ARTÍCULO

La fragilidad de John Berger

Alfaguara, Madrid
Trad. de Pilar Vázquez
216 pp. 16 euros
 

Aquí nos vemos parte de la idea de que la vida de una persona es un itinerario y que las personas con las que nos vamos relacionando son etapas más o menos cruciales que nos integran, y a la vez integran el mapa arrugado de una biografía, con sus lugares, sus olores, sus colores, su propia música. Es una idea vieja, pero el punto de vista y el estilo son originales, pues John Berger (a punto de cumplir ochenta años) escribe como si pintara, o mejor aún, como si dibujase. Se acerca al «motivo» –una mujer o un hombre, una calle, una casa, un jardín, unos geranios, unas ciruelas, un sabor, un recuerdo– con los ojos medio cerrados con que un pintor intenta que se le revelen las líneas indispensables que sostienen la «verdad» del motivo, el aura y el gesto que desprenden. Cuando describe a un personaje lo hace con rápidos toques de carboncillo, de modo que el lector puede verlo de inmediato, saliendo del papel. Cuando comenta las propiedades de una luz se acuerda de Rembrandt. Cuando evoca el blitz de Londres uno ve el grabado en tonos azul muy oscuro, casi negro, y los haces de los focos dirigidos al cielo.

El itinerario que presenta John Berger no es en realidad lineal ni respeta una sola dirección, sino que salta caprichosamente, va hacia delante y hacia atrás, como si el tiempo dejase de tener importancia en el desarrollo de los acontecimientos y en la oportunidad de los encuentros. Siendo el propio escritor el protagonista conoce muy bien de lo que escribe: nadie puede conocerlo mejor. Los lugares donde ha vivido o que le «han» vivido, ya que los escoge como escenarios de su libro, transitan con autonomía propia y se funden en la corporeidad de los personajes.Así, Lisboa es donde la madre muerta ha decidido ir a vivir; Ginebra, la aburrida ciudad que Borges escogió para morir porque le recordaba vivamente algunos momentos estelares de su juventud, es donde Katya trabaja, un escenario del Grand Théâtre; un lugar de Londres, el trozo de río privado –el Ching, tan parecido al Szum polaco– en el que el padre de John intentaba olvidar algunos detalles de cuatro años de trincheras.

Cabe preguntarse la «funcionalidad» de un libro como éste y si tiene verdadera estructura y si dice algo nuevo. No funciona como una novela. Ni tiene trama ni puede tenerla. Puede argumentarse que la vida carece de trama, o que se prodiga en muchas tramas evanescentes, faltándole o el nudo o el desenlace, o incluso un verdadero principio, a no ser que consideremos éste, en aras de la simplificación, el nacimiento. Pero Berger no ha querido describir la vida (en todo caso silbar canciones para la muerte). Se encuentra muy alejado de Tolstói o de Flaubert, y de tutti quanti. Tampoco puede decirse que sea un libro de viajes, aunque se le parece mucho. El protagonista viaja en moto. De vez en cuando se refiere a su montura y a su indumentaria: los guantes, la zamarra, el casco recuerdan vagamente un caballero y su armadura. La ruta, caminos inciertos con parada y fonda en la que se desgranan las historias y los personajes se hacinan en habitaciones para reconocerse. Es cierto que Berger ni juzga ni pretende «desfazer» entuertos (al modo de Handke), ni mucho menos es cruel: más bien es compasivo, tierno, leve, sabio a fuerza de fragilidad (el atributo humano más precioso, según Berger). Quizá sea la fragilidad la sustancia de Aquí nos vemos, una fragilidad que es propia del trazo en los bosquejos, el lápiz que apenas roza el papel y da como resultado una imagen que puede borrarse con un gesto nervioso de los dedos.Y eso va siendo el libro: una acumulación de imágenes apenas esbozadas, aunque algunas se graben a fuego en la imaginación de quien las «ve», las lee. El lector apreciará el gusto de Berger por los matices, y a veces puede pensar con razón que el exceso de fragilidad (¿o es levedad?) torne pesadas las escenas, como esas brumas tenues y, sin embargo, demasiado espesas con las que Turner enmascaraba acuarelas de tormentas, crepúsculos o batallas lejanas.

Mas, entrando en el capítulo 8, algo cambia. No nos gustó demasiado el dedicado a Borges, quizá porque escribir del argentino con unción y además visitar su tumba sea una de las cosas más pesadas del mundo. En cambio, de repente surge el polaco Mirek y su novia Danka y hay una boda en un pueblo polaco, y todo deja de ser un esbozo para volverse real y alimenticio como un cuento de Chéjov: ácido, cálido, lleno de amor. La pequeña historia de una navaja, las frases sorprendentes y certeras («La libertad no es amable» o «Las mujeres siempre sienten curiosidad por las vidas de los otros; la mayoría de los hombres son demasiado ambiciosos para entenderlo»), el saxo alto de un tal Felix Berthier, o la asombrosa naturalidad con que los muertos se mezclan con los vivos, algo que chirriaba un poco al principio de Aquí nos vemos: resulta verdaderamente touchant, por ejemplo, el balanceo de Rosa Luxemburgo en un columpio. Todo ello acaba por licuar el pecho anhelante del lector, que termina agradecido a este libro, sea del género que sea. Al final, uno sólo desea compartir la sopa de acederas con el protagonista y escuchar el canto del chotocabras mientras piensa, como pensaban los invitados a la boda al dejar fluir por su cuerpo en el granero la voz trémula de Clarinette, que «una vida sin heridas no merece la pena vivirse».

01/06/2006

 
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