ARTÍCULO

Europa y sus lenguas

Universidad de Salamanca, Salamanca
488 pp. 33 €
Gredos, Madrid
Trad. de Jorge Braga
540 pp. 53,5 €
 

Europa es tema de actualidad, y de entre sus numerosos problemas, el de sus lenguas constituye uno no menor, pues el proyecto comunitario se topa de bruces con la barrera más espinosa de todas: la diversidad lingüística. Las lenguas europeas son barreras difíciles de saltar para los ciudadanos, porque frenan la movilidad laboral, son fuente de conflictos entre comunidades y origen de un gasto astronómico en el Parlamento europeo, que necesita traductores inverosímiles (del estonio al portugués, por ejemplo). Las lenguas europeas son la paradoja viva de un globo impulsado por gas, pero con sacos de plomo en la canasta. Pero las lenguas europeas no son solamente eso. Son algo más, son manantial del que surge la historia de Europa misma y medio por el que los ciudadanos se comunican.Y son un ingrediente de la argamasa que ha conjuntado a gentes diversas, formando las naciones-estado, como se dice en el lenguaje de la corrección política, de la actual Europa. Estos tres libros informan con detalle del modo en que han ido formándose históricamente las lenguas indoeuropeas. Los dos primeros se ocupan de ellas desde el punto de vista de la lingüística histórico-comparativa, mientras que el tercero explica las circunstancias externas que han acompañado a las lenguas de Europa, su historia social, política y cultural, así como los alfabetos en que se escriben y el número de hablantes con que cuentan. La lingüística indoeuropea fue en el siglo XIX , y en manos de los lingüistas alemanes, la creadora del método de comparación interlingüística que llevó con éxito a la reconstrucción de las antiguas lenguas habladas en Europa. Hoy, la indoeuropeística no se encuentra como en aquellos tiempos de sus figuras estelares como Leskien, Delbruck y Brugmann, que dejaron un sólido cuerpo de conocimiento aceptado hasta mediados del siglo XX . Villar hace notar esta situación y presenta su propia versión de la reconstrucción de las lenguas indoeuropeas. El primero de sus libros cubre tanto aspectos histórico-comparativos y antropológicos como otros de la epistemología de la lingüística histórica y del papel de los indoeuropeos en la Península Ibérica.Villar subraya que, aunque los indoeuropeos no son una etnia uniforme, las lenguas indoeuropeas constituyen un factor causal en el desarrollo científico, técnico y cultural de Occidente. Hace suyas las palabras del arqueólogo Gordon Childe Gordon Childe, The Aryans, A Study of Indo-european Origins. 10.ª ed., Nueva York, Knopf, 1926, cap. I. Sigo la reimpresión de Dorset Press, Nueva York, 1987, p. 3. Childe, no obstante, sostenía las tesis de la evolución social defendidas por Lewis Morgan y Friedrich Engels.: «Una lengua común implica una perspectiva mental común; no sólo refleja, sino que condiciona caminos del pensamiento peculiares para quienes utilizan la lengua [...] los indoeuropeos debieron de poseer una cierta unidad espiritual reflejada en y condicionada por su comunidad de lengua» (citado en Villar, Indoeuropeos y no indoeuropeos en la Hispania prerromana, p. 165). Para el Childe de 1926, los indoeuropeos habían conseguido «el verdadero progreso» (The Aryans, p. 211) sólo por la mentalidad que generaba su lenguaje. Palabras las de Childe con un doble filo. Por un lado, alimentan el multiculturalismo porque entrañan la oposición e inconmensurabilidad de las lenguas. Por otro, atribuyen a las lenguas indoeuropeas una categoría y una potencia desorbitadas, y que difícilmente puede demostrarse. El propio Childe, según cuenta el arqueólogo británico Colin Renfrew Colin Renfrew, Archeology and Language. Londres, Jonathan Cape, 1987, p. 13 de la versión española (Barcelona, Crítica, 1990)., evitó después de la Segunda Guerra Mundial cualquier referencia a The Aryans. Esa unidad espiritual de la lengua común del V milenio a.C., según sostiene Villar, pudo existir, pero es difícil pensar que siga actuando hoy, después de las mutaciones culturales que han tenido lugar en Europa. Si hay alguna unidad espiritual en las lenguas de Europa habría que buscarla en el hecho, constatado en la Enciclopedia de Price, de que las lenguas europeas han pasado por el trance de traducir la Biblia y de expresar el cristianismo. La forja de muchas de esas lenguas y su norma literaria se debe en buena medida a esta circunstancia. Con independencia de ello, la tesis de Childe –la unidad espiritual (indo)europea– parece actuar como el Grial para los caballeros medievales: se non è vero, è ben trovato. Con ese fondo, la indoeuropeística de Villar proyecta un sentido que sobrepasa el dominio del método lingüístico, algo que en verdad no es frecuente. La lingüística está aquí orientada a la historia y a la arqueología. Discutir si existió una vocal / a / en el protoindoeuropeo no es un mero tecnicismo de la lingüística histórico-comparada, sino que tiene consecuencias para el estudio de la prehistoria de Europa (Villar, Los indoeuropeos y los orígenes de Europa, p. 189). Por poner un ejemplo de esta actitud, que es la opuesta a la del técnico de la lingüística –una figura cada vez más frecuente–, resulta ilustrativo el del género gramatical. Discute Villar la actitud feminista de reprochar que aparezca el masculino (en sustantivos y adjetivos) como género preferido cuando están incluidas las mujeres.Así, al referirse a unos y a otras,se emplea el masculino como en los vascos, algo que no gusta a la corrección política y al feminismo, y razón por la que algunos dicen los vascos y las vascas. Pues bien,Villar explica que en el antiguo indoeuropeo no existía distinción masculinofemenino en sustantivos y adjetivos, igual que sucede en muchas lenguas actuales, como el inglés. Una sola palabra servía en los seres animados para uno y otro sexo, como jilguero, gorrión, etc.Así, al usar jilguero (o jilgueros) se incluye a los machos y a las hembras. La forma escueta del masculino admite la expresión analítica perdiz macho y también la expresión analítica perdiz hembra; por tanto, la forma del masculino permite denotar ambos géneros, cosa que el femenino no admite, ya que no podemos decir leona macho. El femenino, en oposición al masculino (lobo/loba), es una creación posterior, que saldría de frases como «hembra de lobo», donde la –a del femenino estaría en la forma indoeuropea *gwena. La forma escueta del masculino, además de incluir uno y otro género, no necesita una marca especial: esto explica la preferencia por el masculino en las lenguas donde hay distinción masculino/femenino. Esta explicación, como es evidente, no tiene nada que ver con el machismo. Pero también, como afirma Villar, el masculino indica que este género era en la antigua sociedad indoeuropea el género consabido, o que se consideraba más natural en una sociedad patriarcal. Pero el lenguaje, que es por definición una tradición que enlaza generaciones, conserva ese uso del masculino según su constitución histórica en una sociedad que va haciendo cada vez más desaparecer el patriarcado. En consecuencia, es difícil mantener, y así lo hace ver Villar, que la preferencia por el masculino es una señal de machismo; se trata más bien del resultado de las leyes del lenguaje y de un desajuste impuesto por su carácter tradicional. Pero la indoeuropeística de Villar trata dos temas (y problemas) fundamentales. Uno se refiere al cambio lingüístico; el otro a los procesos históricos que afectan a los cambios de lugar que experimentan las poblaciones junto con sus lenguas y culturas, explicados por dos hipótesis opuestas: la migracionista y la difusionista.Ambos problemas van de la mano y la solución consiste en casarlos, cosa que hasta ahora nadie ha conseguido. El tema (y problema) de interés científico de la lingüística histórica es el cambio lingüístico, o cómo cambian las gramáticas a lo largo del tiempo. La indoeuropeística del siglo XIX ofreció dos modelos: el de árbol genealógico y el de ola en avance.Villar los explica y desarrolla a lo largo de Los indoeuropeos. El primero fue propuesto por August Schleicher en 1853 August Schleicher, «Die ersten Spaltungen des indogermanischen Urvolkes», Allgemeine Zeitung für Wissenschaft und Literatur, agosto de 1853, pp. 786-787. , mientras que el segundo lo formuló otro alemán, Johannes Schmidt, en 1872. El modelo de árbol de Schleicher sostiene que las lenguas cambian a lo largo del tiempo, con distinto ritmo, de modo que los cambios lingüísticos surgen en el proceso de separación de la lengua ascendente común o protolengua cuando una población se mueve a otro espacio distinto de aquel en que se halla situada la lengua ascendente. Las ramas del árbol recogen la divergencia que surge en el tiempo. El modelo de ola, por el contrario, propone que los cambios (las innovaciones lingüísticas) se producen desde una o varias lenguas o dialectos en un cierto espacio y se propagan como una ola a los espacios colindantes, de modo que al alcanzar la ola (la innovación lingüística) distintos espacios lejanos del origen de la ola, se producen semejanzas entre las lenguas que ocupan esos espacios lejanos y la lengua o lenguas del punto original de la ola, unas semejanzas que antes no existían. La realidad histórica concreta de las lenguas se encarga de validar cada uno de los modelos que no son, por tanto, incompatibles.Además, estos modelos han sido tomados por biólogos y arqueólogos, que han entrado de lleno en el problema de la distribución geográfica y la clasificación genética de las poblaciones y sus lenguas.Así, desde 1970 el biólogo Luigi Luca Cavalli-Sforza y su equipo han desarrollado una idea que aparece en el Origen de las especies (1859), pero ya presente en los escritos de Herodoto y en los exploradores y misioneros del siglo XVIII : se trata de la asociación de lenguas con etnias. Darwin (Origen, cap. XIV ) afirma que «si poseyéramos un pedigrí perfecto de la humanidad, la mejor clasificación de las diversas lenguas habladas ahora en el mundo la ofrecería una disposición genealógica de las razas del hombre [...]. Los diversos grados de diferencia entre lenguas del mismo linaje tendrían que ser expresados por grupos subordinados a otros grupos». Es decir, la mejor clasificación de las lenguas sería el modelo de divergencia de las lenguas a lo largo del tiempo, representado por el árbol de Schleicher de 1853. Pero la clasificación de las lenguas indoeuropeas no casa perfectamente con este modelo. La razón de ello ha sido explicada por Albert Ammerman y Luigi Luca CavalliSforza Albert Ammerman y Luigi Luca CavalliSforza, The Neolithic Transition and the Genetics of Population in Europe, Princeton, Princeton University Press, 1984. , que argumentan que la distribución geográfica de las lenguas indoeuropeas es una consecuencia de la difusión de la agricultura, difusión que actúa en forma de ola: a medida que aumenta la densidad de población, los agricultores se desplazan lentamente en distintas direcciones. El arqueólogo Renfrew adopta este modelo, y añade que las lenguas de los agricultores sustituyen a las lenguas de las poblaciones sobre las que avanzan. Villar sostiene que el modelo de difusión y sustitución lingüística de Renfrew (1987) realiza predicciones erróneas para el parentesco lingüístico. De acuerdo con Villar ( Los indoeuropeosy los orígenes de Europa, p. 69), se esperaría de este modelo «una conexión dialectal inmediata, grupo a grupo, de todos los dialectos indoeuropeos, en un gradiente continuo, con zonas de transición entre una y otra lengua, de forma que la mayor proximidad lingüística se daría entre las lenguas geográficamente más cercanas, y el mayor alejamiento dialectal se encontraría entre las lenguas físicamente más distantes». Para concluir afirmando que «el mapa dialectal de las lenguas indoeuropeas dista mucho de ofrecer el gradiente citado». Sin embargo, en contra de lo que afirma Villar, el modelo de la ola que adopta Renfrew no predice exactamente esa situación. Para Renfrew ( Archeology and Language, cap. 7), los agricultores y sus lenguas se desplazan, sí, en forma de ola, pero cuando topan con un espacio ya ocupado, ya libre puede suceder: a) que los habitantes del espacio ya ocupado aprendan la agricultura por intercambios, pero no la lengua de los que llegan, como podría ser el caso del vasco; b) aunque el espacio esté desocupado, puede ocurrir que los agricultores instalados en el nuevo espacio pierdan el contacto con su región de origen, y de este aislamiento, con el paso del tiempo, surgen divergencias con la lengua de origen, lo que hace que la diferenciación lingüística se ajuste al modelo del árbol de Schleicher. Con ello quedaría satisfecha la necesidad de dar cuenta de la discontinuidad entre áreas, como nota Villar. Y, desde luego, puede suceder que el espacio al que lleguen los agricultores esté ya ocupado. En este caso las lenguas de las regiones ocupadas hacen de sustrato que puede modificar las lenguas de los agricultores. Renfrew admite, pues, el modelo de cambio lingüístico del árbol a la vez que explica la distribución geográfica de las lenguas indoeuropeas de acuerdo con su modelo difusionista de ola en avance. En consecuencia, la ola o gradiente lingüístico («continuum», como lo denomina otras veces) de que habla Villar en la página 69 (y al que recurre en numerosas ocasiones: pp. 362, 371, 383, 394, 446, 459, 537, 545) es compatible con el modelo del árbol, algo que Renfrew sostiene explícitamente al adoptar la tesis del apartado b) anterior, y que el propio Villar afirma resueltamente en la página 521 en la conclusión de su libro. En consecuencia, la fisonomía de las lenguas indoeuropeas sería resultado tanto de los avances en ola por agricultores que sustituyen a otras lenguas por la común indoeuropea como del aislamiento geográfico de esta lengua sustituyente. El segundo tema (y problema), el reverso de la cuestión de la distribución y fisonomía de las lenguas indoeuropeas, es el que enfrenta migracionismo contra difusionismo. En el caso indoeuropeo, admite dos modalidades: la kurgánica (o migracionista, defendida recientemente por la arqueóloga Marija Gimbutas, y antes por Childe) y la agrícola (o difusionista) de Ammermann y Cavalli-Sforza, seguida, como hemos visto, por el arqueólogo Renfrew. Según la hipótesis kurgánica, llamada así por la costumbre funeraria de esos pueblos de enterrar a los muertos en una sepultura-vivienda cubierta por un túmulo o kurgán Kurgán es la palabra rusa para túmulo, montículo. , los guerreros de las estepas del sur de Rusia se desplazaron desde el V milenio a.C. en sucesivas oleadas hacia el oeste, hasta el Danubio, posteriormente a Escandinavia, y hacia el este, hasta la India.Villar defiende de forma temprana en su libro esta hipótesis, porque la considera congruente con la reconstrucción del indoeuropeo que presenta. La hipótesis de la difusión agrícola de Renfrew parte de la región de Anatolia, de lengua indoeuropea, en el sureste de Turquía, y de allí se difunde con la lengua hacia el oeste: Grecia, los Balcanes, Europa Central y sur de Francia y España. También supone otros dos centros difusores de la agricultura: uno en Ali Kosh, en el suroeste de Irán; desde aquí los agricultores y sus lenguas irían hasta el norte de la India. Renfrew supone que las lenguas de Ali Kosh fueron reemplazadas por lenguas indoeuropeas. Finalmente, otro centro de difusión se situaría en Palestina y avanzaría hacia el norte de África. Para Villar, el difusionismo agrícola «choca con tantas cosas, es ajeno a tantas exigencias, vulnera tantas convicciones». Básicamente, choca con el tiempo necesario para que se produzcan los cambios lingüísticos, que Villar supone que en algunos casos es insuficiente, tal como propone Renfrew. En el caso del griego homérico y clásico y el sánscrito védico, lenguas muy próximas,Villar afirma que no han podido separarse antes del 2400 a.C. El problema aquí es que la lingüística no dispone de un reloj molecular como la biología, de modo que la tasa del cambio lingüístico es desconocida. El argumento del tiempo es, por el momento, un indecidido. Sin embargo, en su libro Indoeuropeos y no indoeuropeos (p. 436), del que nos ocuparemos más adelante, sostiene que el proceso de indoeuropeización de la Península Ibérica se ajusta mejor al modelo de la ola de Cavalli-Sforza y Renfrew, y no al modelo de migraciones invasoras. El escenario de Renfrew tiene otras consecuencias lingüísticas, como la existencia de algunas correspondencias entre indoeuropeo y semítico, que de hecho sí se encuentran y son agrupados por la lingüística histórica en la macrofamilia nostrática (nuestras lenguas), aunque las dificultades de establecer este parentesco son grandes por las limitaciones del método comparativo. En relación con este punto,Villar destaca que el método comparativo multilateral –comparar varias familias lingüísticas simultáneamente– es más proclive al error, porque las palabras que se comparan han podido sufrir muchas transformaciones, y las semejanzas entre ellas pueden resultar casuales. El panorama de la indoeuropeística que ofrece Villar se aparta en otros puntos del que presentan otros especialistas actuales, como Rodríguez Adrados, Bernabé y Mendoza Francisco Rodríguez Adrados,Alberto Bernabé y Julia Mendoza, Manual de LingüísticaIndoeuropea,Madrid, Ediciones Clásicas, 1995. , o el de Calvert Watkins Calvert Watkins en Anna Giacalone Ramat y Paolo Ramat (eds.), Le lingue indoeuropee. Bolonia, Il Mulino, 1993 (existe traducción española de Pepa Linares en Madrid, Cátedra, 1995). . Pero el autor piensa que en el estado actual de la lingüística indoeuropea sólo cabe presentar un punto de vista con argumentos bien elaborados, aunque no sean compartidos. Esta actitud es muy legítima, pues, como opinaba Einstein Albert Einstein, citado por Gerald Holton, The Scientific Imagination, Cambridge, Cambridge University Press, 1978. , la ciencia como algo que está surgiendo, como meta, está teñida de convicciones propias El segundo libro de Francisco Villar, Indoeuropeos y no indoeuropeos en la Hispania prerromana, tiene un interés extraordinario para la prehistoria de España y propone un giro radical en la interpretación de los topónimos y antropónimos hispánicos. Hasta ahora los lingüistas históricos habían establecido una división en dos zonas: la Hispania indoeuropea y la no indoeuropea.Así, Antonio Tovar «Pre-indoeuropean, pre-celts, and celts in the Hispanic Peninsula», Journal of Celtic Studies, I, 1949, pp. 11-23. En cierto modo, el libro de Villar está empeñado en desmontar la tesis de Tovar., en 1949, afirmaba que España está dividida en dos áreas lingüísticamente opuestas. La primera pertenece a zonas ocupadas por indoeuropeos en el noroeste y llega por el sur hasta el Tajo y el Guadiana. Cuenca, La Rioja, Soria, Guadalajara y Teruel forman su límite oriental, mientras que por el noreste limita con el País Vasco. La segunda pertenece al sur de España, la costa mediterránea,Aragón, Navarra y Vasconia. Los pueblos más conocidos de esta zona son los vascos, los íberos y los tartesios.Villar sostiene, en este estudio monumental de la onomástica iberopirenaica y del sur de España, que esta onomástica es indoeuropea, pero no celta, frente a la tesis tradicional y vigente que la considera vinculada con el norte de África. La consecuencia para la arqueología prerromana hispánica es que deben encontrarse testimonios arqueológicos para este pueblo indoeuropeo no céltico en la zona meridional e iberopirenaica.Villar concluye, además, que «entre la toponimia catalana y andaluza a todo lo largo del Guadalquivir hay una sensible igualdad lingüística, que en cambio no se da respecto al oeste y noroeste» (p. 440). Pero la conclusión general de esta notable investigación es que en España hay más indoeuropeo de lo que se pensaba, o de lo que pensaba Tovar. Si Villar ve confirmada su tesis, lo no indoeuropeo de la Península son bolsas como el vasco, el tartesio y el ibérico, que deben de ser posteriores a esta indoeuropeización temprana.Además, la hipótesis de que el vasco era la primitiva lengua de Iberia, el vascoiberismo proclamado por Guillermo de Humboldt a principios del siglo XIX , sufre ahora un nuevo golpe, que se suma a los ya recibidos, por más que algunos especialistas en inmunología se empeñen en lo contrario. Para desmontar la tesis vigente,Villar realiza un estudio comparativo de la onomástica hispánica y de la onomástica centroeuropea. Como la ciencia contiene una parte sustancial de método, el que sigue Villar debe ser tenido en cuenta para su valoración. Parte, en primer lugar, de establecer un parentesco por probabilidad. Consiste en agrupar series numerosas de topónimos hispánicos y compararlos en bloque con topónimos indoeuropeos de Europa. Así, el conjunto hispano de la serie UB-OB (pp. 147-148) contiene 159 unidades (por ejemplo,Úb-eda, Córd-oba), en las que se incluyen topónimos que no pertenecen al estrato más antiguo que se está comparando. El conjunto puede contener tanto nombres atestiguados en las fuentes antiguas griegas y latinas como nombres modernos. Ese conjunto se pone en correspondencia con otro conjunto de cien nombres indoeuropeos no hispanos en que es posible reconocer bien el mismo elemento de la serie (UBA) –según Villar–, bien un elemento que el autor reconstruye, en este caso *UB (el asterisco indica que se trata de una reconstrucción). La raíz *UB es indoeuropea y es una de las formas que denotan «agua». En consecuencia, el conjunto hispano y el indoeuropeo no hispano serían cognados, es decir, se habría establecido una relación de parentesco lingüístico. Para probar que ambos conjuntos están relacionados históricamente, afirma que las coincidencias no pueden ser aleatorias, y no pueden serlo porque sería estadísticamente absurdo pensar que un conjunto de cien unidades coincidiese por puro azar con otro conjunto de 159 unidades. El argumento de que, dados dos lenguajes A y B, aparentemente no relacionados porque sus elementos tienen una probabilidad muy baja de coincidencias entre ellos, sí están emparentados cuando presentan algunos elementos coincidentes que no pueden explicarse por azar, ha sido empleado por Joseph Greenberg para establecer relaciones entre familias de lenguas muy alejadas (amerindio y afroasiático, por ejemplo). En el caso que nos ocupa,Villar introduce en los conjuntos de comparación todos los nombres que se parecen en una serie, y que se encuentran en una determinada distribución geográfica. Esta distribución hace más fiable la comparación. Pero, con todo, no cabe excluir que en ese conjunto haya nombres que coinciden por azar. En consecuencia, el establecimiento del parentesco entre conjuntos de comparación es probabilístico, sin que sepamos cuál es la probabilidad precisa. Una vez establecido el parentesco por probabilidad,Villar trata de establecer las correspondencias (o leyes) fonéticas entre ambos conjuntos, tal como prescribe el método comparativo clásico. Las correspondencias son establecidas de forma impecable. Sólo los detalles pueden originar dificultades.Y aquí Villar, como buen científico, se las pone él mismo, sin esperar a que otro se las airee. En este caso, no omite decir que también hay topónimos con ese significado que contienen / p /, como Galup-e (Málaga), Gurr-up-era (Jaén) y algunos otros. Estos ejemplos suponen una complicación porque la transformación de la consonante indoeuropea / b / de *UB en *UP es un fenómeno insólito, para el que ofrece una explicación plausible pero ad hoc. Un resultado de esta comparación masiva es un sistema vocálico para este hipotético indoeuropeo no céltico con cuatro vocales: / i e a u /. Esto explicaría el comportamiento fonético de la onomástica que estudia,como la alternancia de los nombres con la raíz *UB, que aparecen como *OB o como *UB. La razón de esta alternancia es que una lengua de cinco vocales, como el latín o el ibérico, posteriores en el tiempo a esa lengua propuesta por Villar, reproduciría la vocal / u / unas veces con / o / y otras veces con / u /, por ser las más parecidas. La propuesta de un sistema de cuatro vocales, que contiene / a /, para el indoeuropeo más antiguo (que también defiende en su libro Los indoeuropeos y los orígenes de Europa) no suscita, sin embargo, el consenso de los especialistas. Pero desde el punto de vista de la tipología lingüística es plausible.Villar afirma que el sistema común de cuatro vocales precede al de cinco vocales, que aparecería en los dialectos de la lengua común.Y éste es el pilar lingüístico que apuntala la teoría de una lengua indoeuropea no céltica en la Península Ibérica. En suma, esta lengua indoeuropea no céltica es una hipótesis plausible y probable, que la arqueología y la prehistoria tendrán que corroborar. La Enciclopedia de las lenguas de Europa se ocupa de las circunstancias sociales, culturales, políticas y demográficas que acompañan a sus hablantes, sin olvidar los alfabetos en que se escriben. Esta lingüística externa no resulta tan alejada como parece de la lingüística interna que emplea el método comparativo. La Enciclopedia contiene cerca de quinientas entradas que informan de las lenguas europeas vivas o muertas y de las peripecias que han acompañado su historia. Para esta Enciclopedia, Europa no es la unión política de los veinticinco Estados que forman actualmente la Unión Europea, sino una zona geográfica y geológica que incluye desde Islandia, las Azores, Malta y las montañas del Cáucaso (incluyendo las lenguas al norte y al sur) hasta los montes Urales. Por otra parte, el concepto de lengua y dialecto que emplea puede originar polémica. Así, alguno se extrañará de que el asturiano sea considerado como una modalidad de la lengua española normativa, o alegrarse de que el valenciano se tenga por una variedad de catalán. En todo este informe se encuentran dos hebras entrelazadas, a modo de basso continuo. La primera es el peso del cristianismo en la formación de las lenguas europeas. Dos son las razones de este peso: por un lado, las lenguas europeas han sido, junto con el latín, vehículo de la liturgia cristiana; por otro, se han tenido que enfrentar a la traducción de la Biblia en circunstancias históricas inusuales.Voy a destacar algunos casos significativos. El eslavo eclesiástico es una lengua que alcanzó el rango de lengua literaria y litúrgica gracias a la traducción bíblica y a su uso en el rito cristiano oriental. La promulgación de la Biblia del Estado holandés acabó por hacer de la lengua holandesa la lengua de la Iglesia, mientras que el frisón, otra lengua germánica de Holanda, permaneció como lengua familiar. En Escocia, el escocés, lengua germánica hermana del inglés, quedó desplazado por el inglés. Una causa de este desplazamiento fue precisamente la incapacidad de los escoceses para traducir la Biblia. En consecuencia, los protestantes escoceses acudieron directamente a la Biblia en inglés. Por el contrario, la traducción exitosa de la Biblia al galés, lengua céltica de Inglaterra, estableció la norma literaria galesa. El gótico, lengua germánica hoy desaparecida, dispone de una versión de la Biblia muy temprana, que resulta esencial para el estudio de las lenguas germánicas.Todo esto prueba que la existencia de una norma de escritura, con sus esquemas, clichés y léxico normativos, contribuye definitivamente a la fijación de una lengua. Por eso, la literatura forja una lengua como el martillo al metal, y la Biblia fue el metal sobre el que se han moldeado bastantes lenguas europeas. La Reforma protestante no es ajena al desarrollo de las lenguas nacionales. Primero desplaza al latín en la liturgia, y luego fomenta lenguas de uso nacional. Por ejemplo, el húngaro fue impulsado por la enseñanza reformista, que contribuyó así a darle carácter normativo, desplazando a dialectos locales, además de fomentar el nacionalismo.Y aquí entramos en la segunda hebra de esta Enciclopedia: las lenguas y el nacionalismo. La asociación de lengua y etnia puede rastrearse en Herodoto y en los autores latinos (Plinio), que identificaban a los no romanos como gentes o tribus situados en un cierto espacio geográfico donde hablan una determinada lengua. El romanticismo hereda esta concepción a través de Herder y Fichte ( Discursos a la nación alemana), que la sazonan con las ideas de Condillac, según el cual las lenguas expresan el carácter del pueblo que las habla. El empleo de esta concepción nacionalista de la lengua es, por lo demás, un componente consciente de un programa con consecuencias políticas, iniciado por los historiadores y filólogos alemanes del siglo XIX en los Monumenta Germaniae Historica. Ya sabemos cómo acabó hace sesenta años. Un caso ilustrativo del diseño nacionalista de las lenguas es el del checo y el eslovaco, hablados en la antigua Checoslovaquia, nacida en 1918 tras la Primera Guerra Mundial. Hoy, checo y eslovaco son dos «lenguas» de dos naciones.Ambas, sin embargo, proceden del eslavo occidental y se vieron influidas por el eslavo eclesiástico. Como informa la Enciclopedia, el eslovaco surge a partir del checo en textos de procedencia local.Las diferencias que existen entre checo y eslovaco son menores, pues forman parte de un continuum lingüístico que permite la inteligibilidad entre uno y otro. El estatuto de lenguas distintas se lo otorga el diseño nacionalista. En el siglo XIX , la intervención directa de lingüistas y filólogos checos del movimiento Sentimiento Nacional, Dobrovsky y Jungmann, resulta en la creación del checo moderno. El primero escribe una gramática checa... en alemán. Mientras, en Eslovaquia, Ludovit Stur escribió una gramática del eslovaco con el propósito deliberado de crear una nación eslovaca y suprimir las divisiones entre católicos (que usaban el checo) y luteranos (que utilizaban la variante eslovaca). Después de 1945 los lingüistas eslovacos crearon conscientemente nuevas palabras para acentuar la separación con el checo.Así, inventaron para «autopista» la palabra autostrada, que en checo es dálnice y en eslovaco coloquial dialnica. Casos parecidos son el serbio y el croata, el búlgaro y el macedonio, el bielorruso y el ucraniano, sometidos a procesos de diferenciación impuestos por el nacionalismo. Así se entiende que la ley bielorrusa de la lengua, de 1990, comience afirmando que «la lengua no es sólo un modo de comunicación, sino también el alma de la nación, el fundamento y la parte más importante de su cultura». A partir de ahí todo es justificable, incluyendo la falsificación de la historia de las lenguas. Las lenguas europeas, por tanto, no parecen ser ajenas a la intervención de la lingüística y de la filología, empeñadas en identificar lenguas y territorios originarios que sirvan para dar legitimidad a las divisiones nacionales y a sus élites de poder. Lo cierto es que Europa se ha constituido como el telar de Penélope: pueblos que van de un sitio a otro, que se mezclan más o menos con los que dominan, y a continuación los dominantes se vuelven dominados por otros que llegan. En consecuencia, no es posible proyectar de forma biunívoca lengua con territorio y con etnia. Las lenguas se extienden en el espacio, se continúan unas a otras, se hibridan o desaparecen, y las fronteras son más bien delimitaciones impuestas por el poder. En Europa las lenguas han convivido en reinos e imperios multilingües (el romano, el austrohúngaro, el hispánico), sin que a nadie se le ocurriera fundamentar en un sistema de signos convencionales el carácter de un Estado, de un reino o la personalidad de un individuo. Hoy, el nacionalismo más activo procede de la Europa del Este, y es especialmente grave en el caso de la antigua Unión Soviética, que con Lenin alentó las nacionalidades étnicas basadas sobre todo en la lengua, quizá con el fin de mantener la hegemonía rusa sobre ucranianos, bielorrusos, caucásicos, etc. Resulta estremecedor que después de la historia sangrienta de Europa en el siglo XX , fruto del nacionalismo más feroz, el continente oscuro se empeñe en continuar la herencia de ese nacionalismo presentando sus lenguas como un título de propiedad inherente a una finca y a sus propietarios. En algunos casos este nacionalismo recuerda al que originó la tragedia, y que narra Joseph Roth, testigo directo del final del imperio austrohúngaro, en La marcha Radetzky. «Nuestro siglo –escribe Roth– no nos quiere ya. Los tiempos quieren crearse ahora Estados nacionales. La nueva religión es el nacionalismo. Los pueblos ya no van a la iglesia. Van a las asociaciones nacionalistas».

01/10/2005

 
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