ARTÍCULO

La fuerza de la experiencia y la razón. Sobre El filósofo autodidacto de Abentofail

 

Un andaluz del siglo XII expresó clara y brillantemente que todo conocimiento puede adquirirse aplicando la razón a la experiencia.
Admiran a Abentofail los místicos y los filósofos dispuestos a aprender de sus predecesores, aunque fueran musulmanes y escribieran en árabe. Para los historiadores de la literatura es el precursor de Daniel Defoe, Rudyard Kipling y de todos los demás novelistas que imaginaron un hombre aislado. A mí no me atrae la mística, no quiero ser asceta, no me tienen por colega los historiadores ni los filósofos y no leo árabe. Sólo comparto con Abentofail la ciudad de nacimiento y quizás el sentimiento de ser un sofista entusiasta, «uno que quisiera ser sabio». Pero mi profesión de biólogo e ingeniero añade una perspectiva nueva y actual a los comentarios de su libro.
Abentofail o Abentufayl en español, Abubacer en latín, Ibn Toufayl en francés, Ibn Tufayl y sus variaciones son formas habituales de referirse a Abu Bakr Muhammad ibn Abd al-Malik ibn Muhammad Ibn Tufayl al-Qaisi al-Andalusi. Nació, no mucho antes de 1110, en Wadi-Ash, una ciudad antiquísima, que había sido Acci y ahora es Guadix, en línea recta a sólo cuarenta kilómetros de Granada, pero en vertientes opuestas de ásperas montañas. La ciudad, en un valle estrecho excavado en una meseta entonces boscosa y ahora calva, al norte de Sierra Nevada, era y sigue siendo un centro de servicios para los agricultores y los gana­deros de la región. El poder político estaba en manos de bereberes fundamentalistas de África del Norte, los almorávides (al-morabitun, «los del convento fortificado»), que ­hacia la mitad del si­glo xii fueron reemplazados por los almohades (al-muwahhidun, «los unitarios»). Ambos despreciaban a los andalusíes por débiles, afeminados y esclavos del lujo y el placer, pero no ­pudieron sustraerse a la magia de su cultura. La transición entre los dos poderes fue un período revuelto, en el que Guadix fue taifa independiente en 1151-1152. El rey castellano Alfon­so VII atravesó la región de Guadix en 1147 para conquistar Almería, que tuvo en su poder diez años. El obispado de Guadix, que decía tener once siglos de antigüedad y ser el más antiguo de España, vio sus iglesias cerradas y a los cristianos expulsados como aliados potenciales de los reyes cristianos.
Abentofail tuvo una educación excelente y una carrera brillante, como médico y secretario del gobernador almohade de Granada, de uno de los hijos del sultán y, a partir de circa 1163, del propio sultán, Abu Yaqub Yusuf. Fue médico personal del sultán hasta 1182, cuando recomendó que lo sustituyera Averroes (Ibn Rush), pero siguió siendo su visir. Murió en Marrakech, la capital del reino, en 1185, poco después de la muerte del sultán en 1184.
Abentofail fue uno de los falásifa que florecieron en el mundo islámico cuando se tradujo la filosofía griega al árabe. Admiraban a Aristóteles y te­nían intereses enciclopédicos que in­cluían la práctica de la medicina. Un problema fundamental para ellos y para los filósofos cristianos que les sucedieron fue la epistemología, cómo adquirir conocimiento, que en aquella época implicaba conciliar la razón y la revelación, una tarea peligrosa cuando la herejía podía ser castigada con la muerte.
Sólo uno de los libros de Abentofail ha llegado a nosotros. Su contenido resuena en los textos posteriores de Averroes y puede que ocurriera lo mismo con las ideas de Abentofail sobre astronomía y medicina. El libro que nos queda es un tratado filosófico disfrazado de novela, Risala Hayy ibn Yaqzan fi asrar al-hikmat al-mashriqiyya (Historia de Vivo, hijo de Despierto, sobre los secretos de la sabiduría de Oriente). La primera traducción, la latina de Oxford de 1671, cambió el título a Philosophus Autodidactus, propuesta seguida en traducciones al español y a otras lenguas.
El libro es una sorpresa absoluta. Para Marcelino Menéndez Pelayo, «no hay obra más original y curiosa en toda la literatura arábiga. Es más: pocas concepciones del ingenio humano tienen un valor tan sintético y profundo. Es, por decirlo así, una fantasía psicológica, un discurso sobre el método, desarrollado en forma poética. [...]Apenas cabe más valentía de pensamiento, más audacia especulativa que la que mostró el creador del Autodidáctico». La idea de que el conocimiento se adquiere por observación, experimentación y pensamiento no era nueva, pero nunca había sido expresada con tanta claridad y tanta fuerza.
El argumento de la novela es sencillo y lineal. Un bebé, que la novela llama Hayy, «vivo», es el único habitante humano de una isla ecuatorial. Según va creciendo, razona sobre sus observaciones y experiencias. Así adquiere no sólo las ciencias naturales y las técnicas, sino también la filosofía y la teología. Por tanto, el conocimiento no precisa de ninguna autoridad, sea el magisterio de los viejos filósofos o la revelación en libros sagrados.
Como en las monografías científicas actuales, una introducción declara la intención del autor y describe y critica las publicaciones previas que fueron sus fuentes. Cita cuatro precursores, tres de ellos persas de los siglos x y xi: Alfarabi (Abu Nasr Muhammad al-Farabi), Avicena (Abu Ali Ibn Sina) y Algazel (Abu Hamid Muhammad al-Gazali). El cuarto, Avempace (Abu Bakr Ibn al-Sayg Ibn Bayya), nació en Zaragoza y vivió en Granada y otras ciudades vecinas durante la juventud de Abentofail, pero nunca se encontraron.
Hay que saltar varios siglos en la historia de la literatura para encontrar algo comparable al comienzo de la novela, una discusión sobre cómo se encontró Hayy en la isla. ¿Por generación espontánea? ¿O era el hijo clandestino de una princesa? La historia sigue luego un sendero familiar para nosotros a través del mito de la fundación de Roma. El bebé es amamantado por una gacela que acaba de perder a su cría y se desarrolla completamente aislado de otros seres humanos y de sus culturas. El tema del libro es la cultura que puede crear él mismo.
El libro se convierte entonces en un tratado que recapitula en un solo hombre la historia de la ciencia y de la técnica hasta un nivel próximo al de la época de su autor. Las dificultades prácticas de esa propuesta didáctica no preo­cupan al autor y, en cualquier caso, las ciencias no estaban entonces tan entretejidas como ahora.
El método científico aplicado se compone esencialmente de observación y razonamiento. Hayy aplica dos formas de razonamiento. Uno abstracto, probablemente del tipo del que ­utilizamos para rellenar un sudoku o resolver una ecuación. El otro es analógico, como asimilar el átomo a un sistema solar en miniatura y comprobar las deducciones resultantes. Muchos científicos intuyen sus hipótesis como analogías visuales, incluso cuando los temas no parecen prestarse a ello.
Las analogías son muy peligrosas, como todas las extrapolaciones, pero también lo son los razonamientos, como demuestran los errores de razonamiento que cualquier lector moderno encuentra en este libro, a pesar de haber sido escrito evidentemente por una mente brillantísima. Hayy no comprueba sus conclusiones con pruebas independientes. Abentofail está muy lejos de Rudolf Carnap y su punto de vista evolutivo de que las conclusiones se vuelven cada vez más fiables conforme se acumulan pruebas e indicios en su favor y se disipan las dudas.
Sorprende el orden de las investigaciones. Abentofail parece experimentado en disecciones y Hayy empieza disecando el cadáver de la gacela que lo amamantó y, posteriormente, los de otros animales. Concluye que el principio vital es material, reside en el corazón, vivifica todos los órganos sensoriales y motores y abandona el cuerpo tras la muerte. Esta conclusión no sería apoyada por quien haya sufrido que su automóvil deje de funcionar sin haber perdido ninguna pieza, porque basta que falle un componente esencial.
Hayy interviene en su ambiente por razones prácticas. Muchos de sus descubrimientos se basan en la imitación de animales y plantas; otros se deben a casualidades. El libro no menciona experimentos testigo, pero tienen que haber existido por lo menos en forma de fracasos. Hayy desarrolla por sí mismo herramientas, vestidos, vivienda y armas sencillas, enciende fuego, cocina sus alimentos y domestica animales. No sé si el autor sabía que ninguna isla contiene los antepasados naturales de todos los animales domésticos, desde las gallinas a los caballos y los halcones, y de todas las plantas útiles, del esparto al cáñamo y el manzano, pero no creo que le hubiera importado, porque el libro no pretende ser tan realista.
El autor no aborda la controversia sobre si el conocimiento precede e induce las aplicaciones prácticas o si es posterior y depende de ellas. En la novela la ciencia más especulativa aparece después de las aplicaciones prácticas e independientemente de ellas. El conocimiento avanza de lo particular a lo general, de lo concreto a lo abstracto, del accidente a la sustancia. Así reú­ne a muchos animales concretos y semejantes para llegar al concepto de especie animal; su proceder es esencialmente el de la taxonomía cuantitativa moderna, que se basa en reconocer grupos de individuos que se parecen más entre sí que a los individuos de otros grupos. No aparecen las barreras reproductivas como criterio para la definición de especies, aunque hace miles de años que las conocen los ganaderos. Aplica el mismo proceso a las plantas y lo generaliza para agrupar a todas las especies de animales en lo que nuestros libros llaman el reino animal y las de las plantas en el ve­getal.
Nota entonces que las plantas y los animales comparten dos propiedades básicas, la nutrición y el crecimiento, lo que le pemite reconocer la unidad de la vida, y que incluso las propiedades que parecen más características de los animales –la sensibilidad, la percepción y el movimiento– están presentes en las plantas de manera limitada. Menciona en particular la orientación de algunas flores hacia la luz, lo que ahora se denomina fototropismo. Curiosamente, no cita la reproducción como propiedad común de plantas y animales.Quizá le parecía muy distinta, porque todavía no se había descubierto la reproducción sexual en las plantas.
Los objetos vivos y los inertes comparten la «corporeidad»: ocupan un lugar en el espacio tridimensional. Pueden cambiar de temperatura, forma, color y otras propiedades y sufrir transformaciones extremas, como la conversión de un sólido en cenizas, llamas y humo. Estas observaciones lo llevan a concebir un grupo de orden superior que incluye todos los objetos, independientemente de sus propiedades concretas. Todos los objetos tienen tendencia a moverse, sea hacia abajo, como las piedras, o hacia arriba, como el aire en el agua y el humo en el aire. No puede decir mucho sobre la naturaleza de todos los objetos. La corporeidad se entiende bastante bien en la ciencia moderna, pero la gravedad, una fuerza débil que actúa a distancia entre todo tipo de objetos, sigue siendo un misterio profundo. Entendemos, por lo menos, la diferencia entre los objetos que se mueven hacia arriba y hacia abajo.
El libro presenta propuestas concretas, tomadas de Aristóteles, sobre el alma vegetativa que confiere a todos los seres vivos la capacidad de nutrirse y crecer, y sobre el alma sensitiva de los animales. Aunque estas propuestas pueden parecer abstractas y distantes a primera vista, se dejan reconciliar hasta cierto punto con la biología moderna y particularmente con el ADN, el portador de la información genética. Las almas, según Abentofail, sean vegetativas o sensitivas, como el ADN de los seres vivos, son objetos que ocupan lugar en el espacio y su actividad es conferir «forma» a sustancias amorfas e inespecíficas para que el ser vivo pueda adquirir y de­sarrollar su aspecto y sus funciones características. El concepto actual «información genética» se vale de la palabra «forma», que fue la versión latina de la griega morjh (morphe), utilizada por Aristóteles y sus seguidores. Por supuesto, nadie podía haber sospechado que cada animal y cada planta es una comunidad de muchos seres vivos, sus células, cada una con su «alma».
Cuando Hayy se encuentra con un problema que puede estudiarse en varios sujetos, elige el más sencillo. Así, se ocupa con detenimiento particular del agua, que considera el más sencillo de los cuatro elementos. Los cambios que admite una cierta cantidad de agua, no sólo adaptando su forma a la del recipiente, sino también convirtiéndose en hielo o vapor, le ayudan a presentar los conceptos de materia y forma. La recomendación de concentrarse en lo que ahora se llama «sistema modelo» fue particularmente útil cuando Max Delbrück se fijó en los virus bacteriófagos para estudiar la reproducción y la herencia y revolucionó con ellos la biología moderna. La generación de los animales, que no atrae la atención de Hayy, es el título bajo el que se agrupó una gran parte de la obra de Aristóteles como zoó­logo y Averroes escribió un tratado sobre la fecundación y el semen.
Hayy es muy inteligente y la novela contiene muchos ejemplos de su brillantez, no siempre libres de error. A partir de buenas observaciones astronómicas deduce que el universo tiene que ser esférico. Ignoro la forma del universo, pero sé que él también la ignoraba. Concluye la inexistencia de cuerpos infinitos a partir de un argumento sobre si los conjuntos infinitos pueden ser de distinto tamaño. Admiro que abordara un problema tan difícil, pero no me extraña que no lo resolviera, porque la solución tuvo que esperar otros siete siglos.
Hacia la mitad del libro y de la vida de Hayy, sus intereses cambian del mundo sensible, abordable con los sentidos y la razón, al mundo «inteligible». Hayy redescubre los argumentos de Aristóteles sobre el Creador y el Primer Motor para llegar a Aquel cuya existencia es su esencia. Hayy atribuye este éxito a que posee un alma inmaterial y eterna que lo hace superior a los animales y a las plantas, pero se siente inferior a los astros, porque éstos conocen al Ser Supremo sin tener un cuerpo animal y corruptible.
La decisión de Hayy de imitar a los astros en todo lo posible lo convierte en un asceta en el camino de la mística. No puede llevar su imitación a quedarse sin comer, porque admite que sobrevivir es una obligación en el plan divino, pero come lo menos posible, sólo cuando se siente débil y siguiendo unas reglas que lo convierten en un precursor de la ética ecológica. Prefiere los alimentos que no limitan la supervivencia de las especies que los producen, como la pulpa de la fruta, y no olvida poner las semillas donde puedan germinar. Cuando no puede evitarlo, mata para comer, pero elige las especies más abundantes y, por tanto, en menor peligro de extinción.
Hayy imita los movimientos circu­la­res de los astros corriendo alrededor de su isla y de su choza y girando sobre sí mismo hasta desvanecerse. Renuncia todo lo posible a su cuerpo y a sus percepciones sensoriales para concentrarse sólo en pensar sobre el Ser Supremo y no come, ni se mueve, ni siquiera abre los ojos durante días enteros. Tan arduos esfuerzos lo llevan finalmente a la disolución de sí mismo en la alegría y la felicidad de la visión extática del Ser Supremo. La experiencia es tal que Hayy se dedica incansablemente a repetirla tantas veces y por tanto tiempo como le es posible. Abentofail se queda sin palabras y se limita a algunas analogías que sabe inadecuadas. Antecede así al famoso aforismo «de lo que no se puede hablar hay que callarse», con el que Wittgenstein se refería precisamente a la experiencia mística.
No tenemos ningún motivo para dudar de la veracidad de Hayy, es decir, de Abentofail. Todas las etapas del proceso intelectual son plausibles. Ha habido místicos de diferentes épocas, culturas, países y religiones que han descrito sus experiencias de manera parecida. Tengo un amigo –un científico muy capaz– que dedica mucho tiempo a la experiencia mística.
El lector, por supuesto, puede tener por defectuosos algunos razonamientos y rechazar sus conclusiones. Incluso si acepta que el éxtasis místico es una experiencia real, puede atribuirla no a la unión con Dios, sino a que el cerebro funciona mal en circunstancias extremas.
Cuando Hayy tiene cincuenta años, llega a su isla Asal, un hombre muy religioso de una isla vecina que quiere vivir como ermitaño. El encuentro es memorable. Asal enseña a Hayy a hablar y así pueden confrontar los conocimientos que ha adquirido éste por sí mismo y aquél por aprendizaje de maestros y predicadores. Resulta que ambos han llegado a las mismas verdades, pero Hayy está más avanzado en la vía mística que Asal.
Aprovechando un barco extraviado viajan a la isla habitada para predicar, pero tienen muy poco éxito y regresan a sus vidas solitarias. Ni el conocimiento ni la trascendencia interesan a la gran mayoría de la gente, ni hacen falta para practicar una religión revelada a la que reconocen la función útil de proveer cohesión social.
Tres culturas se dice que convivieron y cooperaron en la España medieval. Veo pocos indicios de esas tres culturas, y menos aún de su convivencia pacífica. No veo tríos de lenguas, de grupos sociales, ni de entidades políticas. En cuanto a las religiones, la mayoría de los habitantes del mundo, entonces y ahora, ven al judaísmo, al cristianismo y al islam como relacionadas y parecidas, como las versiones sucesivas de una aplicación informática, cada una de las cuales añade relativamente poco a la anterior. El Antiguo Testamento de Creyentes.1 contiene aproximadamente el 64% del total de los textos revelados de las tres, cuya versión española suma más de cinco millones de caracteres; el Nuevo Testamento de Creyentes.2 le añade el 20% y el Corán de Creyentes.3 el 16% restante. Las estadísticas de seguidores nunca fueron muy seguras, pero Creyentes.1 tuvo siempre una porción muy pequeña del mercado, ahora menos del 1%, mientras que las otras dos representan bloques similares, pero con dinámicas actuales muy diferentes. El grupo alternativo real se ha compuesto siempre de incrédulos y agnósticos y el libro de Abentofail da unos detalles interesantes sobre la situación en su época.
Nos dice que «los que investigan la verdad por las solas fuerzas de la razón [...] sólo algún individuo aislado [...] no lo comunica a la gente sino por medio de alegorías, porque la religión musulmana y la ley verdadera prohíben dedicarse a su estudio y ponen en guardia contra él». Esta frase arroja dudas sobre sus repetidas confesiones religiosas, que de otra manera parecerían sinceras. El libro, aunque rico en expresiones piadosas y coronado por el acuerdo de la razón y la revelación, causó a su autor serias dificultades, que hubieran hundido a otros más débiles y no tan bien relacionados. ¿Qué pasaría si su propio pensamiento, o el de otro, entrara en contradicción con la enseñanza religiosa? Abentofail evita esta pregunta, pero su contestación está implícita al recomendar con la mayor energía el pensamiento independiente y exhortar al lector a que «te cerciores por ti mismo de todo lo que nosotros nos hemos cerciorado, y no tengas necesidad de atar tu ciencia a lo que nosotros hemos conocido». Y al citar a Algazel: «Y aunque estas palabras no tuviesen otra virtud que la de hacerte dudar de tus convicciones heredadas, tendrían ya utilidad suficiente; porque el que no duda, no mira; el que no mira, no ve; y el que no ve, permanece en la ceguera y en la perplejidad». El libro contiene otras citas llamativas de sus predecesores. Dice que, para Alfarabi, la felicidad humana «sólo se halla en esta vida y en este mundo», que «todo lo que se diga, fuera de esto, son chocheces y cuentos de viejas»y que la profecía es un producto natural de la imaginación y, por tanto, inferior a la filosofía. Abentofail declara inmediatamente que«esta doctrina hace desesperar a los hombres de la misericordia de Dios, pues pone al bueno y al malo en el mismo nivel, al afirmar que el fin de todos es la nada. Tal aserto es un error que no tiene nombre y una falta que no tiene perdón». Esto me recuerda a los que intentaban transmitir ciertas ideas a través de la censura negándolas y escribían, por ejemplo: «Algunos malvados dicen que la religión es el opio del pueblo». Por algo recomienda Abentofail un espíritu despierto, preparado para la más ligera alusión.
Abentofail encuentra que Algazel se contradice de un libro a otro, pero lo cita al señalar que «hay tres clases de opinión: la que uno profesa acomodándose a la que el vulgo sigue; la que se acomoda a la consulta hecha por el que pregunta y desea ser dirigido; y, finalmente, la que tiene el hombre para sí mismo y que no manifiesta sino a quien comparte sus convicciones». No hay que reprochar a Algazel que diera primacía a su propia supervivencia, como hace Hayy en la novela.
El renacimiento iniciado por Abentofail y sus compañeros falásifa fue extinguido por sus enemigos. Para los escolásticos que leyeron a los árabes, la filosofía es sólo una sirvienta de la teología. En España la Inquisición siguió activa hasta 1834. Es curioso comparar El filósofo autodidacto con El criticón, de Baltasar Gracián. Ambos comienzan con un hombre que ha crecido solo en una isla remota, pero Gracián no se fía de lo que pueda aprender por sí mismo: una tormenta arroja a la isla a un hombre culto que enseña al salvaje todo lo que hay que saber, incluida la religión, y lo acompaña en un recorrido ingenioso y pesimista por la civilización. No es probable que Gracián conociera el precedente de Abentofail, que no había sido publicado en ninguna lengua cuando apareció El criticón.
En la Edad Media hubo dos culturas, como en la nuestra. La distinción principal no es entre los Creyentes.1, .2, o .3, y ahora también .4 (los mormones), sino entre ellos y los racionalistas. Y problema principal de entonces y de ahora es la tolerancia, de modo que nadie tenga necesidad de disimular para ser aceptado, o simplemente para sobrevivir. 

Nota: Cito a Abentofail por la traducción de Ángel González Palencia, publicada ini­cialmente en Madrid en 1934, reeditada en ­varias ocasiónes y disponible en la red: http://www.filosofia.org/cla/isl/hayy.htm. Estoy en deuda con los comentaristas precedentes, y muy especialmente con Miguel Cruz Hernández. Debo a Max Delbrück la analogía entre el ADN y la forma aristotélica.

01/11/2007

 
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