ARTÍCULO

Poetas de los 50

 

¿Qué es, qué ha sido, la generación de los 50? En líneas generales, la historia literaria de este grupo está bien estudiada; tenemos, supuestamente, una visión canónica de sus figuras más representativas. La paradoja de los grupos literarios, no obstante, es que los que mejor representan una época escriben casi anónimamente, valiéndose de un estilo compartido, mientras que los grandes creadores siguen senderos altamente individualizados. Desde esta perspectiva, los poetas menores serían más típicos de su época que los poetas «excepcionales», ya que éstos no se dejan definir por rótulos generacionales. A la hora de hacer las antologías de «grupo» o de «promoción», la idea de lo representativo entra en conflicto con la necesidad de hacer resaltar el valor de las voces más originales. No es difícil definir el «estilo de época de los 50»: un tono coloquial, irónico, que mantiene una actitud crítica hacia la sociedad franquista pero que se aparta, a la vez, de la retórica de la poesía social. Este estilo común ofrece dos caras: una, urbana, en Jaime Gil de Biedma, Ángel González y José Agustín Goytisolo; otra, más rural o provinciana, en poetas como Carlos Sahagún o Eladio Cabañero.

Los poetas menos definidos por este estilo de grupo, a mi modo de ver, son Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, José Manuel Caballero Bonald, Francisco Brines, María Victoria Atencia y Antonio Gamoneda. Atencia y Gamoneda ni siquiera pertenecen a la generación si ésta se define por los criterios habituales, sean literarios o puramente anecdóticos. Rodríguez ofrece algunos puntos de comparación con Sahagún y Cabañero, Valente, en su primera época, con el realismo urbano de Gil de Biedma y González. Llegados a la década de los 80, sin embargo, estos elementos compartidos pierden buena parte de su relevancia. Si existe un elemento clave en los poetas excepcionales, sería la aproximación a lo sagrado por vía negativa. Frente a la desacralización poética propuesta por la nueva poesía de la experiencia de los años 80, se alza la profundidad metafísica de Valente, Gamoneda, Brines y Rodríguez. Tampoco se debe olvidar a Ángel Crespo y César Simón, que siguen caminos afines. Mientras la idea de un grupo unitario se vuelve más problemática, los poetas antes olvidados, postergados o difícilmente clasificables cobran cada vez más resonancia. Se trata de un fenómeno bien conocido en la historia literaria. La consagración prematura de autores jóvenes, la premura por definir los rasgos una generación antes de su verdadera maduración, contribuyen a la confusión en algunos casos. Si ahora nuestra visión de los poetas de los 50 es radicalmente distinta de la que teníamos hace veinte y cinco años, también es posible que se produzcan otras modificaciones en el futuro.

El criterio de selección en la antología de Luis García Jambrina, La promoción poética de los 50, parece ser la inercia canónica: «En ella, tan sólo se recoge una muestra representativa de la obra de los ocho poetas que integran, a mi juicio, lo que podríamos llamar el canon de la "Promoción de los 50", tal como lo ha fijado la historia literaria en los últimos años. Esto no quiere decir que necesariamente éstos son los mejores, pero es evidente que sí son los más leídos y estudiados, los más editados y antologados, y, desde luego, los más influyentes y significativos, estos que están en la mente de una buena parte de los especialistas y de los aficionados a la poesía y que, de momento, parecen destinados a perdurar» (pág. 83).

Lo primero que se me ocurre al leer esto es que la historia literaria todavía no ha fijado el canon de este grupo; este proceso sigue en marcha, aun después del fallecimiento reciente de Valente, Rodríguez, Fuertes y Goytisolo. El juicio de los lectores futuros no tiene por qué depender de un consenso momentáneo, por lo demás difícil de precisar. Los ocho nombres que aparecen aquí son González, Caballero Bonald, Barral, J. A. Goytisolo, Gil de Biedma, Valente, Brines y Rodríguez. Entre ellos, a mi modo de ver, los más canónicos de esta lista son los cuatro últimos. Sin menospreciar a los primeros, se podría afirmar que hay otros poetas de más vigencia actual. A María Victoria Atencia se estudia y se lee muchísimo; Antonio Gamoneda tiene discípulos y admiradores por toda la península, de modo que es más influyente y significativo, de momento, que Caballero Bonald, Barral o Goytisolo. Ángel González ha sido un poeta prestigioso, pero ahora me parece menos importante que Gil de Biedma. Son juicios de valor, evidentemente; no propongo mi propio criterio como superior al de García Jambrina. Lo cierto es que esta diferencia apunta a una ausencia de unanimidad. Un repaso rápido a mis estanterías revela que los críticos y antólogos han definido el canon de los 50 de distintas maneras. Algunos incluyen a Gloria Fuertes, otros a Atencia; unos se olvidan de Barral y J. A. Goytisolo, otros, en cambio, se acuerdan de Costafreda, de Sahagún o de Crespo. Si existe un canon, entonces, no se ha definido dos veces de la misma manera.

La exclusión de Atencia y Gamoneda se debe a factores tanto geográficos como cronológicos: aislados en Málaga y en León, respectivamente, no formaron parte del grupo inicial, que tampoco es «un grupo aparte y bien definido», como admite el antólogo a continuación. Tan nebulosos son los contornos de este grupo que la prosa del profesor García Jambrina se pierde en cualificaciones. De los poetas de su antología afirma que: «Sus puntos de partida y sus respectivos destinos han sido y son, qué duda cabe, muy diferentes; sin embargo, puede decirse que, al menos durante un tiempo, obligados por las circunstancias, fueron, de alguna manera, auténticos "compañeros de viaje". Dicho esto, debe quedar claro que, al final, lo único que verdaderamente importa es la lectura de los poemas de cada autor» (pág. 84; énfasis añadido). .

Si lo importante es la obra de cada poeta, tal vez habría sido mejor incluir lo mejor de la poesía de autores nacidos en los años 20 y 30, prescindiendo completamente de nexos afirmados con tan poca convicción. El propio García Jambrina ha sido capaz de dedicar un libro entero a la obra de Claudio Rodríguez, De la ebriedad a la leyenda, sin el apoyo del andamiaje generacional. En realidad, lo que sí se incluye en esta antología es una muestra valiosa de algunos de los poetas importantes de la época. Cualquier crítica a la selección de poemas sería frívola, ya que encontramos textos tan básicos como «Pandémica y Celeste», «Mere Road» y «Espuma». Asimismo, la introducción a la antología y las notas sobre la trayectoria poética de cada autor son sumamente útiles, especialmente para los estudiantes universitarios, los destinatarios naturales de este tipo de obras. García Jambrina no desarrolla nuevas ideas sobre estos poetas –ni siquiera pretende hacerlo– sino que presenta una visión sintética de lo ya sabido.

El profesor García Jambrina tiene, evidentemente, conocimientos amplios y profundos de la materia. Tal vez sea una modestia excesiva, entonces, lo que le impide vencer la inercia para incluir nuevos nombres. No es su propósito, nos confiesa, «corregir o reparar ninguna "injusticia poética"». No corregir las injusticias, no obstante, puede ser una forma de cometerlas de nuevo. Si se incluyen textos de Valente y Brines escritos durante los 70, los 80 y los 90, ¿por qué no incluir a Gamoneda o a Atencia, poetas que, plenamente generacionales por fecha de nacimiento, triunfaron durante aquellas décadas? Ángel L. Prieto de Paula, en la antología Poetas españoles de los 50 (1995), citada en la muy completa bibliografía de García Jambrina, sí incluye estos dos nombres. La selección menos completa de García Jambrina, entonces, supone un retroceso y no un adelanto. Sin la poesía de Atencia, nos quedamos otra vez sin nombres femeninos. Es extraño que, con las muchas poetas españolas surgidas durante los últimos cincuenta años, casi ninguna haya pertenecido a una generación literaria, según nuestros más prestigiosos antólogos.

Una antología realmente valiosa incluiría, tal vez, dos apartados: uno, histórico, trazaría la formación original del grupo en los 50 y 60, atendiéndose al criterio de antologías previas. El segundo apartado consistiría precisamente de todo lo que no se ha incluido en esta visión engañosamente canónica. De haber obrado así, García Jambrina nos habría ofrecido una visión del canon, tal como él lo entiende en el año 2000, junto con una reflexión sobre lo que esta selección excluye por razones más bien arbitrarias. Es obvio que el antólogo reconoce el valor de lo que ha excluido, ya que menciona la alta calidad de la obra de Gamoneda. Sólo el extraño escrúpulo de respetar las injusticias le ha obligado a dejarlo fuera.

La antología editada por la novelista catalana Carme Riera, Partidarios de la felicidad: antología poética del grupo poético catalán de los 50, se limita al grupo de Barcelona. Conocida ya por sus minuciosos estudios y ediciones de Gil de Biedma, Barral y Goytisolo, Riera añade aquí otros nombres no tan canónicos: Alfonso Costafreda, Jaime Ferrán, Lorenzo Gomis, Enrique Badosa, Jorge Folch. La organización es temática: se yuxtaponen textos de los ocho poetas en ocho secciones que llevan títulos como «El arte de hacer versos» y «Amistad a lo lejos». Además de los poemas, se nos ofrece prosa: cartas, ensayos, memorias y los comentarios de Riera. Esta disposición de textos es útil, especialmente para la lectura de los respetables poetas menores, los cuales ejemplifican a la perfección el estilo «generacional» en su dimensión barcelonesa. Respetando las diferencias, se pueden leer los textos casi anónimamente, más en función de su época y su lugar que de su autor. También se facilitan las comparaciones entre los textos bien conocidos del núcleo central del grupo, Jaime Gil, Barral y J. A. Goytiloso, con poemas casi olvidados escritos durante la misma época.

No soy el único en pensar que Gil de Biedma sigue siendo el autor más relevante de este grupo catalán. Para apreciar su obra justamente en su contexto histórico, hay que leer otros textos coetáneos, de poetas menos célebres pero nada deleznables. Sólo así se puede juzgar su originalidad. Aun así, es difícil, a esta alturas, leer los textos de Gil de Biedma sin pensar en su canonización posterior. La elaboración del estilo generacional fue una labor colectiva, por cierto. En la antología de José María Castellet, Veinte años de poesía española (1960), los poemas se organizaban cronológicamente, con la consecuente pérdida de las voces individuales: importaba poco el autor, mucho más el proyecto común. Releyendo la antología de Castellet cuarenta años después, uno se percata de que el crítico catalán veía la poesía de los 50 como una poesía «realista», social. Tal vez no fuera posible prever, en 1960, que los poetas que iban a cobrar mayor importancia en décadas posteriores eran precisamente los que se apartaban ya de la estética del momento. Al hacer una antología de poemas y no de poetas, Castellet daba prioridad a lo que diez años más tarde, en Nueve novísimos poetas españoles, él mismo definiría como «la pesadilla realista».

Jaime Gil de Biedma ejemplifica el planteamiento generacional a la vez que lo trasciende. Su excepcionalidad consiste, precisamente, en ser «típico» de su generación: otros grandes poetas de la época o no practican el estilo generacional o lo abandonan muy pronto. Es imposible confundir un poema de Caballero Bonald con otro de Brines, Rodríguez o Valente. No deja de ser significativo el hecho de que Biedma firma muy pocos textos después de la primera edición de Poemas póstumos, en 1968: no sigue escribiendo en el estilo de época que él mismo había perfeccionado, pero tampoco da el siguiente paso hacia una poesía de otro tipo.

Mientras la antología de García Jambrina no contiene sorpresas para el lector especializado, la de Riera constituye una verdadera aportación al campo, por la sugerente yuxtaposición de textos. Los poetas ya conocidos se leen en un contexto adecuado, mientras que los menos célebres se rescatan del olvido. La antología de Riera es radicalmente incompleta –si lo que esperamos tener es una antología de toda la generación de los 50–. Lejos de ser un defecto, sin embargo, este carácter parcial de la antología supone una ventaja, ya que nos permite ver los nexos personales y estéticos entre un grupo más o menos coherente de poetas barceloneses. El adjetivo «catalán» en el título del libro, además, no da lugar a confusiones, si bien es cierto todos los poetas antologados escriben en castellano.

Todavía no tenemos una antología que reúna en un solo tomo los textos más básicos de la promoción de poetas nacidos en los años 20 y 30. En una antología ideal, podríamos leer poemas de Descrédito del héroe con otros de Lápidas, Compás binario, Poemas póstumos o incluso Cómo atar los bigotes al tigre. Esta antología daría fe de la existencia de la poesía escrita por mujeres. Tendría una dimensión histórica, trazando la evolución de estos poetas y la disolución del grupo a finales de los 60. Pero también nos daría una idea suficiente de lo que han escrito los poetas después. Mientras que Carme Riera se limita a una tarea más modesta, aunque de gran utilidad, Luis García Jambrina se queda satisfecho con una visión arbitrariamente limitada, que no da justicia a su propia capacidad como investigador literario.

Tal vez sea demasiado temprano para esperar la publicación de una antología definitiva o ideal, ya que la historia literaria de este grupo sigue en marcha. No es sólo que los poetas aún vivos de la promoción no hayan puesto el punto final a sus obras poéticas, sino que no hemos acertado a definir lo que significan estos poetas para nosotros, ni como grupo ni como voces individuales. Es más: lo que estorba nuestra visión de esta poesía es precisamente la idea de un canon generacional, ya sea rigurosamente histórico o meramente anecdótico. Lo que realmente importa, como afirma Luis García Jambrina, es la lectura de los poetas, que ha de ser una lectura a la vez individual y comparativa, contextualizada y libre de prejuicios.

01/03/2001

 
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