinero ajeno, el FMI suele tomar cartas en el asunto. Muchos, empezando por los autores de semejantes alegrías, lamentan el recorte de la soberanía estatal. Otros, con más razón, se quejan de que, al final, quienes pagan los platos rotos son los mismos que no sacaron tajada de la fiesta anterior. Pero, tal vez, sus críticas serían más certeras si, de paso, llegasen a la conclusión de que, en última instancia, el responsable principal de las desdichas del pasado y del presente ha sido el desgobierno local y no los manejos especulativos de unos financieros desalmados, aunque haberlos haylos. La mejor forma de evitarse sustos no es maldecir la globalización sino impulsar y fortalecer la democracia.

Otro repetido lamento de los antiglobalizadores menciona la bastardización de la cultura universal y de las tradiciones locales avasalladas por Hollywood, taquigrafía para películas y series televisivas descerebradas, parques temáticos, comida basura y demás. Los franceses han sido los más activos en plantear este asunto, bastante más interesante que la lírica de Rifkin sobre el capital cultural, y han defendido la excepción cultural que les permitiría a ellos y a otros países –¿europeos solamente?– adoptar políticas de defensa ante la invasión americana.

No es fácil, empero, luchar con medidas administrativas contra algunas realidades apabullantes o contra los gustos del público. Poco se puede hacer porque la lengua francesa ha tenido que ceder ante el empuje irresistible del inglés. Gajes de ser un país importante, pero no el principal, algo que difícilmente se puede cambiar. Por otra parte, la imposición de cuotas para defender el cine o la producción televisiva propia y las políticas de ayuda masiva a la creación cultural no son más que intervenciones burocráticas que pocas veces consiguen sus objetivos. A menudo, el regalo presupuestario va mayoritariamente a los más fuertes de la industria local o financia películas de bajísima calidad para que cubran las cuotas de pantalla. Micklethwait y Wooldridge señalan que en 1995 el 85% de los directores franceses de cine tenían más de cincuenta años (págs. 199200), lo que pone en berlina toda esa retórica de que las políticas culturales son necesarias para favorecer a los noveles. La mejor forma de ayudar al desarrollo del mercado no es cargarlo de regulaciones burocráticas que sólo benefician a los funcionarios, sino hacer que la industria local se ponga las pilas y compita en descubierta. Si, como tanta gente de la industria quería en los años ochenta, las grandes fábricas americanas hubiesen logrado que su gobierno cargara de aranceles a los coches mejores y más baratos que venían de Japón, seguramente hoy no serían capaces de luchar con los fabricantes japoneses de igual a igual. Las barreras tal vez continuarían en vigor, pero los consumidores americanos habrían tenido que pagar un alto precio por el privilegio de comprar autos de más baja calidad.

No es verdad, por otra parte, que la invasión de Hollywood sea el destino. De hecho, especialmente en televisión, productoras locales de muchos países han sido capaces de realizar y vender con éxito series propias que el público prefiere a las americanas. Las pantallas latinoamericanas están llenas de culebrones venezolanos y brasileños y las españolas, amén de ellos, de series cañís. Muchos lamentarán que su nivel sea muy bajo, pero esto es harina de otro costal, que posiblemente tenga que ver más con las necesidades del propio medio de buscar el mínimo común denominador que con la globalización en sí, pues el debate sobre la calidad ha existido desde mucho antes de que la televisión apareciera en escena. «La globalización no necesariamente prepara el terreno para el triunfo de la cultura americana y la basura producida en masa. También sirve para abrir las mentes a una cantidad inusitada de ideas e influencias, impulsar a los creadores a inspirarse en una inmensa variedad de fuentes y estimular la rápida proliferación de nuevas formas culturales» (pág. 201).

¿Estamos ante un fenómeno perdurable? La escuela de pensamiento representada por The Economist y a la que se apuntan Micklethwait y Wooldridge, insiste en que la globalización, como cualquier avatar humano, es susceptible de tocar retirada si no cuenta con suficiente apoyo institucional. A finales del siglo XIX, se aduce, también se conoció una era de rápida innovación tecnológica y el comercio internacional marcó un fuerte empujón hacia delante. Sin embargo, esa ola llegó a la playa y allí murió. Las exigencias de nuevos repartos coloniales, el aumento de las barreras aduaneras, la extensión de ideologías aislacionistas y nacionalistas y el crack de 1929 dieron al traste con el optimismo del momento. Si las mismas fuerzas, hoy aún latentes, llegaran a fortalecerse, como en opinión de esta corriente puede suceder por la combinación de una creciente volatilidad financiera y de la resistencia incontrolada a la globalización, el mundo volvería rápidamente hacia una coyuntura menos prometedora.

Indudablemente, nada es imposible, aunque, al tiempo, no todo es igualmente probable. El libro de Zakaria, director de la influyente revista Foreign Affairs, arroja alguna luz sobre el asunto. No mucha, porque se trata, ante todo, de un libro de tesis sobre el comportamiento de las naciones en la arena internacional y cuando los hechos se subordinan a una idea-fuerza pasa como en las novelas de tesis, que los personajes se difuminan y la acción se ahoga. Pero, en cualquier caso, más allá del apasionante debate sobre si los países se rigen en su actuación internacional por el llamado realismo clásico (tratarán de expandirse tanto como se lo permita su poder) o el realismo defensivo (el comportamiento internacional de los estados es menos agresivo y se explica por consideraciones de seguridad), su lectura ayuda a comparar el orden internacional de hace un siglo con el de hoy.

Desde su independencia hasta el final de la era de la Reconstrucción, es decir, hasta la década de 1890, Estados Unidos se había abstenido de exigir un cambio en la arena internacional que equilibrase su creciente peso económico. Sin embargo, con la elección de McKinley (1897) y la era de Teddy Roosevelt (1901-1908), esa dinámica iba a cambiar. Mientras que entre 1865 y 1889, según la cuenta de Zakaria, Estados Unidos tuvo 22 oportunidades de expansión de las que sólo se aprovecharon seis (un 27%), entre 1889 y 1908 Estados Unidos se impuso en 25 (78%) de las 32 oportunidades a su alcance. De esta forma, la antigua doctrina Monroe se invirtió y pasó «a legitimar las intervenciones norteamericanas contra las revoluciones de Latinoamérica» (pág. 236). Sin embargo, la deriva norteamericana hacia el imperialismo clásico quedó truncada por la Gran Guerra (1914-1918) y ya nunca más fue retomada, prefiriendo el país hacer valer su creciente influencia en la esfera internacional por medio de políticas que descartan las anexiones directas, al tiempo que su posición de superpoder económico y militar le permite imponer sus reglas de juego al resto del sistema.

Esa es la gran diferencia entre aquella etapa y la de la globalización actual. En el cambio al siglo XX el país pugnó por situarse en iguales condiciones en un escenario que, por mucho que hubieran aumentado las cifras del comercio internacional, era un reñidero sin vencedores claros. Cien años más tarde, su predominio abrumador abona un terreno mucho más apropiado para el mantenimiento de la ola globalizadora. Tampoco es algo tan malo, en especial si se compara con los sucesos de la primera mitad del siglo XX. Dicho lo cual, les dejo para ir a lavarme la boca con jabón.

01/08/2001

 
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