ARTÍCULO

La Unión Europea: ¿nueva Babel?

 

¿Qué es un dialecto? ¿Qué es una lengua? Estas dos preguntas tan fáciles de formular tendrían diferentes respuestas dependiendo del momento histórico al que se aplicaran.Variedades lingüísticas con rango de lengua nacional en el pasado, como ocurrió, por ejemplo, con el inglés de la Alta Edad Media conocido como sajón occidental –la lengua del rey Alfredo, cuya corte estuvo en Winchester–, han podido derivar a no ser más que una variedad dialectal cuando otro dialecto más pujante –el inglés de Londres, por ejemplo– se impuso más tarde por razones políticas e históricas como lengua nacional, y del que básicamente procede la lengua hablada en Gran Bretaña hoy conocida como «inglés estándar» o con el eufemismo «Received Pronunciation», que no es, ni mucho menos, una variedad regional, sino de clase social. La conciencia de clase social inferior asociada a otras variedades dialectales que no fuesen la adoptada por la lengua oficial surgió muy temprano en la historia del inglés. Ya en el siglo XVII John Aubrey (1627-1697), en el bosquejo biográfico que hace de sir Walter Raleigh (1552-1618) John Aubrey, Brief Lives, Penguin Hammondsworth, 2000, pp. 259-272., un favorito de la reina Isabel I, dice que lo único que afeaba su culta conversación era su acento de Devon. En tiempos más recientes, los detractores de Margaret Thatcher hablaban con ánimo de ofensa de cómo a veces afloraba su acento natal por la capa superficial de su acento aprendido de Oxford.

Ni que decir tiene que en la Inglaterra de hoy no se han silenciado ciertas variedades lingüísticas regionales (la de Dorset o la de Norfolk, por ejemplo), pero, dado que no tienen prestigio social, su uso queda restringido como vehículo de expresión y comunicación entre gentes que no aspiran a ascender en la escala social; no hay poderes públicos que las reivindiquen y son sólo materia de estudio para unos cuantos lingüistas Un libro interesante a este respecto es el de Peter Trudgill, The Dialects of England, Oxford, Blackwell, 1999.. El uso escrito de estas variedades de la lengua inglesa ha quedado confinado a ciertas pinceladas en algunos diálogos de obras literarias, como ocurre por ejemplo en algunas de las novelas de Thomas Hardy (1840-1928), o en contadas ocasiones como señal de identidad de algunos nostálgicos. Es ilustrativo de este último caso el telegrama que en 1950 http://www.dorsetshire.com/cgi-bin/ dialect.pl?mode=NORMAL dirigió la Sociedad de Hombres de Dorset (The Society of Dorset Men) al Rey Jorge con motivo de su cena anual. Dice lo siguiente: «To His Majesty King Jarge,/ Oonce more, the Zociety o' Darset Men, voregather'd round their vestive bwoard at th' Darchester Hotel vor their Yearly Junket, d' zend Yer Most Graishus Majesty their dootiful greetins and expression of unswerven loyalty an' devotion. May Yer Majesty be zpared to us vor many years as our pattern an' guide./ I d' bide, vor all time,/ Yer Vaithful Zarvint and Counsellor» En traducción, el texto dice: «A Su Majestad el rey Jorge,/ Una vez más, la Sociedad de Hombres de Dorset, reunidos en torno a la mesa festiva en el Hotel Dorchester para celebrar su banquete anual, envían a Su Majestad el obligado saludo y le expresan su inquebrantable lealtad. Ojalá que durante muchos años contemos con Vuestra Majestad como modelo y guía./ Que así sea por siempre,/ Vuestro leal servidor y consejero».. Con esta muestra se intenta ejemplificar la vigencia de otros «ingleses», desconocidos para la mayoría, sin cobertura en los medios de comunicación y soterrados por la pujanza de la lengua estatal. Aunque parece evidente, conviene recordar el símil de que cualquier variedad lingüística adoptada por una comunidad de hablantes es como un ser vivo que nace, se desarrolla y muere.Y resulta evidente también que para dilatar o retardar la llegada de esta tercera fase se necesitan ciertos requisitos que van más allá de la voluntad o el apego de sus hablantes. De algunos de estos requisitos nos habla el libro de Miquel Siguan, La Europa de las lenguas, en el que se traza un panorama bastante completo de la pluralidad lingüística europea en el momento actual. Su autor, gran conocedor de los entresijos del funcionamiento de la Unión Europea, pues no en vano en 1987 fue autor para este organismo de un informe sobre lenguas minoritarias habladas en España, nos previene sobre ciertos peligros que corren determinadas lenguas en el marco europeo, de los que no se libra una lengua tradicionalmente considerada mayoritaria como es el español. Pero Miquel Siguan no es catastrofista; simplemente informa de los problemas lingüísticos que han surgido y siguen surgiendo como consecuencia de las nuevas incorporaciones de países a la Unión Europea, así como de ciertas ventajas de las que parten tres lenguas como son el alemán, el francés y el inglés, lenguas oficiales de tres Estados con gran peso en la Unión. Esta es una realidad. Pero también es una realidad que la Unión Europea, que en sus inicios fue sólo una comunidad de intereses comerciales, ha servido de puerta a cada país europeo para salir de su terruño y permitir ver o entrever a través de la lengua del otro formas alternativas a la suya de entender el mundo. De ahí la invitación a que todo ciudadano de cualquier país de la Unión aprenda al menos tres lenguas, y el deseo de que la Unión Europea sirva, como su nombre indica, de unión en armonía de la diversidad.

Pero antes de llegar a estas conclusiones y a la descripción del panorama de las lenguas en el marco europeo, el autor se remonta a los orígenes de la diversidad lingüística actual y desgrana ciertos hechos históricos y políticos que marcaron el rumbo de las lenguas actuales. El contenido de estas páginas es eminentemente informativo y ameno, aunque no por ello su lectura impida la reflexión. Son instructivas y minuciosas ciertas páginas dedicadas a la tipología de las políticas lingüísticas de los Estados europeos, pero se echan en falta algunas consideraciones sobre ciertas lenguas actuales, cercanas al universo del potencial lector español, que ayudarían a entender mejor la complejidad y los avatares a que está sujeto el devenir de una lengua. Me refiero al caso del gallego, por ejemplo. No es cierto que esta lengua fuese conocida por «prácticamente la totalidad de la población» antes del advenimiento del Estado de las Autonomías, como afirma su autor. Antes de ese acontecimiento político, y con la ayuda previa de la televisión, el gallego parecía estar abocado a la extinción. Su uso estaba restringido a los núcleos rurales de población y, además, carecía de uniformidad. No parece exagerada la descripción que de esta lengua hizo el viajero inglés George Borrow a comienzos del siglo XIX. En su libro La biblia enEspaña dice este representante de la Sociedad Bíblica inglesa: «Sentado a la puerta, me entretuve en contemplar los bosques de las alturas circunvecinas o el agua del arroyuelo, y en escuchar a la gente que vagaba por allí hablando en el dialecto del país. ¡Qué extraña lengua es el gallego, con su acento quejumbroso y melodioso a la vez, y con su revoltijo de palabras de varios idiomas, pero sobre todo del español y del portugués! "¿Entiende usted lo que dicen?", pregunté a Antonio, que ya se había reunido conmigo."No lo entiendo, mon maître –respondió–. He aprendido muchas palabras con los criados gallegos en las casas donde he servido, pero no puedo seguir una conversación. He oído decir a los gallegos que no hay dos aldeas donde se hable de la misma manera y que muchas veces no se entienden entre sí"» George Burrow, La biblia en España, introd. y trad. de Manuel Azaña, Madrid,Alianza, 1996, p. 289.. Pero no hay que retrotraerse tanto en la historia. En tiempos más recientes, la equiparación de la lengua gallega con lo retrógrado tenía vigencia en todos los núcleos urbanos de Galicia, puesto que eran sólo los aldeanos quienes usaban la lengua autóctona como vehículo de comunicación, y se daba el caso paradójico de que los tres poderes fácticos más cercanos a los aldeanos –el cura, el maestro y el médico– no hablaban la lengua de su comunidad. Nos hemos detenido en el caso del gallego para ilustrar la fuerza del poder político en el devenir de las lenguas, y cómo diferentes poderes políticos pueden amordazar o fomentar el uso de una lengua y conseguir de los habitantes de una misma comunidad que consideren progresista hoy lo retrógrado del ayer. Bien es verdad que el proceso de unificación no ha estado exento de dolor, puesto que muchos gallegoparlantes de cuna han tenido que reaprender otra lengua gallega diferente a la heredada de sus antepasados. Pero toda norma exige estos sacrificios.

Como cabría esperar en un libro de tanta actualidad, existen dos apartados de bibliografía: la clásica y la virtual. La virtual es de una gran riqueza; sin embargo, se echa de menos en la no virtual las referencias de ciertos autores mencionados en el texto.Aunque no son los únicos, me ceñiré a dos ejemplos concretos: el de Bernstein y el de Labov. Sus nombres son citados en relación con dos importantes estudios de campo en el terreno de la sociolingüística, y el lector no lingüista y no familiarizado con estos autores, pero que quisiera profundizar en estas cuestiones, habría agradecido que se le remitiera a la obra concreta, así como a la exacta identificación de sus autores. En este mismo apartado –el de la bibliografía no virtual– hay un hecho curioso que llama poderosamente la atención: el peso de las distintas lenguas en las obras citadas. Dadas las características del libro y sus contenidos, en que se admite claramente el papel prominente del inglés en el mundo contemporáneo, cabría esperar que el mayor número de obras citadas correspondiera a esta lengua. Sin embargo, es la bibliografía en francés la que se lleva la palma. Los datos son como siguen: veinticinco trabajos en francés, dieciocho en inglés, nueve en español (de los que cinco son traducciones de otras lenguas), cuatro en alemán, uno en italiano y uno en catalán. Este dato es hasta cierto punto anecdótico, pero las cifras son elocuentes y parecen reflejar, sin que el autor haya sido del todo consciente de ello, uno de los argumentos del libro: la pujanza que ciertas lenguas tienen en el seno de la Unión Europea.

Es de esperar que las pocas erratas del texto (pp. 22, 132, 134, 152, 159, 170, 178, 183, 184, 221) sean subsanadas en futuras ediciones, puesto que auguramos a este libro una buena acogida por parte de los lectores.

01/12/2005

 
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