ARTÍCULO

La generación de 1914

 

Los recientes estudios de historia intelectual han reactivado el uso del término «generación» que, entre nosotros, había si­do tan frecuente en la historia literaria. Cuando se habla de literatura, no es fácil establecer fechas tajantes ni agrupaciones cerradas, porque la secuencia de lo estético tiene mucho de autónoma y personal. Pero la constitución de la conciencia intelectual, que no es individual sino colectiva, se presta mucho más a la regimentación y a la obediencia a fechas históricas.
El caso de la «generación de 1914» (que ha ocupado, y no por vez primera, a Manuel Menéndez Alzamora) revela la productividad del acercamiento institucional e ideológico a un grupo generacional que, en el fondo, siempre supo que lo era. O que quiso serlo, quizá por un afán de diferenciación y rectificación de lo que supuso el clima generacional del fin de siglo. A la hora de la verdad, la llamada «generación del 14» es mucho más generacional que la tan asendereada del 98, y no hay sino leer­la metódicamente a través de sus textos, como ha hecho nuestro autor, sin grandes novedades en el escrutinio, pero con convicción, para encontrar una prosa atractiva y unos intertítulos persuasivos que son todo un programa: «Ortega, vértice aglutinador de una generación», «El giro orteguiano de la razón ideal a la razón vital», «La identidad escrita de la generación del 14» (en referencia al semanario España, de 1915) son lemas mucho más expresivos que cualquier redacción que les siga.
La convicción nunca puede ser un defecto, pero el razonamiento –cuando de historia de las mentalidades se trata– debe ser más poroso ante las dudas y las ramificaciones. En el tema de los conflictos de grupos, lo más atractivo es lo inseguro: Menéndez Alzamora ha estudiado muy bien la confrontación –y las diferencias básicas– entre los noventayochos (digámoslo así por pura comodidad) y los del catorce, pero es menos receptivo a las similitudes, a las vacilaciones, a las deudas. A Ortega le irritaba Unamuno, pero le asignaba la función espiritual de ser «nuestro Renan»; Pérez de Ayala se las tenía con Valle-Inclán, pero estéticamente le fascinaba. Y Joaquín Costa (cuya visión en este libro es simplista) fue una atractiva pared de rebote para todos, que además remitía llamativamente a una secuencia intelectual anterior que esta investigación elude casi siempre: el legado de la Institución Libre de Enseñanza, sin cuyo espíritu no es fácil entender la Junta para Ampliación de Estudios, tan justamente realzada.
Pero debe decirse que el empeño del autor es tan legítimo como oportuno. La reciente historiografía intelectual francesa también ha usado con provecho del esquema generacional. Jean-François Sirinelli (Génération intellectuelle. Khâgneux et normaliens en l’entre-deux-guerres, París, Fayard, 1988) ha trazado la historia de personajes que definió su misma regimentación académica. Michel Winock ha pergeñado la historia intelectual de la Francia del si­glo xx (Le siècle des intellectuels, París, Seuil, 1997) en torno a tres magisterios centrales: Maurice Barrès, André Gide y Jean-Paul Sartre. No sería fácil hacerlo entre no­so­tros, faltos de tan fuerte grado de institucionalización y de prestigios sobresalientes. Pero es una lástima que Menéndez Alzamora no haya utilizado la metodología de estos antecedentes, sobre todo en sus vuelos comparativos iniciales, que se quedan bastante cortos. Tengo serias dudas de que la interesante encuesta de Agathon en 1913 sea el equivalente francés de la generación del 14: más bien, apuntaba contra el laicismo y el racionalismo de la Tercera República. Y algo parecido fue la revista Leonardo en Italia, que también se menciona al propósito. El Papini neonietzscheano de Un uomo finito no tiene parangón español, ni el fascinante testimonio de Roger Martin du Gard en Jean Barois tiene explicación al margen de la resaca intelectual del asunto Dreyfus. Y tampoco la aventura espiritual del Jean Christophe, de Romain Rolland, se explicaría en una cultura tan cerrada a la música y tan ajena al internacionalismo como la nuestra.
A este libro, para ser excelente, le falta el análisis e interpretación de los textos, y no sólo literarios (la cuestión de la pintura española –entre Sorolla y Zuloaga, con Nonell, Romero de Torres y la Asociación de Artistas Vascos al fondo– fue una cuestión centralísima en la historia intelectual de nuestro país). Los filólogos se suelen (nos solemos) quedar siempre en el umbral de tales asuntos. Los historiadores despreciaron por largo tiempo los testimonios individuales y frágiles, que proporciona la estética, o los censaron como simple hontanar de citas oportunas. Deberán acostumbrarse a leerlos al trasluz, como han hecho con aprovechamiento otros libros recientes: Mater dolorosa, de José Álvarez Junco, e Historias de las dos Españas, de Santos Juliá. Textos, cuadros, músicas, son complejos productos que se elaboran al modo de metáforas, pero que también se venden y se compran, crean intereses, confieren prestigios. Este notable libro sobre la generación de 1914 que nos ha entregado Menéndez Alzamora cita muchos acontecimientos en una tupida cronología final (género al que yo también soy aficionado), pero es en su interior donde había que hablar del caso Zuloaga (que tanto concierne a Ortega). Y de Sorolla, que tanto fascinó a Juan Ramón Jiménez. O del último Galdós, que suscitó páginas memorables a Pérez de Ayala. Y de ese homenaje a Azorín, en 1913, que da para mucho más de lo que aquí se consigna, como alianza de sensibilidades y como horizonte de nueva estética nacional. Y Troteras y danzaderas, de Ayala, que también se estudia, va más allá del jocoso costumbrismo y de los modelos vivos de sus personajes: en sus páginas se discute acerca de la ceguera modernista y del regeneracionismo radical, del anarquismo vital y de la mendacidad del simbolismo. De historia y de estética, en fin. 

 

01/03/2007

 
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