ARTÍCULO

Detrás de las líneas en la España «roja»

Áltera, Barcelona
Trad. de M.ª Victoria Álvarez de Sotomayor
304 pp. 23 €
Alba, Barcelona
Trad. de Sergio Trigán y Katarzyna Olszewska
464 pp. 26,5 €
Áltera, Barcelona
Trad. de Ignacio Valdezate y Carmen Wirth
256 pp. 19,50 €
 

Déjenme señalar, en primer lugar, lo que tienen en común estos tres libros. Son obras de profesionales competentes que describen principalmente el caos y la tragedia de la que fueron testigos tras las líneas de la España republicana durante los primeros meses de la Guerra Civil. Fueron escritas y publicadas originalmente en la época, o poco después, más como relatos de testigos presenciales que como obras de investigación histórica (leí el libro de Knoblaugh en inglés hace aproximadamente cincuenta años, en plena fase de investigación para escribir La República española y la Guerra Civil).Las presentes ediciones son traducciones de los originales en inglés, polaco y alemán. Los tres autores se muestran asombrados por la despreocupación con que los milicianos anarquistas y comunistas manejan sus armas, por las categorías absolutamente blancas y negras utilizadas para definir a todas las personas e instituciones, por la ignorancia y la negligencia con que se tratan todos los tipos de propiedad, por la frecuencia con que patrullas armadas exigen ver la identificación de cualquier persona, y por la omnipresencia de la sospecha, el miedo y la muerte. Pero cada uno de estos autores reaccionó también emocional e intelectualmente ante las características únicas de su experiencia, y son esas reacciones las que hacen que merezca decididamente la pena leer las tres obras, al margen de cuántos sean los estudios académicos o el material de archivo que uno haya leído en los últimos setenta años.
Pruszynski, un hijo de la aristocracia menor de Polonia oriental, había huido, a los doce años, de la in­vasión bolchevique de 1919. Había recibido su educación secundaria y universitaria en la primera década de la independencia restaurada de Polonia, y había compartido el nacionalismo no étnico del general Pilsudski: el sueño de una Polonia que lograra integrar a sus minorías de ucranios, alemanes, judíos y gitanos. Era un católico no dogmático, había estudiado tanto historia como derecho antes de decidir, en 1932, hacer del periodismo su profesión. Su curiosidad por Es­paña se basaba no sólo en la famosa observación de Lenin de que España sería el segundo país que viviría una revolución comunista, sino en los grandes paralelismos que observaba entre las expansiones militares castellana y polaca del siglo xvi, y entre las culturas profundamente católicas que desde la Edad Media hasta hoy ha­bían constituido el elemento aglutinante para reinos que utilizaban varias lenguas y que in­cluían a diversas mino­rías étnicas y religiosas.
Se tomó los aspectos menos violentos de la descristianización sin una gran agitación emocional. «Los milicianos miran a Cristo crucificado no sólo como si se tratara de una propiedad suya, ya que ahora es “patrimonio del pueblo”, sino también como si fuera su botín [...]. El ejército de sotanas, la fuerza de las masas creyentes, que servía de sostén al poder político y económico, que impedía que sus padres y los de su clase se rebelaran, es ahora sólo objeto de museo [...]. Por fin los milicianos, en aquel lugar, entendían los gestos de dolor del crucificado. Por eso los milicianos guardaban silencio» (p. 53). En la Barcelona revolucionaria disfrutó de la compañía, y no expresó opiniones desdeñosas, de una de las miles de «Rosas» que se lanzaron voluntariamente a practicar promiscuamente el sexo y a imitar los modales de las mujeres burguesas en la playa. Pero después de ver las ruinas de docenas de edificios eclesiásticos y de constatar el asesinato constante de sacerdotes y monjas, señaló que «las principales víctimas de la Revolución francesa fueron los aristócratas y cor­tesanos; las de la Revolución rusa, los terratenientes, y las de la revolución ­española, los curas» (p. 57, con sus mayúsculas). Siguió realizando observaciones a un tiempo críticas y comprensivas de soldados, funcionarios, tenderos y campesinos en la sierra norte de Madrid, en la propia capital y, de manera muy especial, en zonas latifundistas del norte de Andalucía, visitadas únicamente por unos pocos periodistas durante la Guerra Civil.
Félix Schlayer era un hombre de negocios alemán que había vivido en Madrid de 1895 a 1937 y que regresó al país tras la Segunda Guerra Mundial. Durante todo el primer año de la Guerra Civil, de julio de 1936 a julio de 1937, trabajó como cónsul y como encargado de negocios para Noruega. Escribe con especial desdén de los milicianos anarquistas, socialistas y comunistas que, por su experiencia, eran ladrones y asesinos embriagados con las armas y los objetos de civiles que habían adquirido en medio de la total ausencia de una autoridad judicial normal. Pero es también un ser humano muy inteligente y responsable que tomó la iniciativa, junto con diplomáticos argentinos y chilenos, de convertir sus embajadas en refugios para españoles fundamentalmente de clase media y alta cuyas vidas y propiedades estaban viéndose amenazadas.
Habla neutralmente de sus contactos con el presidente Azaña, y con Indalecio Prieto y Juan Negrín, los ministros más proclives a ayudarlo en sus esfuerzos siempre que era posi­ble. Fue testigo de los meses terribles de «paseos» en el verano y el otoño de 1936, con incidentes como el asesinato de ocho monjas que habían sido expulsadas de su convento, que ale­garon su disposición a trabajar como enfermeras en la sierra, y que fueron sencillamente asesinadas a sangre fría. En noviembre utilizó sus contactos amistosos con varios oficiales republicanos para intentar, sin mucho éxito, evitar los abusos físicos y los asesinatos en los alrededores de las cárceles.
El 7 y el 8 de noviembre, utilizando su propio coche y preguntando a los residentes de la zona, descubrió dónde centenares de presos sacados de la Cárcel Modelo de Madrid habían sido asesinados y enterrados apresuradamente en lugares boscosos de Paracuellos del Jarama, Torrejón de Ardoz y Alcalá de Henares. También escribe que para el 15 de noviembre los «guardias» de la milicia de las cárceles madrileñas habían sido sustituidos por brigadistas internacionales, y que la oleada de matanzas masivas había concluido. No muestra más que desprecio por la combinación de incompetencia e hipocresía, desde su punto de vista, de Ángel Galarza, ministro del Interior, Julio Álvarez del Vayo, ministro de Asuntos Exteriores, y Marcel Rosenberg, embajador soviético. También lamenta la aparente impotencia de Largo Caballero e Indalecio Prieto para controlar la situación.
Del tono de todo el libro se desprende con claridad que Schlayer, al igual que la mayoría de los diplomáticos profesionales, era políticamente conservador, y que para él algunas clases sociales eran más iguales que otras. Pero era también humano, inteligente y estaba muy bien informado. Lo que he aprendido leyendo su relato es una sensación de cuán absolutamente enloquecida y moralmente vil fue la conducta de muchas personas que se vieron de repente con armas y autoridad política en sus manos y que estaban por completo incapacitados para preparar a una gran ciudad para el asedio que estaba a punto de comenzar. En relación con el número de víctimas en los diversos incidentes, las cifras de Schlayer son algo exageradas, como sucede de hecho con la mayoría de los relatos de los testigos presenciales de terribles masacres políticas. Pero la inexactitud de las cifras esgrimidas no reduce en mi opinión el valor de los esfuerzos y observaciones recogidos por un hombre de negocios y diplomático serio y capaz.
Knoblaugh se arroga objetividad en el sentido de que no sentía «ningún interés personal en la guerra ni en sus consecuencias» (p. 12). No entra en el tipo de reflexiones filosóficas que constituyen una parte tan valiosa del libro de Pruszynski, ni tampoco tuvo el compromiso práctico y emocional con muchos españoles con nombre y apellido que sí sirvió de motivación al cónsul Schlayer. Las experiencias que cuenta en su libro tuvieron lugar íntegramente en la zona republicana durante los primeros meses de la guerra y Knoblaugh las reunió en forma de libro con intención de publicar en el mundo anglófono una gran cantidad de material que no podría haber incluido de ninguna manera en sus despachos desde Madrid. Subraya la ignorancia y la crueldad de la milicia, la destrucción masiva de personas y archivos, y cuenta un gran número de historias terribles, como la decisión de octubre de 1936 de convertir el penal de Ocaña en un hospital. La Cruz Roja pidió que el nuevo hospital tuviera quinientas camas y, según Knoblaugh (p. 110, sin indicación de fuente), las milicias simplemente evacuaron y mataron a los 189 presos que se encontraban en ese momento en el edificio.
Después de describir cómo los milicianos huyen constantemente del avance de las tropas insurgentes, abandonan sus pertenencias, sufren varios días sin víveres y duermen a la intemperie; y cómo, al mismo tiempo, toda la autoridad se ha resquebrajado en Madrid y el gobierno se dirige a Valencia, le parece increíble (p. 79) que el 9 de noviembre las tropas de Franco no entraran sin más en la ciudad postrada. Los puentes de Toledo y Segovia estaban desguarnecidos. Los censores, que apenas miran los partes, se cruzan de brazos, diciendo: «¿Qué más da? Esto se acaba. ¿Y qué va a ser de nosotros?».
Con objeto de entender estos tres libros, tan diferentes en estilo y motivación, pero similares en el retrato que ofrecen de un Madrid caótico del 18 de julio al 6 de noviembre, hay que comprender que las principales fuerzas de la izquierda –socialistas, comunistas y anarcosindicalistas– estaban internamente divididas y recelaban paranoicamente unas de otras; también que el levantamiento militar del 18 de julio supuso la destrucción a gran escala del gobierno civil a todos los niveles. Los mismos meses que fueron testigos de los crímenes que tuvieron lugar en la zona republicana y que aparecen descritos en estos libros vieron también cómo, en la zona insurgente, se llevaban a cabo ejecuciones masivas de oficiales leales a la República, de masones, de líderes sindicales, de profesores poco ortodoxos y de obreros revoltosos; además de las acciones y manifestaciones brutales de Queipo de Llano en Sevilla, y del asesinato de presos militares en la plaza de toros de Badajoz. Realizar un juicio de la República sobre la base de la experiencia de estos tres autores en el verano y el otoño de 1936 sería tan falso como juzgar a Estados Unidos por el robo de la elección presidencial de 2000 o por la cultura del linchamiento de personas de raza negra tal y como se practicó en las primeras tres décadas del siglo.

 

Traducción de Luis Gago

01/10/2007

 
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