ARTÍCULO

La felicidad de escribir

Alfaguara, Madrid, 1997
392 págs.
Alfaguara, Madrid, 1997
688 págs.
 

Toda una leyenda de gracia y de simpatía envuelve el recuerdo de Juan García Hortelano y hace que las valoraciones de su obra tiendan –casi por fuerza– a convertirse en un homenaje a su personalidad insustituible. Pese a lo cual, su reputación como escritor ha quedado circunscrita a un tiempo muy determinado, y ni siquiera la profunda revisión que él mismo emprendió de sus planteamientos estéticos, sometidos a constante experimentación a partir de los años setenta, alcanzó a sacarle del todo de esa suerte de limbo en el que, hasta hace bien poco, han permanecido la mayor parte de los autores cobijados en su momento bajo la flagelante etiqueta del realismo social.

Algún día habrá que indagar con detenimiento en la fatalidad que determinó el destino de toda una generación de escritores cuya evolución quedó confundida por un reiterado desajuste entre su proyecto literario y las circunstancias históricas, sociológicas, culturales que conformaron el «horizonte de expectativas» en que ese proyecto hubo de desarrollarse. Entretanto, justo es que se reivindique el papel y la valía de algunos de esos escritores, toda vez que ello no suponga la pretensión de revalidar sin más sus propuestas, demasiado condicionadas por el clima sofocante de la época.

Todo acto de restitución invita al desagravio, y es fácil, desde ahí, caer en exageraciones. Nada mejor que acogerse, en este punto, a las medidas palabras que García Hortelano pronuncia en 1987: «Por supuesto que de una situación histórica como la franquista es imposible que la cultura salga indemne y que a la literatura no le queden colgados algunos andrajos. Es verdad que los textos permanecen, pero, mientras no sea estudiado críticamente, persistirán los conceptos estereotipados y las simplicidades que tras de sí dejan las épocas miserables». En el mismo texto, hace García Hortelano una interesante observación acerca de lo que él califica como «dimisión del novelista de su tarea totalizadora». Y puntualiza: «Si todos los novelistas fueran los dioses que el oficio estrictamente exige, la literatura y su historia resultarían abrumadoramente incómodas de explicar, tan abrumadoramente difícil como resulta explicar a Cervantes o a Proust». Frase que viene al pelo para reparar en un servicio utilísimo que García Hortelano hace a la literatura española, a saber: el de contribuir inmejorablemente a la explicación de sus alcances y limitaciones en el transcurso de un período –el que va de 1962 a 1992– que sólo se antoja largo en la medida en que aparece repleto de problemáticas vicisitudes. («Treinta años no es nada en el tango de la historia», advierte el autor de Tormenta de verano, «pero aún es menos si casi veinte años de esos treinta transcurrieron en tiempos de silencio, de equívocos provocados por la falta de libertad, de ignorancia dirigida y de confusiones consentidas».)

No es en absoluto seguro que las posibilidades expresivas sean las mismas en cualquier época, tampoco equivalentes. En un recuento de su trayectoria hasta Gramática parda, García Hortelano se refiere a «la astucia, o tormento, que precisó un novelista español para no acabar escribiendo en inglés o en francés». Cabe pretender que su literatura conserva siempre las huellas de ese tormento y de esa astucia, nunca del todo borradas por la huella sucesiva de aquello que en definitiva aseguró su fortuna como escritor: la felicidad misma de escribir, de contar, de decir.

Un artículo fechado en 1985 («Novela española y escritura») alude con precisión admirable a la problemática que condiciona la apuesta literaria de García Hortelano: la de dar con una escritura congruente con el estado de la lengua castellana de aquel tiempo. Tanto o más que las premisas cívicas en que se basó el llamado realismo social, la aventura literaria de García Hortelano y de algunos otros escritores de su promoción se explica sobre todo a través de su actitud polémica con la prosa narrativa de una época en la que se hacía evidente –al menos para aquellos pocos que tenían ojos e inteligencia para verlo– el fracaso, a efectos de la novela, tanto de la prosa estética y de la prosa lírica como de la prosa intelectualista y la prosa antiliteraria. «Probablemente», dice en ese mismo artículo Hortelano, «las intenciones literarias constituyan un lastre para ciertos narradores». Las suyas se orientaron programáticamente a neutralizar «la curialesca y polvorienta prosa peninsular», objetivo que en buena medida cumplieron. Pero caben dudas acerca de si acertaron con esa tonalidad que, al decir del propio Hortelano, determina la perdurabilidad de un estilo en la medida en que logra mantenerse inmune a las transformaciones de la lengua y de los gustos. Que no fuera así se explicaría, acaso, por un error de selección de los modelos seguidos, que en su caso fueron principalmente los de una literatura exhausta –la francesa– cuyo recorrido, desde Céline hasta Vian, desde el nouveau roman hasta Oulipo, viene determinado por una tradición de la que España adoleció durante siglos: la de ese grand style que, en la misma España, un escritor muy próximo a Hortelano –Juan Benet– se propuso refundar.

La publicación de los cuentos completos de García Hortelano ofrece una excelente ocasión para contrastar lo dicho hasta aquí, y para hacerlo, además, en el terreno que más fácilmente se escabulle de las generalizaciones realizadas, por cuanto el género ofrece inagotables posibilidades para un talento múltiple, irónico e inquieto como el suyo. Vázquez Montalbán ha dejado dicho que los cuentos de García Hortelano «dan la medida de su mirada y de su técnica y quedarán como un friso de la ciudadanía de su tiempo, más acá del costumbrismo». Son palabras certeras, que dimensionan adecuadamente la contundencia con que, pocas líneas más arriba, el mismo Vázquez Montalbán asegura que «en los últimos años, una nueva mirada lectora y crítica sobre García Hortelano ha descubierto su valor como uno de los grandes escritores españoles de este siglo».

Más conformidad con tamaña consideración suscitan los textos reunidos en el espléndido volumen de Crónicas correspondidas, lección magistral de ensayismo periodístico en el que se reconoce el mejor estilo de García Hortelano (el de su verbo tertuliano, dicho sea con perdón de esta palabra desprestigiada por la televisión y la radiofonía) y, más ampliamente, el de una sociedad de amigos que fue también milicia de inteligencia y de una «común afición a la felicidad». Para todos ellos, se trató siempre de la vida, palabra que en su jerga rimaba con mujeres y con alcohol pero que, extrañamente, desembocaba siempre en la literatura. Lo cual explica que, entre tantos artículos dedicados al fútbol, a la actualidad política, a los amigos, a Madrid, Roma, Barcelona o a la resistible ascensión de la imbecilidad, esta compilación incluya un puñado importante de textos en los que su autor da cuenta de su perspicacia agudísima como lector y que acreditan algo desaparecido casi misteriosamente de las generaciones posteriores: un pensamiento literario afincado en un conocimiento directo de la tradición propia y en una sincera vigilancia de sus perspectivas.

01/08/1997

 
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