ARTÍCULO

Dilemas zoológicos

Alfaguara, Madrid, 270 págs.
 

El día 13 de febrero de 1983, un emigrante cubano tiene la pésima ocurrencia de matar en defensa propia a un ciudadano estadounidense. Los hechos, según se desprende del juicio, han ocurrido de la siguiente forma: en esa fecha, José sale del cine acompañado de la pequeña Lulú, su supuesta novia; en determinado momento, les sale al paso Wesley Craven, titular de derechos más antiguos por lo que a la chica se refiere, además de borracho empedernido y quaterback estrella de un equipo de fútbol americano. Un intercambio de miradas desconcertadas y furiosas. Una pistola y una trincha de carpintero. Un homicidio y una princesa doblemente abandonada.

José cuenta apenas con diecisiete cuando la maquinaria de la justicia norteamericana le cae encima con el peso carcelario de veinte años de condena. En prisión, el cubano aprende todo lo que hay que saber para sobrevivir en semejantes sitios, convirtiéndose paulatinamente en una fiera que dibuja Cristos y radares en la pared del presidio. Se atormenta intentando imaginar cómo pudo haber sido su frustrado, único e imposible primer encuentro con la mujer, cuyas facciones juveniles, por cierto, ahora se empeña inútilmente en recordar. De esta forma el cautivo va deshojando el tiempo, hasta que cumple los treinta y tres y un acontecimiento inesperado da un vuelco a su vida. Las autoridades penitenciarias y gubernamentales le ofrecen la oportunidad de cambiar su prisión de piedras por otra más ventilada: la de los barrotes de una jaula del zoológico, donde será exhibido como un paradigma del homo sapiens.

La fábula de José, como su propio autor reconoce, es deudora, entre otras, de dos obras anteriores (A Manin the Zoo, de David Garnett, y TheBallad of Reading Gaol, de Oscar Wilde) y representa la vuelta de Eliseo Alberto a la palestra novelística tras haber obtenido el Premio Alfaguara de Novela 1998. Constituye algo así como una especie de parábola contemporánea que toca varios asuntos problemáticos: la brutalidad de la sociedad moderna, la tragedia del exilio cubano, la animalidad inmisericorde del hombre y, en contraposición, la humanidad increíble de ciertos animales. El relato juega constantemente con la idea de la libertad en el cautiverio y el encierro en la libertad cuando ésta no se ejerce con un vigoroso sentido de la responsabilidad.

Hay en la mayoría de las páginas, qué duda cabe, oficio, criterio atinado a la hora de plantear literariamente las distintas situaciones que se van entrelazando para poner de relieve el contradictorio drama personal (la cárcel, la jaula, la posibilidad de escapar) del cubano. Pero hay también un buen número de párrafos que parecen responder principalmente a la urgencia de terminar una novela (por ejemplo, «El último solo de Zenaida», en realidad una larga reiteración de lo que ya se ha dicho, y mejor). Los personajes sobre todo José, consiguen despertar la ternura, la rabia y simpatía del lector. Sin embargo, en algunos instantes pierden su vitalidad y semejan los simples componentes de un esquema de escritura detalladamente preconcebido. Demasiadas referencias a la cultura televisiva y radiofónica de la globalización restan fuerza al aliento narrativo. Como contrapartida, valgan su desparpajo, soltura y humor.

De este modo, Eliseo Alberto sale más o menos airoso de una empresa nada sencilla, la de volver a la lid novelesca en calidad de galardonado. Quizá el mayor mérito de La fábula de José resida en su capacidad para replantear, con preocupante vigencia, un viejo interrogante que afecta a la esencia misma del hombre: ¿está entre sus atributos la disposición moral a sacrificarse para salvar a otro o, por el contrario, como proclama Wilde en su tristísima balada, es precisamente su proclividad a matar todo lo que ama, el rasgo peculiar que lo distingue de las demás especies?

01/03/2001

 
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