ARTÍCULO

Las palabras perdidas

Las tres sorores-Prames, Zaragoza
137 págs. 1.600 ptas.
Pre-Textos, Valencia
144 págs. 1.850 ptas.
 

El infatigable y prolífico escritor navarro se nos descuelga ahora, en el lapso de apenas un año, con tres nuevas entregas de su ya bien significativa, interesante y contundente producción literaria. Palabras cruzadas es un zibaldone, una floresta de varia invención, un jardín de prosas varias y curiosas pergeñadas al hilo de la actualidad, del vuelo de un gorrión o de cualquier murria que se desee espantar de las mientes, un homenaje, en fin, al Cuaderno gris de Pla (seguramente el nombre más citado en el texto) y, sobre todo, un delicioso prontuario rural, comenzado, como se explica en el prólogo, al mismo tiempo que el autor decide abandonar su Pamplona natal para ir a entonar las (presuntas) alabanzas de aldea en el valle del Baztán, al par que con una carraca espanta las yeguas matutinas que le perturban el sueño de la hora violeta, al filo del alba, o con una carraca de tinta y sangre espanta las pesadillas literarias, o no, que le asaetan de cuando en cuando al escritor combativo y entregado a su labor que es Sánchez-Ostiz. De todo ello, con muy buen humor y mejor prosa da cuenta esta admirable libreta de «philosophia vulgar», que dirían los del siglo XVI .

El vuelo del escribano, conjunto de nueve conferencias, una de ellas inédita, más un prólogo, escritas a lo largo de estos diez últimos años y entre las que no hay ninguna pronunciada «en la ciudad en la que vivía, Pamplona», responde a la necesidad, pública y privada, pero más lo primero, que siente el escritor, cada cierto tiempo, de dar cuenta de sí mismo, de lo que uno escribe y proyecta en prosas de ficción imaginativa, dietarios, poemas, cosas, al discreto lector. Los motivos últimos, confesados o no, de esas imaginaciones y las causas prácticas, casi siempre el encargo, la consabida conferencia, los bolos culturales de la corte, y de las pedanías autonómicas y municipales en que se tercie, que justifican estas páginas en que el escritor se disfraza de sí mismo y hace como que explica las causas y los azares que le llevan a exprimirse en palabras y a batirse en este extraño y solitario oficio de enfrentarse al papel en blanco y enlazar, con mejor o peor fortuna, una frase detrás de otra. Libro impagable para los admiradores y estudiosos de Sánchez-Ostiz, podrán seguir en él con, acaso, reiteraciones excesivas, el hilo de su obra narrativa, desde los ya lejanos tiempos en que se diera a conocer con Los papeles del ilusionista o, antes incluso, con Pórtico de la fuga, su primer poemario, hasta la última, voraz y voluminosa entrega narrativa del navarro, La flecha del miedo, obra muy emparentada, en tono, tema y ambición, con la que sigue siendo su mejor novela, Las pirañas, y que, a tenor de lo que él mismo cuenta en alguna de las conferencias de este libro, ha sido escrita prácticamente a la par, o al menos, en su rebufo, que la citada.

La flecha del miedo es una novela muy ambiciosa, excesiva, desmesurada, que relata, en tono de salmodia (de ahí las reiteraciones, las rimas internas, la estructura en espiral) la noche oscura, el descenso a los infiernos y su final salida, de un dante pamplonica y contemporáneo, Juan Fernández de Lugarbe, cincuentón, o casi, historiador del arte, educado en lo más rancio de la catolicidad navarra, dado a perder por el alcohol, la depresión, el amor (separado de Camino desde 1981... ¿el nombre de su ex mujer, tan simbólico, remite analógicamente a esa «secta» en la que el narrador confiesa estuvo atrapado?), el activismo político, la bohemia, las amistades fules, el sinsentido de una transición «preposfranquista» (sic) aliñada con nacionalismo vasco, terrorismo etarra y carlismo de Montejurra, los pinitos literarios, en los años setenta oficia de traductor y viaja a París, el brutal golpe que supone el suicidio de algunos colegas de la primera juventud... Todo ello, al cabo, explotó en una crisis paranoide que lo llevó, de loquero en loquero, a un psiquiátrico. A la vuelta (?) decide (?) ganarse la vida como ventrílocuo: sus actuaciones en un bar de «copas bravas» y su incapacidad por contemporizar ante los donfiguras locales, las nuevas fuerzas vivas recicladas en el pelotazo rampante de los ochenta, terminan con él, tras una soberana paliza, en un hospital... Junto a la brutalidad física, el acoso anímico, la sensación de no pertenencia, la lateralidad, ser del Opus para los de HB y viceversa, no tener ni siquiera una cuadrilla propia, ¡en Umbría!

Finalmente, la amistad de Gus y el amor de Irene (su Beatriz particular en este infierno de monstruos y tristezas frías) sacan de él toda la basura: este largo y tenso monólogo en el que se las tiene con sus propios muñecos, este viaje al País de Nunca Jamás, que lo desextravía, que le enseña a recuperar las «palabras perdidas y encontradas en la duermevela del hospital» (pág. 249 y cfr., pág. 577). Todo ello, todo el vomitón, el aturdimiento ebrio de la pesadilla que parece sin salida para, tras seiscientas páginas de prosa apretada y dolorida, encontrar o intuir el camino de la luz, advertir que «éstas, las que componen el rompecabezas de este viaje, no son palabras contra nadie. Es una parte de la conquista de la propia estima, es mi verdad, mi pequeña verdad, nada más» (pág. 584).

Libro poliédrico, desmesurado, bronco, audaz, furioso, no es la mejor novela de Sánchez-Ostiz, es, acaso, una indagación necesaria en las propias nervaduras, en el sentido que sostiene todo un edificio de escritor y de ciudadano, pero como obra de arte está lejos, me parece, de otros textos suyos y no le hace ningún bien el exceso: sólo retirando la palabra «ful», valga como ejemplo, la novela adelgazaría varias páginas, con doscientas menos el resultado habría estado a la altura de Las pirañas. En todo caso, un trabajo, tres, de uno de los escritores más interesantes del pre-posfranquismo, que diría el ventrílocuo.

01/06/2000

 
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