ARTÍCULO

Dos experiencias frustrantes

Plaza y Janés, Barcelona, 346 págs.
Planeta, Barcelona, 240 págs.
 

En La eternidad del instante, Zoé Valdés reconstruye y reinventa la vida de Mo Ying, que emigró de China y se instaló en Cuba, que el día que su mujer lo abandonó dejó de hablar para pasar a comunicarse con papelitos, que vivió hasta ser nonagenario y que fue abuelo de la escritora. La novela comienza con la infancia del joven Mo Ying en casa de sus padres en la China prenacionalista y termina con la nieta cumpliéndole al abuelo muerto una promesa en La Habana de Castro. Su estructura consta de treinta y seis capítulos que repiten el esquema de la charada chinocubana, un juego de adivinación y lotería que consiste en treinta y seis figuras que van del caballo a la cachimba (es decir, la pipa), y que aparecen dibujadas en el cuerpo de un personaje chino. Para entender lo profundamente inscrito de la charada en la cultura cubana, y su desenvolvimiento en una serie de valores y significados superpuestos, vale la pena citar una descripción de Juan González Febles de la policía política de Cuba: «El número elegido representa al majá en la charada china. Este animal cuenta con una alta representatividad en el panteón afrocubano de ascendencia yoruba. El majá es para los yorubas algo así como la mascota de Esbu, que es el diablo. Quizás por esta razón algunos bromistas llaman al departamento policial homónimo Majá o 21, de forma indistinta».

Valdés planeó su novela siguiendo la secuencia de las figuras de la charada, e intentó, al recorrer el cuerpo dibujado, reconstruir la historia del abuelo. Como estructura simbólica es un gran acierto, pues le permitía a la escritora incluir los orígenes familiares en una China milenaria (perdonen la expresión pero es que en la novela suena así), la realidad de una comunidad de emigrantes que llegó a ser tan numerosa y activa como para que La Habana tuviera compañías estables de ópera china y, por su carácter sincrético y su fuerte implantación, el mosaico de roces, malentendidos, prejuicios y maravillas del apelotonado tejido de la sociedad cubana del siglo XX. Su planteamiento era ambicioso e inteligente, la historia poseía los ingredientes para convertirse en un libro interesante, y Valdés sabe dar peso a sus historias, siempre y cuando éstas sean puntuales y ceñidas.

Sin embargo, en el recorrido de la novela ninguna de las partes encaja, las líneas narrativas son inconsecuentes y los personajes no tienen congruencia. Los capítulos dedicados a China son vulgarmente fantasiosos y hacen uso de las peores esquematizaciones que de esa cultura tenemos. La historia del viaje es inverosímil, en parte porque desdeña la ruta lógica de la emigración china para obligar al pobre protagonista a hacer un innecesario recorrido de mil y una noches por la ruta de la seda y, entre otras cosas, a tararear una canción ranchera de José Alfredo Jiménez varias décadas antes de que se hubiera escrito. La única parte recuperable, que entre toda esa chabacanería no llega a cuajar, es la que se desarrolla en La Habana, tanto en los años anteriores a la Revolución cubana como en las penurias del castrismo, donde Valdés despliega una mezcla fascinante y certera de los mundos imaginativos de García Márquez y Cabrera Infante. Si Zoé Valdés se hubiera ceñido a la vida del inmigrante chino en Cuba el libro sería muy bueno, pues sabe narrar lo que conoce y entrar en las voces y vidas de los personajes que le son cercanos. Desgraciadamente, no tiene paciencia ni para investigar otros mundos ni para seguir el desarrollo de sus personajes, que pasan por sus propias experiencias como sin enterarse. El abuelo, que dedica varios años recluido a aprender la milenaria (perdón otra vez) sabiduría china, olvida todo apenas da la vuelta. Todo lo que allá sucede no pasa de ser una vulgar chinoiserie.Valdés, que es muy buena al contar, como ella dice en

Los misterios de La Habana, «la rasa realidad», cuando sale de ella pierde el paso y sus historias se vuelven forzadas. El mismo título carece de significación: ¿qué quiere decir «la eternidad del instante» al hablar de una saga familiar en dos continentes y cinco generaciones? Los misterios de La Habana es un libro de relatos que combina historias vividas con leyendas reelaboradas o inventadas, y su resultado es también desigual. Las anécdotas de esa Habana que Valdés recrea son excelentes, como «El peregrino inmóvil», una viñeta sobre José Lezama Lima, o el cuento de fantasmas «Luján». En los diversos relatos el recorrido por las calles de La Habana es sabroso, los diálogos ágiles y chocarreros, y los personajes afilados y concretos. Destaca dentro del conjunto el cuarteto dedicado a los hermanos Loynaz, rápido fresco de varias décadas de la vida cultural cubana. Frente a ellos, las leyendas y ficciones históricas son irritantes y falsas. «Habanaguana», por dar un ejemplo, una leyenda inventada por Valdés sobre el origen del nombre de la ciudad, cuenta la vida de una Pocahontas cubana, tan colonialista y sexista como el original, con indígena silvestre versus conquistador hechizado, sólo que soñada varios siglos más tarde y sin ningún encanto.Valdés se desdobla no en dos escritoras, sino en dos sensibilidades: una inteligente e inquieta, sabia en sus ritmos y representaciones, y la otra cursi, banal y colmada de prejuicios culturales. Es una lástima que no haya habido un editor que la ayudara a ver sus aciertos y a desechar lo que sobraba.

01/09/2005

 
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